0463. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.5

Las historias de Juan Calderón Salas, de su único año de escuela, de sus juegos y de su relación (bien amable, por cierto) con la iglesia y la religión de los años 1950s en Lamiako.

¡Qué ganas me han entrado de ver esa película de la Guerra de los Botones!


En la escuela

Poco a poco fue pasando el tiempo. Mi hermana Antonia, que era la mayor, estaba trabajando con unos Marqueses en Algorta. El Roque se colocó en Harino Panadera, una fabrica de pan que había en Santa Ana y a mí, como no tenía edad para trabajar todavía, decidieron mandarme a la escuela, como era lógico.

Esto fue otra dura prueba para mí, pues como yo no sabia nada de leer, tenía que empezar de cero con la “cartilla Rayas“, que había entonces para aprender a leer las primeras letras del A-B-C-D. Yo con 12 años, tenía que estar en la clase de los más pequeños con la consiguiente extrañeza para ellos, que no comprendían como un chaval tan mayor estuviera en su clase sin saber leer ni escribir.

Cuando salíamos al recreo, que nos juntábamos todos grandes y pequeños, así como las chicas que entonces asistían a clases separadas, todos me tomaban el pelo cachondeándose de mí porque estaba en la clase de Don Miguel con los pequeños. En realidad estábamos de tres categorías en la misma clase, distribuidos en secciones: la 1ª, 2ª y 3ª, que no eran otra cosa mas que distintas filas de pupitres, la primera eran los que empezábamos y como es normal se empezaba por el ultimo pupitre de la fila, luego a medida que iba aprendiendo cada uno, el maestro les iba avanzando de puesto, llegando al de cabeza si seguías superando en el estudio, pasabas al último de la segunda sección y así sucesivamente.

Eso de estar revueltos, como ahora, chicos y chicas en una misma clase, o los chicos con maestra y al revés, eso era una barbaridad. Yo me encontraba en un mundo extraño, estaba aturdido, quizás la palabra más correcta sería “acobardado”. En el recreo, los primeros días todos se me acercaban curiosos y me hacían preguntas de todas clases, hasta los más pequeños me preguntaban cosas que yo por mi aturdimiento, ignorancia o por lo que fuese, no sabia contestar, quedándome como aislado de todo aquello y la verdad es que lo pasaba muy, muy mal.

En aquellos momentos pensaba yo lo fáciles que eran las cosas en “la loma de la ermita” y en Los Verdiales. Que bien lo pasaba yo por aquellos campos con “los guarros”, poniendo trampas en la cañada de El palmarejo, hasta Lo Luis, y buscando nidos con Roque o jugando con mis primos. Entonces me venía a la memoria el fragmento de un verso que había oído en alguna parte y decía así:

Cuantas noches me despierto, buscando la luz del día.
Que bonito es despertar,
Y asomarte a la ventana, con el Sol recién salido.
Que bonita es la mañana, del sitio donde has nacido.

Como decía, hasta la forma de hablar era distinta. En Málaga decíamos papá y mamá. Aquí decían apa y ama. Cuando hacías una cosa que no les parecía bien, te decían ¡Chaval! ¿Eres bobo o que?, cuando lo correcto para mí sera decir´: ¡Niño! ¿T estas chaláo? Hasta los nombres los pronunciaban distintos. Por ejemplo, para decir José o Pepe, decían Jose o Joseba. Si uno se llamaba Manolo, le decían Manu.

¿Y en los juegos? Aquí no jugaban con carritos de pencas porque no hay pencas para hacerlos, ni tiraban piedras con la honda, tampoco hay esparto para hacerlas. Aquí jugaban a canicas, a la trompa en un círculo que llamaban “la garza” y con unas chapas al taco y palmo, se jugaban canicas o billetes del tren. Todos estos juegos eran extraños para mí. Claro, yo veía las cosas a mi manera como es natural.

La escuela tenía dos puertas de entradas: una para los chicos y otra para las chicas. Ambas tenían un par de escalones y un pequeño hall, luego el pasillo y las puertas de las distintas clases, que en total eran cinco: por la parte de los chicos había dos, la primera la de Don Miguel, donde estaba yo, más adentro la de Don Emilio, donde estaban los mayores. Todas las mañanas antes de entrar a clase lo primero de todo, nos ponían en fila en el pasillo a cantar “Por Dios por la Patria y el Rey…” En la parte de las chicas había tres aulas: Dña. Pepita con las pequeñas, Dña. Mari con las medianas y Dña. Narcisa con las mayores.

