0455. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 6.4

Mural del maquis

Graffiti en un muro de Sallent de Llobregat, rememorando a los maquis españoles.

Uno de los últimos episodios de las memorias de Juan de Bilbao (Juan Calderón Salas) de niño en la loma de la Ermita de Verdiales, en los que se nos narran un disgustillo pequeño (trabajos de los niños Roque y Juan que no rinden) y un susto y golpe horrible, propinado por la Guardia Civil persiguiendo a la gente de la sierra.

Maravillosa la imagen a contraluz del padre, contra el sol de la amanecida, impresa en la memoria de nuestro querido Juan.


Los garbanzos en San Lázaro

Un año, Enrique el de Zapatero le propuso a mi padre sembrar unos garbanzos a medias: Enrique ponía el terreno y la simiente y mi padre debía poner la mano de obra o el “trabajo”, como se decía entonces. Me acuerdo muy bien de esto porque me tocó a mí sembrarlos con Roque. El terreno, creo que pertenecía a los de Pagarbán. Como recordaremos, Enrique de Zapatero tenía terrenos y una casa en ese lagar, que los cuidaba mi padre, y fue cuando yo nací, viviendo ellos allí. Aunque cuando esto de los garbanzos, nosotros vivíamos en Los Verdiales, pero mi padre seguía trabajando para Enrique.

La cuestión es, como digo, que los sembramos entre Roque y yo, por el clásico método de los hoyos, los cuales hacíamos con un “azadón de gavilanes” cada uno. El terreno estaba en una solana y era muy pendiente, entre retamas y bolinas. Yo apenas podía con el azadón, pues no sé si tendría ocho o nueve años, pero recuerdo como me resbalaba cuesta abajo; entonces, yo clavaba los gavilanes del azadón para sujetarme. Cuando los garbanzos empezaron a nacer, a medida que iban saliendo de la tierra, los conejos se los comían, si no lo hacían antes de salir, ya que los conejos escarban muy bien. Total, que no los probamos.

Mi padre, cuando estaba en Zapatero, como ya sabemos, hacía todas las labores del campo, pero tengo entendido que la más frecuente era la de cabrero y para este menester, se llevaba una honda y un “garrote” o “calla’o”. Como allí hay mucho conejo de campo y suelen estar agazapados en su cubil, normalmente bajo alguna “coscoja”, bolina o tomillo, pero no se asustan de las cabras que estén pastando a su alrededor, a no ser que alguna pase excesivamente cerca, entonces sale de su escondite, sin mayormente mucha prisa, mezclándose entre las cabras, pero eso sí: siempre esquivando muy bien al cabrero.

Mi padre, como buen conocedor de toda la naturaleza y sus costumbres, así como cazador, que también lo era, iba siempre atento a cualquier posible salida del conejo, o incluso, como sabía sus preferencias donde esconderse, había veces que lo descubría aún metido en su cubil, y acercándose con sumo cuidado, antes de que saliele, le daba con el “garrote” y de este modo era raro el día que no llevase carne a casa. Nos contaba como muchas veces llevaba incluso la escopeta colgada al hombro. Así también podía tirarle a las perdices o palomas torcaces.

Una de esas veces que llevaba la escopeta, nos cuenta como mató un mochuelo y no se le ocurrió otra cosa que pelarlo tranquilamente, aunque eso casi siempre lo hacía. Pero aquella vez, al ser un mochuelo, se entretuvo en cortarle la cabeza y llevárselo a casa diciéndole a mi madre, cuando llegó, que era una paloma. Y se lo comieron. Entonces no habríamos nacido ninguno de nosotros, unícamente, quizás, la Antonia. Pero cuando él nos lo contaba, ya de mayores, lo hacía, como todo, tan detalladamente que nos mondábamos de risa todos.

Los civiles hacen una redada y se llevan a mi padre

Vuelvo a insistir en que mis recuerdos de lo que voy narrando están comprendidos dentro de mis seis y los once años. Por ejemplo, lo que viene a continuación se ve qué ya éramos mayorcitos para hacerlo, como el manejar una escopeta y cargar nuestros propios cartuchos. Por aquel entonces, en todas las casas tenían escopeta aunque nadie o casi nadie tuviese licencia para ella, pero se tenían a escondidas, para defensa de la casa y para cazar pues, ni que decir tiene, que aquellos montes eran muy ricos en caza menor de todas las especies.

