0427. Juegos y juguetes (Memorias de Juan de Bilbao) Capítulo 5.1

Comenzamos a publicar el capítulo 5º de las Memorias de Juan Calderón Salas o Juan de Bilbao, donde nuestro amigo, criado en la loma de la Ermita de Verdiales, nos cuenta cómo se entretenían allí él, su hermano Roque y sus primos.

Parece de cuento, pero no lo es: la facilidad para cazar todo tipo de “bichos” o imitar en los juegos, las arduas tareas de los adultos.

Me ha encantado la forma tan imaginativa de divertirse.

Juan escribió esto para sus hijos -nacidos y criados en Bilbao- y la Porverita quiere dedicarle este fragmento de sus memorias a… Josemi “el Aburrío”, que encuentra, con la misma edad y en la misma geografía, formas muy diferentes de divertirse en el siglo XXI. ¡Bienvenido al mundo del facebook! 🙂

No tenemos fotos de las piaras de cabras o de las mulas con su carro hechas de vegetación de la Ermita, pero ponemos una foto del rinconcito verdialero de Juanele, con el que nos entretenemos en la edad adulta, todos sus amigos. Salud.

Rinconcito verdialero de Juan Calderón Salas (Juan de Bilbao)


Capitulo V. Nuestros juegos y juguetes

Nuestros juegos consistían en hacer todo lo que veíamos hacer a los mayores. Por ejemplo, como por allí andaban bastantes “piaras” de cabras, pues cogíamos las hojas de algarrobo, que son una especie de varetita con dos filas de hojas formando un ángulo longitudinalmente y les quitábamos las hojas por el centro, dejando las dos primeras y las dos últimas de la vareta, así figuraban cuatro patas, las poníamos boca abajo y eran las cabras.

Formábamos una piara, con macho incluido, y éste con sus grandes cuernos, lo cual conseguíamos desgarrando la varetita de la rama con un poco de piel, que al desgarrarse quedaba hacia atrás, luego la habríamos por la mitad quedando dos tiras separadas y así eran los cuernos.

El macho, por lo general, siempre era un poco más grande que las cabras y teníamos chivitas pequeñas también. Luego las apareábamos como veíamos que lo hacían ellas. Todo lo que veíamos hacer a los mayores y a los mismos animales, nosotros lo hacíamos en nuestros juegos igual, haciéndonos claro está, nuestros propios juguetes para cada ocasión.

Yo, según tengo entendido, era un manitas para todo. Hacía los juguetes para mí y para mis primos, ya fuesen piaras de cabras, caballitos de pencas, o borriquitos con sus carros, y camiones del mismo material, así como yuntas de mulos también de pencas.

Como mi padre se pasaba muchas temporadas arando con una yunta, pues en un momento cogía yo unas pencas y hacía dos mulos y con unas varetas de hinojos, el yugo y el arado idéntico a lo real, con tan solo una navaja de herramienta. Uncía los mulos de pencas al arado de hinojos y me ponía a arar.

Normalmente estos juegos en mi casa los compartía con mi primo Rafalito el de la Chica, que era de mi edad y el que más cerca de nosotros vivía. Roque como era mayor, se juntaba mas con Paquillo, hermano de Rafalito, que era de su edad también. Cuando se juntaban ellos dos por un lado y Rafalito y yo por otro, como eran mayores nos hacían mucho de rabiar.

En los alrededores de mi casa, teníamos nuestras fincas de labranzas, las carreteras para los coches y camiones de pencas, con sus cocheras incluidas, así como los corrales para las cabras. Otras veces como sabíamos la forma en que se hacía el carbón, nos poníamos a picar leña y hacíamos un horno de carbón pequeño, pero sacábamos carbón autentico muy bien.

Por otro lado, como mi padre también estaba temporadas talando (podando), nosotros nos poníamos a talar unos arbustos que había por allí, a los cuales les llamábamos “salaos”. Tenían la misma forma de un árbol normal, los cogíamos con una navaja y cortándoles las ramitas que creíamos malas, como veíamos hacer a mi padre, los dejábamos muy bien talados.

Veíamos injertar un almendro, olivo, ciruelo, etc., en seguida cogíamos la navaja y a injertar nosotros también. Además sabíamos los arbustos y arboles que eran compatibles para injertar entre sí. Por ejemplo, el ciruelo, el melocotón y el almendro se adaptan bien para injertarlos entre ellos. El majoleto es un arbusto, que da unas bolitas rojas comestibles, a las cuales nosotros llamábamos tapaculo y tiene la piel y la sabia muy similar a los mencionados anteriormente, por lo que admite el injerto bastante bien entre ellos. Como podéis ver, todo esto que hacíamos como juegos, era a su vez constructivo, aunque algunas cosas no lo eran tanto.

