0486. El primer día del invierno

Una pequeña historia de la Fiesta para contar o leer, a pequeños y grandes, al amor de un fuego de leña. Si es en la Ermita de los Verdiales, mejor que mejor (por Andrés Jesús Palomo Carvajal)

“Hace algún tiempo ya, en pleno Domingo de Ramos, cuándo aún no me preocupaba lo que un mal after shave pudiese escocer sobre la cara de un hombre, a unos pocos metros de la fachada principal de la Ermita, y mientras mascaba un bocata de mortadela “Mina”, tuve la suerte de escuchar la conversación que mantenían dos personas de avanzada edad, uno vecino del Partido de Verdiales y el otro de la parte del Puerto Marín. Oí que uno le decía al otro:

– Joseillo te acuerdas cuándo …
– Sí Juanillo sí …, pos claro que me acuerdo, pa eso tengo más memoria que tú.
– Sí pero yo veo a lo traspuesto y tú no le ves ni las orejas al mulo cuando vas subido en él …
– ¿Pero tú no te habías muerto?
– ¡Anda mira, si yo creía que el que se había muerto habías sido tú!

Después de echarse algunos piropos más, comenzaron a hablar de la Ermita y de aquellos que la levantaron, que no habrían de ser muy tontos, porque estaba mirando al sol que más calienta, o sea hacia el sur y que el boquete de las palomas (el de la campana) lo habían dejado de tal forma, que el primer día de invierno, a eso del mediodía, entraban los rayos del sol y se reflejaban en una losa vidriada, que habían dejado colocada justo en la mitad de la Ermita, para que los rayos del sol al reflejarse, alumbraran la cara de la Virgen.

Hace ahora tres años qué tal día como hoy, en pleno solsticio de invierno, cuyo significado o interpretación es reconocido por la cultura de los tontos, o sea la nuestra, como el principio de un período de renovación y renacimiento, y a eso de las doce del mediodía en horario solar (que no es el mismo que marcan nuestros relojes), como cada año se repitió este acontecimiento, produciéndose el efecto del cual hablaban aquellos dos agüeletes, lástima que no estuvieran ni la losa llana vidriada en el suelo de la Ermita, ni la Virgen en su sitio para contemplar su rostro iluminado.

También recuerdo el último de sus piropos antes de que dejaran la conversación:

– Qué tonto eres Juanillo …
– Tu sí que eres tonto Joseillo …

Y mientras, yo seguía rebuscando la mortadela entre las bastas rebanadas de pan.

Esto que les cuento, no es más que el vago recuerdo de un chavea que aún no mantenía lazos de unión con su palustre, pero que el tiempo le ha brindado la oportunidad de comprobar que no son tan tontos los tontos y que hoy en día nos creemos todo lo que nos cuentan.

¿Acaso estamos tontos o qué? Pues sí, a mí me encanta serlo ¿Y a Usted?”

(Andrés Jesús Palomo Carvajal en Facebook)

Ermita de Los Verdiales - Reflejo

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