0350. De Los Verdiales a Bilbao: memorias de Juan Calderón. Prólogo

Comenzamos una nueva serie -aunque no hayamos terminado otras que siguen pendientes- con las memorias de Juan Calderón Salas que él tituló “De los Verdiales a Bilbao” y que constituyen un documento testimonial de gran valor para conocer, de primera mano, la vida y el hábitat de aquellos hombres -y niños- que hicieron y disfrutaron la Fiesta de Verdiales en los años 40s.

La iremos ilustrando con las fotografías que tenemos de Juan de Bilbao y las que nos quiera mandar, e insertaremos algún audio para que escuchéis fiesta de Los Montes mientras leéis las vicisitudes del “niño de Los Verdiales”, aunque no sea contemporánea al relato.

La Porverita, como siempre, no podrá evitar cambiar un poco la puntuación o corregir alguna falta -bastante pocas- que se le haya “colado” a nuestro escritor autodidacta, pero no tocaré nada más. La cosa quedará tal cual la escribió y se la autoeditó nuestro amigo, y no … meteré baza, ni cambiaré una eñe.

Espero que alguien con poder y talento lea algún capítulo y … decida publicar el libro para las generaciones de hoy y para las venideras. La web y las redes sociales son extremadamente volátiles.


Portadilla del autor del libro “De los Verdiales a Bilbao”

PROLOGO

Esta historia que intento contar aquí como “mis memorias” no tiene otra finalidad que la de darles a conocer a mis hijos, nietos y a aquellas personas que la quieran leer, los tiempos que me tocaron vivir en mi niñez, en un principio, en mi tierra natal que son Los Verdiales y, posteriormente, en ésta del Norte de España: Vizcaya, que de una forma u otra me acogió y al fin ha sido donde verdaderamente me he criado, pero en la cual me tocó vivir una … segunda y “dura” niñez. “Dura” dado lo desconocido que era todo para mí; “dura”, al tener que soportar el rechazo y discriminación al que en un principio fuimos sometidos por …“una parte” de los vascos. Quizás fuese una pequeña parte, sobre todo entre nosotros, los niños.

Luego también por otras razones muy significativas:
Una: Porque al estar desde niño lejos de mi tierra, en todo momento he estado acordándome de ella y añorándola y me costó mucho el adaptarme a ésta del Norte de España, tan diferente como desconocida para mi. Aunque en la mía natal se pasaban muchas necesidades yo añoraba siempre lo que había sido mi niñez en aquellos montes de Los Verdiales y en la Ermita del mismo nombre, donde vivía mi abuelo materno y donde yo pasaba la mayor parte del día con mis primos y amigos, vecinos de otros lagares.

Y dos: Porque a consecuencia de aquellos recuerdos, quise conocer más a fondo mi tierra, mi procedencia, mi familia, mis antepasados; en una palabra: mis raíces. Para ello toda la fuente de información a la que podía aspirar eran mis padres, así es que yo les preguntaba nombres y apellidos de sus abuelos, dónde habían nacido, cómo habían vivido, pero mis padres apenas si sabían los apellidos de sus abuelos ya que en aquellos tiempos y en aquellos lugares, no se preocupaban mucho de esas cosas; tenían otras preocupaciones que eran mucho más importantes: las de trabajar de sol a sol para subsistir, sin preocuparles como se apellidaban sus abuelos.

Estos son otros motivos más que suficientes para que aumentase mi interés en indagar todo lo que pudiese sobre el tema, aunque sabía que iba a ser bien poco lo que pudiese sacar, porque si mis padres no me podían dar datos concretos ¿dónde los iba yo a buscar?

Y así, sin saber apenas nada de nada, empecé a escribir simple y llanamente lo que yo me acordaba de mi corta vivencia en Los Verdiales: corta pero real. Con los recuerdos y la mentalidad de aquel niño de entre siete y diez años, voy a intentar contar cómo vivía, qué hacía, cómo me lo pasaba con mis primos en la loma de la Ermita, en casa la chica, con los “torerillos” cuando sacaba los guarros a “carear ”, dejándolos a su aire, mientras yo me entretenía en buscar nidos, poner trampas, jugar con mis primos o con Antoñillo el de “La Escardá”, etc.

Así que con lo poco que tengo y fiándome más que nada de mi memoria, voy a escribir algo para que a mis hijos no les pase lo que a mí. En este libro voy a intentar contar las cosas, tal y como yo las recuerdo desde que tuve uso de razón hasta hoy. Más de una vez describiré una cosa u objeto como muy grande; quizás no lo fuese tanto, lo que ocurre es que yo era muy pequeño y aquello me parecía grande.

Lo poco que yo viví en Los Verdiales y lo que recuerdo de mi infancia allí, coincidió con la terminación de la guerra civil española y el inicio de la posguerra, bajo lo que sería una larga dictadura que había de durar más de cuarenta años, con las consecuentes penalidades y persecuciones sufridas por los derrotados y simpatizantes de éstos: los que tuvieron que estar escondidos en los montes durante años hasta que finalmente fueron eliminándolos poco a poco, hasta acabar con todos.

