0475. Un libro para Paco Maroto

Estamos de enhorabuena: la bibliografía verdialera se incrementa con otro buen libro que explora el género biográfico, sin limitarse a ser una recopilación de anécdotas sin orden ni concierto.

Su autor, Salvador Pendón Muñoz, indaga y se sumerge en las aventuras y desventuras del carismático y admirado fiestero, Francisco Romero Díaz, popularmente conocido como Paco Maroto, o simplemente Maroto, apodo que tomó del cortijo que lo vio nacer, crecer y madurar, y que todavía habita.

2014 Libro Paco de Maroto - Portada

Pero hablar de Paco Maroto es hablar de la Panda de Comares (Panda Primera de Comares) en la que milita desde los primeros tiempos, cuando todavía no podría llamarse “panda”, hasta el día de hoy; e inevitablemente, de todos aquellos compañeros y amigos que le han acompañado en la larga e ininterrumpida trayectoria de esta agrupación paradigmática de la fiesta comareña, aunque yo diría, de la Fiesta sin apelativos.

Y Salvador Pendón lo hace con arte (tiene buena pluma) y con pelos y señales, ya que rastrea e investiga todas las apariciones, participaciones y grabaciones en las que participó Paco y su panda.

El libro está maravillosamente articulado e ilustrado, y su lectura progresa con buen ritmo y amenidad. Me encanta que cada capítulo tenga como título un verso de las distintas coplas que Maroto canta o ha cantado (porque el autor también ha estudiado las coplas que Paco viene cantando a lo largo de su carrera, como buen degustador de poesía y autor él mismo de coplas cantadas y premiadas).

Pero no sólo hablan Paco Maroto o Salvador Pendón en el libro. Éste recoge testimonios muy ilustrativos de la gente que conoce bien al biografiado y que lo han tratado en profundidad (Y de otros, como yo, que no sé hasta que punto merezco el espacio que se me otorga en el libro. Gracias, de todas formas). Todos estos testimonios y las palabras del autor-investigador-amigo, revelan facetas de Paco que se me escapaban o desconocía, y que componen una figura humana y fiestera de envergadura que me dejan aún más pasmada.

Un estupendo homenaje, entre los muchos que Francisco Romero ha recibido, éste de Salvador Pendón en la forma imperecedera de un libro.

P.S. No puedo evitar poner la anécdota que más me divirtió de todo el libro, la que doy en llamar la “fiesta de Maroto y Padilla” y aprovecho para reivindicar la figura igualmente carismática de Salvador Padilla, quien vive por y para la Fiesta como su amigo Maroto, animando al autor a dedicarle un próximo libro.

Para poder leer la “fiesta más larga”, tendréis que “picar” sobre la imagen (o hacerlos con el libro, páginas 34 y 35)

2014 Libro Paco de Maroto - paginas

 

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0474. Un acercamiento al verdial (por Pepe Molina)

Panda Primera del Puerto de la Torre - Panderero

Panda Primera del Puerto de la Torre – Panderero

Uno de los componentes de la panda toca el pandero. / Salvador Salas

Un acercamiento al verdial : Una aproximación didáctica a la manifestación cultural más autóctona de Málaga

Por José Manuel Molina Gámez (aka Pepe Molina, violín de la panda Santo Pitar)

Enlace al artículo en Diario Sur (16 de agosto, 2014)

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0473. Festival de Villanueva de la Concepción

Extraído de la página De la Fiesta a la Fiesta (Facebook) – 8 de agosto, 2014

2014_08_09 Festival de Villanueva - Cartel

“UN GRAN FESTIVAL”

“El que cada verano, desde hace muchos, viene celebrándose en Villanueva de la Concepción, es un gran festival de verdiales. Varios son los factores que contribuyen a ello: la elogiable actitud de sus organizadores al mantener el número de pandas intervinientes, desafiando los tiempos de crisis; la deferencia con que se atiende a los fiesteros, haciéndoles sentir los verdaderos protagonistas del evento; el gesto de entregar con la entrada (no sé si se sigue haciendo pero se hizo durante muchos años) un vídeo con lo ocurrido en el festival del año anterior; el acogedor lugar en que todo sucede, a las faldas del Torcal… Un gran festival, sin duda, cuyos mantenedores merecen el agradecimiento de fiesteros y aficionados.

