0443. La fiesta de un emigrante – Eduardo “el Catalán”

Publicamos hoy, con gran emoción y satisfacción, uno de los mejores testimonios a los que yo haya tenido acceso, sobre la Fiesta de verdiales vivida desde fuera de Málaga.

Se trata de la peripecia vital de un niño/muchacho nacido en Cataluña, pero criado por unos padres malagueños emigrados en Cornellá, al calor del amor a su tierra, a sus costumbres y a sus tradiciones, la fiesta de verdiales incluida. Caso muy parecido al de Juan Calderón Salas, atesorando la Fiesta como lo más auténtico de su Málaga querida, sin por ello renegar de la tierra que les dió trabajo y acogida.

Otra forma de vivir la fiesta de verdiales, que por imperativos de la procedencia de los fiesteros y vecinos malagueños con los que se topó nuestro querido amigo Eduardo “el Catalán”, todos ellos axárquicos, resultó en la formación de una panda de verdiales, en la sede de la Asociación de Hijos de Almáchar, de estilo Comares: la panda El Sarmiento.

El texto (leido por Eduardo García Caparrós el 14 de diciembre de 2012 durante la última jornada de la Semana de Verdiales de la Peña Juan Breva) podrá parecer aquí un poco largo, pero cuando empecéis a leer, no podréis dejarlo. Eso me pasa a mí cada vez retomo este texto. No sólo porque es muy ameno, sino porque está cargado de esa emoción que los buenos escritores ponen en el relato y en el homenaje de aquello que aman profundamente.

Por seguir un orden lógico, de izquierda a derecha, te voy citando a los fiesteros. El niño que aparece en primer plano soy yo. ¡¡Fíjate cómo he empeorado con los años!! A destacar que el pandero (los tres que figuran en la fotografía los construyó José Ruiz) lo adornaba con cintas, al igual que en el grande, que lleva Paco Marín, solo que en mi caso, en un acto de cierta identificación con mis orígenes, lleva la bandera andaluza como combinación de colores. A continuación, con los platillos, mi maestro de percusión, José Ruiz (Pepe el de Cútar). Observa que, tal y como se hacía entonces, los platilleros llevaban también cintas adornando los platillos. El siguiente, que aparece medio oculto, es Miguel Ponce, comareño, de quien cito que cantaba como Rafael Pozo. Por su origen y su apellido, tal y como me comentó Dani Villalta, es posible que esté emparentado con los Malandingos de Comares. El pandero de grandes dimensiones (¡¡y también lleva cascabeles!!) lo toca Francisco Marín. El violinista es Antonio Ruiz (el Moclinejo). El guitarrista a continuación fue mi maestro de guitarra, Juan Bautista. A su lado, punteando la guitarra, Francisco Bustos. Y por último, con los platillos, José Mérida.

Por seguir un orden lógico, de izquierda a derecha, te voy citando a los fiesteros. El niño que aparece en primer plano soy yo. ¡¡Fíjate cómo he empeorado con los años!! A destacar que el pandero (los tres que figuran en la fotografía los construyó José Ruiz) lo adornaba con cintas, al igual que en el grande, que lleva Paco Marín, solo que en mi caso, en un acto de cierta identificación con mis orígenes, lleva la bandera andaluza como combinación de colores. A continuación, con los platillos, mi maestro de percusión, José Ruiz (Pepe el de Cútar). Observa que, tal y como se hacía entonces, los platilleros llevaban también cintas adornando los platillos. El siguiente, que aparece medio oculto, es Miguel Ponce, comareño, de quien cito que cantaba como Rafael Pozo. Por su origen y su apellido, tal y como me comentó Dani Villalta, es posible que esté emparentado con los Malandingos de Comares. El pandero de grandes dimensiones (¡¡y también lleva cascabeles!!) lo toca Francisco Marín. El violinista es Antonio Ruiz (el Moclinejo). El guitarrista a continuación fue mi maestro de guitarra, Juan Bautista. A su lado, punteando la guitarra, Francisco Bustos. Y por último, con los platillos, José Mérida.

Aquí tenéis el texto leído por Eduardo García Caparrós “el Catalán”, el 14 de diciembre de 2012 en la Semana de Verdiales de la Peña Juan Breva, por si queréis descargarlo.


Sr. Presidente y señores miembros de la Junta Directiva de la Peña Juan Breva, señores miembros de la Junta Directiva de la Federación Provincial de Pandas de Verdiales “Junta de Alcaldes” de Málaga, Sr. Alcalde y compañeros de la panda de verdiales de Santa Catalina, señoras y señores:

Quisiera en primer lugar agradecer la asistencia de todos ustedes a esta charla sobre nuestra amada Fiesta de Verdiales, y por supuesto, agradecer las palabras introductorias sobre mi persona que acaba de pronunciar D. Gonzalo Rojo Guerrero.

