0415 Juanito, pavero en el lagar Ponce (Memorias de Juan Calderón)

Juan Calderón Salas aborda en el capítulo 4º de las memorias que escribió para sus hijos, nacidos y criados en Bilbao, los trabajos que vio realizar a su padre, Juan Calderón Martín, y en este fragmento nos cuenta las labores de la almendra y como su hermano Roque pasó un mal rato al imitar los pasos del padre en la limpieza del pozo malacate de Tintorero.

Pero lo más interasante y conmovedor es el relato de su primer trabajo fuera de su casa -todavía muy niño- como pavero en el lagar Ponce, donde pasaba todo el día absolutamente solo en lo alto de la hoya del cerro Roaéro, en compañía de pavos, cerdos, lagartos y culebras. A Juan, no le faltaban entretenimientos allá arriba. Eso sí, el trabajo le duró muy poco.


Capítulo 4. 3ª parte.
La labor de la almendra

La almendra como la aceituna y demás frutos del campo, todos tienen su labor correspondiente. La almendra una vez madura se abre ligeramente su “capote”, una cascara gruesa y con una ligera pelusilla. Cuando está madura se procede a su recolección que lleva varias facetas:

En primer lugar hay que varearla para echarla al suelo. Este método es muy similar al de la aceituna. Seguidamente hay que recogerlas del suelo manualmente, con canastos y llenando los sacos para su traslado a casa.

Una vez recogidas, hay unos sitios determinados, que puede ser en la era de trillar la mies, o bien en cualquier explanada cerca de la casa, en cualquiera de estos sitios, se extiende para su secado al sol durante unos días. Transcurridos los que se crean necesarios se vuelven a recoger y se apilan, ahora ya dentro de casa donde se procederá a su descapote total, que consiste en quitarles totalmente el capote que se abre al madurar, pero siempre queda alguno que no se desprende solo.

Para esta labor y para las siguientes, el dueño de la finca contrata a cuadrillas normalmente de mujeres y jóvenes. Estas personas se sientan alrededor del pilón de almendras con un saco vacío o algo similar cubriendo las piernas, colocan una piedra plana sobre las rodillas, a continuación se llena el regazo del saco entre las piernas de almendras y con una barrita de hierro se van librando de los capotes, esto se le llama “descapotar”, para finalmente “partirlas” y sacar ya lo que es la pipa, la cual, una vez limpia y envasadas en sacos, se llevará a Málaga para su venta a los almacenes.

En esta época de la recolección de la almendra era frecuente oír hablar entre las mujeres y jóvenes diciendo -“¡Yo voy a La Escardá a “descapotar”¡Ay! Pues nosotros estamos ya “partiendo” en Tintorero.

En malacate de Tintorero.

Cuando hablaba del molino de “La Ventilla”, no dije cómo antes de ésta, había otro lagar: Tintorero, concretamente entre La Falcona y La Ventilla. En este lagar también había molino de aceite. Un poco más abajo del molino de Los Ricos, a orillas de la cañada, había unos huertos que pertenecían a Tintorero en los que tenían para regar un “malacate”. Este pozo, que suele ser hondo y estrecho, hay que limpiarlo periódicamente del barro y lodo que se va acumulando en el fondo.

Me cuenta Roque una anécdota que le ocurrió a él en el malacate y yo no me acordaba. Los dos habíamos visto a mi padre en más de una ocasión como se metía en el pozo para limpiarlo. Como no era muy ancho lo hacía apoyándose con los pies por las paredes hasta llegar al fondo, previamente se había vaciado todo el agua. En estos pozos además del artilugio para sacar el agua con la caballería, siempre había un balde con una soga y una carrucha para sacar agua manualmente cualquiera que pasase para beber. En este caso concreto era una lata lo que tenían atado en la soga.

Un día fue Roque a sacar un poco de agua para beber con tan mala suerte que se partió la soga y se le cayó la lata quedándose flotando en el agua. Pero ésta estaba bastante baja y no llegaba desde la boca del pozo a coger la lata. Entonces decidió bajar a por ella como tantas veces había visto de hacerlo a mi padre, bajando con los pies por las paredes del pozo, pero… él, obviamente, tenía las piernas más cortas que mi padre y comoquiera que estos pozos suelen estar más anchos por abajo, pues llegó un momento en que las piernas no le llegaban de un lado al otro y además se resbalaba por la humedad acumulada en las paredes y ya cansado llegó un momento en que no podía ni para arriba ni para abajo, estando a punto de caer al agua, que sin lugar a duda, se hubiese ahogado porque era muy hondo. Finalmente, el mismo miedo, creo yo, le hizo a su vez hacer un esfuerzo sobrehumano y salió, pero el susto no se lo quitó nadie. ¡No se! No me ha dicho si lo volvió a intentar. Yo creo que no.

