0459. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.3

Después de viajar en tren desde Los Verdiales a Bilbao, el resto de la familia de Juan Calderón Salas (su madre y sus hermanos) llegan por fin a Lamiaco (o Lamiako), donde el abuelo Salas y el padre de Juan habían conseguido una casa para recibir a sus familias.
La casa no era muy grande, pero llegaba a albergar a varias familas y “posaderos” hasta completar 23 personas.

Juan cuenta con toda la normalidad del mundo, lo que ahora nos parece un tema terrible: la infravivienda y el hacinamiento de emigrantes en los lugares de recepción. No os asustéis, porque en el relato de Juan, veremos, poco a poco, ir mejorando las condiciones de vida de estos malagueños emprendedores, gracias a su trabajo y resistencia.

En la parte inferior del relato de Juan, pondré algún enlace o noticia que tenga que ver con aquella historia suya de la emigración. De momento, quiero que veais el aspecto del lugar al que fueron a emigrar nuestros “héroes”: la Dársena de Lamiaco (aunque no sé si la foto es reciente o algo más antigua)

Dársena de Lamiaco o Lamiako.

Dársena de Lamiaco o Lamiako.


Verdial 7. Tercera parte.

La casa de Lamiaco

Por fin llegamos a Lamiaco. A mi madre le esperaba otra sorpresa porque unos días antes de llegar nosotros lo habían hecho ya mi tía María la de La Torre, con mis primas Antonia, Concha y Maruchi, así como la abuela y Antoñico con su mujer.

La familia de mi tío Rafael ya llevaban algún tiempo aquí. De hecho, antes de entrar a vivir en esta casa de Lamiaco, habían estado viviendo en una chabola que había en una campa, cerca donde hoy está el Ambulatorio de Las Arenas, terrenos que hoy ocupa la fábrica Micromotor. Entonces todos estos terrenos eran campas de arena, atravesadas únicamente por una pequeña vereda para ir a Las Arenas. Por supuesto que entonces no existía tampoco el Ambulatorio, pues éste lo construirían unos 15 o 18 años después. Hoy tampoco existe ya Micromotor, por eso de la famosa “reconversión industrial” que ha hundido la mayoría de las empresas del país.

En resumen, que cuando nosotros llegamos a Lamiako, la casa ya estaba llena de gente. Por tal motivo, mis padres se tuvieron que instalar con su cama en lo que debería ser el comedor, que a su vez era el paso de todos para las demás habitaciones. Esto a mi padre le había disgustado mucho, y no le faltaban razones, pues como le contó a mi madre, él había venido con mi abuelo Roque y mi tío Rafael, y fueron los que buscaron la casa y la pagaron entre los tres, aunque hicieron las escrituras a nombre del abuelo, por aquello del respeto a los mayores como era habitual en aquellos tiempos, y posteriormente irían llamando a sus respectivas familias. Claro cuando ya tenían la casa, mi padre nos escribe diciéndonos que podíamos irnos pero ¿qué ocurre?, que la carta llegó a La Ermita y cuando se enteraron que ya tenían casa en Bilbao, los primeros que arrancaron fueron, la abuela, Antoñico con su mujer y mi tía María la de La Torre con mis primas.

Esto fue debido a que nosotros tuvimos que esperar unos días más por motivo de no presentarse Juanillo Portillo para llevarnos como había quedado con mi padre, pero eso él no lo sabia, a mi padre le dijeron, que en el viaje anterior venían la abuela, Antoñico y María, y el pobre pensó con toda ilusión, que aquella María era mi madre con nosotros.

¡Cuál no sería su disgusto cuando comprobó que nosotros no íbamos en aquel primer viaje! La María que iba era la de La Torre, que en un principio no la había llamado nadie. Y claro, al llegar ella con sus hijas, ocupó la habitación que nos correspondía a nosotros (a mis padres), así que cuando nosotros llegamos, ellos se tuvieron que instalar como digo, en el salón-comedor, que era el paso de todos. Luego, Roque y yo en la habitación de los posaderos.

La verdad es que hoy todavía yo no me explico cómo podíamos vivir tanta gente en una casa y en aquellas condiciones.

La casa en sí tenía la cocina con una simple chapa de carbón y una fregadera pequeña por un lado. Luego una habitación independiente que era la de los posaderos, más otras dos, las cuales tenían acceso a través del salón-comedor y un retrete con un simple inodoro. Todo ello así como la chapa de carbón para las siguientes personas, que eran: los abuelos (2), mi tío Rafael (5), Antoñico (3), mi tía María la de La Torre (4) y nosotros (5), porque mi hermana Antonia estaba trabajando en Algorta con unos señores y no venía a casa nada más que los Domingos a la tarde un rato. Pero es que además de todas estas personas, había en casa siempre cuatro hombres (4) en calidad de posaderos. Desde luego que solían ser conocidos y paisanos de la tierra, pero no dejaban de ser cuatro personas más, haciendo un total de 23 personas.

En la chapa de carbón tenían que guisar mi tía María de mi tío Rafael, María la de la Torre, la mujer de Antoñico, la abuela y mi madre. Además mi madre, tenía que guisar para los posaderos, pues la comida de estos corría por cuenta de mi madre y las camas por cuenta de la abuela.

En la cocina no había mas que una mesa, y además no era muy grande, y algunas banquetas. Había una única bombilla en el marco de la cocina, pues tampoco tenía puerta. Aquella bombilla era para dar luz a toda la casa, así que en las habitaciones cada uno tenía su vela puesta en el gollete de una botella. Claro que yo, era la primera bombilla que veía.

En la habitación independiente, la de los posaderos, había tres camas: dos grandes y una mas pequeña. En cada una de las grandes dormían dos posaderos y en la otra más pequeña dormíamos Roque y yo. En total, seis hombres en una habitación.

Luego la sala-comedor con la cama de mis padres y pasando por ella, como dije antes, se iba a las otras dos, una a cada lado de la sala. En una de ellas había un pequeño tabique sin puerta como en la cocina que la dividía en dos, en la primera mitad tenían la cama mis abuelos y pasando el tabique, la tenían Antoñico y su mujer con la niña Remeditos.

La habitación de enfrente, al otro lado de la sala, estaba dividida en dos también, mediante unas mantas o sabanas a modo de cortinas. A un lado de éstas dormían mi tío Rafael con su familia y al otro lado mi tía María de La Torre con sus tres hijas. ¿Sería posible? ¡Nueve personas en una habitación! En la otra cinco, y en la de los posaderos, seis. Mis padres con tener la cama en la sala, no tenían más sitio que los demás, porque estaban constantemente entrando y saliendo gente de las otras habitaciones a la cocina, al retrete, etc. por delante de su cama, tanto si dormían como si no.


La infravivienda desaparece de Leioa tras el derribo de 163 pisos en Lamiako (El Correo 16.05.2010 Eva Molano)

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Juan Calderon Salas (Juanele), Memorias de Juan de Bilbao y etiquetada . Guarda el enlace permanente.