0055. Pregón del Concurso de Benagalbón (2010)

Excelentísimas autoridades, distinguidos miembros de la Peña El Revezo,
amigos, fiesteros todos, buenas noches

Desde esta fascinante Casa Fuerte en la que nos encontramos, en la
que nos embriaga el olor del mar y también el del campo, donde luchan
como pandas el romero y las brasas, la dama de noche y el salitre y
se entremezclan los sabores de la uva moscatel y los espetos, estoy
pensando en las vueltas que da la vida… ¿Sabían ustedes que con solo
unos meses de edad yo vivía un par de números más arriba? Pues sí, en
estas playas mediterráneas y rinconeras recibí mi primer baño de sal, aquí
di mis primeros pasos y aquí viví hasta que tuve edad de ir al colegio. Hoy,
casi treinta años después, ¿quién me iba a decir que iba a volver a mis
raíces para dar un pregón sobre una fiesta ancestral que llevan abrazando
varias generaciones de mi familia?

Hoy, con motivo de este pregón al que me enfrento con tanto gusto como
con alta responsabilidad, me gustaría compartir con ustedes cuáles son
esas raíces y cuál es mi relación con la fiesta.

Como algunos saben, mi familia por parte de padre es de Comares o,
mejor dicho, de alquerías o cortijos pertenecientes a Comares. Mi abuela,
Encarnación Robles Campos, era de Barrilero, sabía bailar muy bien, de
hecho, como ella siempre me dijo, la fiesta era la única manera de
divertirse que tenían en su juventud, toda la familia participaba de ella, y
cualquier motivo era excusa perfecta para celebrarlo con unos buenos
revezos. Ella me contaba cómo, siendo una niña, al acabar la Guerra Civil y
empezar a volver los hombres de ella, se armó tal fiesta para celebrarlo
que duró tres días seguidos. Su familia está jalonada de nombres de
conocidos fiesteros tales como su tío Diego Correa, platillero capaz de
tocar con dos platillos en cada mano, y el hijo de éste, Diego Robles,
panderero de la primitiva panda de Hilario Sánchez. El hermano de mi
abuela, Paco Correa hijo, fue buen panderero y uno de los primeros en
conseguir un sombrero de lazos, típico de la fiesta de los Montes, pero
algo insólito en Comares. Contaba mi abuela que, al parecer su hermano
Paco estuvo en una fiesta de Montes y vio aquellos vistosos sombreros y
quedó prendado de ellos, así que pidió a sus hermanas que le hicieran
uno. Ellas le dijeron que necesitaban ver y tener un sobrero en las manos
para utilizarlo como patrón. Así que Paco consiguió que le prestaran un
sombrero de lazos y clandestinamente, con nocturnidad y alevosía, llevó el
sombrero escondido en un saco hasta Comares donde mi abuela y el resto
de sus hermanas le confeccionaron un sombrero de verdiales a semejanza
de aquél. Cuando Paco Correa salió de fiesta luciendo aquel bellísimo y
rarísimo sombrero fue la comidilla de todo Comares, el verdadero rey de
la fiesta; aquello causó mucha impresión pues era un elemento
completamente nuevo y singular en Comares ya que entonces los estilos
estaban casi incomunicados en sus respectivas comarcas.

La tradición fiestera continúa en su sobrino, Manolo Robles, actual
alcalde de Comares, quien, como sabéis, fue uno de los fundadores de
la panda segunda de Comares. Todo esto solo por parte de mi abuela.
Mi abuelo, Juan Gálvez del Postigo Cueto, por su parte, era del cortijo
Peñuela, sabía tocar la guitarra y cantar la fiesta, y era primo hermano de
Rafael Cueto, ‘Peñuela’, del que se dice que tenía tan buenas facultades
cantaoras que era capaz de ligar una letra con otra, además de formar
parte también de la mítica panda de Hilario Sánchez. Mis abuelos tuvieron
tres hijos, siendo mi padre el mediano, pues bien, el mayor, mi tío Paco,
ya fallecido, muchos de ustedes le conocieron, fue uno de los fundadores
de una panda que se creó en Moclinejo, allá por los años 70, donde salía
tocando la guitarra y el laúd.