Si he serles sincero, lo primero que me gustaría transmitirles es cómo me siento, que resulta ser una mezcla de sentimientos contrapuestos. De entrada, me abruma estar hablando en público en una institución tan venerable en el mundo del Flamenco como es esta Peña Juan Breva en la que nos encontramos. Mis primeros recuerdos de la misma se remontan aproximadamente a hace unos 25 años, cuando, acompañando a mi padre, e invitado por el socio D. José Haro, tuvimos la fortuna de conocer la antigua sede ubicada cerca de aquí, en el callejón del Picador, lugar aquel de gran solera y encanto. Recuerdo especialmente cómo la Historia del Flamenco residía entre las paredes de aquel recinto único, representada entre otros muchos elementos que conformaban su atmósfera por las fotos de los mitos de ese arte parecían saludarnos, y cómo me impresionó ver una guitarra que perteneció en su día al no menos mítico Juan Breva, del que toma nombre esta Peña.

Pero no se trata sólo de hablar de una reliquia, sino de algo vivo, como el cante Flamenco, como nuestra Fiesta de Verdiales. Su actual presidente, D. Gonzalo Rojo, siempre despertó en mí un gran respeto con aquella siempre solemne voz con la que presentó, en aquel año de 1981, el Primer Concurso Nacional de Cantes de Málaga que, curiosamente, no se celebró en nuestra Ciudad del Paraíso, sino en la lejana Cornellá de Llobregat, en la que me crié y en la que viví durante los primeros 23 años de mi vida. A todo ello hemos de sumarle aquella introducción a la mítica cinta que grabó la panda de Rafael Calderón, algo inusual en los años 80, y que reconozco que me causó un gran impacto por su tecnicismo. Para un adolescente que quería aprender de todo, escuchar aquello de “…su línea melódica es breve y brava, sacrificando el melisma por la exigencia de compás, y supeditando el lucimiento del cantaor al baile, que puede hacerse individualmente, por parejas y en tresillo” constituyó una excelente definición de lo que es nuestra Fiesta de Verdiales. Por eso, cuando se habla ante un público que sabe mucho más de Verdiales que uno mismo, el miedo a equivocarse resulta completamente fundado.

Por otra parte, se mezclan el evidente placer que me causa hablar de algo que me apasiona, como es la Fiesta de Verdiales, y la fortuna de tener a mi lado a la panda de Santa Catalina, a la que tengo el honor de pertenecer desde 1996, con la responsabilidad que conlleva hacerlo bien. Esa misma sensación que tuve el año pasado por estas fechas cuando a mi compadre, ese gran maestro fiestero y mejor persona, como es Paco Reina, se le ocurrió que tenía que sustituirlo como violinista de la panda del Coto de las Tres Hermanas, porque él se retrasaría un poco. Fue un placer, he de reconocerlo, pero, al igual que me sucede esta noche, una gran responsabilidad. Y el hecho de que me encuentre aquí se debe a mis compañeros de la Federación de Pandas de Verdiales, y entre ellos quiero destacar a su Tesorero, José María Cuenca Arrabal, violinista de nuestra panda de Santa Catalina, fiestero cabal, meticuloso, paciente y entusiasta investigador de nuestra Fiesta Verdialera, cuyos frutos se van viendo publicados en su más que recomendable blog sobre verdiales. Y a la vez gran amigo, confidente y sabio consejero, dispuesto siempre para ayudar en cualquier momento y circunstancia. En pocas palabras, un hermano para quien les habla.

Explicándoles a ustedes cómo me siento no pretendo ni justificarme ni suplicar su benevolencia, sino más bien ser honesto con todos ustedes y conmigo mismo. No soy historiador ni me dedico a investigar sobre la Fiesta de Verdiales. De hecho, tan sólo soy un fiestero más que ama este legado que nos dejaron nuestros mayores y que debemos de preservar y de transmitir a nuestros hijos. Por todo ello, lo único que puedo contarles esta noche es aquello que conozco, que no es más que lo que he vivido, y que a su vez pueda aportarles a ustedes una visión algo diferente de la Fiesta de Verdiales, alejada de tópicos y plagada, como no puede ser de otra manera, de pasión, como debe de corresponder a todo aquel Cante que forme parte del Flamenco. Permítanme por favor, guiarles en un viaje a través de un tiempo no demasiado lejano, pero en el que intentaré explicarles como un emigrado vivía, a través del tiempo y la distancia, aquella Fiesta de Verdiales de los años 80 y 90 del pasado siglo.

Comencemos por definir qué es un emigrante. Según la Real Academia Española, se trata de aquella persona que emigra, y emigrar, en su tercera acepción, consiste en “abandonar la residencia habitual dentro del propio país, en busca de mejores medios de vida”.

Para ser exactos si aplicamos esta definición, yo no soy un emigrante, puesto que nací en Barcelona y me crié en Cornellá de Llobregat. Ese calificativo habría que aplicárselo, en todo caso, a mis padres, a los que debo absolutamente todo en la vida y a los que nunca estaré lo suficientemente agradecido por haberme inculcado desde la cuna, entre otras muchas cosas, el amor a Málaga, mi tierra de origen. Mi casa era, en palabras de mi padre, “la embajada de Málaga en Cornellá”, y no sólo en sentido figurado, sino literalmente.

