0466. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 8.1

Después de los trabajos de repartidor de tiendas de ultramarinos, nuestro niño de la Ermita de Verdiales, Juan Calderón Salas, nos cuenta la manera en que llenaba su escaso tiempo de ocio con juegos, cine y… cante. Pero no cante por verdiales, sino por la figura más popular de esos años 50s mediados: Antonio Molina. Me hubiera gustado escuchar a este pequeño “coreano” cantando a la andaluza por los caminos de aquellos barrios bilbainos.

Cancionero Antonio Molina

Diversiones de domingo y de entre semana

La dársena de Lamiako

Había en la Dársena de Lamiako unos charcos de agua filtrada de la ría a través de la arena, en los cuales todos los chavales del barrio nos íbamos a bañar en ellos en la primera ocasión que tuviésemos, bien cuando salíamos de la escuela, en cualquier rato libre que teníamos o, simplemente, nos escapábamos para ello, que solía ser lo más normal. Estos charcos eran conocidos por todos el barrio como “Los pozos de los coreanos“.

En la dársena había también un caserío en el cual vivía Pascual Bilbao. Este hombre tenía ganado: vacas, gallinas, cerdos, etc., así como huertas, ya que disponía de casi todo el terreno de la dársena preparado en parcelas, además de las cuadras y corralizas para el ganado.

Esta dársena abarcaba entonces desde la estación del tren en Lamiako y por la pared de Agra, “la fabrica del Tulipán” hasta la ría, seguimos por la carretera hasta la Unquinesa, hoy Dow Chemical, y volviendo por el Río Gobela hasta Lamiako otra vez, ya que entonces aún no existía la carretera que hoy lleva el nombre de Dársena de Lamiako y que bordea a la misma. Calculo que abarcará de 3500 a 4000 M2. Esta zona fue utilizada durante la guerra civil, como campo de aviación.

Cuando nosotros vinimos aquí no había más carretera que la de la ría, con su línea eléctrica para los trolebuses que hacían el recorrido Algorta-Bilbao. El trolebús es un autobús eléctrico, con ruedas de goma normales como un autobús pero sin raíles en la calzada y con un tendido eléctrico del cual toma la corriente mediante dos “troles”, de ahí la palabra trolebús. La diferencia con el tranvía es que éste, además de necesitar raíles, lleva un solo “trole”.

El Río Gobela en aquel tiempo estaba limpio y había tramos en los que nos bañábamos, como era el llamado “Chombito”, en el cual incluso pescábamos a caña, ya que había unos peces parecidos a las sardinas pero con la tripa muy abultada. Creo que los llamábamos “loinas”. Aquí como digo, nos bañábamos aunque teníamos que hacerlo prácticamente a escondidas y en silencio, de lo contrario, enseguida venía la guardia civil a despacharnos, ya que el cuartel estaba aquí cerquita: simplemente tenían que atravesar las vías del tren, cosa que mucha gente hacía pues solo las separaba de la calle un pequeño muro de ladrillos.

Los juegos en el barrio

Dentro del capítulo de los juegos en el barrio, a lo que más jugábamos cuando salíamos al recreo sobre todo era “al burro seguido”. Esto consiste en ponerse en fila lateral y agachados apoyando los codos en las rodillas, los últimos cogen carrerilla y apoyando las manos en la espalda del primer agachado, van saltando uno tras otro, cuando llegan al final, se coloca él para que salten los demás y a la vez el que va quedando en ultimo lugar, se incorpora saltando tras el último así sucesivamente.

Pero, ¿que ocurría cuando a uno le tenían un poco de manía? Que al tiempo de saltar se dejaban caer dándole un fuerte culazo en la espalda. Esto como es natural, también nos lo hacían siempre a los forasteros o “coreanos” y si protestabas la próxima vez no te dejaban jugar.

También jugábamos a la pelota mano en el frontón que teníamos junto a la plaza de las Escuelas. Me acuerdo como se nos hinchaban las manos: se nos ponían como sapos y luego para bajar la hinchazón y el dolor, porque dolían bastante también, nos acercábamos a la orilla del río, metiendo las manos en el agua y apoyándolas sobre alguna piedra nos la pisábamos para bajar la hinchazón.

Teníamos otros juegos como “el oficio”, “el chorro morro pico tallo”, “el pedo” y todos los que apuntaba anteriormente, como “la garza”, “la trompa”, “el taco y palmo”, las canicas, “el pañolito”, etc.

