0458. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.2

Si algún lector, de los que ya no cumple los 55 años, lee esto, reconocerá perfectamente como eran los viajes en tren en la España de los años 50s. No tiene desperdicio. Resulta admirable la cantidad de detalles que ha podido retener y plasmar con tanta vivacidad nuestro Juan Calderón Salas, en sus memorias, que él tituló De los Verdiales a Bilbao.

Disfrutad con la aventura (con sobresalto incluido) porque no he leído un relato igual en mi vida.


Verdial 7. Nos vamos a Bilbao. 2º parte

Familia Calderón Salas, poco antes de la emigración

Familia Calderón Salas, poco antes de la emigración

El viaje en tren

El viaje en tren era largo, muy largo, incómodo e insoportable, pero en aquel tiempo para nosotros no fue así. Por el contrario, como no habíamos subido jamás a un tren, ni lo habíamos visto de cerca, nos lo pasamos bomba. Aquello era todo nuevo para nosotros: era otro mundo.

Los compartimentos iban a tope de su capacidad, bueno que tampoco había compartimentos: eran vagones con dos filas de asientos de madera a cada lado y el pasillo central, que iba igualmente lleno de gente, sentados en sus respectivas maletas, porque no tenían otro sitio. ¿Los vagones? Ni que decir tiene que eran todos de madera al igual que los asientos. Tenían en cada extremo una plataforma al aire libre con barandillas de hierro forjado, por las que se ascendía de los andenes mediante dos o tres peldaños y a través de aquellas plataformas se pasaba de un vagón a otro.

En estas plataformas siempre iba gente, nosotros también nos salíamos a ellas, pues como hacía buen tiempo se iba muy bien contemplando el paisaje que era maravilloso, para nosotros todo era totalmente nuevo, fuera de lo normal, fuera de lo imaginable.

El tren devoraba kilómetros atravesando aquellas campiñas, en ocasiones inmensas planicies que se perdía la vista por ellas. Otras veces, atravesaba por enormes desfiladeros como uno que hay cerca de Linares, por donde se ve desde el tren un sendero en la pared de roca suspendido sobre un río que le llaman “El caminito del Rey”, y otros desfiladero como el de Despeñaperros, que daba miedo mirar para abajo o, simplemente, para fuera del tren, pues éste pasaba por unos puentes tan estrechos que parecía ir suspendido en el aire.

Cada vez que paraba en una estación, siempre igual: unos asomándose por las ventanillas, otros cogen las maletas para bajar, otros que suben y todos lo quieren hacer al mismo tiempo, dándose empujones para hacerse sitio y colocar las maletas los que han subido. Luego los que se asoman a las ventanillas para ver donde estamos, se quedan mirando el movimiento de gente en los andenes ya no se sientan hasta que el tren vuelve a ponerse en marcha.

Alguna vez que Roque me aupó para asomarme a la ventanilla, veía que todos hacían los mismo, de forma que el costado del tren era todo cabezas, mientras que en los andenes las gentes parecían hormigas, todos corriendo para todas partes. En todas las estaciones hay unos tíos con una gorra y un carro lleno de maletas corriendo para acá y para allá.

También en otras ocasiones nos llevamos algún susto, cuando entrábamos en un túnel por ejemplo, pues no lo esperábamos y como no encendían las luces nos quedábamos totalmente a oscuras, con miedo a movernos del sitio donde nos había cogido la entrada al túnel. En ocasiones nos daba la tos por el humo de la maquina que se metía por las ventanillas, y sobre todo si nos cogía en la plataforma. Había veces que hasta salíamos con la cara negra, y por supuesto, todos olíamos a humo como carboneros, con ese olor característico del carbón quemado. Me recordaba a cuando estabamos en Los Verdiales con los hornos de carbón encendidos. Así es que, al menos yo, la gocé como un enano. Fue una experiencia única ¡inolvidable!

Aquel tren debía de ser algún correo a juzgar por las paradas que hacía y por lo que tardó en el viaje, yo creo que se paraba hasta en las casetas de los camineros. Salimos de Málaga aproximadamente a mediodía de aquel viernes 5 de abril del 52 y llegamos a la estación de Atocha de Madrid a la mañana siguiente, o sea que echó prácticamente todo el día y la noche de Málaga a Madrid. En Atocha había que hacer transbordo, para ir a la Estación del Norte. Había que cruzar todo (Madrid capital) ya que esta estación se encuentra al otro extremo de Madrid, cerca de “El paseo de la Bombilla”, sitio éste donde ponían la feria y se celebraba la famosa Verbena de la Paloma, cercano a orillas del Río Manzanares. (Esto lo sé ahora, antes ni idea). El trayecto de una estación a otra lo hicimos también en un carro de varas con un caballo, se conoce que eran los taxis de la época, o los “taxis de los pobres”.