Por parte de madre, mi familia es manchega, de un pequeño pueblecito de
Toledo donde eran habituales las rondallas, las seguidillas y las charangas
y, como pasa en los verdiales, cualquier tipo de fiesta consistía en que la
rondalla compuesta por guitarra, laúd, violín y tambor tocara para que la
gente bailara. Seguramente, rondallas, seguidillas y verdiales tengan un
tronco común que se pierde en la noche de los tiempos, algo de eso tiene
que haber, como observamos en los grupos folklóricos manchegos que
algunos años hemos tenido el gusto de recibir por aquí, y también algo
de ello se va descubriendo poco a poco en los últimos estudios realizados
sobre el origen de la fiesta, como el fabuloso libro de Miguel Angel
Berlanga o el flamante estudio de Pepito Molina.

Pues toda esa mezcla corre por mis venas y es la responsable de que
se me coja un pellizco en la barriga cada vez que escucho a una panda
siquiera de templarse, porque aunque la fiesta pueda llegarle a cualquiera
sin necesidad de que haya parentesco, a toda esa explosión de música y
alegría de la fiesta se le une la capacidad de despertar en mí sentimientos
y recuerdos.

Pero se estarán preguntado cómo he vivido yo la fiesta. Ahora mismo se lo
voy a explicar. Mi padre, a pesar de que canalizó el arte heredado en sus
genes a través del flamenco, jamás perdió de vista la fiesta, porque como
hemos visto, la llevaba en la sangre, aunque nunca llegara a participar
activamente en ninguna panda. Cada Domingo de Ramos, mientras los
niños de la capital estrenaban ropa y se iban a ver pasar la Pollinica, mi
padre nos llevaba a la Ermita de los Dolores, donde entre fiesta, sol, y los
maravillosos aromas del campo despertando a la primavera, echábamos
la mañana o incluso todo el día. Recuerdo especialmente el entrar a
la ermita, lugar recogido y oscuro que me llamaba poderosamente la
atención, sobre todo porque no nos permitían estar mucho tiempo dentro
por miedo a que el techo se derrumbara, y eso todavía le daba un aura
mayor de misterio y atracción.

Otra cita verdialera inexcusable era la feria de agosto, no había visita al
real que no culminase con un buen rato en la caseta de los verdiales, que
estaba entonces integrada en la de la peña Juan Breva, donde además
veíamos a nuestros primos y parientes de Comares que venían a actuar,
la feria se convertía así en un punto de encuentro con la fiesta y con la
familia.

Me fui haciendo mayor y empecé a sentirme muy atraída por el flamenco,
que, aunque siempre lo había respirado en casa, no es hasta mis doce o
trece años cuando empieza a gustarme y a interesarme con fuerza. Así,
poco a poco, comencé a acompañar a mi padre a la peña Juan Breva. Esta
peña, la peña Juan Breva, además de dedicarse a estudiar y difundir el
flamenco, tuvo una gran importancia en la revalorización de la fiesta de
verdiales, estudiándola y conservándola, creando para ello la Semana
de Verdiales, que desde 1968 hasta hoy tiene lugar cada diciembre. Allí
me encontraba de nuevo con la fiesta, y atendía con gran atención a las
anécdotas e historias que contaban los socios, como Eugenio Chicano y
Pepe Cueto, así como tomaba nota de las siempre provechosas charlas
de mi admirado Pepe Luque. Cuando decidí acercarme a estudiar el
flamenco, fui consciente de la importancia y la influencia fundamental que
la fiesta ha tenido en el flamenco malagueño, pues podemos decir que
constituye el origen de prácticamente toda la rama de cantes de Málaga.

