0465. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.7

Nuestro intrépido niño de la Ermita, instalado desde hace dos años en Lamiako, deja la escuela para echar una mano en la economía familiar y empieza a trabajar de repartidor de tiendas de ultramarinos.

Ya se veía venir su afición por máquinas, motores y camiones. Aunque entonces no las “montaba” o conducía, un camión de raparto le ganó un divertido apodo: Vicentillo el forzúo. Sigan leyendo y descubrirán cómo nuestro Juan Calderón Salas ganó fama de harrijasotzaile entre los tertualinos de la tienda de Quintana.


Aquinaldo - Autocamion

En la tienda de Uríbarri

Cuando hice la comunión, me salí de la escuela para irme a trabajar de “pinche” a una tienda de ultramarinos en Algorta que se llamaba Ultramarinos Uríbarri, en la Avda. de Basagoiti, cerca del Casino de Algorta. El dueño se llamaba Julián Uríbarri y vivía en Lamiako en la casa llamada “de las higueras”, junto a las vías del tren.

Mi trabajo en aquella tienda consistía en repartir, con una caja al hombro, piso a piso por toda Algorta los pedidos que las señoras le hacían por teléfono a Julián. En aquella caja tenía que llevar varios pedidos a la vez. Era una caja ovalada de las que venían con frutas y le llamábamos “pañil”, al menos en Andalucía, yo las había conocido por ese nombre.

Cuando llenaba la caja con los pedidos que tenía o, mejor dicho, con los que cabían, me echaba la caja al hombro y a recorrer casas, pisos o chalets y cuando terminaba el porte, volvía a la tienda a por otro viaje y vuelta a empezar. Eran tales las cargas que me metían en la caja, que yo creía tener el hombro rebajado. Desde luego, callo sí que tenía, del borde de la caja, pero hasta hacerme el callo, las pasé pu… bueno, “moradas”.

Yo dejé la escuela para este trabajo, porque había que arrimar unas pesetas a casa para la causa alimenticia. Trabajaba de nueve de la mañana hasta las ocho de la tarde. Tenía dos horas y media al mediodía para venir a casa a comer. A media mañana Julián me ponía un bocadillo que consistía en un bollo con una loncha de membrillo y otra de queso entre pan y pan, que lo tenía que comer sobre la marcha con la caja al hombro. Rara vez lo podía comer en la trastienda tranquilo, mientras me preparaban los pedidos que tenía para repartir. Todo ello, para ganar diez duros al mes.

Posteriormente me iría a Las Arenas, a otra tienda para el mismo trabajo, pero ganando dos duros más al mes y además estaba más cerca de casa. En aquella tienda vi yo por primera vez un teléfono. Era de aquellos negros super-fuerte, y que el auricular pesaba 500 gramos. Casi siempre la mayoría de los pedidos los hacían las señoras por teléfono, pero nadie cogía éste cuando sonaba, si no era Julián o alguno de los dos hijos que estaban con él despachando. Los tres con sus sendas batas blancas. A los “pinches” nos daban una gris.

Yo siempre tuve la ilusión de hablar por teléfono. Sabía, porque ponía mucha atención en ello, que cuando sonaba éste, al cogerlo y al “dígame” solían preguntar “¿Con quien hablo?”. Con “Casa Uríbarri” respondía el que lo había cogido. Como anécdota decir que un día sonaba el teléfono, estaban todos ocupados despachando a sendas señoras, por lo que yo decidí cogerlo “¿Dígame?“, dije todo decidido. “¿Con quien hablo?” escuché al otro lado del hilo. ¡Con el pinche de Julián! me salió todo contento y decidido, pero vino Julián más que deprisa corriendo y quitándome el auricular de las manos dijo disculpándose ¡Casa Uríbarri! Perdón Señora, perdón. El “pinche” no debió coger el teléfono. Hasta ahí llegaba el protocolo. Cuando terminó de hablar con la clienta, como era de esperar, me echó la consiguiente regañina y decididamente, no lo volví a coger.