Un enorme escudo de la ciudad de Málaga, bordado primorosamente por mi madre, presidía el salón del domicilio familiar, en donde tampoco faltaban óleos que evocaban parajes malacitanos y en cuya biblioteca, los temas relacionados con la Historia de Málaga sobresalían sobre cualquiera otra materia. Esa atmósfera sensorial abarcaba también al olfato y al gusto, merced a la pericia y el cariño de mi madre en preparar los exquisitos platos de nuestra tierra, y por supuesto, al oído. No era inusual escuchar discos de cante flamenco en aquella casa y muy pronto, todo se vería invadido por una “nueva música”, que sólo conocía de oídas por mis padres, y que se convertiría en una de mis grandes pasiones: los Verdiales.

Corría el verano de 1.979. En la fiesta de fin de curso del colegio al que yo asistía en aquel entonces, invitaron, entre otros, al “Grupo Folklórico de la Asociación de Hijos de Almáchar”. Y por supuesto, allí estaban mis padres para explicarme que Almáchar es un bello pueblo de nuestra Axarquía, y que aquello formaba parte de nuestra tradición musical. Y comenzó a sonar la Fiesta de Verdiales. No es que la puesta en escena fuese espectacular ni sorprendente por su colorido. De hecho, no llevaban el atavío con el que desde hace tiempo identificamos a los fiesteros, pero la intuición me hizo descubrir que aquello era auténtico, y que tenía que formar parte de mí. Resulta curioso decirlo en un niño de 10 años que carecía de cualquier raíz fiestera, desconociendo los estilos, los grandes mitos y el entorno verdialero, pero he de confesar que me enamoré de la Fiesta.

Y de nuevo entraron mis padres en acción. Se hicieron socios de aquella Entidad Cultural de emigrantes que procedían de toda la provincia de Málaga, una buena parte de ellos, de ahí el nombre, de Almáchar. Sin embargo, comencé a aprenderme nombres como Moclinejo, Benamargosa, Riogordo, Cútar y sobre todo Comares. Y allí, con una pequeña pandereta que utilizaban en navidades para interpretar villancicos con la “Pastorá” que habían improvisado (otro término nuevo para mí y otra tradición de nuestra tierra que descubría), fui como me integré en aquella mi primera panda de verdiales. Y es que aquel niño pequeño, rubito y delgado, no sólo era curioso, sino que además, gustaba también de participar de aquella música primitiva y bravía. Y para más INRI, encima era muy tímido, con lo cual mi padre tuvo que sortear el escollo de pedirle a aquellos buenos fiesteros emigrados que me enseñaran a tocar el pandero por verdiales. Se cumplía así con total exactitud el contenido de la copla que mi buen amigo Andrés Jiménez me dedicó en su magna obra: “Verdiales, Patrimonio Musical del Campo Malagueño. Cosas, Coplas y Sentires” en la que tuve el honor de colaborar, y que decía:

Desde niño en Barcelona,
Málaga estaba en sus sueños,
y en Cataluña buscaba,
los ambientes malagueños
y sus padres le alentaban.

Me olvidaba de un “pequeño detalle”. El niño además era….zocato, con lo cual todo lo hacía con la mano cambiada, y además, le gustaban todos los instrumentos. Con los instrumentos de percusión se supone que no sería demasiado problemático, pero con las cuerdas……se lo cuento más adelante.

En aquel entonces yo no había oído hablar de escuelas de verdiales, todo se aprendía por transmisión oral, y mucho menos en la ciudad de Cornellá de Llobregat. En unos tiempos como los actuales, en los que Internet constituye una herramienta de ocio sin competencia, a la vez que un instrumento de información de gran utilidad, resulta difícil pensar que no hace tanto tiempo, los videos de youtube no existían, y que los apasionados debates sobre la pureza de la Fiesta y la calidad interpretativa de las distintas pandas y de fiesteros concretos no se suscitaban, porque sencillamente no se disponían de estos medios. Para un emigrado, disponer de una cinta de cassette con una grabación de estudio constituía un lujo y una fuente inapreciable para aprender. Al menos para mí, así fue. Aquellas vacaciones de mi infancia en Málaga, aquellos paseos acompañando a mis padres y aquellos puestos de venta ambulante de cassettes ubicados en la Alameda Principal, junto a la Antigua Casa del Guardia, o en Puerta del Mar, cerca del edificio de la Vasco Navarra, de tan gratos recuerdos para mí, constituyeron para aquel niño apasionado por los verdiales, el coto de caza en el que, como si de un halcón se tratase, iba al acecho de las últimas novedades discográficas verdialeras. Era de las pocas cosas en las que resultaba ser un niño caprichoso, y dispuse de todo lo que se publicó, gracias a la paciencia y generosidad de mis padres. Como ejemplo, les voy a citar tres cintas de las que tuve que adquirir varias copias porque, literalmente, las destrocé de tantas veces como las empleé para aprender a tocar y a cantar por verdiales. La primera de ellas, la de la panda de Comares, aquella mítica formación liderada por Paco Maroto y por Adolfo Romero. La segunda, la de la panda de los Moras de Almogía, capitaneada por aquel glorioso violinista que fue Francisco González “El Porras”. Y la tercera, la de la panda Primera del Puerto de la Torre, aquel prodigio de compás y de buen cante, aunque, todo hay que decirlo, nada puede igualar a aquel otro disco de la panda de los Montes de Málaga y aquellas voces prodigiosas de Luis Gámez y de Enrique España. Con ellos y su cante puro y desgarrado no aprendí a tocar, aprendí a soñar por verdiales.