En aquel tiempo, el río Gobela, entre las estaciones de Las Arenas y Lamiako, transcurría por el trazado que hoy ocupa El Metro, y las vías del tren entonces transcurrían por toda la Calle Earle, hoy Langileria, por lo que el río estaba lleno de pequeños puentes desde La Chopera, hasta la estación de Las Arenas, para cruzar de las casas al “caminito negro”.
El llamado “Chombito” estaba justo donde ahora el Metro empieza a emerger cuando sale de la estación de Las Arenas, prácticamente frente a lo que era el Cuartel de la Guardia Civil, por eso cuando nos bañábamos si hacíamos mucho ruido con los chapuzones, venían en seguida a echarnos.

En la plaza de las Escuelas donde hacíamos el recreo, había unos árboles los que nos servían en parte para nuestros juegos y para los volatineros (titiriteros), para colocar los altavoces cuando venían al barrio, pues siempre se instalaban en ésta plaza. En época estival solían venir muy a menudo compañías a hacer sus actuaciones, montaban el escenario en la puerta de la escuela y se servían de los árboles para montar la megafonía y demás adornos.

Las actuaciones solían ser siempre a las diez de la noche y a ellas acudía todo el barrio cada uno con su silla o banqueta para sentarse. No cobraban entrada pero a media función hacían una rifa de unas botellas de bebidas, alguna manta, una sobrecama, etc. La recaudación de esta rifa era lo que sacaban de su actuación, pero nosotros los chavales como no teníamos una peseta, ni banqueta que estábamos sentados en el suelo, en el momento que empezaba la rifa, nos escabullíamos de un lado para otro hasta que pasaban por donde estábamos y luego nos volvíamos a colocar por donde ya habían pasado vendiendo los boletos.

Yo no había visto estos espectáculos desde aquella vez, como decía en el primer capítulo de Verdiales, que fueron a Venta Alegre la compañía de Carajaula. Además nosotros los llamábamos “Titiriteros”. Así que cuando yo oí la primera vez en Lamiako decir ¡Esta noche hay volatines! sencillamente pregunté ¿Y eso que es? y me dijeron que eran títeres. Era un espectáculo, cada vez que venían volatineros, ver como se movilizaba todo el barrio para acudir a ellos: cuando la Delta tocaba el “cuerno” dando las diez, salían todos con sus sillas y banquetas bajo el brazo para la plaza de las Escuelas.

Las salidas los domingos

Los domingos lo primero, como dije, era ir a misa. Luego jugábamos a lo que fuese en el barrio con cuidado, desde luego, de no mancharnos, pues estábamos vestidos de domingo. Después de comer nos íbamos reuniendo en nuestro punto habitual, que era delante de mi casa y cuando estábamos todos, arrancamos para Portugalete o para Santurce. Una vez allí, lo primero solíamos ir al cine, normalmente al Gran Cinéma de Portugalete pues casi siempre daban película del Oeste, que eran nuestras preferidas.

Al salir del cine solíamos ir al “Bar la Perdiz” que estaba prácticamente a la puerta del cine: no había más que subir cuatro escaleras. En este bar jugábamos al futbolín y al billar. Luego nos íbamos a la plaza del baile al “Chicharrillo”. Si nos había sobrado algo del cine, antes de ir a la plaza nos comprábamos un bocadillo en el bar, que siempre era lo mismo: dos filetes de anchoas en salazón o una sardina en aceite, con una rodaja de pan a cada lado. Este bocadillo nos costaba una peseta con cincuenta, o dos pesetas, que había que tenerlas claro.

Después del bocadillo, el que tenía para comprar un cigarro compraba un cigarrillo Bisonte. Era el tabaco rubio que había entonces. Nos costaba diez céntimos el cigarro por ser rubio. Lo encendíamos e íbamos pasándonoslo, dando una “calada” cada uno hasta que lo acabábamos. Normalmente nos llegaba para una “calada” por cabeza, a lo sumo dos. Todo esto lo hacíamos de camino al baile. El que se quedaba el último con el cigarro para darle la última “caladita”, si llegaba hasta el baile con él, se iba “pavoneando” delante de las chicas, echando humo.

Cuando nos cansábamos una temporada de estar cada domingo en Portugalete, nos íbamos a Santurce, aunque el programa era el mismo: primero al cine, que había tres y dependiendo de la película que diesen, íbamos a uno u otro. Por aquel tiempo daban muchas del Oeste, de los Hermanos Marx, de “El gordo y el flaco”, bélicas y de piratas. Lo primero siempre era el NODO, dibujos animados, y la película.