Yo tenía que hacer cuatro viajes al día, de Lamiako a Algorta, para ir y venir a la tienda, por ello me mandaron hacerme unas fotos de carnet para sacarme un pase del tren mensual, el cual tenía validez desde Luchana hasta Urduliz, Domingos y festivos incluidos, por lo cual, como me gustaba tanto viajar en tren, aprovechaba el pase presumiendo ante mis amigos, para ir cada Domingo al “Gran Cinéma” de Algorta, sin tener que sacar billete como ellos. Así cuando venía el “pica” pidiendo el billete al llegar a mí yo orgulloso decía “pase“, como veía hacer a todo el que lo tenía, y el “pica” pasaba, pero había algunos desconfiados, que eran unos “huesos” e insistían en verlo y había que enseñárselo.

Cuando salíamos del cine, que estaba en la misma Avda. de Basagoiti, frente a éste estaba la plaza del baile, con un quiosco para los músicos en el centro, y todos los Domingos había baile. Nosotros nos quedábamos hasta que nos parecía razonable en el bullicio de la plaza (que todavía existe) así como el edificio del cine, aunque éste no funciona como tal. Había otro cine más al centro de Algorta y cerca de la tienda donde yo trabajaba. Este sí existe hoy todavía. Es el Cine Guréa, lo que ocurría era que en este cine, daban películas para mayores y era más caro, por lo tanto no íbamos casi nunca.

Julián, como dije tenía varios hijos: uno era soltero y estaba con él en Algorta y otro de ellos, casado, tenía otra tienda de ultramarinos en Las Arenas, en la calle Urquijo, que también se llamaba “Casa Uríbarri”. También tenía una hija casada y el marido de esta lo tendría yo, años después, de profesor de dibujo en la escuela nocturna de “Artes y Oficios” de La Delta, a la que asistía a las “tardes-noches” después de salir de trabajar de un taller, como explicaré mas adelante.

Julián, algunas veces, me mandaba unos días a Las Arenas a la tienda del hijo para hacerle los recados. Todo esto eran trabajos pesados para nosotros que éramos unos chavales, pero no cabe duda que nos enseñaba mucho: primero a conocer todas las calles del entorno donde nos movíamos, que ya era muy bueno, y segundo aprendíamos a tratar a la gente, incluso de alto rango, como era el caso cuando estaba en Algorta, pues a veces tenía que repartir a clientes de Neguri, que es dónde estaba y aún sigue, toda la aristocracia.

En el primer caso, no solamente conocíamos el entorno donde trabajábamos: conocíamos también el resto de los pueblos, ya que cada Domingo organizábamos nuestras propias excursiones, unas veces andando, otras en bicicleta o en tren. Por ejemplo, tuvimos una temporada, que cada Domingo nos reuníamos por la mañana en la puerta de mi casa (calle Earle, 48), que era como ya dije, donde Felipe Saez, el padre de Jose Mari, tenia la Bodeguilla debajo de mi casa. Este era el punto de reunión.
Allí nos solíamos reunir habitualmente todos: los hermanos José e Ignacio, Daniel, “Charli”, Jose Mari, “Achamari”, Paco Alonso, Jose Luis Nieto, “Carioco”. Éramos más en la cuadrilla, pero éstos éramos los más habituales, pues además estaban Emilio Arévalo, Juan Aguirre, “Angelchu”, el de la Simona, etc. Muchas veces, después de estar esperando, nos teníamos que marchar sin “Achamari”, porque su padre no le dejaba salir. Por otro lado, Juan Aguirre, era el que menos venía porque vivía en Munguía.

Cuando nos reuníamos los que habíamos quedado, salíamos andando a hacer el siguiente recorrido: íbamos a la playa de Las Arenas, de allí arrancábamos a andar por el muelle hacia la playa de Algorta Ereaga, cuando llegábamos al puerto viejo, seguíamos por las rocas a orillas del mar, por toda la costa de Punta Galea, hasta llegar a la playa de Sopelana (la playa salvaje), de aquí salíamos a la carretera de La Rabasterra y volvíamos andando, ahora por la carretera, Berango, Algorta y Las Arenas hasta Lamiako.