Pero volvamos a Cataluña. Para que ustedes se sitúen, la comarca del Bajo Llobregat, anexa a la ciudad de Barcelona, es una zona industrial, en donde la presencia de grandes fábricas tuvo como consecuencia, entre otras cosas, el crecimiento de las ciudades en las que se asentaban, muchos de cuyos trabajadores eran emigrantes que procedían de todos los puntos de España, siendo la colonia Andaluza posiblemente la más numerosa. En el caso de Cornellá, la conocida empresa multinacional Siemens, para la que mi padre trabajó durante 35 años, poseía unas magníficas instalaciones industriales, que dieron trabajo en sus mejores tiempos a más de 2.000 personas. Era la fábrica más conocida de aquella ciudad, aunque otras empresas tales como Pirelli, Neyrpic o Braun también poseían instalaciones allí. En total, alrededor de 100.000 personas conviviendo sin problemas en una ciudad en la que se hablaba en catalán y en donde por supuesto, el acento andaluz, el gallego, el murciano y el manchego, daban entre otros, variedad y riqueza a la lengua castellana mayoritariamente hablada. Multipliquen este efecto a las poblaciones colindantes de Esplugas de Llobregat, San Baudilio y Hospitalet, y al otro lado de la Ciudad Condal con las de Badalona y Santa Coloma de Gramanet y obtendrán los lugares en los que transcurría la vida de todos los fiesteros de mis recuerdos de aquella época.

Comencé como digo con el pandero, y tuve un gran maestro. José Ruiz, originario de la localidad de Cútar, en plena Axarquía, y conocido por ese motivo como “Pepe el de Cútar”, no sólo destacaba como un buen panderero y platillero en el estilo de Comares, sino también como un excelente constructor de panderos. Prueba de ello es que la mayor parte de las pandas de verdiales de dicho estilo utilizan sus panderos, característicos por su buen acabado y sonido, enfatizado por la estratégica y sabia distribución de cascabeles en torno a su aro que le otorgan una sonoridad alegre y armoniosa. Pepe no sólo era un buen fiestero, sino también una persona grande en humildad y paciencia, apasionado de los Verdiales, que recogía con su grabadora aquellas Fiestas Mayores que se celebraban en la Venta El Túnel, de tan gratos recuerdos. Me enseño a tocar por el estilo de Comares el pandero, que él mismo me construyó en dos versiones: una para el niño que era y otro cuando, ya adolescente, tuve suficiente fuerza como para poder usarlo y acompañar con un instrumento de mayor sonoridad y peso. También me enseñó a tocar los platillos por el mismo estilo, instrumento que todavía conservo y utilizo, y que adquirí en Málaga de mano del inolvidable Adolfo Romero.

Algunos años más tarde, otro fiestero emigrado, en este caso de la también localidad axárquica de Almáchar, de nombre Juan Bautista, me enseñaría a tocar el último de los instrumentos básicos de la Fiesta de Verdiales que me faltaba por aprender, y que, con los años, se convertiría en mi instrumento habitual, como es la guitarra. A Bautista le debo no sólo aquellas pocas clases de guitarra que recibí, sino también una frase lapidaria, llena de sabiduría fiestera, que me marcaría en mi devenir verdialero: “Niño, tú recuerda que en la Fiesta no hay nada más bonito ni más importante que hacer un buen compás. Eso es la base de todo.” Que gran razón tenía aquel guitarrista, que no guitarrero, puesto que además, acompañaba con destreza a cantaores flamencos afincados en aquellas tierras catalanas, deleitándose, sobre todo, en los cantes de nuestra Málaga.

Nos queda el violín. Antes he mencionado un par de detalles: que soy zurdo, y a pesar de ellos toco los instrumentos de cuerda como si fuese diestro, y he citado también al que fue mi Maestro, con mayúsculas: Adolfo Romero Molina. No hace falta que les describa quién fue, ni que fue un genio del laúd ni que fue uno de los mejores alcaldes de panda que hayan existido. Pero por añadir algo quizás menos conocido, les diré que fue un excelente maestro, paciente con aquel chaval nervioso y menudo, que logró domar mis movimientos con el arco y coordinar mis dos brazos, que se ofreció incluso a enseñarme a tocar con la mano izquierda, cambiando de disposición las cuerdas y el alma del violín, y que al preguntarle qué era lo mejor, me recomendó que aprendiese como diestro, puesto que así podría tocar en un futuro con cualquier violín que me ofreciesen en cualquier fiesta. Gran consejo que, por supuesto, seguí a pies juntillas. Él completó el amor a la Fiesta que me inculcaron mis padres con el respeto que se le debe, dejando en mi mente otra frase digna de enmarcar y ser recordada: “Mira, Eduardo. Como violinista vas a llevar el peso de la Fiesta. Si todo va bien, el mérito será del conjunto, pero algo sale mal, te vas a llevar las culpas. Así es que debes permanecer atento y fijarte en todo.” Sabias palabras que marcarían para siempre mi devenir como Fiestero. Desde esta tribuna, quisiera rendir mi homenaje de gratitud a aquel Maestro, que en tan sólo un mes, el de agosto de 1982, y después de su jornada laboral en el Edificio de la Vasco Navarra antes mencionado, me llevaba a su domicilio para, durante una hora diaria, darme clases de violín con las que consiguió iniciar los pasos de aquel violinero de Cornellá.

