0452. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 6.1

El nacimiento de la cuarta criatura del matrimonio de Juan Calderón y María Salas, la niña, privó a nuestro Juan de las “gachas”.

Entrañable entrada, en la vida de Juan de la Ermita, de la hermanilla pequeña: la Mari (Calderón Salas). Estamos en 1949 y nuestro Juanillo tenía solamente 9 añicos y un nuevo trabajo, “niñero” de la pequeña “pelusa amarilla”.

En el centro, Juan Calderón y "La niña", poco antes de emigrar a Bilbao.

En el centro, abajo, Juan Calderón y “La niña”, poco antes de emigrar a Bilbao.


Verdial 6
1ª Parte. Cuando nació la Mari

Mi hermana Mari nació el día 28 de marzo de 1949. Este acontecimiento no es que tuviese nada de especial pero sí una anécdota un tanto graciosa protagonizada por Roque. Aquel día cuando la Mari decidió venir al mundo estábamos en casa Roque y yo solos con mi madre. Antonia estaba trabajando en Málaga con unos señores y mi padre en Logarrio. Me acuerdo que yo cuando vi a mi madre en la cama con síntomas de no encontrarse bien, inocentemente le pregunté a Roque: –¿Qué le pasa a mamá? -Pues… que va a parir, fue su contestanción seca y tajante.

Esta fue toda la explicación que me dió y seguidamente me mandó a llamar a la tía María, la de mi tío Manolo “Chachafí” que vivía frente a nosotros, como recordaréis, en una casilla por debajo de “La Chacha”. Por lo tanto, vino enseguida e hizo de comadrona, asistiendo a mi madre. Ella, nada más llegar a casa, lo primero que hizo fue mandar a Roque que fuese corriendo a Logarrío a avisar a mi padre.

Cuando llegaron los dos, la Mari ya había nacido. Mi tía María la había lavado, vestido y la ha había puesto en una cunita de madera que tenía mi madre ya preparada para la ocasión. Mi padre, al llegar, subió las escaleras corriendo y acercándose a la cama se inclinó sobre mi madre y le dio un beso, preguntándole cómo estaba. Seguidamente se volvió hacia la cuna mirando a “la niña” como la llamaríamos todos a partir de entonces.

Seguidamente fue cuando entró Roque y mirando también a “la niña” en su cuna, preguntó tan tranquilo: –¿Esto también es pa’ criarlo? El porqué de aquella pregunta, nunca lo supimos. Quizá fuese porque “la niña”, como nació muy delgadilla, pensaría que no iba a salir adelante, o quizás pensó que ahora teníamos otra boca que alimentar, porque pasábamos por malos momentos. Aunque en realidad, creo yo que sería porque el hermano de Agustina de La Falcona, que le llamaban “El Bollo” tenía la costumbre de decir eso cuando nacía un chivo.

Bueno, la verdad es que nada de esto sería así, pero todavía hoy, después de tantos años, recordamos aquella expresión que tuvo Roque en aquel momento, y entre bromas nos reímos de la Mari.

La verdad es que con el nacimiento de “la niña” el más perjudicado fui yo porque como hasta entonces era el más pequeño, si en casa daban algunas “gachas” a alguien, era a mí. Pero al nacer Mari se las daban a ella, como es natural. (Gachas=mimos)

Luego, por otro lado, también salí beneficiado porque, recordaréis como dije, que cuando íbamos a por los bollos a Málaga, si había en la familia un niño pequeño, una vez inscrito en la cartilla de racionamiento, daban por él media ración de pan que consistía en un bollito pequeño, el cual teníamos autorización de los padres de comérnoslo por el camino, el que fuese a Málaga a por ellos.

La Mari fue creciendo y yo con ello tenía otra obligación más: cuidarla a ella también. Como nació un tanto delgadita, nosotros decíamos “canijilla“. Quizá por ese motivo, la cuidábamos más, pues siempre estábamos pendientes de ella. Tenía el pelillo un tanto fino y muy rubio. Un día estábamos en “el casaroncillo” entre mi casa y la casa de “La Chica” y la Mari andaba por el llano en la puerta de casa y le veíamos brillar el pelillo rubio con el sol de tal forma que parecía tener la cabecilla encendida y nos hacía gracia porque decíamos que parecía una “pelusa amarilla

Otro día me llevé un susto “de órdago a la mayor”. Resulta que estaba yo con ella por el llano de la casa y no sé para qué, bajé las escalerillas que iban a la corraleta de los “guarros” y a las pencas, sin pensar que “la niña” me iba a seguir detrás, porque era muy movida y tenía las piernecillas todavía tan cortas que no le daban para bajar los escalones. En consecuencia, como es natural, bajó las escalerillas dando “trenchas”, haciéndose un corte en la frente por la cual sangraba en cantidad.

Cuando yo la oí llorar, instintivamente, miré hacia la escalerilla del llano y…¡madre mía! Cuando la vi levantarse llorando y con toda la cara manchada de sangre por la brecha en la frente, me entró un tembleque en las piernas que no sabía que hacer, si llamar a mi madre o correr a cogerla. Fueron unos segundos indecisos, pero al momento reaccioné y corrí hacia ella, al tiempo que gritaba –¡Ay, mi niña! ¡Ay, mi niña! Claro, ya no tuve que llamar a mi madre porque me oyó gritar y al momento salió corriendo de casa. La cogió en brazos se volvió corriendo para adentro, otra vez.

A partir de ahí, no me acuerdo con exactitud lo que siguió. Supongo que mi madre la curaría lavándola y poniéndole un cacho de trapo blanco de sábana a modo de venda con vinagre, que era lo que se podía hacer en aquellos casos. Se me quedó grabada en la mente aquella imagen de “la niña” levantándose con la cara llena de sangre, y fue tal la impresión y el susto que me llevé, que en varios días no se me quitó el temblor de las piernas.


Entrada anterior: Capítulo 5 – 5. Roque se viste de largo.

Próximamente: Capítulo 6 – 2. Mi camión favorito.

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