Yo no me enteraba de nada que no fuese disfrutar del paisaje, pero al llegar a una estación de éstas en la cual había que bajarse para hacer transbordo, mi madre tenía que gestionar los billetes tanto nuestros como los de los bultos que iban facturados, y para ello nos tenía que dejar a Roque y a mí, bien en la cantina de la estación, o bien en la sala de espera, sentados en la maleta para que no fueran a quitárnosla. Tiempo que se aprovechaba para comer algo de lo que llevásemos en la talega.

Una vez gestionado el tema de los billetes, nos subimos nuevamente al tren indicado que salía para Bilbao a media mañana. Otra vez a gozar del paisaje, la velocidad, el “clac-clac” de las ruedas, los pitidos de la maquina y el jadear de la misma. Entrada nuevamente la noche, entre Madrid y Bilbao, mi madre nos dio algo de comer a modo de cena, yo me quedaba asombrado porque todo el mundo cuando iba a empezar a comer, invitaba a los demás a comer de lo suyo, pero todos decían que no, y que aproveche. Luego comía cada uno de su talega.

Cuando terminaban de comer, poco a poco se iba haciendo un gran silencio, escuchándose solamente, el “clac-clac” de las ruedas sobre los empalmes de los raíles y el crujir de la madera de los vagones, quedándose los departamentos en una casi total penumbra, interrumpida de vez en cuando por la luz de algún poste exterior al pasar, o por el pequeño resplandor de algún cigarro, ya que entonces no estaba prohibido fumar en ninguna parte.

En Miranda nos llevamos un susto de muerte

En Miranda de Ebro todos los trenes tenían que parar bastante tiempo para dar paso a otros más importantes o más rápidos. Concretamente el nuestro estuvo parado un rato grande. En todo ese tiempo, estuvieron pasando trenes. Unos paraban y arrancaban de nuevo a los pocos minutos. Otros andaban un poco y luego volvían por otra vía, pero todo eran chirriar de ruedas y pitidos de las maquinas, mientras el nuestro seguía parado.

Cuando avisaron del tiempo que iba a estar parado nuestro tren, mi madre nos mandó quedarnos quietos en el asiento mientras ella iba a hacer algo, para lo cual tenía que bajarse del tren. Pasó un tiempo y el tren empezó a moverse, con unos pequeños pero bruscos tirones como siempre que arrancaba y mi madre no había llegado. Roque y yo empezamos a mirar para todas partes, nos mirábamos el uno al otro, pensando que no había subido al tren. Nos asomamos por la ventanilla que daba al andén. Era totalmente de noche. Un hombre con una gorra roja y un farol en la mano se retiraba de los andenes hacia dentro de la estación. Las bombillas que había por el andén iban pasando una tras otra, quedándose atrás. El tren cada vez iba más rápido y mi madre no llegaba. ¡Se había quedado en tierra! pensé yo asustado. Roque no lo sé. Nos miramos el uno al otro y salimos al pasillo.

Para postre, allí había una pareja de la Guardia Civil, de espaldas a la pared del pasillo, con sus largas capas, aquellos tricornios horribles, sus grandes bigotes con los mosquetones apoyados en el suelo y caras de “perros pachones”, fumando unos cigarros de papel amarillo. Nos quedamos clavados en la puerta del compartimento sin saber que hacer. Roque no lo sé, pero yo estaba “cagaito” de miedo: mi madre no aparecía y delante de nosotros teníamos a “los civiles” con el miedo que les teníamos y el tren iba ya a toda velocidad. Yo iba ya a arrancar a llorar, cuando por la punta del pasillo vimos asomar a mi madre con la Mari en brazos. De repente, me olvidé de “los civiles” y salí corriendo pasando por delante de ellos, me agarré a la falda de mi madre y así volví con ella hasta el asiento.

Cuando estuvimos sentados otra vez, nos contó cómo viendo que el tren arrancaba y nuestro vagón estaba un poco lejos de ella, subió al que tenía mas cerca, pasando luego de vagón a vagón a través de las plataformas cosa que le costó un poco, dado que éstas, así como los pasillos, estaban llenos de gente y ella además como digo traía a la “niña” en brazos. Ya estabamos tranquilos, pero de cualquier manera el susto fue para no olvidarlo.