Fue pasando el tiempo y me fui adaptando a la escuela y a las costumbres de los demás. Hice amigos. También me peleaba con otros que no lo eran tanto, pues siempre había quienes no terminaban de admitir de buena gana a los coreanos y seguían su política de discriminación hacia nosotros.

Naturalmente, formábamos grupos o cuadrillas con los que nos admitían, bien como amigos para jugar o para lo que fuese y luego, estaban los que solo te admitían para ciertos juegos en cuadrillas, pero sin llegar a tener con ellos grandes amistades. Simplemente nos soportábamos mutuamente porque teníamos que convivir y jugar juntos.

En la escuela con los demás chavales, me enteré de que el 6 de Enero pasaban los Reyes Magos y traían regalos para todos, pero claro antes había que escribirles pidiéndoles los juguetes que tú querías. Estos chicos me contaron todo el proceso de este acontecimiento, primero el día 5 a la noche pasaban por el barrio en caballos, y como entonces los mayores del barrio organizaban la cabalgata con todo esplendor y yo los vi de pasar, con aquellos pajes sujetando los caballos de las bridas, con las antorchas y repartiendo caramelos, yo con mi ignorancia y desconocimiento de todo aquello, me lo creí total y absolutamente.

Y ahí me veis, con mis trece años, escribiéndoles la carta a los Reyes para echarla al buzón de correos con toda la ilusión del mundo. Claro que luego no me traían lo que yo había pedido. El primer regalo que me trajeron en Lamiako fue una pistola con un corcho atado con una cuerda, este fue el primer juguete comercial que tuve.

Nuestras batallas en Los pinos

Uno de nuestros juegos favoritos era el de la guerra con espadas de madera y los arcos con flechas. Llegamos a formar verdaderos ejércitos, librando grandes batallas, los de Lamiako contra los de Romo, siendo el campo de batalla la zona llamada Los pinitos, sitio que hoy está todo poblado y sigue llamándose Barrio de los pinos. En aquellos años la zona en cuestión era un monte de pinos y arena que fue desmontado a base de barrenos, pues debajo de la arena todo el monte era roca, luego fueron sacando la arena con camiones para la construcción, dejándolo totalmente llano y edificando lo que hoy es éste Barrio de los pinos, del monte le viene el nombre.

Cuando Los pinitos era nuestro campo de batalla, el terreno se adaptaba muy bien para las emboscadas que nos preparábamos mutuamente y para la captura de prisioneros, que canjeábamos por otro de los nuestros o por un determinado terreno que en este caso considerábamos conquistado. ¿Recordáis la película La guerra de los botones? Pues prácticamente lo mismo hacíamos nosotros en los pinitos. Me atrevería a decir que, seguramente sería la misma época de cuando hicieron aquella película y por lo tanto, la forma de jugar de aquellos tiempos era la misma.

En aquellas batallas llegué a conocer entre los “enemigos” a algunos de los que después serían amigos míos, como Jose Mari Urbano que también eran de Málaga; posteriormente seríamos vecinos en Lejona. También en estas batallas, conocí a mi primo Dieguito, que era del bando contrario porque vivía en Romo y por lo tanto asistía a otra Escuela.

Un día, en plena batalla, a uno de los nuestros se le quedó una flecha disparada por un “enemigo” clavada en la mejilla, justo debajo del ojo izquierdo, quedándosele la flecha colgando. Si va un poco (¡nada!), un dedo solamente, más arriba habría perdido el ojo, pero en aquel momento no se paró nadie a pensar en las consecuencias, simplemente fuimos donde él, le arrancamos la flecha y seguimos luchando. Cuando volvimos a Lamiako, fue cuando recapacitamos en lo que podía haberle ocurrido a Ignacio, que fue el que recibió el flechazo. Luego en el barrio entre nosotros jugábamos mucho a policías y ladrones.

Me cambian de clase

Al cabo de poco tiempo de estar en la escuela me cambiaron de clase. Un día, Don Miguel me llamó a su mesa y me dijo como tenía que pasar a la clase de Don Emilio, porque me correspondía por la edad. Aquello no me sentó nada bien, pues de una forma u otra, ya me había adaptado a aquella clase con los compañeros y el mismo maestro, aunque éste era muy recto y daba mucha leña. Pero yo no tenía opción a elegir, así que pasé a la clase de Don Emilio, de mote “El pajas“. Le llamaban así porque fumaba picadura y liaba unos cigarros muy delgaditos, que parecian pajitas de cebada. Este hombre era más tolerante que Don Miguel. También bastante mayor, alto, delgado con el pelo muy blanco y usaba una gran boina. Posteriormente, fue también Juez de Paz en una pequeña oficina que había en Lamiaco, donde estaba al mismo tiempo un cuartelillo de los alguaciles, justo donde hoy es la entrada para las escuelas actuales. Un poco más tarde, construirían unas duchas municipales.

