0008. Ficha II de: Salvador Molina Ranea (El Curita)


Salvador Molina (violín) con su panda de Montes (1952)

FICHA DEFINITIVA e inmejorable del fiestero Salvador Molina Ranea, por su hijo, José Manuel Molina Gámez.

“Te envío, en forma de relato, algunas cosillas que recuerdo sobre mi padre y tú transcribes lo que creas conveniente para lo de la “ficha”.


“Mi padre, nació en 1924, en el lagar de Barrientos, Santo Pitar, en una familia de ocho hermanos (él era el menor), todos fiesteros aunque sólo él participó en panda, consecuencia de haber aprendido al violín la modalidad de Montes y, por consiguiente, haber formado panda con otros fiesteros para salir de Pascua, con sus rifas y choques.

Mi padre aprendió a tocar el violín de un jornalero que procedía de los Montes y que acudía a trabajar por temporadas a Barrientos. Mis tíos y mi abuelo, alguna rara vez (nunca mientras perduró el recuerdo de José Molina Ranea) solían reunirse para echar un rato de fiesta en la modalidad conocida actualmente “de Comares”. Pero a mi padre, se ve que le “tiraba” más la de Montes y no tardó en conocer y juntarse con fiesteros de Jaboneros y los Montes para tocar y salir de Pascua. No hay que extrañarse de esta “mezcla” de fiestas pues, al ser Santo Pitar zona limítrofe con Comares-El Borge y con Los Montes-Jaboneros, recibía influencia de diferentes modos de tocar, cantar y bailar.

A finales de los años 40, mi padre solía salir de Pascua dirigido unos años por el alcalde Marcielo, o “Caliche” y otros años por Manuel Báez, nacido en El Fiscal, cerca de Barrientos, vecino y amigo de mi padre y fiestero que merecería su propia “ficha”, ya que conozco detalles de una trayectoria más que interesante. Hasta donde llegan mis recuerdos, solían acompañar a mi padre en su panda fiesteros conocidos como Manuel y Antonio Beltrán, Tomás “Pelusa“, Pepillo “Pile” (platillos), Granados (pandero), Antonio Báez (pandero), hermano de Manuel, Antonio Virolta, Antonio Alcaide “el Rucho”, Paco Martos “el Marino”, José Gutiérrez “el Luiso” y otros. Lógicamente, alternando unos y otros en diversos años.

Por entonces, las pandas se componían de alcalde, abanderado, caracol, violín, dos guitarras, dos platillos y pandero. Acudían al choque en venta Galwey con el nombre de Santo Pitar. Ocurre que mi padre tomó cierto renombre en aquellos años y, entre fiesteros y aficionados, se comentaba: “Ahí viene la panda del Curita“, o, “en tal casa hace noche la panda del Curita”, pero, a la hora de presentarse al choque, se inscribían con su nombre “oficial”, aunque tampoco hay que tomarlo demasiado en cuenta pues se trataba de pandas hechas para la Pascua. El resto del año no existían como tales. Además, incluso en el caso que repitieran algunos años, solían cambiar de fiesteros en cada ocasión en función de quien llevara la vara de alcalde pues éste se encargaba de conformar, cada Pascua, el grupo. De ese modo, el nombre de la panda podía ser elección del alcalde.

Lo que sí está claro es que estamos aludiendo a pandas que salían de Pascua en la modalidad de Montes. Como anécdota, mi padre tenía un hermano, Antonio, que tocaba la guitarra y la bandurria (por Comares) y, un año, se empeñó en salir con la panda de mi padre, en Pascua. Como el puesto de guitarrero ya estaba ocupado (todavía no era llegado el momento de ampliar a tres o cuatro guitarras el conjunto), decidió echar la bandurria. Aquél instrumento, extraño por completo a la fiesta de Montes, no gustó al resto de fiesteros ni a mi padre, por supuesto, pero no se atrevían a decírselo ni a negarle su inclusión en la panda. En esa controversia estaban cuando a mi padre, con la “peor” de las intenciones, se le ocurrió subir de tono las cuerdas al máximo posible, con lo que la bandurria comenzó a partir cuerdas hasta que se quedó sin ellas, para disgusto de Antonio, quien tuvo que echarse la bandurria a la espalda sin poder tocar el resto de las Pascuas. Así las gastaban los fiesteros por aquellos años. Por cierto, conozco una anécdota parecida de Joaquín Palomo que ya te contaré.

Hacia el año 50, aunque no es fecha exacta, surge la ocasión de actuar para una película. Se trataba de la conocida “Duende y misterio del cante flamenco“, dirigida por Edgar Neville. Según me relató mi padre, nadie sabía o recordaba quién contactó con ellos para el rodaje, lo cierto es que fueron llamados “por si era necesario”, es decir, no estaba previsto o, al menos, el director no tenía seguro que fueran a rodar. Cuando llegaron al puerto de Málaga, se encontraron con que el grupo de la Sección Femenina traía su propia rondalla para efectuar bailes de malagueñas o los espurios verdiales “abandolados” que solían bailar entre brincos y revolainas. Neville, antes de tomar la decisión definitiva, quiso realizar una prueba con la panda y otra con la rondalla para optar finalmente por una u otra… Y no hubo color. En cuanto vió y escuchó a la panda no quiso ni oír hablar de la rondalla pese a la insistencia de los responsables de Sección Femenina: ¡Que toque la panda!, sentenció Edgar Neville.

Tras el rodaje, y para disgusto de mi madre, Fuensanta, ya casada con mi padre, éste se tiró tres días de fiesta sin aparecer por casa y sin tener noticias de él y, al tercer día, asomó con un ramo de flores y veinticinco duros que les vinieron muy bien.

Poco tiempo después, tuvieron que trasladarse en busca de trabajo, ambos eran maestros de escuela, a la provincia de Cádiz, donde se establecieron en una Escuela-Patronato Rural del Marqués de Carranza, cerca de Jerez de la Frontera, donde nacimos mi hermano Paco y yo.

De ese modo, perdió mi padre el contacto con la fiesta de verdiales, que no recuperó hasta que regresamos a Málaga en 1978. Pero habían pasado demasiados años y de sus antiguos fiesteros sólo quedaban Paco el Marino y Antonio el Rucho y, éstos, ya retirados de la actividad fiestera. Mi padre estaba prácticamente desconectado del ambiente verdialero, aunque se reunía con algunos amigos, como Juan y Antonio Baena, Paco Virolta, Miguel Padilla, Antonio el Rucho, los hermanos Pérez, Miguel Barcenilla, Paco el Marino y otros, para echar alguna fiestecilla de modo esporádico.

No obstante, conoció a José Romero, padre de Pepe, Rafael y Juan, y salió algún año en su panda de Jotrón y Lomillas, en venta del Túnel (hay incluso un video que lo recoge).

Mi padre tenía un toque peculiar, de hondas raíces, en estilo que evoca el violín de Povea o José Santiago pero diferente, al mismo tiempo. Según me han contado, fue insuperable, en su mejor época, en el choque: “tu padre tenía el brazo muy duro”, me decían. De hecho ganó, en venta Galwey a violineros de la categoría de Grajales o Joaquín Palomo, si bien, tengo una anécdota con Povea que prefiero contarte personalmente.

(José Manuel Molina Gámez. 18/2/2010)



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