Aquella panda de verdiales la componían también otros fiesteros de diversa procedencia geográfica. Manuel Alcántara, que aunque comparta nombre con nuestro afamado periodista y poeta, procedía de Almáchar, era el presidente de la Asociación y, además de buen platillero por Comares, tenía una sonora voz que no sólo entonaba bien por verdiales, sino también imitando a Rafael Farina.

Francisco Marín, también de Almáchar, era un panderero por Comares, aunque quizá por la cercanía de su pueblo con la zona de influencia del estilo de Los Montes, gustaba también de usar el pandero de grandes dimensiones de dicho estilo, que manejaba con soltura a causa de su gran poderío físico, y que golpeaba generosamente, confiriéndole en ocasiones ese adorno seco y duro tan característico.

Alfonso Rivero, oriundo de Colmenar, panderero y ocasional platillero, era la alegría de la Fiesta. Un hombre que nos recordaba a todos el aspecto lúdico que debe presidir los verdiales. Y es que en aquellos fines de semana, tanto cuando había “Festivales” de Flamenco, en los que actuábamos en último lugar para no molestar a los cantaores, como cuando nos reuníamos por gusto, imperaba la alegría y el buen humor, que no dejaban de ser el fin último de aquellos fiesteros emigrados que se reunían con añoranza malacitana después de tantos años de trabajo en tierras catalanas.

El grupo de pandereros (éramos demasiados y debíamos de turnarnos) lo completaba Miguel Ponce, comareño, y con una preciosa voz aguda que recordaba extraordinariamente la de aquel gran cantaor del estilo de Almogía que fue Rafael Pozo.

La mezcla de estilos era algo frecuente en un lugar tan distante de Málaga y con gente procedente de las distintas zonas fiesteras de Málaga. De Moclinejo venía Antonio Ruiz, violinista, que gustaba de tocar por el estilo de Almogía, aunque remataba las coplas y subías por Comares y gustaba de adornos propios del estilo de Los Montes.

Al laúd teníamos al tristemente desaparecido Lucio Fernández, de Riogordo, que años después consiguió volver a su tierra, y que formó parte, hasta su fallecimiento, de la panda de verdiales que toma el nombre de su pueblo. Un claro ejemplo de que el hecho de vivir tan lejos no tiene porqué suponer una pérdida de calidad interpretativa ni de sabiduría fiestera. Dejó en Barcelona a Juan José Mérida como aventajado discípulo fiestero.

La guitarra punteada por Comares era dominio de Francisco Bustos, originario de las Cuevas Comareñas y con aquel característico y potente punteo antiguo de su estilo, que tan bien sabía entonar. Junto a él, Francisco Mérida, comareño también, que alternaba la guitarra con los platillos repiqueteados característicos de su estilo, en los que era un consumado especialista.

Y se preguntarán ustedes: algún nombre tendría que tener aquella panda, ¿no? Pues sí. Como lo de “panda de verdiales de la Asociación de Hijos de Almáchar de Cornellá” sonaba además de largo, poco fiestero, decidimos de ponerle un nombre más acorde con lo que se espera de un grupo folklórico de esas características. Y pasamos a denominarnos “panda de verdiales El Sarmiento”, dato éste poco conocido en la Fiesta, puesto que nunca llegamos a participar en ninguno de los grandes certámenes del calendario Verdialero. Lo cual no significa que no participásemos en distintos eventos fuera de lo que eran las peñas flamencas o las casas regionales que tanto abundan en Cataluña. Aunque sé que es algo conocido por ustedes, grandes especialistas en Flamenco, no está de más recordar la gran cantidad de entidades aficionadas a este arte diseminadas por toda Cataluña, y muy significativamente, por la provincia de Barcelona. Ello implica que en aquel entonces se actuaba en bastantes peñas flamencas de la provincia de Barcelona, aunque también se participó en eventos de mayor calado. En la introducción cité de pasada el I Concurso Nacional de Cantes de Málaga. Para aquella actuación, que suponía competir en la modalidad de verdiales, la panda “El Sarmiento” estrenó algo que hoy día puede parecer banal, pero que revistió su importancia por la presencia que suponía en un escenario, y que no fue otra cosa que la uniformidad. No disponíamos de fajas, ni mucho menos de nuestro característico y auténtico sombrero de lazos, pero eso no fue obstáculo para conseguir una mayor vistosidad y presencia luciendo un atavío compuesto de camisa blanca, pantalón azul marino y sombrero de ala, plenamente identificativo de la Andalucía a la que pertenecíamos.

