0391. Memorias de Juan Calderón Salas. Capítulo 3 – 2º

La casa de Juan Calderón

Continuando con el tercer capítulo de las memorias de Juan Calderón Salas, retomamos el momento en que, tras el robo de las gallinas, el padre de Juan regresa de Mangarrete (gracias a Dios, sin haber llegado a utilizar su escopeta) y se discute el incidente, en donde se  recuerda a la “gente de la sierra” y se recibe la visita de la Guardia civil.

Capítulo 3 – 2 º La gente de la sierra.

¿Podrían ser gente de la sierra? [los ladrones de las gallinas] Por aquella época andaban bastantes todavía por aquellos montes y todos iban bien armados de fusiles. Pero esto era muy difícil, porque aquellos hombres se refugiaban en las casas de los pobres como nosotros y cada vez que llegaban a alguna casa, aunque fuese de paso, lo que solían hacer siempre era dejar comida.

Cuando llegaban de paso, siempre lo hacían de noche, pues de día se quedaban escondidos, bien en alguna de las casas que ya tenían elegidas o bien en alguna cañada cerca de ella, y sabiéndolo los que viviesen cerca, para avisarles en el caso que se supiera algo de los “civiles” por aquellos alrededores.

Concretamente, en mi casa estuvieron alguna noche de paso y siempre nos dejaron algo de comer. Me acuerdo una vez, que traían unas fiambreras de lonchas de jamón y que comimos todo lo que quisimos de aquel jamón criado con bellotas y garbanzos negros como todo el de por allí. Yo comí tanto jamón que me hizo daño y estuve unos días malo, pero… ¿cómo le decía yo a mis primos y demás que me había hecho daño el jamón? Con lo mal que lo pasábamos no me iban a creer y no les podía decir lo de los hombres de la sierra porque eso era un secreto sagrado que no se podía comentar absolutamente con nadie, aunque fuese de la familia (si en su casa no paraban estos hombres).

Parecía mentira, siendo unos niños como éramos, el sentido de la responsabilidad que teníamos cuando había que guardar un secreto de aquella índole, porque conociendo a “los civiles” y la forma de actuar que tenían, sabíamos a lo que nos exponíamos si se nos escapaba algún comentario sobre aquellas gentes, como digo, ni a nuestros primos aún estando todos los días con ellos.

Una de las pocas veces que estuvieron en mi casa, como era natural en estos casos, siempre teníamos todos los caminos a lo lejos vigilados. Aquel día estaban dos: uno bastante fuerte que siempre le ví con pantalón de pana marrón claro. Ahora no me acuerdo de como se llamaba; el otro sí, se llamaba Miguel. Tenía un bigotillo muy bien recortado moreno.

Aquel día estaban en la habitación de Antonia, aprovechando que mi hermana trabajaba en Málaga donde unos “señoritos”. Roque, mi primo Paquillo el de la Chica, el Torerillo y yo estábamos en la umbría de “Luisico”, frente a la casa, y en un preciso momento que estábamos mirando hacia ella, sonó un tiro dentro de casa y vimos como una teja saltaba para arriba. Claro, mi primo y el “Torerillo” no sabían nada de aquello. Roque no lo sé, pero yo me cagué de miedo pensando: ahora ¿que decimos a estos?

Porque, cosa natural, enseguida preguntaron –¿qué ha sido eso? Y parece que teníamos la respuesta preparada. No se nos ocurrió otra cosa que decir, y dijimos: –¿Eso? Algún cohete de los que ha traído mi padre de Málaga. No sé si lo creyeron o no, el caso es que no se habló más del asunto por lo que respiramos más tranquilos. Cuando volvimos nosotros a la casa nos enteramos que estando Miguel sentado en la cama de Antonia, limpiando el fusil, se le había escapado un tiro hacia el techo. Efectivamente, miramos hacia arriba y allí estaba el agujero de la bala que había levantado la teja.

Otra vez, ya bastante más adelante, recuerdo como estuvo el Miguel, unos días escondido en la cañada del Palmarejo, un poco mas arriba del pozo nuestro, pues había una especie de cueva natural disimulada entre zarzas y cañas. Yo iba mandado por mi madre a las mañanas o a las tardes como si fuese al pozo y le llevaba algo de comer y le decía si se habían visto o no “los civiles” por allí.

Una de las mañanas que fui al escondite de la cañada, me encontré la cueva vacía: no estaba Miguel, ¿se había ido? Desde aquel día, ya no los vimos más a ninguno. Sabíamos que cada día estaban más acorralados por “los civiles” hasta que los fueron matando a todos.

