0456. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 6.5

Última entrega del Verdial 6, como llama Juan Calderón Salas al capítulo 6 de sus memorias, escritas para sus hijos y que la Porverita tuvo el priveligio, primero de leer en formato digital hace ya tiempo, y luego de recibir una copia impresa y maquetada por el propio Juan; memorias que ocupan un lugar de honor en la biblioteca verdialera de la Porve.

Termina este capítulo 6, retomando el tema de los juegos de los niños de la Erminta. Yo lo titularía “Jugar con fuego”, pues en él nos narra sus andanzas con escopetas y cartuchos rellenados, pistolas que no disparan y mistos de cachondeo. Estos últimos, recuerdo yo también haber jugado con ellos, pero la memoria me falla al intentar recordar cómo llamábamos en Teruel a esas “lentejas explosivas”.

Mistos triquitraque

Gracias a Dios, no les pasó nada, ni a Juan, ni a Roque, ni a sus primos y amigos.

Vamos allá:


Cargamos los cartuchos

“He contado las dificultades que había para tener una escopeta en casa, pero más aún las había para hacerse con la munición. En este caso, nosotros habíamos aprendido a cargar los cartuchos aprovechando incluso los “mistos” como llamábamos a los fulminantes. Seguramente lo aprendimos de vérselo hacer al “Torerillo”, pues tratándose de escopetas, las entendía y las majeba bien. Roque y yo nos juntábamos mucho con él.

Al cartucho vacío le sacábamos el “misto” con un clavo. Una vez fuera la parte picada por el percutor, que es una especie de cazoleta, con la cabeza del clavo y unos golpecitos por dentro, le sacábamos la picadura del percutor; a continuación, llenábamos esta cazoleta con cabezas de cerillas, pero con mucho cuidado sin darle el más mínimo golpe, poque si no podía explotar antes de tiempo. Una vez hecho esto, montábamos el cartucho otra vez, a presión, sin golpe.

Una vez que teníamos el cartucho montado, pasábamos a cargarlo. Poníamos una medida de pólvora equivalente a un dedal, una tapita de cartón, un taco hecho con papeles o un tapón de corcho de alguna botella, y ahora un dedal de perdigones. Estos los hacía el “Torerillo” en una lata con el culo lleno de agujeros. La mayoría le salían con rabo que parecían “guzarapos” (zapaburus).

En casa del “Torero” tenían dos escopetas: una del doce, de dos cañones y otra del calibre 28 de un solo cañón. Ésta es la que más usaba el “Torerillo” y la que nos dejaba a nosotros para tirar con ella. Para mí, cargábamos los cartuchos con media carga porque según me decían, el “Torerillo” y Roque, la escopeta me tiraría de culo al suelo. Yo creo que me lo decían para meterme miedo, y el caso es que lo lograban.

Había otro incoveniente, que a su vez entrañaba un gran peligro, que nosotros no veíamos, si no todo lo contrario: nos divertía. Esto era que los tiros con los cartuchos cargados por nosotros solían salir con retraso. Aquello para nosotros resultaba muy gracioso. Me explico: los pistones o fulminantes, cargados con las cabezas de cerillas, no resultaban muy eficaces a la hora de disparar, porque al picar el percutor, no se inflamaba instantáneamente, como debe ser, provocando, por consiguiente, el retraso del disparo.

Muchas veces nos ocurría estar apuntando, disparar el gatillazo y oir un… “tic, pisssssssss… ¡Pum!” (el tiro con retraso), resultando que cuando salía de la escopeta, el pájaro o lo que fuese, ya no estaba allí. Otras veces nos ocurría que cuando el “pisssssss” se paraba, pensábamos que ya el tiro no iba a salir y bajábamos la escopeta; entonces, en ese preciso momento… “¡Pum!”, salía el tiro con el consiguiente peligro de que nos diese a uno de nosotros. Y como digo, entonces nosotros no veíamos aquel peligro. Nunca nos llegó a pasar nada con las escopetas porque, eso sí, siempre procurábamos ponernos detrás del que iba a disparar. Yo creo que eso nos salvó en más de una ocasión.

Un día estaba yo con el “Torerillo” por debajo de la Ermita y frente a la casa de “La chica”. Él tenía la escopetilla del 28 en la mano. Vino un pajarillo y se paró en un olivillo que había muy cerca de donde estábamos nosotros. Entonces el “Torerillo” me dijo: –“Toma Juanillo! ¡Tírale tú!”, pero yo no me atrevía porque me fuese a tirar de culo la escopeta, como me habían dicho tantas veces. Además, aquel día no teníamos cartucho de media carga para mí. El “Torerillo” se dio cuenta de mi miedo y entonces me dijo: -“¡No tengas miedo, hombre!, que yo me pongo tras de ti y te sujeto.“. Entonces, yo me animé y cogí la escopeta. Él se puso detrás apoyándome sus manos en mis hombros, apunté hacia el olivillo, disparé y ocurrió lo que tantas veces: “Tic, pissssss… ¡nada! En el momento que bajaba la culata del hombro, ¡Pum!, salió el tiro hacia arriba y el suelo bajo el olivo se tapó de hojas, pero del pajarillo, ni rastro.

La maleta de cartón

Antes de [contar con el viaje a Bilbao, tengo que hablar de] la maleta de cartón. ¿Cómo iba a faltar en esta historia, la maleta de cartón? tan famosa en todos los emigrantes de aquella época, porque hay que reconocer que la “maleta de cartón” marcó una historia.