Si queremos fijar la historia de la fiesta de manera fehaciente debemos exigirnos una actuación rigurosa en el manejo de los datos. Dicho y reiterado que el de Villanueva de la Concepción es un gran festival de verdiales, no está de más “dejar caer” que para que ello sea así no es necesario que por parte de la organización se sigan manteniendo afirmaciones que en absoluto responden a la verdad: 1) El Festival de Villanueva de la Concepción no fue el primero en disponer de escenario para la actuación de las pandas ante el público. Desde mucho antes ya se venía haciendo en Rincón de la Victoria. 2) El Festival de Villanueva de la Concepción no fue el primero en otorgar los premios del concurso de pandas de manera diferenciada, atendiendo a las tres modalidades de fiesta. Ya se había hecho antes en la Fiesta Mayor. 3) No hay por qué dudar de que se hicieran algunas fiestas en el patio de un vecino como antecedentes del festival pero cuando éste se celebró por vez primera como tal, con asistencia de público que pagó una entrada para poder asistir, fue en una plaza de la ampliación urbana que se cerró con cañizos, cerca de donde tenía (no sé si lo sigue teniendo) un bar El Galleta.

No tiene mayor importancia para la calidad de la fiesta que allí se haga lo referido a las circunstancias de la organización a través de los años, pero los datos inexactos tergiversan nuestra historia y debemos ir aclarándolos, a la luz del conocimiento.

Lo dicho: un gran festival mañana, sábado 9 de agosto, en Villanueva de la Concepción. Quien tenga el buen gusto de asistir disfrutará de lo mejor de la fiesta que para él guardan 15 pandas y una escuela, y apreciará la deliciosa templanza de la noche veraniega al pie de la montaña”
(De la Fiesta a la Fiesta – Facebook)


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0472. Festival benéfico “Lorenzo Zarza” (11.5.2014)

Escuela de Verdiales Salvador Allende.


Panda Arroyo Gálica, con el refuerzo veterano de Juan “Majallana”.


Panda de Los Moras.


Panda Primera de Comares.


Panda Santo Pitar.


Panda de Jotrón y Lomillas.


Panda Primera del Puerto de la Torre.


Panda Arroyo Conca, con el refuerzo cantaor de Carlos Fernández Campos.


Panda Primera de los Montes, con Antonio “El Tarará” y Maribel Calderón “Chachafina” al violín, y el refuerzo cantaor de “El Cabra”.
Al baile de bandera, Paula la nieta del Albardonero.


Panda de Almogía, la panda de Lorenzo “Zarza”


Panda Montes de Guadalmedina, con Miguel El Zorrito al violín.


Panda Los Cafeteras.


Panda de El Capitán.
Un placer escuchar a Juan Martín Vargas “El Capitán” cantar. Maravilloso. Y a Salvador Padilla, tocar su inconfundible violín.


Panda de Isabel Portillo en el escenario (vídeo grabado por Manuel Rosa Fernández)


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0471. Panda de Caliche (ca 1960)

Caliche 01 - AnversoCaliche 02 - Reverso


Ayer 23 de marzo realizamos (Antonio Romero Ponce y yo) una entrevista al que será, casi con toda seguridad, el fiestero mas longevo en la actualidad. José Santiago, nacido en 1911, cuenta con 103 años y goza de buena capacidad mental, quizás el último fiestero vivo que disfrutó de los choques en la Ermita de los Dolores.

Su abuelo, procedente de El Borge y afincado en Jaboneros, ya era violinista, aunque dice José que él aprendió sólo.

Su hija, Ana Santiago, a la que tenemos que agradecer la amabilidad y el buen acogimiento que nos dio, tenía esta foto muy bien guardada, tanto que el hijo estuvo alrededor de una hora buscando por la casa, hasta que la encontró.

Se trata de la Panda de Caliche (posiblemente la única foto de esta panda):
Alcalde: Pepe “Caliche”
Violín: José Santiago.
Guitarra: Raicero (detrás con gafas)
Platillos: Juan Medina (junto a José Santiago)
Pandero: Creemos que El Galleta.

Según las declaraciones de Ana Santiago, el muchacho que coge la bandera junto al mástil es el hijo de Pepe Caliche.

Por la edad de José Santiago en la foto podemos datarla entre 1955 y 1960.

Pero la foto tenía otro tesoro oculto, una copla a puño y letra de José Santiago y que además incorpora un quinto verso desconocido (al menos para mi), dice:

LA VIRGEN DE LOS DOLORES
PATRONA DE VERDIALES
YO LA LLEVO EN MI BANDERA
PA QUE NO ME DESAMPARE
Y PUEDA ANDAR PONDISQUIERA.

