0416 Primer trabajo y primer “despacho” (Memorias de Juan Calderón)

Ahora os explicaréis como el niño Juanito (Juan Calderón Salas o Juan de Bilbao) perdió su primer trabajo en Ponce. Y también como convivía en buena armonía con toda clase de animales -cerdos y caballos- pero un animal tan tontorro como los pavos, se la juraron a nuestro niño-pavero.

Visto y no visto, el niño de la Ermita, fue enviado de vuelta a casa: despachado como nos cuenta Juan. Cosa que no lamentó él ni lamentamos nosotros ahora.

(Me gustaría ilustrar esta entrada de las Memorias de Juan Calderón Salas con una buena fotografía de la hoya del Cerro Roaero, donde transcurrían sus días y sus noches, pero no la encuentro en internet. Si alguien me la puede proporcionar y enviar, el agradecimiento será proporcional a la calidad de la foto. 🙂


Capítulo 4º – 4 parte.
Otros trabajos en Ponce y fin de su etapa de “pavero”.

Anteriormente decía, como lo pavos son fáciles de conducir, pero dije normalmente, porque no siempre es fácil, pues cuando han estado todo el día en el campo y quieren regresar a casa, o más aún cuando llega la tarde, cuesta trabajo controlarles para que no se te marchen solos. Tienes que arrancar con ellos, pero siempre sujetándoles con la caña, poniéndosela con el lazo delante, de esta forma les hace de freno, aunque no siempre daba buen resultado.

Cuando yo salía de la hoya del cerro para bajar la loma que había subido a la mañana, tenía que tener mucho cuidado porque en el momento que daban vista a la casa, allí al fondo del arroyo, se me escapaban, echándose a volar. Yo intentaba por todos los medios aguantarlos con la caña, pero en cuanto uno arrancaba, ya no tenías nada que hacer. Si ponía la caña por la derecha se me iban por la izquierda o viceversa. Como eran muchos, ya no podías con ellos, terminando solo con la caña.

Cuando me pasó esto la primera vez, me pareció divertido y me quedé mirándoles asombrado viendo como planeaban desde lo alto de la loma hasta la casa unos pajarracos tan grandes y los pechugazos que pegaban algunos al llegar abajo. Pechugazos éstos, que a consecuencia de ellos, algunos morían después, al día siguiente o a los dos días.

El primer día, como digo, me pareció divertido así que cuando me dejaron solo, me eché la caña al hombro y seguí loma abajo cantando por verdiales. Pero cuando llegué a Ponce, me echaron una bronca de aúpa. Entonces comprendí que no debía dejar a los pavos volar otra vez, aunque una cosa era lo que debía de hacer y otra lo que podía hacer, pues en cuanto daban vista a la casa, no se podían aguantar y siempre alguno escapaba volando provocando la estampida y ya me era imposible el controlarlos.

Muchas veces me dejaron solo en lo alto de la loma, pero ya no bajaba yo cantando, si no todo lo contrario. Cuando se me escapaban lloraba de rabia, impotencia y temor a la regañina, la cual no podía ya evitar y a consecuencia de estas espantadas de los pavos, acabaron mandándome a casa, diciendo a mis padres, que yo echaba los pavos a volar desde el cerro Roaéro, por lo cual ya se habían matado unos pocos.

Pero antes de ocurrir todo esto, me explotaban a tope en todo, porque yo fui como pavero, en cambio tenía que hacer de todo, pues además de los pavos tenían una piara de guarros y me los tenía que llevar junto con los pavos y tenerlos en el campo todo el día también.

El dueño, Paco el de Ponce, tenía un hijo que se llamaba Antoñillo. Este sería cuatro o cinco años mayor que yo. También tenían un criado para la recua de caballos. Este muchacho sería de la edad de Antoñillo. Los caballos los llevaban de noche al monte, dejándolos pastar a su aire toda la noche pero, se tenía que ir alguien con ellos y pasar la noche en el monte con una manta lo que se llamaba “dormir a práo“.

Algunas noches no sé si porque el otro muchacho no estaba o por qué, el caso es que se iba con lo caballos Antoñillo y me decía que me fuese con él, cosa que a mí me gustaba y no me daba miedo. Entonces, me ponían de cenar, cogía la manta de mi cama y nos íbamos a dormir a práo, Antoñillo y yo. Normalmente los caballos de noche los llevaban a la hoya del cerro donde yo había pasado todo el día con los pavos y los guarros, así que no tendría nada de extraño, si digo que pasaba el día y la noche, en la hoya del cerro.