Mediados los años 80, la Asociación Rociera de Cornellá, que acabaría convirtiéndose con los años en Hermandad Filial de la Matriz de la Blanca Paloma de Almonte, solicitó su colaboración en la primera Romería que efectuaron desde la Iglesia Parroquial de San Miguel en Cornellá, donde tenían su sede canónica, hasta unos terrenos en la vecina localidad de Esplugas de Llobregat, colindantes con los estudios de la Televisión Autonómica TV3. Allí se celebró una sencilla, pero no por ello menos sentida Romería del Rocío de emigrantes, estando representada la provincia de Málaga por nuestra panda de verdiales, lo cual no dejó de llenarnos del legítimo orgullo de sentirnos embajadores de nuestra tierra, como en ocasiones he mencionado al referirme a las pandas de verdiales cuando actúan lejos de sus lugares de origen.

Otro de esos actos como embajadores musicales de Málaga tuvo, a instancias de mi padre, un origen futbolístico. En aquel entonces el Club Deportivo Málaga alternaba con demasiada frecuencia la primera y la segunda división del fútbol español, y en esa última categoría fuimos a animar a nuestro equipo al estadio de la Nova Creu Alta, sede del Sabadell Futbol Club, con una nutrida representación de malagueños en la provincia de Barcelona, acompañada musicalmente por nuestra panda de verdiales. De aquella simpática a la par que curiosa forma de animar al Málaga, que causó sorpresa entre los locales y que incluso quedó reflejado gráficamente en el Diario Sur nos queda el orgullo de haber dado calor y color a la hinchada malaguista. De hecho, a día de hoy, la Asociación de Hijos de Almáchar ha constituido una Peña Malaguista que siempre acude a los desplazamientos de nuestro equipo a la Ciudad Condal.

Y también en un ámbito estrictamente cultural tuvieron los verdiales su resonancia en Cataluña. En 1983 se cumplía el cincuentenario del fallecimiento en Málaga de Salvador Rueda Santos, titulado Poeta de la Raza e hijo de Benaque, pedanía correspondiente al municipio de Macharaviaya. Mi padre, por entonces vocal de cultura de la Asociación de Hijos de Almáchar, planteó la posibilidad de celebrar dicha efemérides proponiendo al Ayuntamiento de Cornellá de Llobregat la concesión de una glorieta dedicada a tan insigne poeta, en la que se erigió un busto en bronce con la efigie de Salvador Rueda, ejecutada por el escultor onubense afincado en Barcelona Martín Richarte. La emoción me embarga al recordar aquellos años y todo lo que supuso ese evento, vivido desde el ámbito familiar, por lo que tuvo de participación de todos para dejar un trozo de nuestra Málaga en Cataluña para siempre. Mi padre se desvivió organizando todo el evento, coordinando todas sus facetas, invitando a las Autoridades de aquella época, entre las que destacaba la presencia del Alcalde de Cornellá, Frederic Prieto, el Conseller de Cultura de la Generalitat de Cataluña Max Canher, el Director General de Inmigración de la Junta de Andalucía
Gonzalo Crespo y representando a la Diputación de Barcelona, un joven llamado José Montilla que llegaría años más tarde a ser Presidente de la Generalitat de Cataluña. La fecha elegida para el acto no pudo ser más simbólica: el 11 de septiembre, festividad de la Diada de Cataluña, como símbolo de hermanamiento entre ambas comunidades históricas españolas.

Mi madre por su parte confeccionó el traje de verdiales con el que una niña, mi hermana Esther, a la que tan unido he estado siempre y con la que tan buenos momentos he vivido también en la Fiesta de Verdiales (y los que nos quedan por vivir), en representación del pueblo de Málaga, realizaría una ofrenda floral a los pies del busto junto con otra niña catalana vestida de pubilla, el traje regional campesino catalán, simbolizando la unión y hermandad entre Cornellá y Málaga, y en definitiva, entre Cataluña y Andalucía.

Ya que mencionamos los símbolos, mi madre tuvo otro gran detalle de malagueñismo y de amor a la Fiesta. Regaló a la Asociación de Hijos de Almáchar un sombrero de lazos, auténtico distintivo Fiestero, confeccionado íntegramente por ella misma, para adornar el local social. En las cintas del sombrero, su maestría en el arte del bordado, al que se dedicó profesionalmente durante tantos años, figuró al plasmar diestramente una guitarra y un violín, debajo del cual aparecía la leyenda de quien regalaba aquel hermoso símbolo verdialero, que era yo mismo. Un detalle como digo, de amor y de modestia, puesto que el mérito en todo caso, fue siempre de ella. Y entre nosotros, y como símbolo, a día de hoy, y cada vez que salgo de Fiesta, la primera copla que canto desde hace muchos años sigue yendo siempre dedicada a ella, a ser posible previa llamada de teléfono móvil.