Por las rocas, en algunos tramos, teníamos que pasarlo escalando las paredes de los acantilados lateralmente para evitar que nos alcanzasen las olas, y otras veces había que esperar sobre una roca, el golpe de mar y cuando retrocedía el agua, saltábamos corriendo rápidamente a otra roca porque ya venía la siguiente ola. Mas de una vez nos alcanzó el agua dándonos una buena ducha, sobre todo a Daniel, porque el hombre era un poco torpe andando, por un pequeño defecto que tenía en las piernas, de ahí que le llamáramos “Charli” cariñosamente, desde luego, aunque a él no le gustaba mucho.

Otras veces, hacíamos el recorrido al revés, íbamos por la carretera y volvíamos por las rocas de la costa, aunque esto lo hicimos pocas veces, por ser mucho mas pesado, pues el recorrido por las rocas era muy peligroso y al hacerlo al revés, que ya llegábamos a Sopelana cansados de andar por la carretera, resultaba aún más peligroso

Desde luego, la mayoría de los Domingos, si conseguíamos bicicletas para todos, unas alquiladas y otras de los hermanos mayores (como era mi caso), entonces hacíamos muy buenos recorridos en bici. Mi hermano Roque tenia una bici de corredor y aunque no le gustaba que yo la cogiese, como trabajaba en Harino Panadera de noche y dormía de día, pues yo aprovechaba para cogerla. Claro que luego, la tenía que limpiar muy bien para que no se diese cuenta y si se daba cuenta por lo menos, si la veía limpia no se enfadaba mucho.

En la tienda de Quintana

Bueno, me he desviado un poco de lo que iba narrando sobre mi trabajo de “pinche”. Con motivo de estar, en ocasiones, en la tienda de Uríbarri de Las Arenas, fue como me enteré de que había otra en la calle Mayor, que necesitaban un pinche.

Alguna vez estuve en ella, ya que entre los tenderos se relacionaban cambiándose alguna mercancía que les faltaba en determinado momento y así me enteré de que efectivamente, en la tienda de E de La Quintana, necesitaban un pinche, porque el que tenían, que precisamente era mi amigo José, se marchaba de “botones” al Club Marítimo de Las Arenas.

Además, pagaban dos duros más que en la de Uríbarri. Por tanto, hablamos José y yo entre nosotros primero y posteriormente con Rufino Quintana, que era uno de los dueños, y me dijo que sí, que necesitaba un pinche porque José se marchaba de botones a “servir a los ricos”, y además, me dijo que tendría que ir algunos días con su hermano Juan Ángel a repartir patatas con el camión por las demás tiendas, así como pulpa y paja para el ganado. Por ejemplo, íbamos a un chalet que había en el paseo de Zugazarte que se llamaba “BAQUE-EDER”, que tenía grandes caballerizas, y el cuidador era un hombre andaluz ya bastante mayor que se llamaba “Curro”, y me acuerdo que con Juan Ángel siempre andaban de bromas, pues era muy gracioso y además tenia un deje andaluz muy cerrado. Naturalmente, todos le llamaban “Er Curro”.

Bien. Introducido este inciso, decir que en cuanto me enteré que iba a andar en un camión, ya no necesité más: inmediatamente le dije a mi madre que fuese a hablar con Rufino para formalizar las cosas, pues estaba claro que yo no podía decidir por mi solo. Fue mi madre, habló con él y quedaron de acuerdo en que yo me iba con ellos. Una vez acordado esto, le pedí la cuenta a Julián Uríbarri y me vine con Los hermanos Quintana ganando nada menos que doce duros al mes. La tienda tenía el nombre de “Eusebio de La Quintana” por otro hermano mayor que había fallecido. Por ello, Rufino regentaba la tienda y Juan Ángel repartía con el camión.

