0464. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.6

Episodios entrañables de las Memorias de Juan Calderón Salas sobre sus primeros años de emigración del “Niño de los Verdiales” a Bilbao: su tardía Primera Comunión, y las tareas diarias de escuela, juegos y como en los tiempos de la Ermita de Verdiales, las largas caminatas para llevar la comida al padre trabajador y esforzado.


Mi primera comunión

Por fin llegó el gran día. Tengo que decir como en aquel tiempo la primera comunión se hacía con siete años y yo cuando me llegó el día tenía trece, lo que era otro problema añadido porque no había ropa de comunión para mí. Tampoco me veía yo, con trece años, vestido de marinero. Mi catequista era una chica muy maja y supongo que sería de Cáritas aunque no sé si entonces existía esta asociación: en aquel tiempo eran de Acción Católica. El caso es que ella me agenció la ropa, pero claro está, era ropa de calle no de primera comunión, la cual tuve que ir a recoger la víspera a su casa que vivía en Gobelas.

La ropa que me dieron para tal acontecimiento, como se puede ver en la foto fue lo siguiente: un pantalón corto de paño gris, camisa blanca y corbata, jersey con cuello de pico granate, medias gordas grises hasta la rodilla y zapatos marrones. El Crucifijo con su lazo blanco al cuello, guantes blancos y el misal con el rosario en la mano izquierda. La verdad, no sé si iba peor así que si hubiese ido de marinero.

Mi Primera Comunión (1953)

Mi Primera Comunión (Lamiako, 1953)

Yo no sabía lo guapo que iba o si la gente se reía de mí, tan mayor con aquella pinta, pero lo que sí puedo decir es que iba más orgulloso que un ratón encima de un queso. Tal era así, que después de salir de la Iglesia y cumplir con los protocolos de repartir las estampitas de recordatorios y demás, me fui yo solo a pasear por Las Arenas todo orgulloso. Algunos chavales que no me conocían, se paraban y me preguntaban: ¿Tú has hecho la primera comunión hoy?. ¡Pues claro que sí!, les contestaba yo todo orgulloso y seguía mi paseo. Ahora pienso que seguramente aquellos chavales se reían de mí, tan mayor con ropa de calle, y con los artilugios de primera comunión, pero yo iba más contento que unas castañuelas y aquella felicidad de aquel día, no me la quita nadie.

Las Escuelas

Voy a describir cómo estaban ubicadas las Escuelas entonces con relación a la Iglesia. Ésta última está en el mismo sitio, con la única diferencia que entonces tenia por delante de la puerta unos arboles, que hoy no existen y frente a ella había una fuente, a la cual íbamos con los baldes a por el agua para el servicio diario de casa. A la derecha de la Iglesia, donde hoy hay una plaza cuadrada con arboles alrededor, bancos y una fuente en el centro, en aquel tiempo, (década de los 50s), era la plaza de las Escuelas con el frontón, y donde hoy están las escaleras o “gradas” para el campo de deportes, “Futbito”, de ahí arrancaban las escuelas, y por la parte trasera un terraplén, que daba acceso a los sótanos de las mismas, los cuales utilizaban como “perrera” para encerrar a los delincuentes y “rateros”, como apuntaba antes.

En esta “perrera” tengo la imagen de cómo conocí a un hombre encerrado en ella. Estábamos en el recreo y alguno de los compañeros empezó a decir cómo había un ladrón encerrado en la perrera y que fuéramos a verle. Fuimos unos cuantos ya que ninguno quería ir solo. Las verjas de aquel sótano “calabozo” estaban a ras del suelo del terraplén que bajaba por detrás de la Escuela. Cuando yo vi a aquel hombre, detrás de aquellos barrotes, se me vino a la mente lo que oía cuando “los civiles” se llevaban a los hombres de aquellos campos a la cárcel para interrogarles.