En Santurce al salir del cine la misma operación que en Portugalete: había un bar llamado “El Bocho” y éste era el sitio del bocadillo de los filetes de anchoas o la sardina. Este bar era un poco más caro: aquí nos costaba de dos a dos cincuenta el bocadillo. Al terminar el “bocata”, comprábamos el cigarrillo Bisonte, y seguidos a la plaza del baile.

Cuando íbamos a Santurce, que desde luego era la mayoría de las veces, la pega que teníamos era el disponer de menos tiempo, pues a las diez había que estar en casa, “sin ninguna clase de disculpas”, y claro como íbamos y volvíamos andando, si nos descuidábamos un poco en el baile, casi siempre nos tocaba ir corriendo para coger el puente colgante y llegar a Lamiako a las diez.

Entre semana, solíamos ir al cine en Las Arenas, que entonces había dos: el Gran cinéma y el Social, que le llamaban “El Teatrillo”. Nuestra mayor afición, como se puede ver, era el cine. Otras veces, si conseguíamos permiso, íbamos al último pase: de diez a doce. Si era en verano, o simplemente hacía buen tiempo, cuando salíamos a las doce de la noche del cine, nos íbamos a la playa de Las Arenas a bañarnos. Como a esas horas no había nadie, nos bañábamos todos en pelota picada.

Al cabo de unos años de estar en Lamiako, hicieron el Cine Arenal en Romo y un poco después el Barría en Las Arenas. Me acuerdo perfectamente cuando inauguraron el Arenal con la película El hidalgo de los mares, protagonizada por Gregory Peck, una película de barcos veleros de la Armada inglesa. Este cine estuvo unos años funcionando muy bien, posteriormente cambio de empresa y le pusieron el nombre de Bikain, pero ya no funcionaba lo mismo: fue decayendo bastante. Además, cuando hicieron el Barría, aún siendo de la misma empresa, le fue quitando bastante audiencia porque daban mejores películas, de tal manera que para mantenerlo empezaron a dar funciones matinales infantiles hasta que por fin lo cerraron definitivamente.

Hidalgo de los Mares

En aquellos años de los cincuenta fue cuando empezó a ser famoso Antonio Molina. Vino en persona a cantar al Cine Grande de Las Arenas y ¿como no?, todos los amigos fuimos a verle. Aquello fue ¡maravilloso! Entonces, cuando salía una figura de éstas, en seguida sacaban cancioneros con todas las coplas que cantaba, a mí me gustó tanto que me fui comprando todos los cancioneros que salían de sus coplas y me las sabía todas, así que a todas horas estaba yo cantando por Antonio Molina, y la verdad es que no lo hacía del todo mal, pues entonces yo tenía fuerza en la voz y aguda como él, por lo que no me era muy difícil el imitarle.

Tal era así que cada domingo, cuando salíamos de Lamiako para Portugalete o Santurce, mis amigos me animaban y me llevaban todo el camino cantando por Antonio Molina, pues a ellos también les gustaba. En aquel tiempo, con el régimen de Franco, entre tantas cosas prohibidas, una era la de cantar por la calle de noche. Por tanto si lo hacías, enseguida te perseguían los “chivas” y al que cogían lo llevaban al cuartelillo o le ponían una multa.

Una noche veníamos de Portugalete por la calle Mayor de Las Arenas y lo hacíamos cantando bilbainadas y rancheras, que eran nuestro plato fuerte, pero en un momento, por una bocacalle apareció un municipal, llamándonos para que nos acercáramos, pero como sabíamos a lo que nos exponíamos, echamos a correr cada uno por un lado para despistarle. Entonces “el chiva” empezó a tocar el silbato y de seguida empezaron a acudir mas guardias persiguiéndonos “silbato en ristre” como si fuésemos ladrones o algo parecido.

El caso es que cada uno corrió por donde pudo, provocando una autentica estampida entre las calles de Las Arenas y Santa Ana. Al cabo de un rato fuimos apareciendo en Lamiako a intervalos y jadeantes, contándonos mutuamente cada uno por donde habíamos corrido para despistarlos, pues en aquel tiempo, un simple municipal tenía bastante autoridad.

Otro tanto de lo mismo ocurría en las playas en verano, que ponían “guarda playas”. Eran los mismos municipales pero con la chaqueta y gorra blancas, en lugar de negras como la utilizaban habitualmente. En las playas, entonces, no te podías cambiar envuelto en una toalla ni de ninguna manera, o por lo menos no te podían ver porque te multaban al momento. Había que hacerlo en las casetas que costaban entonces dos pesetas y podías dejar la ropa guardada pero… ¿quién tenía dos pesetas entonces? Aquél era el problema.

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