Otras veces también nos dedicábamos a otras cosas no tan constructivas, como cazar lagartos a lazo o coger ranas en el charcón. Recordaréis como decía en los relatos de cuando estuve en Ponce, que los lagartos de por allí eran enormes y verdes.

Normalmente los lagartos tenían sus guaridas en los agujeros de las rocas, en barrancos y pedregales y salían a tomar el sol a la puerta de estos agujeros. En el momento que nos veían se metían para dentro rápidamente, pero sabíamos que en seguida volvían a salir y preparábamos un lazo corredizo con una guita fina (una especie de hilo bala), lo poníamos rodeando la boca por donde se había escondido el lagarto y nos colocábamos a un cierta distancia a esperar.

En apenas unos segundos empezaba a asomarse muy despacio, momento éste que ni respirábamos siquiera y tan pronto como asomaba la cabeza entera ¡Zas! un tirón de la guita y el lagarto era nuestro. Lo teníamos un rato sujeto en corto dejándole corretear para cansarle un poco, luego agarrándolo por detrás de la cabeza, le quitábamos el lazo del cuello. El lagarto generalmente cuando se le manosea un poco, suele quedarse un tanto aletargado y en consecuencia se le maneja bastante bien.

En estas guaridas de las rocas, suelen estar la pareja y cuando conseguíamos coger los dos, después de domarlos un poco como acabo de decir, los uncíamos con el yugo y el arado de hinojos poniéndonos a arar con ellos, cosa que hacían muy bien, porque siempre tienden a tirar derechos para adelante y solo teníamos que cogerles por el lomo, cuando llegaban al final y darles la vuelta, el resto lo hacían ellos, éste era uno de nuestros juegos favoritos, lo que ocurría era, que rara vez conseguíamos cazar la pareja y formar la yunta.

El charcón

En toda la cañada del Palmarejo, había muchas adelfas. Y dicho de paso, cuándo tenían las flores rosas y blancas, se ponía toda la cañada preciosa, pues todo eran flores por todas partes. Bueno esto ya lo he dicho antes, pero como estaba todo tan bonito, no me cansare de repetirlo.

Entre las adelfas, por debajo de mi casa había en la misma cañada una especie de alberca, que le llamábamos el Charcón, donde nos bañábamos muy a menudo entre ranas y culebras sin ningún reparo.

El Charcón tenía unas escalerillas de piedra para meterse dentro y cuando estaba lleno nos cubría, pero cuando llovía mucho que había riadas, se anegaba teniéndolo que limpiar como ocurría con el pozo de arriba, del cual cogíamos el agua, pero el charcón con mas frecuencia, puesto que estaba en el centro de la corriente.

En este lugar de muchos de nuestros juegos, como digo, había muchas ranas y culebras, aunque éstas últimas en menos cantidad, pero sí muy cazadoras de ranas. Muchas veces, nos íbamos allí a coger ranas nosotros para jugar con ellas. Cuando cogíamos una le metíamos una pajita por el culo, la inflábamos soplando y la echábamos al agua otra vez. Al estar inflada no podía sumergirse, pues flotaba como un globo aunque esto duraba poco tiempo, ya que se desinflaban rápidamente lo que a su vez le hacía desplazarse como si fuese un cohete por el agua, aquello duraba tan solo unos segundos pero nos reíamos mucho con ello. Luego en cuanto se desinflaban, se sumergían, perdiéndose en el fondo rápidamente. Entonces cogíamos otra repitiendo la misma operación.

Cuando cogíamos un sapo, que los había enormes también, entonces la cosa no se quedaba en el simple cohete por el agua, porque decían que escupían y nos daba mucho asco. Otros nos decían que si cogías un sapo, como era difícil matarlo a pedradas, por eso de que tienen la piel de sapo, si no te asegurabas que estaba muerto, por la noche iba y se metía en la cama contigo, pensando esto se nos ponían los pelos de punta como si fuesen espartos.

De modo que cuando cogíamos uno, antes de dejarlo por muerto nos asegurábamos bien de que lo estaba, para lo cual les hacíamos lo mismo que a las ranas, inflarlo con una paja por el culo, pero con una pequeña diferencia, al sapo no lo echábamos al agua cuando estaba inflado, a éstos los poníamos encima de una piedra plana, y le tirábamos otra encima reventándolos como un globo.