Los caballos los echábamos un poco más arriba de donde yo había estado, hacia la pendiente. Nos llevábamos una linterna porque de vez en cuando durante la noche había que levantarse y dar una ronda por si algún caballo se alejaba demasiado. Una de aquellas noches, durmiendo “a práo” en la hoya del cerro, estaba yo acostado en el suelo liado en mi manta, cuando me despertó un ruido bastante fuerte, como un resoplido pero muy cerca de mí. Yo sabía que Antoñillo estaba durmiendo en su manta a tres o cuatro metros de mí, pero aquel ruido me hizo levantar la cabeza sobresaltado. Al incorporarme para quedar sentado, me di un fuerte cabezazo con el hocico de un caballo, el cual al recibir mi cabezazo, soltó otro resoplido retirándose un poco de mi.
No sé si me hubiese pisado, creo que no, porque un caballo difícilmente pisa a una persona, pero el caso es que yo en aquel momento me quedé tan tranquilo, simplemente llamé a Antoñillo, pues me pareció que no estaba en su manta y así era. Me contestó un poco más arriba. Miré hacia allí y entonces vi la luz de la linterna que bajaba hacia mí, y me dijo que el Lucero se había subido casi arriba del cerro y había ido a volverlo para abajo.

El Lucero era un potro joven y le dieron ese nombre, porque tenía un lunar blanco en forma de estrella en la frente. Cuando estabamos de noche en el mote con los caballos, siempre se trababan de las patas delanteras, para que no se alejaran mucho, pero aquella noche el Lucero, trabado y todo se subió al cerro entre ahulagas, coscojas, chaparros y pedregales.

A mí aquello no me extrañó mucho, desde luego, porque en ese momento me vino a la memoria como un día estando con Pepillo el de Los López (el Gorrita) en el Molino de los Ricos, tenía éste los caballos de su tío Juanillo Portillo y entre ellos tenía también un potro joven, el cual aunque los demás estuviesen sueltos, este lo tenía que tener trabado porque era muy revoltoso, y estaba todavía sin domar. La cuestión es que ese día estando yo con Pepillo, no sé de qué se espantaron los caballos, que salieron corriendo cuesta abajo, se encontraron con una ribera de pencas delante, y todos la esquivaron, pero el potro trabado como iba, la salto limpiamente, por eso no me extrañó nada que aquella noche el Lucero de Ponce, se hubiese subido a lo alto el cerro trabado como estaba.

Tengo que decir también, antes de acabar mi capitulo de Ponce, que no me disgustó nada cuando me mandaron para casa diciéndome que no tenía que volver más, sino todo lo contrario. Me alegré muchísimo, porque resulta que como yo no había estado nunca todavía retirado de mi madre y mi casa, me daba mucha pena cuando llegaba la noche y no me decían que podía ir. Algunas noches, cuando me metía en la cama, me hartaba de llorar, tapándome la cabeza con la manta para que no fuesen a oírme.

Durante el día, mientras estaba por ahí con los animales, estaba distraído y no pensaba mucho en ello. Únicamente algunas veces que llegaba a lo alto del “cerro” y desde allí se veía La Escarda y La casa la Chica. Mi casa no la veía desde el cerro, porque por un poco la tapaba la casa de la Chica, pero me quedaba mirando para allí y se me ponían los ojos brillantes y húmedos. Por eso, cuando me despacharon, como se decía por allí, me puse bastante contento.

El criado que tenían para los caballos, fue el que un día, hablando conmigo, me dijo como había oído a los amos decir que me iban a despachar por lo de los pavos, cuando aquel muchacho me dijo aquello, yo me sentí ofendido en mi amor propio y rápidamente le dije: Pues diles tú, que te he dicho yo, que me voy a marchar.

Yo no sé con qué sentido le dije esto a aquel muchacho. Quizás pensé que diciéndoles yo aquello, no podían decir que me habían echado ellos, sino que yo me había ido. Algo así fue lo que se me ocurrió para salvar mi amor propio, pero no dio resultado, porque al día siguiente por la tarde me dijo la mujer de Paco: – Mira Juanito, puedes irte pa tu casa, ya no hace falta que vengas más, ya hablaremos con tu padre.

Así termino mi primer trabajo fuera de casa.


Continuará con: “De nuevo en casa”

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