Volviendo a los ladrones de las gallinas, cabía la posibilidad de que fuesen los mismos “civiles”, para luego echarles la culpa a “los de la sierra”, para que la gente no los escondieran, como así lo hacían en muchas casas, porque ellos cuando venían, siempre daban comida a los que no tenían. Así que pudo muy bien tratarse de una maniobra de “los civiles”. De cualquiera de las maneras, fuesen rojos o civiles, si llegan a enfrentarse aquella noche a tiros, como había dicho mi padre ¿que hubiese pasado?… ¡Sí! ¡Efectivamente! Ahora yo también pienso que fue mejor así [que el padre de Juan no se enterara de nada y no la liara a tiros con los ladrones]. De otra forma quizás no estaría yo contándolo hoy después de tantos años.

Llegan “los civiles”

Unos días después de robarnos las gallinas, ocurrió algo más desagradable aún. Todo el mundo sabía que por allí andaban “gentes de la sierra”, por lo que la guardia civil, daba frecuentes batidas por las casas y alrededores. Una noche (coincidió que estaba mi padre en casa) estábamos cenando todos, menos la Antonia que estaba trabajando en Málaga.
Como digo, estábamos cenando cuando llamaron a la puerta con unos golpes muy fuertes, (no llamaban con la mano). Mi padre levantándose se acerco a la puerta y preguntó –¿Quién vive?, como se decía entonces por allí, y una voz contestó –¡La Guardia Civil! Mi padre quitó la tranca de la puerta y la abrió. En la calle reinaba una completa oscuridad. Mi padre salió hasta el escalón de la entrada, entonces de una esquina del llano salió una voz autoritaria que dijo –¡Que salga todo el mundo con las manos en alto! Mi padre volviéndose hacia nosotros, que estábamos detrás de él, con mas miedo que vergüenza, nos dijo con su habitual tranquilidad –¡Venga niños!, salir todos aquí fuera.

Lo que cuento ahora es otra de las cosas que me quedó grabada para siempre, como cuando me caí con la comida en la mina de “Santa Cruz”.

Pues bien, salimos todos. Yo me arrimé a mi padre. Roque salió el último y se quedó con los brazos en alto, sí, pero apoyados en los lados de la puerta. Fuera no se veía nada. Aquello parecía la boca del lobo. Solo se distinguían, a medida que nos íbamos acostumbrado a la oscuridad, los bultos de las higueras, del olivo de la corraleta, las pencas y un poco las plantas de geranios que había por el borde del llano.

Al momento de salir a la calle, empezaron a salir sombras que parecían fantasmas con grandes y largas capas. Salían de las esquinas de la casa, de detrás de cada planta de geranios, de todas partes salían hombres armados de fusiles y apuntándonos a todos nosotros. A medida que se iban acercando y les daba la poca luz del candil de casa, vimos que efectivamente eran “los civiles”. El que tenía el mando, creo que era un sargento; se acercó a mi padre y poniéndole el cañón del fusil prácticamente en el pecho le pregunto –¿No queda nadie más en la casa? -¡No señor! No queda nadie, le contestó mi padre.

¡Esta bien! Usted me acompañará a registrarlo todo. Los demás que se queden aquí fuera. Se refería a nosotros. Y dirigiéndose a los demás guardias dijo –¡Ustedes, rodear la casa! ¡Y los ojos bien abiertos! Ahora, dirigiéndose nuevamente a mi padre –¡Venga! ¡vamos para dentro!

Mi padre entró en la casa y el sargento le siguió con el cañón del fusil apoyado en la espalda. De esta forma vimos como entraron en la cuadra, salieron nuevamente a la cocina y el sargento dijo entonces –¡Vamos arriba! Y empezaron a subir las escaleras para los dormitorios. Esto no se me olvidará nunca: como al empezar a subir las escaleras, el guardia, sin quitarle a mi padre el cañón de la espalda le dijo:

¡Tenga en cuenta que si hay alguien escondido, el primer tiro va para usted!

A mí me retumbaron aquellas palabras en la cabeza de tal manera, que sentí un escalofrío recorrerme todo el cuerpo. Repito: no creo que se me olvide aquel momento y aquella imagen de mi padre con las manos en alto y el mosquetón apoyado en su espalda. ¡Cuantas veces dimos gracias a Dios porque aquella noche no había aparecido nadie por casa! Me refiero a ninguno de aquellos hombres de las sierras que solían pasar y quedarse algún rato.

Cuando bajaron de las habitaciones de arriba, el sargento se asomó a la puerta y nos mandó entrar en casa, y dirigiéndose de nuevo a sus hombres les mandó –¡Qué se queden dos fuera! ¡Uno en cada esquina! ¡Los demás pueden entrar también!

Entonces vimos como entraban cuatro o cinco “civiles” con las capas largas, aquellos tricornios brillantes y los mosquetones en la mano. Ahora ya, el sargento más tranquilo y cambiando totalmente el tono autoritario anterior, le dijo a mi padre -¡Sigan, sigan cenando y que les aproveche!