Nos amaneció el segundo día en el tren desde que salimos de Málaga. Una vez pasado el susto, nuevamente a disfrutar del paisaje. Vimos que el tren daba vueltas y vueltas por debajo de unas montañas. Veíamos un pueblo por la derecha del tren, luego por la otra esquina cada vez más cerca y finalmente acabó parando en la estación de aquel pueblo. ¡Estábamos en Orduña!

Posteriormente, algunas paradas mas y por fin llegamos a Bilbao. Como en las demás estaciones, todos se asomaban por las ventanillas de tal manera que el costado del tren era todo cabezas asomadas. En Bilbao sí que parecía el andén un gigantesco hormiguero de gente: unos llamándose y levantando los brazos para hacerse ver, otros dándose las maletas por las ventanillas, los que ya habían bajado abrazándose, nosotros intentábamos asomarnos pero lo que era yo no podía. Además todos querían bajar a la vez. Yo tenia bastante con no soltarme de la mano de Roque, pues mi madre llevaba a la niña en brazos. Según íbamos avanzando poco a poco por el pasillo, Roque al pasar por delante de una ventanilla miró hacia fuera y gritó: –¡Allí! ¡Allí, está papá! dijo señalando por la ventanilla.

Me aupó a mí y así pude asomarme yo también. ¡Sí! Allí estaba. Él también nos había visto ya. De dos zancadas, no sé como, pero subió al tren entre la gente que bajaba. En el pasillo se abrazó a mi madre y a nosotros, cogió a la Mari en brazos, la maleta y bajamos al anden. ¡Pisamos Bilbao! Ahora no recuerdo bien, pero creo que serían sobre las seis o las siete de la tarde de aquel 7 de Abril de l952.

Cuando salíamos de los andenes por unas grandes escaleras, le preguntamos a mi padre: –¿Está la casa mu lejos? ¿Nos falta mucho p’a llegar?¡Sí! Ahora tenemos que coger otro tren para ir a Lamiaco, donde está la casa, nos contestó.
Mi padre llamó a un tío de aquellos con un carro, para que nos llevara a la otra estación.

Había que esperar a coger los bultos que venían facturados: el colchón enrollado y atado con una cuerda, la maquina de coser y el baúl. Cuando recogimos la maquina, recuerdo como mi madre se llevó un gran disgusto, porque en el traslado le habían roto la rueda de una pata. Se llevó tal disgusto con la pata de la maquina, que si no lloró me parece que le faltó muy poco, y eso que solo fue la rueda de una pata.

Aquel 7 de Abril coincidió que era Domingo de Ramos y cuando salíamos de la estación, desembocando al puente de El Arenal, en ese momento pasaba la “Procesión del Borriquito” con gran cantidad de público portando todos blancas palmeras. Yo me quedé boquiabierto por varias razones: no había visto nunca tanta gente junta con una hoja de palmera al hombro y todos detrás de aquel hombre montáo en un “rucho”. En Málaga los borricos eran mucho más grandes. Además, cuando iba un hombre montáo en uno, no le seguía la gente detrás. La verdad, yo no entendía nada de aquello que estaba viendo.

Bueno, cuando pasó aquella comitiva, seguimos pa’lante y llegamos a coger el otro tren que nos había dicho mi padre para ir a Lamiaco. Cuando ya íbamos en marcha, nos dijo como teníamos que pasar por la fábrica donde él trabajaba y que el tren paraba en ella. Efectivamente se trataba de La Unquinesa: el tren paraba en el centro de la fábrica, que entonces este apeadero se llamaba Udondo y estaba entre el apeadero de Axpe (hoy estación de Astrabudua) y Lamiako, ya que tampoco existía aún, ni el pensamiento, la estación de Leioa.

¡Ah! decir, como ya en Bilbao, de una estación a otra, nos llevó las cosas un hombre con un carro, de esos que había en todas las estaciones.

Estación de Portugalete en Bilbao 3


Nuestra querida familia Calderón Salas inicia una nueva vida en la periferia de la capital del norte desarrollado: Bilbao.
(Continuará)

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Una respuesta a 0458. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.2

  1. juanermita dijo:

    Fantástico lo de la foto, es la misma época, las gentes, los carros y el tranvía, esa es la primera imagen, que vi del Puente del Arenal aquel 7 de Abril de 1952, que nos hicieron pararnos para dar paso al la procesión del “borriquito” aquel domingo de ramos.
    Que acierto has tenido amiga Porverita, para traer hoy aquí aquella imagen, que tenía grabada de mi primera vista al puente del Arenal.

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