0460 Pregón del I Encuentro de Verdiales (1986), por Pedro Aparicio

1986_06_30 I Encuentro de Verdiales - Pedro Aparicio

Sur Especial – 1er Encuentro de Verdiales. Málaga 86 (Página 4-5)

Pregón de verdiales

El día 28 de diciembre de hace dos años cayó un gran aguacero sobre la ciudad de Málaga, y sobre la Venta del Túnel. El agua persistente hizo marcharse a muchos de cientos de personas que allí habían acudido; otros prefirieron refugiarse, aunque hacinadamente, en el interior de la Vente, y los más estoicos ni siquiera se inmutaron, siguiendo bajo el agua los compases lejanos de las pandas que, desde dentro, mantuvieron la celebración de la fiesta. Aquella lluvia, sin embargo, obligó a concluir la fiesta más temprano que otros años.

Una de las pandas, ya entrada la noche, siguió tocando, cantando y bailando casi en solitario. Y cuando, en un descanso, fueron a comer y a beber, dejaron sus instrumentos en la pequeña habitación donde yo me encontraba. Fui acariciando los instrumentos uno a uno, con esa reverencia hacia todos [i.e. todo] lo que es capaz de producir música que tuve desde siempre, y fui sacándoles sonidos. En la emotiva noche verdialera, me pareció que cada uno de los instrumentos no tocaba notas, sino que hablaba, y hablaba de los verdiales, cuando yo lo percutía o tañía. Quise oír un diálogo entre ellos, que puede ser el que sigue, y que puede servirme para cumplir el pronunciamiento de este pregón de verdiales. Esto pudieron decir los instrumentos en aquella noche.

Compañeros, comenzó diciendo el violín, estamos cansados, golpeados y roncos, pero el día ha sido inolvidable. Yo, que cuando fui joven llegué a tocar a Corelli en manos de una violinista francesa becada en España, y luego a Donizetti en los fosos de varios teatros, he encontrado una vejez dignísima en las manos de Paco Maroto. Y, aunque me exige más de mis cuerdas agudas que de las graves, me divierto mucho. Porque para mí, lo excelso de los verdiales está en su música, en esa singular interpretación del fandango que es un verdial. Las frases y los motivos musicales son verdaderas ideas de otro orden, de otro mundo, teñidas de belleza y de tinieblas, impenetrables a la inteligencia. El tono y el ritmo de la música infunden estados de ánimo; las notas y los acordes excitan y refinan la emoción. Las sensaciones que producen se dirigen a un nivel subconsciente del individuo, en el que viven las identidades más profundas del ser humano.

Habló entonces, con castizo acento, el pandero. Respeto tus emociones musicales –dijo–, querido amigo violín, pero tú, al fin y al cabo, llevas sangre italiana en tus venas, y tu versión es algo parcial. Porque los verdiales son fundamentalmente baile, y al ritmo del baile, que (digan lo que digan) yo marco más que tú, debe supeditarse la música. Quienes oís los verdiales solamente como música, estáis viéndolos parcialmente. Los verdiales son fandangos bailables que aparecieron en Málaga mucho antes que los cantes flamencos, aunque estos, tiempo más tarde, y con su enorme capacidad de impregnación, marcaron parcialmente su huella.

Pues yo, interrumpió una guitarra, estoy más de acuerdo con el italiano. Lo sublime está en la música. En esa música rota de un verdial, con semitonos y desafinaciones involuntarias. Han de ser involuntarias, por insuficiencia de precisión en el tono de quienes cantan y tocan. Por eso, el verdial cantado o tocado por profesionales pierde capacidad emotiva. Así pues, sigo prefiriendo la música. El baile del verdial ha perdido el erotismo del fandango andaluz. Al impregnarse de ruralismo, el juego erótico hombre-mujer ha dejado paso a movimientos más rectilíneos, menos curvos, más en el significado del juego y de los movimientos infantiles.