En la clase de Don Emilio, como los chicos eran mayores, había algunos gamberros que le hacían judiadas al pobre viejo. ¡Con todo el respeto que se les guardaba entonces a los mayores! Pero en todas partes ha habido, hay y habrá gamberros y sinvergüenzas, como en este caso concreto, estaban los hermanos “Salbidea”, que todos los días le hacían alguna al pobre hombre. Por ejemplo, cuando salíamos al recreo, procuraban quedarse rezagados en clase y se entretenían en vaciarle el tintero de la mesa que eran de porcelana, blanca y estaban empotrados en las mesas y pupitres y después de vaciarlo, se meaban dentro, dejándoselo lleno de pis.

Cuando regresábamos del recreo y el hombre se daba cuenta, enseguida sabía quién había sido y mirando al pupitre donde estaban los hermanos Salbidea, gritaba: ¡Salbidea! ¡Venga usted aquí!No me da la gana! Venga usted “pajas”, le contestaba el mayor de los Salbidea. Entonces Don Emilio se levantaba bufando de rabia e iba hacia el pupitre de los hermanos con la vara de castigo en la mano, pero estos se levantaban toreándole alrededor de los demás pupitres corriendo toda la clase, cuando el pobre hombre se cansaba, se sentaba otra vez en su mesa y les imponía un castigo que por supuesto no cumplían.

Algunas veces, viendo que no podía con estos hermanos, le pedía ayuda a Don Miguel y este sí, los emparejaba bien con la vara que tenía: les ponía las manos como sapos. Otras veces, en ultima instancia, le daba parte a Don Clemente, que era entonces el párroco y le respetábamos todos mas que a nadie. En cierto modo, yo creo que era el Director de la parroquia y de las escuelas, y castigo que imponía él, todo el mundo lo cumplía: de Don Clemente no escapaba nadie. Además, según teníamos entendido, tenía el grado de capitán y había sido capellán en el ejercito. Luego también estaba Don Justino, que era el que casi siempre nos daba las clases de religión, había otro tercero por orden de rango, que se llamaba Don Domingo, este ya era bastante viejito y murió al poco tiempo de estar yo en la escuela. Esto seria a últimos del año 1952.

La más gorda que recuerdo de los Salbidea, fue una vez que Don Emilio los dejó castigados sin recreo en clase encerrados y cuando volvimos todos a dentro, se habían entretenido en cagarse en sendas hojas de papel, una la habían lanzado sobre la pizarra (encerado), que tenia el maestro a espaldas de su mesa para ponernos las muestras de los deberes, y otra hoja la habían colocado con su contenido encima de su mesa. Aquella vez ya fue demasiado y tuvieron que intervenir los “chivas” (municipales), encerrándoles en “la perrera“, unos sótanos que había debajo de las escuelas, que utilizaban para encerrar a los “rateros”. Finalmente, acabaron expulsándolos definitivamente de la escuela porque no hacían carrera con ellos.

Todos los domingos era obligación ineludible el asistir a Misa, que teníamos para los chico/as a las ocho y media de la mañana. O sea, que los domingos teníamos que madrugar igual que para ir a la escuela cada día, pero lo hacíamos muy a gusto. En primer lugar, nos levantábamos los primeros, nos lavábamos y vestíamos con la mejor ropilla que teníamos incluida la corbata. En aquella época era lo más normal, casi obligado, el vestir corbata los domingos desde jóvenes. Puedo decir con toda sinceridad, que aquí aprendí a vestir y esto se puede ver comparando las dos fotos que tengo con mi familia, una antes de venir de Málaga y la otra ya después de estar aquí. Claro que también era otra forma de vivir y con otros medios de vida.
En la misa de los domingos, que dicho sea de paso los hombres y mujeres tenían que estar separados, en distintos laterales de bancos, concretamente del pasillo central a la izquierda las mujeres, y a la derecha los hombres, las mujeres tenían que ir obligatoriamente con medias y velo o mantilla. Por otro lado, los hombres tampoco podían entrar a la Iglesia en mangas de camisa o sin calcetines.