Como bien sabemos, en la fiesta de verdiales, se canta y se toca para
bailar, ése es el sentido último, montar una fiesta para que todo el mundo
se divierta y lo pase bien. La música lleva un ritmo ternario, de tres por
cuatro y bajo su yugo se articula toda la panda, prima la espontaneidad y
se van levantando coplas improvisadas o no, que hacen alusión a cualquier
miembro de la reunión, o a cualquier anécdota que haya tenido lugar
recientemente. Pero llega un momento en el que cantaor de la panda
se siente bien cantando, se gusta, y quiere lucir sus facultades ante los
demás, quiere recrearse y ser el protagonista y para poder hacerlo, debe
salirse del compás de la panda y, por supuesto, desentenderse del baile.
En ese punto, estamos pasando del fandango folklórico primitivo, con afán
colectivo, a la bandolá, donde el bien común da paso a la individualidad
con voluntad artística. Podríamos decir que estamos ante el primer tramo
de la evolución que parte de los verdiales y culmina con la malagueña
como hoy la entendemos. El mejor ejemplo lo tenemos en Juan Breva, el
cantaor veleño que desde niño vibraba con los verdiales y que modificó
todos esos fandangos folklóricos bailables de la Axarquía y los elevó a la
categoría de arte, en unos cantes tan particulares, tan suyos, que llevan su
nombre, Cantes de Juan Breva. Yo siempre he pensado que cuando Juan
Breva cantaba aquella letra que aprendió de su madre y que decía aquello
de

En la Cala hay una fiesta
Mi madre me va a llevar
Como yo iré tan compuesta
Me sacarán a bailar
Llevo yo mis castañetas

‘En la Cala hay un fiesta’ dice la letra, ¿Pero, de qué fiesta en la Cala
estaría hablando si no de un fiesta de verdiales? Seguro que algunos de
los presentes recuerdan cómo bajaban las pandas de Totalán, de Olías, de
Arroyo Jaboneros y se reunían en la Cala del Moral a tocar fiesta, porque
decir fiesta en esos años del siglo XIX y en las zonas rurales de Málaga
equivale a decir fiesta de verdiales, pues esa era La Fiesta con Mayúsculas,
la única fiesta. Y qué me dicen de esa mozuela que está emocionada
porque su madre la iba a llevar a la fiesta, y que iba tan compuesta, tan
bien arreglaíta, y preparada para el baile con sus castañetas ¿no nos
está dejando claro que va a una fiesta de verdiales a que la vean guapa y
garbosa y la saquen a bailar posibles pretendientes? En esta letra se deja
entrever todo el mundo de sensaciones amorosas, de miradas, roces y
apretones de manos furtivos y a la vez evidentes porque estaban a la vista
de todos, y que eran una oportunidad única de encontrar pareja, por eso
iba ella tan compuesta, para enamorar a los mozuelos, porque ¿cuántos
matrimonios habrán salido de la fiesta?

Pero sigamos con la evolución, el cantaor, poco a poco va queriendo más,
va ralentizando el cante para que brillen los melismas que es capaz de
modular con su garganta, alarga los tercios para que la capacidad de sus
pulmones quede patente, y las letras alegres, jocosas o simplemente,
festivas, dan lugar a otras más íntimas, más melancólicas, más sentidas,
de hecho se dice que para cantar por malagueñas hay que llorar el cante.