El gran inconveniente de tener una escopeta en casa radicaba en la presencia tan frecuente por aquellos lagares y caminos de las patrullas de “los civiles“. Por que lo mínimo que le podían hacer al que cogiesen con una escopeta sin licencia era quitársela y darle una paliza, pero lo más normal era que se lo llevasen detenido a Málaga para… “interrogarle” en el cuartel a base de palos. El tema de los interrogatorios siempre era sobre “la gente de la sierra” que era en aquel tiempo lo que les quitaba el sueño a la guardia civil. En mi casa, como era habitual en todas, mi padre tenía una escopeta de dos cañones del calibre doce, lo más corriente en aquella época, con los gatillos arriba.

Al parecer, cierto día se corrió la voz de que “los civiles” iban a dar una batida, buscando las escopetas por todas las casas. Como es natural, se armó el consiguiente revuelo y todos procuraron deshacerse de ellas por cualquier medio posible. Unos las dejaban escondidas en el monte entre maleza, en una cañada entre zarzas, en medio de una palma, incluso hubo quienes la echaron al pozo.

Mi padre la desarmó, la metió en un saco, la envolvió muy bien y despues la enterró al pie de un olivo que había por debajo de la casa, cerca de el charcón. Efectivamente, el rumor era cierto. Unos días después aparecieron las patrullas de la Guardia Civil registrando todas las casas y se llevaron a todos los hombres detenidos, entre ellos a mi tío Rafael, a Antoñico de la Ermita y cuando llegaron a mi casa, también se llevaron a mi padre.

Siguieron por El Puerto del Aire, Santa Cruz, Melendre y a todas las casas que llegaban, si había algún hombre, se lo llevaban detenido al cuartel de Málaga, a “tomarles declaración” decían, con sus habituales métodos: a fuerza de látigo. Muchos de los que se llevaron en aquella redada, jamas volvieron a casa, entre ellos el suegro de mi tío Ángel: Domingo de Melendre.

Así como, un tiempo antes, habían matado al suegro de Antoñico en su propia casa, una noche, en un tiroteo entre los civiles y hombres de la sierra. Al menos, así tengo yo entendido que ocurrió. Lo que si es cierto es que todavía dieciocho años después de estar nosotros ya en Bilbao, fuimos unas vacaciones a Málaga, Lola y yo con Mari Carmen y un día que fuimos a los Verdiales a casa de mi tío Antonio, pasamos por la puerta de “La casilla Enrique”, como se le llamó siempre y aún estaba la puerta intacta de como se quedó entonces: ¡Toda acribillada a balazos por los mosquetones de la Guardia Civil, aquella fatídica noche!

Después he sabido de fuente digna de crédito, que cuando esta “comitiva” de la redada, en la cual llevaban a mi padre, llegaron a “Meléndrez”, encontraron a uno que lo andaban buscando con mucho tesón hacía ya bastante tiempo, pues era un cabecilla de “la sierra”. Le llamaban “El Rata“. A éste en cuanto lo descubrieron los “civiles”, se desencadenó un tiroteo y lógicamente lo mataron allí mismo sin más interrogatorio ni más nada, exclamando entre los civiles: ¡Por fin hemos cogido “al Rata” Y siguieron el camino hacia Málaga con los demás detenidos.

Según parece, éste fue el motivo que les indujo a los civiles a matar, posteriormente, aunque ya en el cuartel, al suegro de mi tío Ángel: el haber cogido a “El Rata” en las inmediaciones de su casa.

En el cuartel, los tenían en unos calabozos, sin comer y sin un triste colchón donde tumbarse de noche. Claro que tampoco los dejaban descansar pues, como digo, se pasaban el día y la noche “interrogándoles” sobre los de “la sierra” con sus métodos habituales.

