0462. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.4

El duro desembarco de nuestro niño de Los Verdiales en un entorno completamente distinto del norte de España -Lamiaco- donde tendrá que retroceder (por ignorancia del medio y de las “letras”) a una segunda infancia dolorosa de “coreano”. No es de extrañar que nuestro amigo Juan Calderón Salas añore esos primeros doce años de “rey de la loma de la Ermita” (compartido con sus primos).

Esos primeros años de la emigración y sus durísimas condiciones, nos las resume Juan con dos imágenes portentosas: una casa de goma y las colas inmensas para todo, pero sobre todo, en las fuentes. ¿Sabe la gente jóven de hoy para que servían estos “artilugios”?

Baldes viejos


7.4 La casa de goma

En Lamiako, muy cerca de nosotros, hicieron otra casa que por la cantidad de gente que en ella vivía le llamaron “La casa de goma“. En aquellos tiempos de la emigración de masas, todos los días llegaba gente de todas las provincias de España; la mayoría, desde luego, eran andaluces y gallegos. La cuestión es que todos los recién llegados de una familia u otra, todos se acoplaban en “La casa de goma”.

Nosotros teníamos bastante relación con toda la gente de “la casa goma“, pues los que no eran familia directa eran “paisanos” (ya era suficiente). Aquí vivieron entre otras, María Moreno con su familia, y su hermano Juan, también con su familia, ambos primos de mi madre, naturales de Las Animas. Así como Luis Gámez, famoso cantaor de verdiales, que ha dejado su recuerdo en todos los discos y cintas que se han grabado de las Fiesta de Verdiales, muy conocido de toda la vida y gran amigo de mis padres, además de cuñado de un hermano de mi padre (el Andrés).

En esta casa de Lamiako tampoco teníamos agua, pero esto era general. Había fuentes públicas en la calle, a las cuales había que ir y guardar cola, con baldes para coger el agua, y por supuesto había que dar varios viajes, prácticamente todo el día, ya que éramos tantos para gastarla. Unos y otros nos turnábamos, además aquí no teníamos cántaros como en Málaga, por lo que era necesario tener varios baldes en casa llenos y otros para acarrearla de la fuente.

Hasta en casa también teníamos que guardar cola para todo, para entrar al retrete, para lavarse la cara; sobre todo para comer, pues como digo no había nada más que una mesa, había que guardar cola hasta para beber, a los más pequeños a la hora de comer, nos ponían lo que fuese en un plato, nos sentábamos en el suelo del pasillo y a “papear”.

Muchos días en esta fuentes públicas escaseaba el agua y las fuentes no daban más que un minúsculo chorrillo, prolongándose como es natural la espera y por supuesto las colas. Mucha gente sobre todo las mujeres, con eso de que tenían que hacer la comida, las compras, etc. dejaban los baldes en la cola y se iban a casa o a lo que fuese, cuando venían se les había pasado el turno teniéndose que poner de nuevo al final de la cola, eso como es natural les sentaba muy mal y algunas intentaban colarse, armándose “la gresca padre”.

Mis primeros contactos en Lamiaco

Mis primeros contactos con los chavales de Lamiako fueron de la siguiente manera: nada mas llegar a casa, me dijo mi primo Rafalito para salir a la calle. Como él llevaba ya aquí algún tiempo, tenía ya sus amigotes y me hizo bajar para que yo los conociera y ellos me conocieran a mí. Todo esto era tan distinto para mí, que no sabía como reaccionar, como tampoco sabía que no éramos muy bien acogidos por estos chavales.

En primer lugar nos llamaban “coreanos” y nos miraban como si fuésemos bichos raros, de otra galaxia. Yo creo que nos miraban con cierto aire de superioridad y desde luego algo de razón tenían, porque nada mas vernos con las pintas que veníamos, se creían superiores a nosotros, aprovechando la más mínima ocasión para hacernos siempre de menos en todo. Esto era la tónica general incluido los mayores, aunque no todos. Hay que reconocer que prácticamente éramos de otra raza, pero aún así también tuvimos buenos amigos.

Bien, como decía, nada mas llegar Rafalito me dijo para bajar y bajamos a la calle. Entonces nos fuimos reuniendo algunos chavales, desde luego todos tenían ganas de conocer al nuevo “coreano” que había llegado y ese era yo. Entonces conocí a José Mari Sáez, a “Achamari” el de Paulina, que tenían una bodeguilla debajo de nuestra casa, conocí a “Ramonchu” el de Rosa, que tenía una tienda de comestibles a la otra mano del portal, a Huvaldo Navas “Huvaldito” y su hermano Javi, que vivían en el portal siguiente del nuestro, así como a Jóse Campos “Capu”, Daniel López, a los hermanos Ignacio y Jóse González, a Carlitos, “Güito”, etc. Después, en la escuela conocería a muchos más.

Cuando bajamos a la calle lo primero en enseñarme fue “la Campa Rapa“. Así llamaban al monte detrás de casa, al cual hoy se le conoce como “La campa Felipe”, aunque en realidad estos terrenos eran de D. Miguel, el maestro que yo tendría después. El caso es que cuando subimos a “la Campa Rapa”, Rafalito empezó a jugar con los demás que habían subido con nosotros, pero como yo no conocía nada ni a nadie y ellos ya habían satisfecho la primera curiosidad de conocer al nuevo coreano, seguían jugando sin prestarme atención. Entonces yo me baje corriendo porque creo que me dio miedo a perderme. Era todo ¿tan distinto?, la forma de hablar, los juegos, hasta el vestir ¡Todo!

En el capítulo segundo (Verdial 2) de estas memorias, empiezo diciendo cómo fue mi infancia en Los Verdiales, entendemos, claro está, hasta los 12 años. A partir de que llegamos a Lamiaco, me toca vivir mi juventud, pero se podría decir que fue una segunda infancia o niñez, pues sabido es que todos los que veníamos de aquellos campos de Dios, que no habíamos tenido escuela, no habíamos tratado apenas con gente, con otros chavales y mucho menos, de costumbres tan distintas a las nuestras, como era mi caso en aquellos momentos. Estos chicos estaban mucho más adelantados que nosotros y se encontraban en su habitat. Nosotros nos encontrábamos fuera de órbita, en inferioridad de condiciones en todos los sentidos, cosa que estos chicos, la sabían aprovechar muy bien para discriminarnos aún mas, haciéndonos de menos en todo lo posible.

Podría decir, sin lugar a equivocarme, que ésta mi segunda infancia fue tanto o más dura, que la vivida en Los Verdiales. Yo tenía que adaptarme a otra vida totalmente distinta a la que había estado acostumbrado: tenía que adaptarme a otras gentes, a otro clima, a otras costumbres muy diferentes a las nuestras y con la particularidad, repito, de que en un principio no éramos muy bien aceptados por una mayoría, que nos llamaba coreanos. Aunque reitero, una vez más, que no todos nos trataban así ni mucho menos, pero los que lo hacían, nos hacían mucho daño con ello, pues sabido es que el niño cuando quiere hacer daño es muy cruel, bastante mas que los adultos.


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