De nuevo intervino el violín: Casanova, aquel compatriota mío, veneciano torrencial en el amor y en la escritura, escribió lo siguiente, recordando su viaje a España:

Lo que me entusiasmó (de los españoles) en aquel espectáculo, fue que hacia la medianoche empezaron por parejas el baile más loco que imaginarse pueda. Era el famoso fandango, del que creía tener una idea, pero que estaba a mil leguas de la realidad. No lo había visto bailar más que en Italia en escena; pero los bailarines se guardaban mucho de hacer los gestos, que hacen de esta danza la más seductora y la más sensual que exista. Cada pareja, hombre y mujer, no hace más que tres paso, y tocando las castañuelas adopta mil actitudes, hace mil gestos de lascivia que no admite comparación. En ellos se expresa el amor, desde que nace hasta su fin, desde el suspiro de deseo hasta el éxtasis del goce. Me parecía imposible que tras semejante danza la bailarina pudiera negarle algo a su pareja, porque el fandango debe llevar a todos los sentidos la excitación del placer.

— Pero –pregunté– ¿la Inquisición no dice nada de semejante baile?

Me dijeron que estaba absolutamente prohibido y que nadie se atrevería a bailarlo si el conde de Aranda no hubiera dado permiso. Me dijeron luego que cuando a dicho conde le entraba en gana negar el permiso, la gente abandonaba el baile murmurando, y que cuando lo daba, no cesaban en elogios

Amigos, concluyó el violín, esto decía Casanova del fandango, pero en el de verdiales se ha perdido esta lascivia. Es un baile asexuado.

Otra guitarra, hasta entonces callada, dijo muy quedamente: A mí me tenéis que perdonar mi ignorancia, pues soy de Madrid y acaban de traerme de allí. Sé que lo que hemos vivido esta tarde ha sido enervante y magnífico, pero apenas entiendo lo que he visto y oído. De algunas cosas me he dado cuenta. Por ejemplo, que se me exige más humildad que a ninguno de vosotros, puesto que mi sonido de terciopelo que, en medio del silencio, puede llegar a parecerse al del rey de los instrumentos, el violoncello, ese sonido es aquí casi tapado por la percusión escandalosa del pandero, o la chillona de los platillos. No he entendido muchas cosas. Os pido, por ejemplo, que me expliquéis algo sobre la gente que nos tocaba.

De forma algo repipi, pero cariñosamente, intervinieron casi a la vez todos los platillos: Atiende, madrileña: la palabra fiesta, en la ciudad de Málaga, y en una pequeña parte de la provincia, no solo designa un día de descanso o cualquier celebración sagrada o profana, sino que tiene también otro significado, que es el grupo de hombres del campo que cantan verdiales y nos tocan a todos nosotros: el violín, guitarras, platillos y pandero (y, en algunos casos, laúd). A su frente va un alcalde con ese símbolo fálico del poder que es la vara. Van también hombres y mujeres dedicados a bailar. Los fiesteros o festeros deben ir ataviados con pantalón oscuro de pana, camisa blanca y chaleco negro, y tocados los hombres con sombreros adornados de flores, cintas y espejos, que varían según la comarca a la que pertenezca la panda. Lo aparatoso y rudimentario de ese sombrero junto con la intencionada voz en caricatura o letra de burla, ha concedido a los componentes de la fiesta el título de tontos.

La guitarra que había hablado al principio, y que era una vetusta y obesa vecina del Puerto de la Torre, dedicada desde su lejano nacimiento a los verdiales, reanudaba complacida las explicaciones dirigidas a su ignorante hermana: el baile de verdiales puede hacerse individualmente, en parejas, o en tresillo. En su forma individual, el que baila puede tremolar una bandera española, que cada panda acostumbra a llevar. Debe agitarse la bandera a compás de la música, y puede bailarse también ante una mujer, procurando que la bandera nunca quede de espaldas a ella. Cuando el baile es de tresillo, se le llama baile del zángano, y se compone de dos mujeres y un varón; este tiene que bailar dando siempre la cara a las mujeres. El juego consiste en que estas procuran crearle dificultades, buscándole las vueltas necesarias para intentar que él quede de espaldas a alguna de ellas.

¿Veis?, interrumpió el violín. En este juego ritualista se ha perdido el profundo significado erótico del movimiento corporal. Creo que el baile es secundario y menor, en comparación con la música.

