0453. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 6.2 – La camioneta colorá

Este fragmento de los recuerdos de Juan de Bilbao de su vida en el entorno de la Ermita de Verdiales me gustó especialmente porque recoge con todo detalle la fabricación de su juguete favorito: la camioneta colorá, de madera, cartón y goma (todo reciclado, por supuesto)

Además de lo que me gustan, a mí personalmente, los juguetes de madera, este episodio de su infancia me impresionó porque anuncia, bien a las claras, lo que sería su pasión y su profesión de mayor: coches, motores, maquinarias y demás…

Habilidoso desde pequeño (y tenáz), consigue lo que quiere y necesita de cualquier máquina, por eso tenemos entre nosotros al más listo de los más mayores en… redes sociales e internet.

No es del Juan de Bilbao, pero seguro que con el tiempo, podría haberlo hecho él.

No es la camioneta de Juan de Bilbao, pero seguro que con el tiempo, podría haberla hecho él.

Verdial 6.2. Mi camión favorito

Cuando hablábamos de los juguetes decía como los hacíamos nosotros mismos ¿verdad? Pues una vez, con las tablillas de una barrica de arenques hice un camión de carga: una camioneta, como decíamos nosotros. Primero, desarmé la barrica entera sirviéndome de un hacha y un martillo, por toda herramienta.

Prácticamente no tenía más que cortar los cinchos de flejes y las tablas quedaban sueltas, desarmándose fácilmente. Lo malo era cuando tanía que cortar alguna. No tenía mas herramientas para cortarla que el hachita, pero siempre me las arreglaba de alguna manera para conseguir hacer lo que me proponía con aquella herramienta, que también me provocó algún accidente.

Una de esas veces que estaba yo intentando cortar una tabla, pero en sentido longitudinal, con el hachita, tenía la tablilla en el suelo, pisándola con el pie derecho para sujetarla, y al descargar el hachazo, no calculé bien, clavándome el pico del hacha encima del empeine, haciéndome tal corte que se veía el hueso. No me explico cómo no me quedé cojo, pues podía haberme cortado algún tendón. Desde luego no nos pasaban más cosas porque Dios no quería.

Bien, seguimos con la construcción de la camioneta. Yo había visto algunas veces pasar por la carretera algún camión y me había fijado muy bien en las formas que tenía. Así que con las tablillas de la barrica, que eran de unos seis centímetros de ancho por doce de largo, aproximadamente, fui clavando una encima de otra, haciendo una especie de escalera para que la última quedase más alta, que sería la caja del camión; y por delante, un poco más bajo para el morro del motor y la cabina del chofer.

Después, con otras tablillas clavadas a los costados, hacía los laterales o “cartolas“. Luego cortaba otra por la mitad y hacía la cabina. Después, con una caja de cartón rojo que encontré, me vino de perlas para forrar la cabina. Luego, cortando una tira más del cartón rojo, la clavé en la parte delantera de un lado a otro, haciendo un arco qaue figuraba como la tapa del morro del motor (el capot).

Ya tenía casi hecha la camioneta y además “colorá” como la que un día vi pasar por la carretera de La Venta de las Ánimas, pero me faltaba lo más importante: las ruedas. ¿Cómo hacía las ruedas? ¡Con botones de chaqueta! No valen, porque no tienen el agujero en el centro y además eran demasiado pequeños. ¡Ah! ¡Ya sé!

Los camiones tienen las ruedas de goma. Me acordé de como en “la esterquera” había visto las suelas, o mejor dicho, las medias suelas de unas alpargatas viejas. Fui a buscarlas y con ellas hice las ruedas: seis, porque atrás las llevaban dobles. Luego con unos clavos las clavé en los costados de la primera tablilla: las sencillas, delante y las dobles, atras. ¿Ya está?

¡No! Todavía falta algo: el chofer lleva una rueda en las manos, y con ella va “guiando” al camión. Entonces hago otra rueda un poco más pequeña y la clavo un poco inclinada, dentro de la cabina. ¡Ahora, sí!