Hemos llegado al fin de la evolución, y al comienzo de otros muchos
cantes que se basan en la estructura y el arco melódico de la malagueña,
como la granaína, o como todo el abanico de cantes de Levante, pero ¿y
los verdiales? Qué ha pasado durante toda esta evolución con la fiesta de
verdiales? Pues no ha ocurrido nada y a la vez ha ocurrido algo
excepcional, un fenómeno extraño, fuera de lo normal, y es que han
continuado con su tradición como si tal cosa, han persistido en su
existencia de forma inalterable e independiente de los productos de su
evolución ¿no les parece maravilloso? La fuerza arrolladora de los
verdiales es superior a los tiempos, a las modas, a las inspiraciones que
parten de ellos, tienen esa capacidad de seguir sin contaminaciones
superfluas, simplemente recogen o quitan elementos que encuentran en
su camino, pero siguen adelante. En todas las evoluciones, el germen
creador suele desaparecer por mor de la evolución, pero felizmente, ése
no es el caso de la fiesta de los verdiales. Han pasado siglos, se han
sucedido las invasiones y las colonizaciones culturales de pueblos muy
distintos, han cambiado los tiempos, ha ocurrido el éxodo de los
campesinos a la ciudad, y sin embargo la fiesta ha continuado arraigada al
terruño y a enclaves fijos donde han sabido seguir la tradición y trasmitirla
de padres a hijos para asegurar su pervivencia, ha seguido adherida a la
piel de los fiesteros que se veían obligados a buscar la vida fuera de sus
cortijos y allá donde se han asentado han practicado la fiesta y la han
enseñado a todo el que quisiera participar de ella. En ellos está el mérito,
en esos nombres anónimos y también en aquellos fiesteros míticos que
han llevado la fiesta por bandera y la han puesto en lo más alto, los que
lucharon y luchan por que nunca se perdiera, y me vienen a la memoria
personalidades como Povea, los Salas Calderón, Adolfo Molina, Hilario
Sánchez y Paco Maroto, Alonso Martín y Vicente el Negocio y pienso en
esta propia peña, la peña El Revezo de Benagalbón que con mucho
esfuerzo y un inquebrantable amor por la fiesta llevan ya diecisiete años
con este concurso que rescata la práctica de los choques, aquéllos
choques que tenían lugar cuando dos pandas se encontraban en su
peregrinar por los Montes de Málaga en las fiestas de Navidad. Ojalá todas
las batallas se resolvieran con un choque de fiesta. Cada año renuevan con
este concurso la ilusión de los fiesteros, llenando su pueblo de alegría, de
golpes de pandero, son de platillos y rasgueos de guitarras, de voces
pujantes y flores, espejos y lazos, de toda la fuerza de los verdiales en
estado puro, sin micrófonos, sin escenarios, ni añadidos modernos, y han
conseguido que toda la Málaga fiestera peregrine hasta Benagalbón.

Qué tendrá el verdial que sigue presente en una tierra como la nuestra,
frecuentemente dada al olvido de nuestra historia, a la demolición de
nuestro pasado y sus restos? Una tierra que tiende a ser madrasta para
sus hijos, que abre sus puertas al forastero pero se la cierra su propia
gente, ¡qué tendrá el verdial que a pesar de todo esto sigue presente,
fuerte, inalterable? ¿Qué tendrá el verdial que tantos, por no decir todos
los malagueños nos reconocemos en él?

Señoras y Señores, prepárense para sentir una vez más la fiesta del sol,
ese rito ancestral que desde siempre ha celebrado la victoria del sol
viril que fecunda a la madre tierra y la colma de prosperidad en forma
de ricos frutos, es la fiesta del gozo y del agradecimiento porque esos
frutos le proporcionan la vida al hombre, le permiten alimentarse,
vestirse y reproducirse, por eso revisten sus sombreros de palma de
perpetua primavera, de flores, cuentas, espejos y cintas de colores que
rindan tributo a los bienes que obtienen del sol vencedor de las tinieblas.

Abran todos sus sentidos y dejen que la fiesta les embriague, que el ritmo
bravío y vibrante y las letras sencillas y certeras les atraviesen la piel!

Una vez más y para siempre, gritemos: ¡¡ARRIBA LA FIESTA!!!

Lourdes Gálvez del Postigo Calderón

9 de septiembre de 2010

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