Quizás algunas cosas os pueden parecer demasiado infantiles pero es que yo así las viví, así las recuerdo y no lo puedo contar de otra manera, porque entonces sería traicionar mi memoria y a mí mismo.

Cuando empecé a escribir en una libreta cuatro notas a mano porque no tenía ni maquina de escribir, no sabía muy bien hasta donde podía llegar, ni el título que le iba a dar (algo de Verdiales desde luego tenía que ser) por ese motivo empece a poner: “Verdial 1, 2”, etc. en lugar de capítulos.

Ya muy posterior en la mili, aprendí a “aporrear” algo una máquina de escribir y más, posteriormente en el trabajo, hasta que finalmente acabé comprándome una de segunda mano. ¡Así ya era otra cosa! De todas formas, llevaba un proceso muy lento ya que cuando me acordaba de algo lo tenía que escribir a mano en un cuaderno a modo de borrador y cuando me parecía que estaba bien, lo pasaba a maquina. De esta forma lo tenía que escribir todo dos veces.

Cuando ya mis hijos fueron mayores y habían salido los ordenadores, Juan Carlos se compró uno porque había hecho unos cursos de informática y tenía ya algún diploma. Un día que estaba yo copiando a máquina lo que había escrito a mano en el cuaderno, me dijo que podía hacerlo en el ordenador mucho más fácil. Me explicó un poco como entrar a Word. A mí todo aquello me sonaba a chino, no obstante me abrió un programa para que fuese yo escribiendo mis cosillas allí, le fui cogiendo el truquillo y de esta forma empecé a hacerlo más seguido y fácil para mí.

Aquí cuento como era nuestra vida de niños en aquellos montes, como tenía que bajar cada día a Málaga a por las raciones del pan andando desde aquellos montes de Los Verdiales, con siete u ocho años, cosa que me llevaba, entre ir y volver, toda la mañana, pues tenía que salir al despuntar el día, volviendo para la hora de llevarles la comida a mi padre y hermanos que estaban trabajando en el campo.

Aquí explico como eran nuestros juegos (nos teníamos que hacer nuestros propios juguetes), las distintas actividades del campo según la época y en las cuales teníamos que colaborar todos, grandes y pequeños, cada uno dentro de sus posibilidades, los cuidados de casa, de los animales que hubiese.

Intento narrar o presentar lo que es el entorno de Los Verdiales: como yo lo conocí mientras viví allí, para ello siempre tomaré como punto de referencia La Ermita de Verdiales. Intento contar como eran las fiestas de Verdiales, la junta de las pandas el día de los inocentes en Venta Alegre.

Contaré como un día cuando venía de Málaga con las raciones del pan, unas gitanas me abordaron quitándome los “bollos”. Y otra noche que no estaba mi padre nos robaron las gallinas; el miedo que pasábamos cuando venían “los civiles”; las trampas, los nidos, el tiempo de la fruta, cuando se me atascaban los chumbos; como íbamos a comer moras al moral de Santa Cruz; cuando cogíamos las aceitunas de “Manolillo el de La Torre”; cuando íbamos a “echar carbón”… ¡Cuántas veces me caía con la comida dejando a mi padre y hermanos sin comer!

Todas estas cosas que yo las viví de niño mientras estuve en Málaga, tanto las buenas como las malas, cuando lo pasé bien y cuando lo pasaba mal. Todo ello recordado con la mentalidad de aquel niño de siete u ocho años, un poco “canijo”, mal vestido, mal calzado, y con solo los conocimientos de la vida que la madre naturaleza le había dado, con la cual vivía cada día, cada momento, pero como no conocía otra vida ¡era totalmente feliz con aquello!

Cuando me fui a trabajar a Ponce, en el “cerro el Roaéro”, con los pavos. Os contaré unas bonitas historias de nuestras mascotas como eran “El Chamarríto” y el gato “Tito Miguel”. Moliendo las aceitunas de “Manolillo el de La Torre” en el molino de La Ventilla. Anécdotas campesinas. Y no podían faltar los relatos de mi padre sobre su abuelo, así como las bromas pesadas de Siborea. Yo reconozco que soy un tanto pesado contando las cosas porque resulto ser “asquerosamente” detallista y, en consecuencia, un plomo, pero en este aspecto tampoco voy a cambiar ya, de modo que el que quiera leerme, tendrá que hacerlo tal como soy.

Ya, a partir del capítulo siete que se podría considerar como “la segunda parte de esta historia”, os contaré como finalmente nos marchamos a Bilbao: una nueva tierra donde me toca vivir una segunda niñez, integrándome en otro mundo totalmente diferente y desconocido para mi, con otras costumbres muy distintas a las mías, a las cuales no tengo más remedio que irme adaptando poco a poco.

En definitiva os contaré como transcurrió aquel viaje de Los Verdiales a Bilbao.


Seguir leyendo: Capítulo 1 – 1º

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