Me salió tan bien que estaba orgulloso de mi obra. Tenía un camión “colorao” con ruedas de goma, la rueda “para guiarlo” (el volante) y caja para cargarlo de tierra. ¡Aquello era fantástico! Aquello fue… mi camión favorito. De tal manera fue mi favorito, que cuando nos veníamos para Bilbao, llamé a mi primo, Rafalito el de la Chica y al tiempo que me despedía de él, le daba el camión diciéndole, con lágrimas en los ojos –Toma, Rafalito, la camioneta. Te la doy pa’ ti, pa’ que juegues con ella… Como ya, a lo mejor… no nos vemos más, pos así tienes un recuerdo mío.

El chachafí y el pichurrubio.

Cerca de Las Ánimas, un poco más abajo, hacia el rio Guadalmedina, había unas casas subterráneas, a modo de cuevas, que les llamaban Las Minas. En ellas vivía, por aquel tiempo, Manuel Martín, y como es natural le llamaban “Manolillo el de las Minas”, aunque era más conocido por el apodo de “Pichirrubio”, que es un pajarillo, el cual tiene la pechuga roja. Este hombre, el Pichirrubio, me contaban que estaba un día guardando unas cabras en la loma de Los Frasquetes, cerca del camino que va desde la Ermita hasta la Venta de las Ánimas y acertó a pasar por allí mi tío Manolo, que como sabemos era barbero y siempre andaba con los arreos de trabajo por aquellos campos, de lagar en lagar, arreglando el pelo a aquel que lo necesitaba.

Igualmente, cuando se encontraba con un cabrero, con un gañán o con cualquiera que estuviese por aquellos campos en la faena que fuese y le pedías sus servicios, pues lo “aviaba” al momento. Aquel día, iba de camino hacia las Ánimas y se encontró con Pichirrubio. Éste le pidió que lo “pelase” como se decía por allí al corte de pelo. Mi tío echó mano de sus herramientas. Manolillo de las Minas se sentó en una piedra al borde del camino y mi tio Chachafí empezó a pelarlo (cortarle el pelo). Cuando estaba en plena faena, Pichirrubio empezó a reirse más y más. Mi tío, un poco mosqueado, le preguntó: –¿Se puede saber a que viene tanta risa?. A lo que Manolo “Pichirrubio”, con palabras entrecortadas por la risa, le dijo –¡Porqué no había visto nunca a un “chachafí” pelando a un pichirrubio” en lo alto de una piedra! ¡Ja, ja ja! Entonces empezaron a reir los dos y estuvieron riéndose hasta hartarse.

Otras anécdotas, por ejemplo, eran que algunas veces cuando nos poníamos a montar las trampas de losa, no calculábamos bien el peso de ésta para la pieza que intentábamos cazar, o quizás fuese que se metían en ellas las “piezas” que no estaban previstas. El caso es que había veces que cuando íbamos haciendo la ronda, recorriendo las distintas trampas, siempre al ver una losa caída, nos poníamos muy contentos y salíamos corriendo hacia ella, contando con la pieza que habíamos cazado, pero al llegar y levantarla nos encontrábamos con alguna sorpresa.

Por ejemplo: la losa era demasiado grande y la pieza que podía ser un pichirrubio u otro pajarillo cualquiera, resultaba que lo había aplastado de tal forma que lo que teníamos allí era una “tortillas de plumas, o dicho en nuestro lenguaje “una paparreta”. Otras veces, por el contrario, nos ocurría que no habíamos allanado bien el lugar para la losa y al caer ésta, dejaba un hueco bajo ella, salvándose el pararillo si era pequeño, el cual al levantar la losa para cogerlo, éste salía volando dejándonos con un palmo de narices y la consiguiente rabieta.


Entrada anterior: Capítulo 6.1 Cuando nació la Mari.

Próximamente: Capítulo 6.3 Más juguetes.

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Una respuesta a 0453. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 6.2 – La camioneta colorá

  1. juanermita dijo:

    Querida amiga Porve;
    Me ha echo mucha ilusión, cuando he visto la foto de mi “camioneta colará”, has tenido un gran acierto al incluirla aquí, la verdad es que la que yo hice, con aquellas herramientas y los materiales, no era tan fina era bastante más “tosca” que esta, ja ja ja. Pero no cabe duda que mi idea era muy aproximada de hacerla como la de esta foto.
    Has tenido una ocurrencia, muy acertada como siempre.
    Gracias, un beso fiestera.

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