Así los tenían tres o cuatro días. Después, a unos los llevaban a la cárcel y a otros los soltaban. Pero también hubo muchos que no llegaron ni a la cárcel, ni al cuartel, ni tampoco regresaron jamás a casa, como ocurrió con el suegro de Antoñico el de la Ermita, Enrique García, y el suegro de mi tío Ángel que se llamaba Domingo.

Mi padre fue uno de los que soltaron a los tres o cuatro días, no sin antes darle sus palizas, según contó él procurando hacerlo, cuándo nosotros no estabamos presentes. Mi madre iba cada mañana temprano a Málaga a verle y a llevarle algo durante los días que le tuvieron en el cuartel. Una mañana, estaba preparándose para ir a Málaga como de costumbre; yo había salido a la calle seguramente a mear, como solía hacerlo en la esquina de la carbonerilla. Estaba apuntando el sol. Yo miré inconscientemente hacia la loma de la Ermita, por donde salía el sol y vi “al viso” del amanecer una silueta que al momento me resultó inconfundible y muy familiar. Me metí corriendo para casa gritando: ¡Mamá! ¡Mamá!… ¡Por la loma de la Ermita viene papá!

Mi madre dejo lo que estaba preparando y salió corriendo para la calle. En ese momento, mi padre ya llegaba a la puerta de casa, pues cuando yo le vi ya estaba relativamente cerca y venía loma abajo a grandes zancadas. ¡Aquello fue maravilloso! No se me olvidará aquella silueta a contraluz del sol saliente y entre las ramas de los almendros que había por la loma. Aquella silueta con la “mascotilla” puesta. Sí, mi padre tenía una “mascota“: un sombrero de fieltro gris de ala estrecha, a los que llamaban mascota, como en Bilbao a la boina se le llama “chapela”. Aquella mañana cuando bajaba la loma de la ermita, traía puesta su “mascota“. Ya he repetido en varias ocasiones como hay ciertas imágenes que de niño se te quedan grabadas para el resto de la vida y ésta fue otra de ellas.

Por todas estas cosas y muchas más se les tenía pánico a “los civiles” y como siempre que andaban por allí lo hacían en grupos y a caballo, había un dicho cuando a una cosa se le temía mucho solían decir: ¡Ohú chiquillo!, A eso le temo más, que a un civí montáo a caballo.


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5 respuestas a 0455. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 6.4

  1. juanermita dijo:

    ¿Olvidar aquella silueta a contra luz del Sol naciente? ¡¡Imposible!! es que lo recuerdo con tanta claridad, que ahora al releerlo después de tanto tiempo, no he podido evitar las lagrimas y descolgar un cuadro, que tengo en la pared con mis padres y darles un beso.
    Es que para saber lo que fue aquello, solo hace falta haberlo vivido.

  2. Manuel Pinazo Garcia dijo:

    Hola Polverita,
    Que relato…¡ yo me identifico con estas cosas pues yo también siendo niño vivi algunas cosillas de estas en mis mayores por ejemplo cuando venia cierto personaje a Malaga , me acuerdo que la Guardia Civil hacia una redada de todos los hombres que eran mas combativos y que estaban señalados por “ELLOS” y los tenían detenidos hasta que dicho personaje se marchaba de y a algunos los “CALENTABAN PARA QUE NO APSACEN FRIO” Esto a algunas personas les molesta que se siga recordando despues de tanto tiempo pero esto es nuestra historia reciente y si no queremos que se repita lo mejor que tenemos que hacer es conocer todo lo que paso les moleste a quien les moleste. Salud.

    • juanermita dijo:

      Amigo, Manuel Pinazos García;
      Simplemente, gracias por leerlo.
      Un cordial saludo.

    • Porverita dijo:

      Gracias a los dos, a Juan Calderón y a Manuel Pinazo, por estar siempre al quite, y compartir esas experiencias tan importantes que los jóvenes (y menos jóvenes como yo) no hemos conocido.

      Salud.

      • Manuel Pinazo Garcia dijo:

        Hola Polverita, Somos nosotros los que tenemos que darte a ti las gracias y muchas, por divulgar todo lo que se refiere a los Verdiales y las historias que le rodean a muchos de los fiesteros antiguos, y sobre todo lo bien que lo haces.
        Salud.

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