Trabajando en Ponce (Mi primer trabajo fuera de casa)

Cuando tenía yo unos ocho o nueve años, no sé si por ganar una peseta o por quitar una boca de casa, la cuestión es que me mandaron a trabajar a un lagar llamado “Ponce”. Esto está un poco más abajo de “Los López“, en la rivera de un gran arroyo, que lleva su nombre: Arroyo Ponce. El dueño se llamaba Paco Estebané, pero como era natural entonces, todos le conocían simplemente como “Paco el de Ponce”.

Al otro lado del arroyo arranca un gran monte conocido como “el cerro Roaéro“, precisamente el lado que da a “Ponce” tiene una gran altura y es muy pendiente. Quizás de ahí le venga ese nombre. Yo me acuerdo que la tierra de este cerro es arenosa y las piedras parecen de esmeril. Nosotros le llamábamos “asperón” y las usábamos para afilar los cuchillos o navajas, que tanto se usaban por todos los que trabajaban en el campo y sobre todo los arrieros. En aquel monte había muchos algarrobos y se cogían muy buenos espárragos.

Como digo, me mandaron mis padres a trabajar a Ponce de “pavero“. No me acuerdo si me pagaban algo o solamente estaba por la comida y la cama. Esta última consistía en una colchoneta llena de paja tirada en el suelo y una manta vieja de esas que usaban los soldados. Yo podía ir a mi casa una noche a la semana y siempre después de terminar mis labores. Lo que pasaba era que la mitad de las veces no iba porque me daba miedo, pues tenía que ir de noche por lomas y cañadas, pasar por debajo de las bajeras de algunos algarrobos del camino y éste, a su vez, transcurría entre grandes riberas de pencas en casi todo su trayecto.

Por Los López, la loma frente a La Gavira y de Los Valles, entre encinas y chaparros , todo ello de noche cerrada como boca del lobo. Yo cuando salía de Ponce para ir a mi casa, lo primero que hacía era llenarme los bolsillos de piedras. Iba andando y miraba más para atrás que para adelante, aunque no veía absolutamente nada pues la oscuridad era total, ya que la única claridad que podía haber era la de las estrellas cuando no estaba nublado y por si esto era poco, debía pasar junto a algunas casa que en todas había perros guardianes sueltos, que de noche podían atacar a cualquiera, otra cosa esta, que me daba pánico.

Cada vez que tenía que pasar por debajo de un algarrobo, me acordaba del pobre Bartolo el de Los López, que se ahorcó en uno de ellos por aquellos alrededores. Yo cada bulto que divisaba en la oscuridad, ya fuese una mata de altabaca, un árbol pequeño, o una simple piedra, a mí me aprecia un hombre con el saco esperándome o el fantasma del perro de Pepe Medina que colgó en el moral de Santa Cruz.

A pesar de todo, yo seguía para adelante con las piedras en los bolsillo pero “cagaito” de miedo. Aún así, podían mas las ganas de ir una noche a mi casa, que todo el miedo que pasaba para llegar.

Desde luego mucho miedo me daba a mi atravesar todos aquellos parajes de noche y con solo ocho o nueve años, pero a pesar de todo, los andaba en aquellos tiempos, cosa que estoy seguro hoy no lo haría, porque aunque yo era un niño miedoso, ¡si!, pero hay que reconocer, que como vivía en aquel ambiente, estaba familiarizado con aquella naturaleza.
Seguro que hoy, repito, no lo haría ni por nada.

Bien volvamos al trabajo. Yo fui a Ponce, como digo, de “pavero”. Esto consiste, como su palabra dice, en cuidar de los pavos. Tenían una banda de ellos muy grande y mi misión era sacarlos al campo y estar todo el día con ellos en aquellos montes. Normalmente, a los pavos se les conduce muy bien por donde quieras: un camino, un llano, por donde sea. Todo el artilugio para conducirlos consiste en una caña, larga y si es posible con un trapo o un lazo en la punta. Con esto los metes por donde quieres si sabes manejar la caña.

A primeras horas de la mañana lo primero que tenía que hacer era sacar los pavos del corral. Cogía mi caña y empezaba a agruparlos, guiándolos para cruzar el arroyo y subir loma arriba hasta llegar detrás del cerro Roaéro, a una gran llanura que le llamaban la Hoya del cerro Roaéro.

Tenia allí tal extensión, que dejaba los pavos a su aire mientras yo mataba el tiempo cazando lagartijas o apedreando lagartos, que los había enormes de color verde. De vez en cuando, echaba un vistazo para ver por dónde andaban los pavos. Por las mañanas cuando me levantaba, me daban mi café con leche de cabra migao con sopas, me ponían en un zurrón un cacho de pan blanco, un taco de tocino o una fiambrera con unas tajadas de lomo en manteca roja, para todo el día hasta la noche. Yo sacaba los pavos del corral, me colgaba el zurrón a la bandolera, cogía la caña y al monte.