Había en casa una maleta grande de cartón, aunque ya muy estropeada por los años. La tenía mi madre en el suelo de su habitación, en un rincón que hacía encima del hueco de la escalera. Yo siempre la conocí en aquel lugar. En ella tenía mi madre sus cosillas, tales como la ropa de la cama, dos peinetas, “los palillos” para bailar en las fiestas, etc.

Entre la ropa había (y eso es de lo que mejor me acuerdo) una vieja pistola de dos cañones, que para cargarla se abría idéntica a una escopeta de caza, con los gatillos y percutores igual también que la escopeta, pero en pequeño. Por supuesto que la pistola no funcionaba, de lo contrario no hubiese estado allí. Pero mi hermano Roque y yo la usábamos para nuestros juegos cuando no estaban ni mi padre ni mi madre, así como tampoco la sacábamos de casa. Nuestro juego con ella consistía, en hacer explotar las cabezas de “los mistos” (cerillas). Cogíamos “la cajilla de mistos” que había en casa para encender la candela y los candiles de alumbrarnos y nos entreteníamos en quitarles la cabeza, montábamos los gatillos de la pistola poniendo una cabeza en cada percutor, disparamos el gatillo explotando la cabeza del “misto”.

Este era otro de nuestros juego. Lo malo venía cuando llegaba mi madre y nada más entrar, olía la pólvora quemada de las cabezas de los “mistos”. Cuando comprobaba que le habíamos gastado la cajilla que tenía para encender la candela, pues…  ¿pa’ qué os cuento? “pies, para que os quiero”, si no, ya sabíamos lo que había.

Los mistos de cachondeo

Había en aquella época unos pistones que venían en unas tiras de cartón y a los cuales se les llamaban “mistos de cachondeo“. Estos pistones, como digo, consistían en una tira de cartón de unos treinta centímetros aproximadamente de larga, por dos o tres de ancha. A lo largo de esta tira de cartón, llevaban pegados los pistones que eran como una lenteja de color encarnado.

Se cortaban de uno en uno, con un poquito de cartón para poderlo agarrar, se rascaban en una piedra o en la pared como si fuese una cerilla, pero en lugar de encender como la cerilla, producía una especie de “minitraca” que duraba unos segundos, pero soltaban unas chispas, que si te cogían en la cara quemaban. En la manos también, pero había que aguantar, pues si lo soltabas, los demás que hubiese se reían de uno llamándole “cagueta” o “gallego“, lo que era un insulto grave.

Teníamos la costumbre de desafiarnos para hacer una determinada cosa y la forma mas fuerte del desafío era diciendo: “¡Gallego! ¡A qué no eres capaz de hacer esto o aquello! o simplemente: “gallego si no lo haces”. Entonces hacíamos lo que fuese con tal de no quedar como “gallego“. Yo no sé desde cuando, ni de donde vendría aquella costumbre de llamar gallego, pero la verdad es que para nosotros y para cualquiera en aquel tiempo, era una cobardía el quedar como “gallego” por no haberse atrevido a hacer alguna cosa determinada.

Y volviendo a los mistos, decir que estos “mistos de cachondeo” también los utilizábamos con la pistola: arrancábamos aquella especie de “lenteja explosiva” del cartón, haciendo como con las cabezas de cerillas, explotarlas a gatillazos. Estos tiros ya eran bastante más fuertes y por lo tanto mas divertidos. Lo que pasaba era que rara vez teníamos “mistos de cachondeo” pues había que comprarlos en Málaga cuando íbamos a por “los bollos” en la tienda de “Regaéra” y eso era un tanto difícil, ya que rara vez teníamos con que comprarlos.

Los “mistos” estos tenían una particularidad: si los rascabas como si fuesen a encender una cerilla, producían la pequeña traca que decía antes, durante unos segundos, que no era mas que un “tris-tris, tras-tras“, y ahí quedaba todo. Yo creo que de aquí le vendría el nombre de “mistos de cachondeo; en cambio, si se le daba un golpe seco a esa “lenteja” sobre una piedra o lo hacíamos en el percutor de la pistola, entonces producía un fuerte estallido”


[En este final del capítulo o verdial 6 del libro de memorias, escrito por Juan Calderón Salas” para sus hijos, la Porverita se ha permitido omitir algunos pasajes que no eran muy significativos (y podremos retomar al final) y alterar un poco el orden en que fue redactado, con vistas a iniciar en el próximo capítulo el tema (igual de interesante) de La Emigración de la familia a Bilbao, sin saltos en el tiempo y la memoria]

Hemos completado casi la mitad del libro con los recuerdos de Juanillo hasta los 12 años en la loma de la Ermita. A partir de ahora, quedan otros tantos capítulos donde Juan nos narra, con una elocuencia admirable, y lo que es más: sin pizca de amargura, la peripecia vital de la emigración (en el año 1952) de la familia Calderón-Salas a los territorios del norte.

Nos volvemos a encontrar, pronto, en el Verdial 7: El Viaje a Bilbao.

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2 respuestas a 0456. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 6.5

  1. juanermita dijo:

    Correcta la última publicación de éste capitulo 6º, pero no os durmáis, que el capitulo 7º, concretamente, El viaje Bilbao, no tiene desperdicio,
    No os lo perdáis.

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