0450. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 5.4

Es más que curioso, en la reconstrucción que Juan de Bilbao hace (muchos años después) para sus hijos, de la memoria de sus primeros 12 años de vida en las laderas de la Ermita de Verdiales, como salta de los juegos y juguetes al trabajo del esparto o de la palma.

Para un niño de 10 años que llora a moco tendido porque su hermano Roque no quiere acudir a contemplar su “obra de arte”, trabajo y juego van idefectiblemente unidos: el juego imita el trabajo de los mayores; al trabajo se le aplican (para soportarlo) las hechuras del juego. Igual le da colocar trampas para los pajarillos como hartarse de majar esparto para fabricar tomizas. Ambos “ejercicios” podían tener implicaciones… peligrosas. Ja ja jaaaa.

Y para la gente algo más mayor que nuestro niño de la Ermita, ni trampas, ni tomizas: directamente a ligar con las chicas en las “palmitás” (¡qué juego más divertido!) para tener permiso para… hablarles, ¡ojo! en presencia de las madres. ¿Pero quién los vigilaba en las palmitás?

Una hermosa planta de esparto antes de convertirse en una tomiza.

Una hermosa planta de esparto antes de convertirse en una tomiza.


5. Nuestros juegos y juguetes. – 4. Trampas y tomizas

Cuando contaba como poníamos las trampas en toda la “ca’ñá“, no dije como algunas veces nos cogían a nosotros mismos. Las de alambres por ejemplo, hay que enterrarlas, teniendo cuidado al hacerlo de no echar chinitos, por finos que sean, encima de los muelles, porque al dispararse puede coger alguno y quedarse abierta, de forma que el pajarillo se escapa.

Para evitarlo cogíamos tierra con las dos manos, y deslizándolas una con la otra, la íbamos echando fina, con mucho cuidado hasta taparla bien, pero siempre caía algo de polvillo encima del gusano, y para quitárselo de forma que quedase bien visible, lo hacíamos soplando muy suave, pero a veces habíamos dejado el disparador, tan ajustado que al soplar se disparaba y.. ¡Zas!, nos pegaba el zarpazo en toa la nariz.

Estas cosas nos ocurrían muchas veces pero Roque, con ser tan tranquilo, no lo soportaba y cuando le ocurría, se enfadaba, pagándolo con la boinilla que tenía. Así que cuando le pillaba la trampa se ponía furioso, se quitaba la boina la tiraba al suelo y dándole pisotones decía: ¡Uhí!¡Uhí! al compás de los pisotones con rabia.

Otra vez yo me pegué una pecha de llorar porque Roque no quiso venir donde yo estaba a ver “una mierda”. Si. Como suena: una mierda. Yo me puse a cagar y me salió, un mojoncito puntiagudo para arriba, muy fino y empecé a llamarle:
¡Roque ven! Veras la torre que he hecho tan bonita. Roque como sabía de lo que se trataba me contestó:
¡Anda ya, y cómetela!
-Pero mira que bien “má salio” ¡ven!.

¡Que no me da la gana!

Yo estaba de pies, con los pantalones bajados, al lado de mí…”obra de arte” y viendo que Roque no venía a verla, empecé a llorar de rabia y seguí llamándole, pero él. ni caso; siguió a lo suyo, mientras que yo seguía llorando a moco tendido. Y así es como me pegué una pecha de llorar, porque Roque no vino a ver una mierda.

Las “tomizas”

Otra de las formas que teníamos por aquel entonces para ganarse una peseta, era la de hacer tomízas de esparto para venderlas en Málaga. Estas consistían en unas cuerdas trenzadas de tres ramales, las cuales se hacían de diferentes medidas: se hacían de una braza (de mano a mano) con los brazos extendidos y de seis brazas, a las pequeñas de una braza se les llamaba tomizas y las largas, de seis, lías.

Les llamábamos lías, porque cuando se hacía una, las liábamos entre la mano y el codo atándolas por los extremos con un esparto, formando una especie de madeja, mientras que las tomizas pequeñas, las atábamos de seis en seis por el extremo del comienzo sin necesidad de doblarlas, a la terminación se le hacían un remate con dos ramalillos solo retorcidos.

Para hacer estas tomizas, como para cualquier cuerda, previamente había que elaborar el esparto para ello. Lo explico: en primer lugar hay que salir al campo y coger el esparto, lo cual se hace en pequeños manojos, normalmente las dos manos llenas, los cuales se van atando, a su vez, con unos espartos sueltos. Cuando se han cogido los suficientes manojos del esparto, hay que cocerlos.

Se prepara un bidón sobre unas estreves. Se iban colocando los manojos de esparto bien plegados hasta llenar el bidón, luego se pone agua que cubra todo el esparto bien y se enciende la candela con abundante leña. Cuando empieza a hervir, se tiene un rato (no me acuerdo de cuanto), quizás media hora hirviendo.

Se van tanteando los manojos mientras hierven, con un gancho de palo con el cual se sacaban cuando estaban cocidos. A continuación y una vez cocidos los manojos, el esparto se pone blando, entonces se saca todo, dejándolo que escurra el agua completamente. Una vez el esparto cocido y bien escurrido de agua, hay que majarlo. Para ello tenemos otros artilugios que consisten en una piedra plana y fuerte que no se rompa y una maza de madera, que se hacía de encina u olivo por ser las maderas de mejor calidad. Esta maza se hacía con forma de botella.