Aquella hoya del cerro era la cara norte “del cerro Roaéro”. Por esta parte no tenía tanta pendiente, pero había más maleza y muchos pedregales en toda la pendiente y en la llanura donde yo pasaba el día.

Este terreno con su clima cálido es muy propio de muchos y grandes reptiles, así como de caza menor, conejo, perdiz, etc. Por consiguiente, había, como he dicho antes, lagartos verdes del grosor de mi brazo y muchas culebras de todos los tamaños también.

Pero el caso es que a estos “culebrones”, yo siendo un crío, les tenía respeto, sí, pero no miedo, porque como digo estaba familiarizado con el entorno, acostumbrado a verlos a diario a cada momento y pasar el día entre ellos como la cosa mas natural. Así es que cuando salía una culebra de estas que se tragaba un lagarto de aquellos y hasta un conejo, yo la seguía a pedradas hasta darle muerte si no se me escondía antes, cosa que tampoco haría hoy porque ya he perdido la costumbre de verme entre estos bichos. Ahora veo un bicho de esos y me da “repelusco”, poniéndoseme los pelos de punta.

El pavo tiene una particularidad para avisarte en cuanto hay una culebra cerca. La descubren muy pronto y se ponen todos en círculo, rodeándola, con las cabezas altas y amenazándola con sus graznidos. Algunos con las alas abiertas llegan a atacarla a picotazos.

Yo cuando ocurría una cosa de estas me divertía mucho. Daos cuenta que era mi mayor distracción durante todo el día cuando los pavos descubrían una culebra y me avisaban con su escándalo. Me iba para el lugar del espectáculo y con la caña le pinchaba. La culebra se revolvía y los pavos más viejos con las alas abiertas, como digo, le lanzaban un picotazos al tiempo que saltaban hacia atrás. Entonces la culebra intentaba seguir su camino para esconderse. Yo volvía a pincharle, el pavo otro picotazo y otro salto hacia atrás. Así una y otra vez. De esta forma, pasábamos muy buenos ratos, los pavos y yo.


Continuará con la segunda parte de su trabajo en Ponce y cómo y por qué lo perdió enseguida.

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4 respuestas a 0415 Juanito, pavero en el lagar Ponce (Memorias de Juan Calderón)

  1. Manuel Pinazo Garcia dijo:

    Buenas Tardes,
    Todos los trabajos del campo que usted se refiere en su articulo, los hemos echo toda mi familia incluido mis hermanos y yo que eramos los mas chicos como se decia entonces,yo cuando empeze a trabajar en el campo tenia 8 años y yo era el mayor de cuatro hermanos.
    Asi que reconozco todas esas vivencias con nostalgia, y algo de pena porque todo aquello a pesar de las dificultades de la epoca era mas bonito que lo que hay ahora, por donde yo naci y me crie era todo un vergel y ahora vas y te dan ganas de llorar esta todo totalmente avandonado que lastima!!.
    Salud.

    • Porverita dijo:

      Hola Manuel,
      Tienes mucha razón, y a Juan Calderón, que se crió en la loma de la Ermita de Verdiales y en las cañadas de alrededor le pasa lo mismo que a ti: se recuerdan aquellas experiencias y vivencias de la vida en el campo con añoranza. Aunque fuera dura, era una vida heróica y en comunión con la naturaleza, a la que se le encontraba más sentido que a esta de desarraigo de ahora.
      Aún quedan bastantes fragmentos de sus recuerdos de niño en la Ermita que iré publicando poco a poco, y luego vendrá su peripecia en la emigración a Bilbao a donde llegó con 12 años, donde sin duda se hizo y se peleó una vida algo mejor, pero con el dolor de tener que vivir casi toda su historia lejos de Málaga y de la fiesta de verdiales que adora y añora.
      Si nos quieres contar tus propios recuerdos de la fiesta de verdiales o de tu vida en el campo, el Diccionario está abierto a las memorias y testimonios de todos aquellos que aman o han amado la fiesta de verdiales.
      Salud.

  2. Juanele dijo:

    Saludos amigos:
    Sr. Manuel Pinazo, gracias por su comentario, como ya le ha contestado mi amiga Porverita y muy acertadamente por cierto, mucho mejor de como yo lo hubiese echo, solamente me queda decirle, que a los que emos vivido aquellos tiempos y en aquellas circunstancias, no nos hacen falta muchas esplicaciones para entendernos bien.
    A propósito de lo que dices Porverita, sobre la añoranza de mi tierra, siempre recuerdo un fragmento de una canción, que escuché una vez y no se me olvida, terminaba así:

    ¡Que bonito es despertar y asomarte a la ventana con el Sol recién salio,
    que bonita es la mañana, del sitios donde has nacido!.
    Un cordial saludo.

    • Porverita dijo:

      Olé, por esa canción que resume mejor que nada de lo que digamos los demás, lo que significa vivir y amanecer cada día en la tierra que te ha visto nacer.
      Salud, para Manuel y para Juan que recuerdan y muy bien todo aquello.

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