La parte musical fue tan variada como original. Cornellá fue representada por el Orfeó Catalonia, y a las gestiones de mi padre, contando con la amabilidad de D. Luis Díez Huertas, se debió que el Orfeón Universitario de Málaga, de gira por Barcelona en aquel entonces, tuviese la deferencia de interpretar el himno de Andalucía para aquella ocasión. Tuvieron también otro detalle que dijo mucho de la calidad humana de estos universitarios malacitanos. Junto a las banderas catalana y andaluza que, entrelazadas coronaban el monolito, situaron una beca de nuestra Universidad, correspondiente a la Facultad de Filosofía y Letras, graduando simbólicamente de esta forma y reconociendo la labor en favor de la poesía de tan ilustre paisano.

Y por supuesto, no faltaron los verdiales, interpretados por la panda “El Sarmiento” del que formaba parte quien les habla.

Y no acabó ahí la cosa. En el año 1999 el insigne fiestero Juan Majallana fue invitado a participar con su panda en la Fiesta del Ajoblanco que organiza todos los años la Asociación de Hijos de Almáchar en Cornellá, que celebraba en aquel entonces su XX Aniversario. Como quiera que Juan no disponía de panda propia en aquel entonces, y a instancias de mi inseparable amigo Paco Reina, convocó a varios fiesteros con el fin de disponer de una panda con la que poder asistir. Varios de ellos éramos de Santa Catalina, entre ellos un servidor, y fue una ocasión inigualable de repetir aquellos recuerdos. Me ofrecí a ejercer de cicerone para mis compañeros fiesteros en un recorrido por la Ciudad Condal, y antes de comenzar la actuación, con nuestro atavío de Verdiales completo, les pedí a todos un favor. Volver a la glorieta de Salvador Rueda y echarle unas luchas de fiesta al busto de nuestro insigne paisano. Petición que fue unánimemente aceptada y de la que nunca les estaré a todos lo suficientemente agradecido. Casualmente tanto mi madre como mi hermana se encontraban de viaje en Cornellá, y para rizar el rizo del simbolismo y del recuerdo, volvimos a representar aquella escena de nuestra infancia y adolescencia. Después de dedicar las luchas de Fiesta a mi padre, que no pudo desplazarse en aquella ocasión a Cornellá como alma Mater de aquella glorieta, procedimos a realizarle un pequeño homenaje a Salvador Rueda. En lugar de una canasta con flores, mi hermana se encargó de depositar en aquella ocasión un racimo de uvas moscateles a los pies del busto, como renovación de aquella ofrenda floral que pretendía contradecir la famosa letra de la malagueña en la que se decía de nuestra tierra que

“…para todos fuiste madre,
y madrastra para mí”

No quisiera sin embargo que ustedes proyectasen una imagen de lo que representa en términos generales los sentimientos de un emigrado a través de mi propia experiencia. Cataluña como tierra de acogida ha sido generosa, aunque también exigente. Los emigrantes malagueños trabajaron duro para salir adelante y ofrecerles un futuro mejor a sus hijos, así que si bien las empresas allí afincadas ofrecieron un trabajo y una oportunidad para prosperar, los emigrantes correspondieron dando lo mejor de sí mismos y echando por tierra esa mala reputación de vividores y de vagos que algunos políticos han intentado en ocasiones echarnos en cara. Por otro lado, el proceso de integración en la sociedad catalana, que difiere para empezar en la propia lengua, tampoco fue necesariamente un camino de rosas. Nada tengo de qué quejarme, puesto que siempre fui aceptado por mis vecinos catalanes y nada reprocharon a mis orígenes andaluces, aunque siempre les extrañó, cuando no lo cuestionaron abiertamente, el hecho de que yo considerase como propia la tierra de mis antepasados y no aquella en la que había nacido y me estaba criando. Y esto sobre todo por parte de personas que, como yo, también eran descendientes de gente de fuera de Cataluña y por lo tanto, emigrantes de segunda generación, o si prefieren la acepción popular con tono peyorativo usada allí “charnegos”. Mi postura, consciente y libre, alentada siempre por mis padres, a los que repito, nunca les estaré lo suficientemente agradecido por ello, fue siempre minoritaria en mi ciudad natal. Lo habitual era que no sólo me hubiese integrado en los usos y costumbres del lugar (cosa que hice puesto que hablo en catalán y respeto sus tradiciones, aunque no participe en ellas), sino que me identificase como un catalán más, e insisto, suele ser lo habitual. Al caso paradigmático del Sr. José Montilla y a su trayectoria política podemos remitirnos, si consideramos su origen cordobés.

En cualquier caso, y como malagueño, mis raíces y mi familia fueron mi tabla de salvación en los momentos duros que acontecieron, y los verdiales el hilo musical de mi vida, el compás al que latía y lo sigue haciendo mi corazón malacitano.