Lo que sucede es que para un pueblo como el español, tan poco dado a la música, es más fácil mirar una danza, que escuchar una música. Pero como fenómeno cultural profundo, de las tres partes de los verdiales, música, cante y baile, yo me quedo, sin duda, con las dos primeras.

En cualquier fiesta de verdiales podéis reconocer las tres actitudes generales del ser humano ante la música: la pasiva, otra que podríamos llamar intermedia, y la activa.

La actitud pasiva es la de quienes reciben solo la música como mero placer rítmico y sensorial; no hay atención, ni tampoco intención de penetrar en su esencia. Esta es la actitud del que baila, del que habla, y, en general, del que le agrada que esté sonando una música para que le acompañe “a lo lejos” en el trabajo, en el estudio, o en la charla.

En la actitud intermedia, el oyente atiende la música, pero no para penetrar en sus íntimos secretos, sino para usarla como apoyatura a la canción cuya letra es para él lo principal, o al baile que realiza o que presencia.

El oyente activo, finalmente, intenta entrar en el desarrollo interno de la música. Es entonces cuando esta ofrece el atractivo maravilloso de su estructura, de su armonía, de sus contrastes.

Esto quiere decir que la estructura musical de los verdiales solo entrega su enorme belleza a aquellos que siguen su música activamente. Reconozco que esta necesaria entrega, para quien no esté acostumbrado, resulta fácil en una sala de conciertos, o escuchando música en soledad mediante unos auriculares, pero no lo es en una fiesta de campo, con gente agrupada y divertida a nuestro lado.

El pandero volvió a replicar al violín: Amigo –dijo–, nuestra compañera guitarra se está quedando, con tus disertaciones, sin saber muchas cosas curiosas de los verdiales. Por ejemplo, que la bandera suele llevar bordada la imagen de la Virgen de los Dolores, Patrona del partido de Verdiales, y en cuya ermita se hacían las celebraciones anuales, hasta 1931. Las pandas, en su recorrido hacia la ermita, y como recuerda Antonio Mata, eran invitadas a comer los dulces típicos de Pascua y recogían limosnas para las ánimas benditas.

Por cierto, Antonio Mata, a quien tanto deben los verdiales, recoge que, además del alcalde, existían los cargos de mayordomo (encargado de recoger los donativos) y rifador, quien, cuando varios mozos deseaban llevar la panda a casa de sus respectivas novias, intervenía ante el alcalde para resolver la pugna.

Una bella voz, no escuchada hasta entonces, se oyó en la habitación: A mí, el laúd, no me habéis dejado hablar, quizá porque me consideráis un instrumento poco ortodoxo, pero ha querido la costumbre que en las zonas de verdiales situadas más al este yo sustituyera a una de las guitarras punteantes. También yo quiero explicar algo a nuestra compañera, si no se ha aburrido ya con vuestra verborrea. Mira, el partido de Verdiales, en el término de Málaga capital, está situado en los primeros repechos de los Montes. Está claro que el fandango tomó el nombre del partido en que se cantaba, pero lo hizo con tal fuerza semántica que el Diccionario de la Real Academia solo admite hoy dos acepciones de la palabra verdial: la primera, la variedad de aceituna; y la segunda (usada únicamente en plural), la de los cantes malagueños.

Luque Navajas ha intentado precisar los límites geográficos de la fiesta tomando como centro ese partido de Verdiales. Define ya como mixtificaciones y, por tanto, pérdida de rigor de la zona, la aparición de elementos extraños (almireces, cañas, cucharas) que se dan ya en Villanueva de la Concepción, por el norte; en Coín, por el oeste, y en Torrox, por el este.