Ellos se sentaron y como no había sillas para todos, me acuerdo que uno se sentó en el primer escalón de las escaleras. Echaron mano a los zurrones que llevaban y sacando fiambreras se pusieron a comer también, pero ellos sacaban de las fiambreras tacos de lomo con manteca roja, lonchas de jamón y pan del blanco. Empezaron a comer y ahora muy amables le dijo el sargento a mi padre –Ustedes perdonen nuestra forma de llegar, pero comprenderán que como están las cosas, es nuestra obligación tomar toda clase de precauciones.

Mientras comían, cada uno tenía su mosquetón cruzado sobre las piernas. Cuando terminaron de comer le ofrecieron tabaco a mi padre y mientras mi madre recogía los platos de la mesa, los civiles estuvieron conversando con mi padre. Yo me quedé sentado junto a él mirando a aquellos hombres con mucha atención y curiosidad, pero también con más miedo que otra cosa. Yo me preguntaba ¿Porqué llegaron, con aquellos modales y ahora charlaban con mi padre como si se conocieran de siempre? Yo no lo comprendía.
También me daba cuenta por otro lado, como el sargento sacaba de vez en cuando su reloj del bolsillo superior de la guerrera, atado con una cadena que parecía de plata, miraba la hora y lo volvía a guardar. Recuerdo este detalle porque me llamó mucho la atención aquel reloj.

El sargento tirando la colilla al suelo y pisándola dijo –Tenemos notificación, lo que nos trae esta noche por aquí, de un robo en alguna casa que se encontraba una mujer sola con unos niños. ¿Me podía usted decir algo de esto? -Pues sí señor, precisamente fue aquí, en mi casa hace tres noches. -¿Y no estaba usted en casa? ¿dónde estaba? El sargento soltó las dos preguntas seguidas.

Yo estoy trabajando en el Lagar de Logarrio, con la yunta, con las cabras, lo que sea. Precisamente aquella noche estaba en Mangarrete, aquí arriba detrás de la loma, al cuidado de la casa y del ganado, pero no me enteré de nada hasta la mañana siguiente que pasé por aquí para ver a mi familia y decirles que me iba otra vez para Logarrio. Entonces mi mujer me lo contó todo. Que por cierto, a las voces de ella llamando a mi hermano, que vive aquí enfrente, parece que se espantaron y cuando mi hermano llegó ya no había ni rastro de los ladrones, pero se habían llevado once gallinas. Así que cuando yo llegué a Logarrio aquella mañana y conté al patrón lo que había pasado en mi casa, me dijo que estuviese unos días viniéndome a casa por las noches, ya que normalmente, no vengo nada más que una o dos noches a la semana. ¡Este es el motivo de estar esta noche aquí!

¡Bien! Entonces nos va a mostrar por donde entraron y salieron los ladrones. Pidió el guardia. –¡Ahora mismo! dijo mi padre levantándose.

El sargento y los demás civiles se levantaron también, dispuestos a seguirle. Entraron de nuevo a la cuadra donde estaban las gallinas, pero esta vez sin los brazos en alto y sin llevar el cañón del fusil en la espalda. Salieron al patio mirando la pared por la que habían saltado los ladrones. Volvieron a la cocina hablando algo con mi padre, el sargento miró una vez mas su reloj y dijo a los demás guardias –Bueno ¡es la hora!

Todos se levantaron colgándose los mosquetones al hombro. Se despidieron disculpándose por la forma de llegar y salieron para la calle, perdiéndose en la oscuridad de la noche y ahí quedó todo.

Por aquellos montes, todo el mundo les tenía pánico a “los civiles” porque cada vez que pasaban por allí iban buscando algo o a alguien, a todos los trataban con hostilidad y con un total abuso de autoridad. Tal era así, que cuando un simple cabrero estaba pastando las cabras y los veía venir asomando por una loma, que se les veía de lejos por lo destellos de los tricornios con el sol y casi siempre venían cuatro o seis montados a caballo, el pobre cabrero que les había visto venir, no sabía dónde meterse para que no le vieran, porque les freían a preguntas y si alguna contestación no era del agrado de los civiles, en el mejor de los casos le pegaban un par de tortazos a placer o con la fusta y seguían su camino.

No sería la primera vez, que como al cabrero, a uno que estaba cogiendo aceitunas cerca del camino por donde pasaban los civiles, estos le han llamado al camino y porque no les había dado los buenos días o las buenas tardes al verles pasar, le han dado cuatro fustazos, o desde lo alto del caballo un culatazo con el fusil, tirándole patas arriba, siguiendo entonces su camino tranquilamente.

Por eso, yo aquella noche, la primera vez que los veía de cerca, no dejaba de mirarles con temor y respeto, y admirando su equipo, armas, y correajes con hebillas relucientes y sus botas altas con espuelas, pues los caballos supongo que los habrían dejado con alguno de ellos en los alrededores de la casa. Todo era extraño y nuevo para mi, por eso les miraba con tanta atención y … ¿porque no decirlo? “cagáo” de miedo.


Continuará con “El tiempo de la fruta”

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