Por todo lo dicho anteriormente, es comprensible que en esta tienda, tenían también almacén de patatas y cereales para los ganaderos (aldeanos) y era lo que se repartía con el camión. Aquí estaba yo más a gusto, por varias razones: estaba más cerca de casa, andaba con el camión y en bicicleta. En la tienda había una que aunque era grande para mí, Juan Ángel le puso un sillín amarrado en la barra, porque yo no llegaba al suyo y así andaba con ella. Luego le puso una parrilla delante del manillar, con la cual, de vez en cuando, iba yo a llevar las cosas a las casas: ya no era todo a pie con el cajón al hombro, como en la tienda de Uríbarri.

Me acuerdo de un día que salí con la bicicleta a repartir con la parrilla delantera llena de cosas. Era una de las primeras veces y salía yo todo contento, pero nada mas salir y cruzar la calle, tenía una curva bastante cerrada que iba para Santa Ana y al tomarla demasiado despacio, pues acababa de arrancar, se me dobló la bici y no pude guardar el equilibrio y me caí tirando por el suelo todo el contenido de la parrilla y rompiendo la mayoría de ellas, como eran las botellas, paquetes de arroz o azúcar, que solían ser todos de papel y las botellas de cristal, pues todavía no existía las de plástico. Antes de levantarme del suelo, estaba ya Rufino junto a mí, pues como no había hecho más que salir y él se había quedado en la puerta de la tienda viéndome marchar, me había visto caerme y salió corriendo para ayudarme. Tuve que volver a la tienda, cabizbajo como es natural y preparar nuevamente el pedido con la consiguiente regañina por parte de Rufino. En esta tienda estaba yo más contento y a gusto, ya que había otra armonía, pues venían amigos de Rufino y Juan Ángel a la tienda y echaban sus ratos de tertulia y bromas.

Estando yo aquí, conocí la mayor nevada que había visto jamás, fue en Febrero del 54, cayó tal cantidad de nieve que estuvo toda Vizcaya varios días incomunicada. Haceros una idea lo que fue, si os digo como cogimos un metro y clavándolo en la nieve de la acera en la misma puerta de la tienda, medimos 45 centímetros de espesor. En la puerta de la tienda en la acera, en invierno, se ponía un hombre con un puesto de castañas asadas, ya sabéis: con una de esas máquinas de tren en miniatura. El hombre se llamaba “Quintela”. Cuando aquella nevada el hombre andaba con la nieve por las rodillas pero no daba a basto asando castañas.

Todo el que pasaba le compraba una o dos pesetas, que entonces con ello tenías para hartarte, y desde luego estaban muy buenas, tanto es así que, cuando llegaba el tiempo de las castañas asadas, en cuanto se ponía allí Quintela, las propinas que cogíamos repartiendo, no nos duraban en el bolso. Nada más hasta llegar a la tienda, soltaba la caja de repartir, y a por castañas asadas: nos daban diez castañas a la peseta, que no era moco de pavo.

De los amigos de Rufino y Juan Angel que venían a allí a la tienda todas las tardes a la tertulia, había dos que eran los más asiduos visitantes diarios: Alberto San Cristóbal y “Pachico”, carpintero y cuñado de Rufino éste último, tenía un taller de carpintería en la Travesía de Urquijo, justo debajo de donde vivía Juan Ángel. A todos ellos les gustaba bastante el vino, sobre todo a “Pachico”. Pues en cuanto venía alguno de ellos, se iban al Bar La Viña, que estaba pegando a la tienda, a echar sus “chiquitos”, dejándome a mí en la tienda.

Normalmente, esto lo hacían cuando no había nadie a quien despachar, aunque yo ya despachaba algo de vez en cuando. Además, también solía estar una hija de Rufino algo mayor que yo. Si estaba ella, se solían ir más a menudo y si hacía falta se le llamaba en un momento determinado. Muchas veces venía también a la tertulia “El Curro”. Además cuando venía a hacer los pedidos para los caballos, también se quedaba un rato con todos ellos.