Dentro de este círculo, los “catetos”, o integrantes de las pandas, afirman sus valores grupales, frente a los malagueños urbanos. Por eso, aunque algunas de las sedes primitivas han sido absorbidas por el crecimiento de la ciudad, permanece su práctica en núcleos rurales, aunque los integrantes de las pandas vivan en el sexto piso de un bloque de la ciudad. Queda en esas pandas la toponimia antigua (Verdiales, Venta Larga, Santa Catalina, Jotrón y Lomillas, Los Mora, Roalabota, Santo Pítar, etc). Desde hace treinta años, brotes de nuevas pandas aparecen en barrios de entrada a Málaga, dando sus pandas a estos barrios, en acertada observación de Mandly Robles, una cierta afirmación de grupo (Campanillas, Puerto de la Torre, Mangas Verdes, Jarazmín, etc.) Los estudios de Caro Baroja y Alvar nos explican la gran separación de los barrios malagueños entre sí, separación no solo geográfica, sino cultural, distinguiéndose por el traje y hasta por la modalidad fonética.

Y para no ponerme muy pesado, continuó el laúd, acabaré describiendo a nuestra amiga la guitarra los estilos de fiesta que hoy persisten. En la que llamamos fiesta de verdiales propiamente dicha, el violín es aplanado y duro, no melodioso. El pandero se adorna continuamente con rasgueos o “chorreaos”, y las guitarras rasguean, aunque según Mandly Robles, quizá punteaban hasta el pasado siglo.

La fiesta de los partidos de Almogía, cuyo estilo llega hasta las barriadas malagueñas de Campanillas, y, en parte, al Puerto de la Torre, hacen el toque a más velocidad, y con algo más de melodía en el violín. Los platillos adquieren más importancia que el pandero, haciendo repiqueteos continuos. También hay rasgueo de las guitarras.

Los estilos de Levante, que se han llamado predominantemente, a lo largo de los años, de distintas maneras (Axarquía, Almáchar, Benagalbón, Totalán, Comares) llegan hasta algunas pandas de las inmediaciones de El Palo. Es el estilo más diferenciado, puesto que, además de usarme a mí, el laúd, las guitarras puntean y el violín es el más melodioso, adornándose continuamente. Es el más abandolao de los toques, como si estuviéramos ante una premonición del toque veleño y transformador de Juan Breva. Este estilo, y aunque nunca lo digan en voz alta, es subconscientemente menospreciado por los fiesteros “puros” de los Montes, que lo califican de menos bravío, o más dulce.

Los platillos, impacientes desde hacía algún rato, dijeron al laúd: no habías hablado pero bien te has desquitado. Nosotros vamos a añadir solamente que la lucha entre pandas se compone de tres o cuatro coplas, según ordenen los alcaldes. Es difícil, si no se es muy experto, saber cuál de las dos pandas está resultado vencedora, puesto que la vencida es “la que antes se viene abajo”, expresión que es el ejemplo máximo de subjetividad y de ambigüedad. Pero, a pesar de ello, es curioso que la que es declarada perdedora suele aceptar de buen grado el dictamen de quien arbitra la lucha.

La guitarra, a quien se habían dirigido todas las explicaciones, contestó: todo lo que habéis hablado es apasionante. De algo me he enterado, pero de ahora en adelante os prometo observar, leer, estudiar y hablar sobre los verdiales, que encierran todo un mundo ritual, bello y antiguo, tras el que se adivina el latido del hombre. Solo conociendo la historia de los pueblos se puede amar inteligentemente a los pueblos.

Eso es lo que deben hacer todos los malagueños, contestó el pandero. ¿Sabéis que la Peña Juan Breva y el Ayuntamiento han creado escuelas para todos los niños en varias barriadas verdialeras?

Finalmente, habló el violín. Dejadme repetiros un ruego. Que, sobre todo, escuchéis la música, pues yo creo que el baile es secundario. O, mejor dicho, que el baile no es tan único, puesto que hay zonas rurales en otros lugares de España (Murcia, Granada, Ciudad Real) y del Mediterráneo (Chipre, Túnez) en los que los movimientos son casi idénticos a los del fandango verdialero. Pero la música no; la música es única y bellísima.

El hombre sin imaginación no es capaz de contentar su espíritu con lo que no tiene forma; necesita una corporeidad, y en este sentido el baile actúa como una corporización de la música. Quizás el único problema de la música en España haya sido una histórica falta de imaginación, que estamos corrigiendo con los años.

¡Qué música la de verdiales! Las primeras noticias escritas que se tienen sobre el fandango proceden de finales del siglo XVII, aunque es razonable creer que existía ya mucho antes. Cada provincia andaluza, casi cada lugar, posee sus fandangos propios. Su estructura y evolución ha sido muchísimo más variada que las de la seguidilla sevillana.