No soy el único al que le sucede esto. Permítanme contarle algo sobre dos amigos en la distancia, que no en el sentimiento fiestero. El primero de ellos, Juan Calderón Salas, es un veterano fiestero oriundo de nuestro partido de Verdiales, de la conocida familia fiestera de los Calderones, que emigró hace ya muchos años a Baracaldo, en la lejana Euskadi. Hombre entrado en años, es un entusiasta seguidor de las nuevas tecnologías, y un activo participante tanto en la página de Facebook de la Federación de Pandas de Verdiales como en el chat del programa “Málaga por Verdiales” que cada semana retransmite Radio Pinomar. Su vitalidad y su pasión por la Fiesta hace que en más de una ocasión, la panda de Santa Catalina le haya dedicado alguna que otra lucha de fiesta, que como siempre le digo, “atraviese los Montes de Málaga y llegue hasta la Ría de Bilbao en un fuerte abrazo Verdialero”.

La otra persona que quiero mencionarles es una culta y curiosa amiga, Milagros Rodríguez Olcina, cuyo nombre a muchos de los presentes, fiesteros incluidos, no les sonará. Pero si les digo su sobrenombre y nick de Internet, que no es otro que el de Porverita la Maña, seguro que entonces sí caen en la cuenta de quién les hablo. El blog sobre la Fiesta de Verdiales de esta aragonesa afincada en Madrid es el más completo del que disponemos en la red de redes, y su diccionario de la Fiesta un auténtico lujo para cualquier investigador sobre la materia. Gran aficionada al flamenco y modesta por naturaleza, seguro que se enfadará si se entera de que la estoy mencionando, pero es que esta “guiri” de los Verdiales se ha hecho un hueco en el corazón y el respeto de los fiesteros por su pasión no exenta de meticulosidad en lo referente a los verdiales. Y todo ello, a 600 kilómetros de distancia, en la capital de la Villa y Corte. Aunque, como hacía quien les habla en mi etapa barcelonesa, también se pega sus buenas escapadas a Málaga para recargar las pilas disfrutando de nuestra Fiesta. Y es que el recuerdo sólo no basta, hay que regresar a casa de vez en cuando, aunque sólo sea para volver a vivir del recuerdo hasta la próxima visita a la tierra que nos vio nacer.

Y para finalizar, después de haberles narrado, no sin bastante pudor por mi parte, una buena parte de lo vivido en la Fiesta de Verdiales, permítanme finalizar con unos versos del poeta malagueño Alfonso Canales, que gracias a mi padre, que me los copió de su puño y letra en la parte trasera de una reproducción del escudo de nuestra ciudad de Málaga, porté en mi cartera durante todos esos años de vida en la provincia de Barcelona y que considero que resumen lo que un emigrante siente con respecto a su tierra:

“Sueña en Málaga,
y tu sueño, en Málaga vivirá.
Allí está más el que sueña,
que el que está”.

Muchas gracias por su atención

La siguiente está tomada en la nueva sede (la actual) de la Asociación de Hijos de Almáchar en Cornellá, que está ubicada en la calle de la Florida. En esta ocasión, todo el local, que fue una antigua tienda de muebles, pertenece a la Asociación, luego el bar que hay en la planta baja también está regentado por gente de allí (al menos así lo era cuando yo vivía allí). La foto está tomada hacia 1984 ó 1985 (me tengo que fiar por mi propio aspecto físico y por el de mi hermana). Salen en esta instantánea, durante una de las veladas que solíamos hacer los sábados por la tarde o bien los domingos por la mañana: Las niñas que bailan son, a la izquierda María Jesús Mérida (hija del guitarrero Pepe Mérida), y a la derecha Esther García (mi hermana). La señora que toca detrás los palillos es mi madre, María Dolores Caparrós. El muchacho del laúd es Juan José Mérida, hijo también de Pepe Mérida, que es el único guitarrero, y que aparece sentado. Yo estoy con el violín y al lado mío, Lucio Fernández con el laúd (aquí si le vemos bien la cara). El señor del pandero con las barbas es Alfonso Mérida, el otro panderero es Paco Marín y el que toca los platillos y canta, Manuel Alcántara, presidente de la Asociación.

La siguiente está tomada en la nueva sede (la actual) de la Asociación de Hijos de Almáchar en Cornellá, que está ubicada en la calle de la Florida. En esta ocasión, todo el local, que fue una antigua tienda de muebles, pertenece a la Asociación, luego el bar que hay en la planta baja también está regentado por gente de allí (al menos así lo era cuando yo vivía allí). La foto está tomada hacia 1984 ó 1985 (me tengo que fiar por mi propio aspecto físico y por el de mi hermana). Salen en esta instantánea, durante una de las veladas que solíamos hacer los sábados por la tarde o bien los domingos por la mañana:
Las niñas que bailan son, a la izquierda María Jesús Mérida (hija del guitarrero Pepe Mérida), y a la derecha Esther García (mi hermana). La señora que toca detrás los palillos es mi madre, María Dolores Caparrós. El muchacho del laúd es Juan José Mérida, hijo también de Pepe Mérida, que es el único guitarrero, y que aparece sentado. Yo estoy con el violín y al lado mío, Lucio Fernández con el laúd (aquí si le vemos bien la cara). El señor del pandero con las barbas es Alfonso Mérida, el otro panderero es Paco Marín y el que toca los platillos y canta, Manuel Alcántara, presidente de la Asociación.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cornellá (Cataluña), Eduardo Garcia Caparros (El Catalan), Panda El Sarmiento y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s