La hija de Rufino se llamaba Angelines, aunque ellos le llamaban “Gelo”. Ella se lo tenía muy creído, el ser “la hija del amo” y como era mayor que yo, quería manduquear sobre mí, aunque el padre le reñía por ello. A él no le gustaban esas cosas, así que cuando Rufino no estaba, ella se aprovechaba, pero yo como sabía que a él no le gustaba que fuese tan mandona conmigo, no le hacía caso, por lo cual ella se enfadaba más todavía.

La mujer de Rufino y hermana de “Pachico” se llamaba María Zabala (Rufino la llamaba “Marichu”). Era una “señora”, y dueña de la Fonda Zabála, que ocupaba el bloque comprendido entre la Calle Mayor, Andrés Larrazabal, Paulino Mendivil y otra calleja que viene del Gran Cinema a la calle Mayor. Todo ese cuadro lo ocupaba con amplios jardines el edificio de La Fonda Zabála. Hoy lo ocupa el Banco Bilbao. Muchas veces comí yo allí, en la cocina claro, con otra hija que tenían mayor que Angelines, más guapa y simpática. De llamaba Mari, como la madre. Entre las dos regentaban la Fonda.

Con el camión de Juan Ángel

Yo, cuando le hacía falta a Juan Ángel, iba con él a repartir con el camión. Mi función era ponerle los sacos de patatas de pies en la orilla para que él, desde abajo, se los echase cómodamente a la espalda. Llegue a cogerle el truco a los sacos, que aunque pesaban 40 kilos, los manejaba encima del camión con cierta facilidad: los cogía por las orejetas de la boca y los ponía de pies, les metía la rodilla en el centro y con un pequeño impulso, los ponía en el borde del camión, con tal facilidad, que Juan Ángel lo contaba divertido y contento a su hermano Rufino y en las tertulias con los amigos.

Tal fue la propaganda que hizo Juan Ángel de mi facilidad para mover los sacos de patatas, con lo canijo que yo era, que me dieron entre bromas y cariñosos el apodo de “El forzudo”, y después Alberto San Cristóbal le añadió el nombre de Vicentillo, por lo que me quede ya entre ellos con el nombre de “Vicentillo el Forzudo“. Posiblemente, por aquella época, hubiese algún harrijasotzaile (así le llaman a los levantadores de piedras) y el famoso de turno quizás se llamase Vicente, como el de ahora se llama Iñaki Perurena. De cualquier forma ¡vaya nombre qué fueron a buscar para los practicantes este deporte! ¡Harrijasotzaile! (Si no es leyéndolo, no lo pronuncio).

Tal fue la aceptación que tuvo entre ellos aquel apodo, que otro amigo de ellos, dueño de la Librería López, muy famosa en Las Arenas, se encargó de hacerme, a partir de entonces, las tarjetas de Navidad gratis cada año. En aquellos tiempos, era costumbre de todos “los pinches” y repartidores, el hacer unas tarjetas de felicitación por Navidades, para al tiempo de felicitar las Pascuas, entregando una en mano con el pedido: se veían en el compromiso de darte el “aguinaldo”.

Como decía, el Sr. López, dueño de la librería me hizo las tarjetas de Navidad normales, con mi nombre y el de la tienda gratis, para felicitar a los/as clientes. Pero además, hizo otra tanda de ellas, para que les diese a cada uno de ellos y a los clientes de más confianza, con el nombre de “Vicentillo el forzudo” y con el dibujo de un harrijasotzaile levantando la piedra.

El texto de aquellas tarjetas era el siguiente:

EL PINCHE DE QUINTANA
LE DESEA FELICES NAVIDADES
Y UN PROSPERO AÑO NUEVO 1954.