Durante el siglo XVIII el fandango pasó a los teatros y se introdujo en las casas de los nobles, mezclándose incluso con otras danzas, como el minuetto o la contradanza. Su declive a finales del XVIII como baile de las clases sociales altas se acompañó, por fortuna, de una supervivencia en los pueblos y en el campo. El compás musical es de 3 x 4, y la canción va precedida de una parte instrumental melódico-rítmica. La copla habitual son las cuartetas y las quintillas octosílabas.

Todo esto me parecía a mí que los instrumentos llevaban dicho, cuando unas voces cercanas anunciaron la vuelta de mis amigos de la panda a la habitación en la que estábamos. Dejé los instrumentos, sentí más amor que nunca por los verdiales, salí sin ser visto y me perdí bajo las últimas gotas heladas de la noche.

Señoras y señores: el 28 de diciembre de 1961 (van a cumplirse veinticinco años), aquel magnífico alcalde de Málaga que fue Paco García Grana, a instancias de los Amigos de los Verdiales, a los que resumo en la persona de Angel Caffarena, y con la valiosa ayuda de Antonio Fernández Povea, dieron carácter institucional, desde el Ayuntamiento, a la Fiesta Mayor de Verdiales, que se celebró en Venta Nueva, sobre la carretera de Colmenar. Antes y después de aquella importante fecha, la Peña Juan Breva ha velado por la integridad histórica, y, por tanto, cultural de los verdiales en una labor que nunca reconocerá suficientemente la historia de Málaga. Durante estos años, lejos de languidecer, la fiesta se ha vigorizado, apareciendo nuevas pandas que se agrupan según los movimientos migratorios de sus componentes y, sobre todo, enseñando a los niños a tocar, a cantar y a bailar verdiales.

La fiesta mayor de diciembre es hoy una feliz y creciente realidad. Todo un pueblo ha impedido que decayera una de sus cosas esenciales. Estoy seguro que la recuperación que hoy empieza, de una segunda fiesta anual de verdiales, la del solsticio de verano en las inmediaciones de San Juan, supone un acierto extraordinario y que a partir de ahora las ardientes calles de principios de julio y las calurosas noches estrelladas sobre nuestras ventas se llenarán todos los años de fiesta. Estoy seguro que así va a ser, puesto que el proyecto lo han iniciado personas llenas de entusiasmo y de amor por su patria chica. Yo estoy seguro que, igual que celebramos hoy el XXV aniversario de la fiesta de invierno, celebraremos en su día sus cincuenta años, junto a los venticinco de este encuentro veraniego de verdiales de la ciudad de Málaga.

¡De la ciudad de Málaga! De esta ciudad marinera que sueña en sus verdiales una cierta nostalgia campesina. De esta Ciudad del Paraíso, que como cántaro de Manolo Alcántara, “cuando recuerda soles y olivares / le late el corazón de regadío”.

Pedro Aparicio
Alcalde de Málaga.
* Pregón pronunciado el pasado lunes y que abrió el I Encuentro de Verdiales.

(Diario Sur. 4 de julio, 1986)

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Esta entrada fue publicada en Aparicio (Pedro), Encuentro de Verdiales de la Caja de Ahorros de Antequera, Estudios sobre la Fiesta. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a 0460 Pregón del I Encuentro de Verdiales (1986), por Pedro Aparicio

  1. juanermita dijo:

    ¡¡Que historia más preciosa!!
    Para los que amamos nuestra tierra y sobre todo nuestros verdiales, ya sea como Partido judicial, ya sea como su fiesta pura que lo es, es imposible evitar la emoción, que sale a borbotones de lo más profundo del corazón.
    Gracias amiga Porverita, por sacar esta maravilla a la luz.

    • Porverita dijo:

      Hola Juan,
      Da gusto leer cosas como las de Pedro Aparicio (tan llenas de sensatez y buenas fuentes) y también como las tuyas (sensatas, trabajadas y bien contadas)

      Salud, niño de la Ermita.

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