A mí cuando vi a aquel hombre, se me hizo un nudo en la garganta, que en mi inocencia infantil y con todo el cariño, no se me ocurrió otra cosa que ir corriendo a casa, pedirle un cacho de pan a mi madre y traérselo a aquel hombre ofreciéndoselo a través de los barrotes, pero no me lo aceptó. Yo me llevé una gran desilusión cuando el hombre me lo rechazó rotundamente, yo diría que hasta con cierto desprecio. Hoy que he llegado a conocerlo a través de los años, no me extraña que actuara como lo hizo. Le conocí siendo yo un niño en el barrio, le he conocido y le conozco de mayor y todo han sido malas experiencias. Aquel hombre era un maleante y además, uno de los que despreciaban a “los coreanos”. Mi hermana Mari le conoce bien, pues después de casada le tuvo de vecino y no tuvo con él nada más que problemas.

A la Escuela entrábamos a las nueve de la mañana; a las once salíamos al recreo media hora y volvíamos a entrar, y salíamos a las 12, cuando La Delta tocaba la sirena y los obreros salían a comer. Era una sirena muy potente. Se oía en varios kilómetros a la redonda y por sus toques de horario se guiaban, no solamente los obreros y las Escuelas, si no todo el barrio, talleres, establecimientos, casas particulares, ya que en aquel tiempo tampoco tenían todos su reloj de pulsera como ahora.

A la tarde entrábamos a las cuatro hasta las seis, que volvía a tocar el “cuerno” de La Delta. En aquel tiempo mi padre trabajaba en La Unquinesa como ya sabemos, en el gremio de la construcción. Era oficial de “Ferraya” en una empresa llamaba Gamboa y Domingo. Él salía para comer a las doce del mediodía. Yo tenía que llevarle la comida porque no le daba tiempo de venir a casa, y como también yo salía a las doce de la escuela, pues mi madre habló con Don Miguel el maestro, para que me dejase salir un poco antes. Así que me dió permiso para que todos los días, cuando salíamos al recreo, me marchase a casa y así poder llevarle la comida a mi padre tranquilamente.

Yo cogía la cesta de mimbre y me iba por la orilla del Río Gobela, entre éste y la fabrica de Metales Ibérica M.I.S.A. En aquel tiempo era el camino que había, relleno de escarabilla negra, desechos de los Altos Hornos de Sestao, por lo que se le llamaba “El caminito negro”, este camino llegaba hasta el puente del Sindicato Agrícola de Lejona. En aquel tiempo no había otra carretera, la de la dársena de Lamiaco no estaba todavía ni en proyecto. Al llegar al puente del Sindicato, cogía por las vías del tren hasta el apeadero de Udondo en la Unquinesa. Aquí pasaba otro puente por las vías del tren y luego seguía el camino paralelo a la tapia de la fabrica por la orilla del Río Udondo. Este camino era también de escarabilla negra y al final de la tapia, en la finca de Chacursulo, me esperaba mi padre para comer.

A mí me chocaba bastante un detalle: mientras mi padre estaba comiendo, todo el que pasaba por el camino le decía: ¡Que aproveche! sin que mi padre le hubiese invitado a comer. Además, mi padre les contestaba: “Gracias, igual“. Pero bueno, pensaba yo ¿Es que aquí todos se llaman Igual?. Entonces no lo entendía.

Cuando mi padre terminaba de comer, yo volvía para casa por el mismo camino que había ido, para comer yo, jugar un poco en la calle y volver a las cuatro nuevamente a clase hasta las seis de la tarde que La Delta volvía a tocar la sirena.

Esta tarea, alternada con los juegos y los preparativos para hacer la primera comunión, la llevé durante un año aproximadamente, fue el tiempo que estuve en la Escuela, hasta hacer la primera comunión.


Después de un año de escuela y de cumplir la Primera Comunión, Janele empieza su infancia de trabajos varios, y ahí terminó su historia escolar.

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