En las adelfas también vivía otra especie de rana. Estas eran pequeñitas y verdes y siempre estaban en las hojas de las adelfas, de tal forma, que por su color les servia de camuflaje, siendo difícil verlas.

Cuando cazábamos alguna de éstas, las sacábamos fuera de la cañada, las soltábamos en el suelo y claro, su instinto era volver a las adelfas dando saltos y nosotros cogíamos una cada uno haciendo apuestas a ver la de quién llegaba antes a la cañada otra vez. Estas pequeñas ranas daban unos saltos bastante más largos que las otras, supongo sería por estar adaptadas a saltar de hoja en hoja en las adelfas. De cualquier forma era otro medio de diversión.

Un día estando en el charcón, con nuestros habituales juegos, tuvimos una desagradable experiencia. Descubrimos de forma totalmente involuntaria donde tiene el cerdo un punto fatídico para matarlo. Estabamos Roque y yo en un pequeño llano que hacía la cañada justo delante del charcón, y un poco por encima de donde estabamos nosotros había unas encinas. Unos guarritos jóvenes andaban buscando bellotas, no molestaban a nadie, pero se nos ocurrió espantarlos de allí tirándoles unas piedrecitas pequeñas, con tan mala suerte que una fue a acertarle a uno de ellos en la frente. Éste hizo ¡Güín! Salió rodando y vino a caer delante de nosotros, ya muerto. Así de esta forma tan desgraciada y sencilla descubrimos, que el cerdo tiene en la frente un pequeño hoyito que dándole un golpe, cae fulminado igual que un toro cuando le dan la puntilla.

También con las adelfas hacíamos escopetas. Cortábamos una vara de las mas derechas posible. Le cortábamos las hojas con mucho cuidado de no romperle la piel. Le damos un corte en redondo cortando ahora solo la piel, dejando una empuñadura para la mano, a partir del corte se hacen unas torsiones y va despegándose la piel saliendo al final entera, quedando por un lado el tubo de la cascara y por otro la vara despellejada y limpia. Ahora cogemos y con las mismas flores, hacemos un tapón poniéndolo en el extremo más grueso del tubo de cascara, la piel o cascara de la adelfa es bastante gruesa. Empujamos el tapón de flores con la vara pelada hacia el final y lo dejamos ahí, ahora hacemos otro tapón igualmente de flores y lo introducimos tras el primero, de forma que al hacer presión, comprimiendo el aire como si fuese la bomba de una bicicleta, el primero sale disparado con un característico “Tum” Así jugábamos a pegarnos tiros unos a otros con los tacos de flores. Pero ¡ojo!, que si un taco de aquellos, aún siendo de flores te pega en la cara, te hace daño.


Contiunará

En la ermita:Los apuros de Antoñico

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2 respuestas a 0427. Juegos y juguetes (Memorias de Juan de Bilbao) Capítulo 5.1

  1. Juanele dijo:

    Hola Porverita,
    Como siempre gracias, por las introducciones tan bonitas, que haces previa a la publicación.
    ¡Caramba!, que sádico me suena ahora lo referente a los sapos, si me doy cuenta antes lo hubiese suprimido, pero bueno tened en cuenta, que eran otros tiempos y no dejan de ser; “cosas de niños”, hoy seguro que no lo haría, porque no me atrevería ni a coger un sapo de aquellos, ja ja ja.
    Bueno espero que os gusten, las andanzas de niños traviesos.
    Salud mañica.

    • Porverita dijo:

      Hola Juan,
      No creo que haya que suprimir nada de tus memorias, y lo de los sapos de los niños es “pecata minuta” con lo que hacían algunos adultos con su familia -y hay quien lo sigue haciendo. Eso sí que hay que denunciarlo y no ocultarlo, pero esos juegos que tú describes tan inocentemente, eran inocentes entonces y se deben conocer. Como bien dices, ahora ni lo hacen los niños ni lo haríamos nosotros.
      Todo lo que se narra del pasado hay que “leerlo” en clave de pasado y en su contexto: los niños o mujeres -no en tu caso o tu familia- eran tratados casi como esclavos y los niños jugaban y se divertían con los “bichos” que les salían al paso.
      Los sapos siempre han tenido “muy mala prensa” y han estado rodeados de superstición , así que no era raro que como niños os asegurarais de “terminar” con ellos definitivamente.
      En fin, en las memorias, todo merece ser recordado y presentado si queremos sacar de ello enseñanzas para el presente y el futuro.
      Salud, niño de la Ermita

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