Luego estaban las que me hizo para los amigos:

VICENTILLO EL FORZUO
LES DESEA FELICES NAVIDADES
Y UN PROSPERO AÑO NUEVO 1954

En ambos casos, las tarjetas llevaban por todo el contorno los dibujos clásicos de Navidad, como las hojas de acebo, las campanillas y los Reyes Magos, pero aquel año, las de “el Forzúo”, en lugar de los Reyes Magos, el señor de la Librería, le puso, como dije, el dibujo del tío aquel levantando la piedra. A partir de entonces toda la cuadrilla de Los Quintana, me llamaron “Forzúo”. Además, como yo tenía bastante deje andaluz, ellos me lo decían imitando el deje andaluz, que por cierto no les salía nada bien, pero como me lo decían cariñosamente y entre bromas, nos hacía gracia a todos.

Aquellas tarjetas de Navidad, las hacían todos los repartidores, fuesen del gremio que fuese: recadistas como yo, que entonces los había en todas las tiendas, los carteros, que entonces tampoco había buzones en los portales y entregaban las cartas en mano. Por ejemplo, el cartero entraba al portal, que tampoco existían los porteros automáticos, y una vez dentro tocaba un silbato como el de los árbitros, y a continuación gritaba ¡Carterooo! La gente se asomaban a la puerta, y el cartero nombraba a los que tenían carta. El que oía su nombre bajaba a por ella al portal y en paz.

También pasaba las tarjetas el carbonero, que llevaba los sacos de carbón a casa para las chapas de las cocinas, pues tampoco había todavía butano. Todos entregaban sus tarjetas, y no necesariamente tenían que entregar algún pedido para ello, simplemente se podían dedicar un día o varios a recorrer los domicilios, entregando las tarjetas de felicitación puerta por puerta sin más, recogiendo el aguinaldo. Todo esto era normal.

La caída de Daniel

Los Domingos, como apuntaba anteriormente, hacíamos nuestras excursiones a pie o en bicicletas. Los que conseguíamos bicicletas nos íbamos hasta la playa de Plencia, al Castillo de Butrón… Alguna vez llegamos hasta Durango por Bilbao subiendo por Achúri y Bolueta.Claro está, en aquel tiempo no andaban cuatro coches por las carreteras.

Me acuerdo perfectamente de un día el susto que nos dimos viniendo de Plencia: veníamos por la carretera a la altura de Berango, en esta zona es todo llano y por la ausencia de coches, marchábamos con las bicicletas emparejados de dos en dos charlando. Delante de mí iba Daniel con otro. En un determinado momento, se juntaron tanto que a Daniel se le metió una palomilla de su bici, entre los radios del otro que iba a su lado, dando una vuelta de campana el pobre de Daniel, pegando de lleno con la cabeza en la carretera, sonando con un característico “crac”, como haría una sandia al reventarse, quedando boca arriba con la cabeza en el sentido contrario a la dirección que íbamos, totalmente inmóvil y más de uno exclamamos cagados de miedo ¡Daniel se ha matáo!

Gracias a Dios, no fue más que el susto, pues después de unos segundos dándole tortazos y poniéndole de pies entre todos reaccionó, pero eso sí, luego tuvímos que hacer el resto del camino a pie turnándonos de dos en dos para traerle cada uno de un brazo, ya que venía medio aturdido y otro teníamos que traer la bici pues la rueda delantera le había quedado hecha un ocho. De modo que así andando hicimos el trayecto de Berango a Lamiaco.

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3 respuestas a 0465. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.7

  1. juanermita dijo:

    Como todas las publicaciones, cada una me trae buenos recuerdos y esta por su amplitud, algunos más.

  2. juanermita dijo:

    GRACIAS AMIGA PORVERITA, Y aunque aquí no tengo ninguna de aquellas tarjetas.
    DE TODAS MANERAS, OS DESEO A TODO/AS, UNAS FELICES PASCUAS Y UN PROSPERO AÑO 2014, A VER SI POR LO MENOS NO ES TAN ATRAVESADO, COMO EL QUE DEJAMOS.
    ZORIONAK ETA URTE BERRI ON 2014.

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