0099. La Fiesta en los Lagares (1887), por Salvador Rueda

Este capítulo de la primera novela de Salvador Rueda, “El Gusano de luz” anticipó su publicación en “El Globo”, Madrid, nº 4247, 1887.

[…] Roque empezó a subir el repecho de la loma. Al dar en la cima, distinguió a lo lejos la luz de la casa de Rosario y llegó hasta sus oídos el rumor de la fiesta, que aquella noche se celebraba.

No rimaba bien lo de ser fiestera con el porte distinguido de la joven, pero fue un deseo suyo que aquella noche se reunieran en su casa todas las mozas del contorno.

Roque experimentó una grata sorpresa, pues, aficionado a baile y fiesta, vio ocasión propicia para echar unas mudanzas con Rosario y seguirla a pilla-pilla en el alegre baile del fandango.

La distancia se le hizo corta. Con el hervir de la sangre moza que da agilidad y destreza a los músculos, dijo: “Pies, ¿para qué os quiero?”, y en un santiamén subió el repecho que conducía a la puerta de la casa.

Lo primero que oyó, entre el rumor de los platillos y los punteos de guitarra, fue una copla que le echaban a la bailaora, y que decía:

Quiere el amor que te tengo
que es fino como el coral
y está pendiente de ti
como el capullo al rosal.

-Dios guarde a ustéee, caballeros -dijo pisando el umbral de la casa Roque, sin que nadie oyera su saludo en medio del atronador bullicio de la fiesta.

En seguida buscó con la mirada a Rosario y, pasando por medio de la gente, logró colocarse tímidamente a su lado.

Las personas asistentes al fandangazo, como llama la gente andaluza, por instinto onomatopéyico, a las fiestas de gran bullicio, se hallaban esparcidas en la cocina, dejando un marcado óvalo en el centro, donde a la sazón bailaba, repicando las castañuelas, una moza enfrente de un campechano labrador, el cual, dando de talón y de puntera, hacía con las vueltas y pasadas unos que te veos y no te veos, que constituían el encanto especial de la mudanza.

Los mozos, en grande y regocijado número, se extendían detrás de los asientos de las mujeres, dándoles, instintivamente, la preferencia, y por todos lados salían diálogos llenos de alegría, en que se trataban cuestiones amorosas.

-¡Conque te casas, Teresa!
-¿Yo? ¿Quién ha dicho eso…? ¡Ay, hija!
-Sí, mujer; con el hijo de Hipólito, el de la huerta.
-No hay ná, mujé; lo que es que han dao en ese run-rún
-¡Pues cuando el río suena…!
-No hay río que valga esta vez.
-Entonces, ¿cómo dicen que es pa fin de verano?
-Como pudieran decir que era pa Naviá: no tengo quien me ronde los pasos.

En otro sitio oíase esta animada conversación:
-¡Válgame Dios, y qué corazón tan duro tienes!
-¿Duro, porque digo las verdades?
-No, porque no armites el cariño de quien te quiere.
-Señal de que no podré corresponder.
-¿Y quién lo va a impeír, Ramona?
-¡Toma! Alguno que antes me haya dicho algo.
-¿Antes que yo, cuando te he querío siempre?
-Como nunca lo dijiste…
-¡Anda! ¿Pos y los ojos, de qué sirven en la cara?
-Poco he podío conocer en ellos.
-Será que no habrás querido asomarte…

De los lagares vecinos llegaban a cada instante mozos puestos de tiros largos, con las galgasen los tobillos, pechera cuidadosamente bordada, una vardasca de olivo en la mano y la coz de la pistola asomando por entre los pliegues de la faja.

Como la cocina se hallaba llena de bote en bote, los mozos que entraban se iban acomodando sobre el muslo de los ya sentados, llegando a reducir el óvalo del baile de tal modo que la pareja no podía hacer sus evoluciones sin rozar materialmente las piernas de los convidados.

Que salga a bailar la luna,
que salga a bailar Rosario,
pa que se yene la fiesta
de luceriyos doraos.

Así cantó el que tocaba, y un mozo, recogiendo la indirecta, buscó unos palillos que arrojó en la falda de la moza, entre un vivo puñado de lazos.

A poco, las figuras quedaron en el centro de la fiesta: ella con los ojos fijos modestamente en el suelo y él en mangas de camisa para mover a su antojo los brazos.

Las coplas, durante el baile, salían a pares de los labios y eran acompañadas por la guitarra.

Hormiguita me volviera
si lo tuviera en mi mano,
para subir a tu pecho
y ver desde allí tus labios.

Cuando eche mi cuerpo flores,
sólo una cosa te pido
que las pongas en el pecho
donde no puedo estar vivo.

Otro cantó, poniendo extraordinario sentido en las palabras:

Fuera entre todas las cosas
por abrazarte temblando,
enredadera florida
de tu cuerpo de alabrastro.

Y otro más melancólico:

Cuando ¡adiós! digas al mundo,
pondré un rosal en tu fosa
y te arrancaré a la muerte
hecha manojos de rosas.

Un mozo gorjeó como un ruiseñor entre cuatro versos:

Si quieres darme la muerte
tira donde más te agrade,
pero no en el corazón
porque allí llevo tu imagen.

Pero lo de más efecto estaba aún por manifestarse. Al acabar su última mudanza Rosario y quedar haciendo una bella postura de baile, Roque llevóse la mano a la cintura con disimulo, montó el gatillo de la pistola aplicando el cañón contra el suelo y, en señal de triunfo por su pretendida, soltó un tremendo tiro a sus pies, que, a vuelta de apagar la luz y echar cacillos y peroles a tierra, hizo retemblar la casa y llenarse de humo de pólvora la estancia.

Las risas surgidas del incidente; los chistes, más llenos de espontaneidad que de ingenio; los chillidos de las mujeres, que en todo hallan motivo de retozo, y el barullo de voces, todas pidiendo fósforos para encender, dominaron un momento la cocina hasta que se hizo de nuevo la claridad, y el candil rasgó con punta de oro las tinieblas.

Así, de escena en escena, prolongóse el jolgorio hasta el día. Al despuntar el alba, volvió Roque por las mismas veredas a ganar, sin ser visto, el cortijo, para simular que a aquellas horas se levantaba. […]

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