A la piedra plana, ni que decir tiene, se le llamaba la piedra de majar esparto y esa especie de botella de madera la ma’ha de ma’har esparto. Eran nombres típicos, con esa pronunciación de garganta que ni se pronunciaba la J ni la G, (Ma’ha). Supongo que lo que queríamos decir sería maza. Bien. Ahora se coge un manojo de esparto con una mano, apoyándolo en la piedra y con la maza empezamos a golpear sobre el esparto, al tiempo que lo vamos girando con la mano para majarlo todo por igual. Cuando está bien majado se queda flexible, apto para trabajarlo, haciendo cuerdas, sogas, cabrestos para las reatas de mulos, etc.

Esas cuerdas llamadas tomízas, que nosotros hacíamos, había mucha gente que se dedicaba a ello. Lo más costoso, como habréis comprobado, es la elaboración del esparto. Una vez que lo tenemos preparado, como se ha explicado, lo demás es coser y cantar. Se coge un manojo de esparto debajo del brazo con las cabecillas que tienen hacia adelante, para ir cogiendo de uno en uno añadiendo a los ramales de la cuerda que lo necesite, para continuar trenzando. En aquel tiempo era muy normal encontrarte, por cualquier camino de aquellos montes, a una persona con su manojillo de esparto bajo el brazo, haciendo tomizas. Cuando termina una, se la engancha al cuello y empieza otra mientras sigue su camino. Había veces que se veía a uno con todo el cuello lleno de cuerdas de aquellas, hasta no vérsele las orejas.

El esparto tenía muchas utilidades para todo: se hacían “pleitas” de cuatro y seis ramales y de longitud interminable, lo que se necesitase. Estas pleitas se utilizaban luego para hacer suelas de alpargatas, sandalias, las llamadas de esparto, las “boqueras” para los mulos, que se les ponía cuando no se quería que se entretuviesen comiendo, así como toda la variedad de cestos para coger aceitunas, almendras, algarrobas, etc.

Los cogollos de palmas

Los cogollos de las palmas, no son ni más ni menos que las hojas de éstas todavía sin abrir. Estos se utilizaban también para muchas cosas, previa recogida y elaboración parecido al esparto. Estos cogollos salen del centro de la palma (del palmito) que al abrirse se van transformando en las hojas en forma de abanico. Al cogerlos antes que se abran, están blancos y tiernos puesto que no les ha dado el sol todavía. A continuación se ponen a secar al sol durante unos días, quedando este cogollo cerrado, seco y blanco.

Ahora hay que separarles sus hojas en forma de pequeñas laminas una a una, quedando listos para trabajarlos. Con estos cogollos hacemos “pleitas” bastante más anchas y delgadas, que las de esparto. Estas se utilizan también para cestas y sobre todo para hacer sombreros de alas anchas, que tan útiles son por aquellas tierras, para protegerse del sol ardiente.

Precisamente aquí recordaremos, que al principio del libro decía como Antoñica la de Lo Luis se dedicaba a esta labor de hacer sombreros de palma para vender. De hecho nosotros y todos los vecinos de los Verdiales usábamos los sombreros de Antoñica.

Por aquel terreno hay muchas palmas de estas bajeras, es decir, no crecen subiendo como la palmera datilera, aunque ésta también da dátiles más pequeños pero igualmente comestibles y muy sabrosos por cierto, porque los he comido muchas veces. A estas palmas le sacamos otro fruto que son “los palmitos”.

Estos son los hijos que echan y consisten en unos brotes con un troncho de carne blanca parecida a la carne del coco bastante sabrosos. Los palmitos, se arrancan con un escardillo mediante un pequeño golpe, a continuación se pelan a mano quitándole las hojas que los cubre que son muchas, desde luego. Refiriéndonos a la cantidad de capas que tiene el palmito, teníamos un dicho para cuando una persona se ponía mucha ropa decíamos ¡Ese lleva más ropa que un palmito!

Allí se montaba entre la juventud una romería, que se le llamada una palmitá, que consiste en juntarse un grupo determinado de gente, con escardillo, e irse a un palmar de aquellos a hartarse de palmitos. Aquellas palmitadas sirvieron, en muchas ocasiones, para formar noviazgos entre los jóvenes en edades casaderas. A estos jóvenes se les llamaban mozuelos y mozuelas. Así por ejemplo, para decir que una chica tiene edad de echarse novio, se decía esa niña ya es mozuela. En cambio cuando eran más jóvenes, pero empezaban ya a fijarse en los chicos o al revés, entonces se decía que estaban en la edad del pavo.

De cualquiera de las maneras, un mocito que le gustase una niña, como se decía entonces, antes de dirigirse a ella tenía que armarse de valor e ir a presentarse al padre de ella y pedirle permiso para hablar a su hija. Si se lo daba, entonces podía ir una o dos veces por semana, cuando el trabajo le dejase tiempo, a la casa de ella para hablarse pero, eso sí, siempre a la vista de la madre.

Estas visitas normalmente casi siempre tenían lugar de noche, al término de las faenas del campo y también mientras que duraba el noviazgo, se decía de esta pareja que se estaban hablando. Por ejemplo, cuando un chico decía que iba a pedirle relaciones de novios a determinada chica decía voy a hablarle a la niña de…, aquí el nombre del padre o del Lagar. (Ejemplo: Salvarillo el de la Chica, le habla a la Maruja de la Escardá).


Próximamente (en este cine)… Roque estrena su primer gorro (de fiesta, digo yo)

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