Juan y su familia (1951) antes de salir de Los Verdiales

Juan y su familia (1951) antes de salir de Los Verdiales

La familia de Juan Calderón (1954)

La familia de Juan Calderón (1954)

Bueno, como decía, en la misa de los domingos, todos participábamos durante la celebración pues nos habían educado para ello y comulgábamos cada domingo. Claro que, teníamos que ir cada sábado a confesar, de lo contrario no podías comulgar el domingo. Los sábados siempre estaban los tres curas, cada uno en un confesionario y nosotros cada uno tenía sus preferencias para confesar con un cura o con otro. Yo concretamente, siempre me ponía en la cola de don Justino y como me daba corte decirle yo los pecados, siempre le decía: “Padre, es que no me acuerdo, usted me pregunta”. Entonces él me iba preguntando: ¿has hecho esto, has hecho lo otro? y yo le decía si o no. Así, para mí era mas fácil.

Cada domingo en la misa, tanto Don Clemente, como Don Justino tenían muy en cuenta quien iba a comulgar y quien no lo hacia, de tal forma que el lunes cuando iban a darnos la clase de religión, lo tenían presente para atosigarnos a preguntas y para ponernos más deberes sobre la lección correspondiente del Catecismo, cosa que todo puntuaba para las notas finales. Cuando sabían quien había faltado el domingo a misa o lo sospechaban, para comprobarlo le preguntaban a aquel o aquella, quién había celebrado la misa, de que había tratado el sermón en el púlpito, que ropa había sacado el cura, etc. hasta que te cogían en algún fallo. Luego a la hora de estudiar la lección de religión que nos habían puesto, nosotros también hacíamos trampas: si no habíamos estudiado lo que nos había mandado porque estuvimos jugando o lo creíamos muy difícil, me acuerdo que yo le decía:
Don Justino es que no me ha dado tiempo, pero he estudiado el quinto y el sétimo mandamiento. Entonces él me preguntaba aquello que era lo que yo sabía. Esto se lo hice varias veces, hasta que un día ya me dijo: ¡Pero bueno! ¿es que tu siempre estudias lo mismo?. Pero pasó y no me dijo más.

Todo esto también repercutía a la hora de ir a las excursiones de fin de curso de las escuelas. A mí me tocó ir a una excursión de éstas. Claro, como solo estuve un curso en la escuela y no entero, pues no pude ir mas veces tampoco. La excursión a la que yo asistí fue sencillamente ir en el tren a Plencia, a pasar el día en la playa de Gorliz. Claro, que para mí ya era algo extraordinario el ir en el tren con todos.

Aquellos trenes que hacían el recorrido de Bilbao a Plencia, eran todos de madera y tenían cuatro vagones: uno era el motor y estaba dividido en dos clases, 1ª y 2ª. Los de primera no era, ni más ni menos, que una parte del vagón, en este caso el centro, que tenía los asientos tapizados en cuero. Los demás eran todo madera. Luego el siguiente coche era todo de 1ª clase también y los dos restantes de 2ª, con todos los asientos de madera. Y al final del último, tenían un compartimento que le llamaban “el furgón”, donde iban las mercancías y las aldeanas con la vendeja para las plazas de los mercados, así como las pescaderas con las cajas del pescado echando chorros de agua. En consecuencia “el furgón” estaba siempre hecho una “lapachera ”.

La excursión, como digo, fue aquel día ir a la playa. La escuela nos pagaba el billete, pero nosotros teníamos que llevar la comida, concretamente la que yo llevé se trataba de un bocadillo de un filete entre pan y pan, que ya era algo extraordinario, un plátano y un melocotón. Salimos de Lamiako en un tren que pusieron especial para nosotros a las nueve de la mañana y llegamos a Plencia. Luego, andando en fila de a tres hasta la playa, que hay una buena tirada. Cuando llegamos a la playa, nos dieron suelta y unos se bañaron otros jugamos en la arena, al cabo de un tiempo, nos mandaron salir del agua y reunirnos para comer lo que llevase cada uno. Cuando lo/as maestro/as lo creyeron conveniente, nos volvieron a poner en fila de a tres para volver a la estación a tomar el tren para regresar a Lamiako.

Esta fue la gran excursión a la cual yo asistí estando en la escuela. Después vino la preparación para la primera comunión, esto fue otro acontecimiento para mí y para todos desde luego, pero creo que para mí fue algo muy especial, los demás chavales ya sabían como era esto, pues habían visto a otros anteriores como amigos mayores, hermanos etc. pero para mí era totalmente inédito.


No se trata la “Guerra de los botones” original francesa de 1962 (Yves Robert), sino de un “ramake” del 2011, pero ilustra perfectamente las batallas entre pandillas y la escuela en los años 50s, aunque la película está ambientada en los tiempos de la 2ª Guerra Mundial, en España las cosas no habían cambiado mucho desde los años 40s a los 50s.


Dejamos para otro cápitulo de las memorias de Juan de Bilbao el gran acontecimiento de su comunión.

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