A ver si alguien puede dar más datos sobre la foto y la copla. (Violín Santa Catalina – José María Cuenca)


Adelina M Garcia:
“Pepe “Caliche” no tenía hijos. El muchacho de la bandera era sobrino…..(es vecino mio)”


José Manuel Molina Gámez:
“Un documento precioso, enhorabuena a los dos, Jose María y Antonio. De José Santiago, recuerdo haberlo oído tocar hace bastantes años. Al bajar de la Ermita en un Domingo de Ramos tocó el violín un par de luchas con nosotros, en un estilo similar al de Povea: melodía acompasada, muy bonita. En cuanto a “Caliche”, mi padre lo mentaba mucho de la época de Venta Galwey, años cincuenta, pues chocó en alguna ocasión con su panda”.


Antonio Romero Ponce:
“Gracias a estas entrevistas que Jose María y yo llevamos haciendo algo más de un año, hemos tenido la oportunidad de conocer a fiesteros de la veteranía de José Santiago. Este hombre tuvo el orgullo de poder participar en el concurso de el 28 de diciembre en el lugar de su inicio, la Ermita de Verdiales. También nos cuenta los años que se estuvo celebrando en la Venta Garvey. Para fiesteros de nuestra generación que solamente hemos conocido la fiesta mayor de Verdiales en de San Cayetano en adelante, es un verdadero orgullo analizar las distintas perspectivas desde las que estos fiesteros tan veteranos han conocido la fiesta”.


Antonio Jesus Ternero Anaya:
“Enhorabuena a los dos, Jose María y Antonio por el trabajo que estais haciendo y enhorabuena también al Señor Santiago por llegar a esa edad y en esas condiciones. Ya quisieramos todos … Yo diría que el platillero que está delante del pandero es Joseito Vega, el de Pagarbán. Yo lo conocí bastante más mayor, pero diría que es él”


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0470. Panda de verdiales en Argentina (ca. 1956)

Panda Verdiales - Buenos Aires

Entrevista realizada por Manolo López (panda Arroyo Gálica) a Ángel Salas (hijo)

“Desde principios de 1980 Ángel Salas se convirtió en vecino paleño y comparte con nosotros el amor por el flamenco. Tras muchas idas y venidas se asentó en nuestro barrio definitivamente. A través de esta foto se ha sabido que formó parte de una panda de verdiales en Argentina. Ayer tuve la suerte de hablar un rato con él y comparto lo que me contó sobre esta panda inedita fuera de España.

La foto está tomada en su casa de Buenos Aires, en un pueblo que se llama San Justo. Por Navidad. Sería por el 55 o 56. En ellas aparecen su tío Paco Salas al violín, Manolo Mayo al pandero, Teodoro Cabello y Félix Iglesias a las guitarras y mi padre Ángel Salas y yo [Ángel Salas hijo] a los platillos. Bailaban mi madre, Rafaela Salas y mi tía Carmela España, la mujer de mi tío Paco (hermana de Enrique España). Teodoro es dos o tres años mayor que yo y Félix un año menos.

Mi tío que también tocaba la guitarra fue el que le enseñó a Teodoro y a Félix. Mi cuña’o es a la vez cuña’o de Teodoro. Conoció a mi hermana de tanto llevar a mi cuña’o cuando íbamos de fiesta y al final acabaron casándose. Él vivía muy lejos y no había transporte para volver a su casa. Teodoro vive actualmente en el camino de San Rafael y nos vemos de vez en cuando

Nos cuenta Ángel que su hermano Rafael a los tres meses de llegar a Buenos Aires tuvo un desgraciado accidente al bajar de un tren y la compañía les indemnizó. Tenía 17 años, o sea era un año menor que yo. Con el dinero que recibió mi padre de los ferrocarriles, compramos el solar en San Justo, donde nos haríamos nuestra casa. Tardamos dos años en hacerla, claro que sólo trabajábamos los fines de semana que era cuando librábamos.
Gracias a lo que nos dieron por la casa, cuando la vendimos, pudimos venirnos para España. Mi padre ya había muerto y llevábamos 22 años en Argentina. Mi tío Paco se había venido unos tres años antes, allá por el 58 o 59. Mi hermano Rafael no era tan aficionado a la fiesta como nosotros.

Ten en cuenta que nosotros proveníamos de una zona muy fiestera. Todos mis tíos por parte de mi madre han nacido en la Ermita. Mi abuelo era Roque el de la Ermita. Tenía 8 hijos y todos eran fiesteros. Antes de venirnos a la Argentina, la panda de Roque la formábamos mi padre como alcalde, mi abuelo Roque a la guitarra, mi tío Paco al violín, aunque también tocaba la guitarra; el pandero lo tocaban mis tíos Rafael y Roque y los platillos mi tío Ángel y yo. Al baile mi madre y mi tía, la mujer de Manolo Mayo, quienes eran las niñas de Roque, Carmela y María, que por cierto bailaban muy bien.

Ángel nació en enero del año 1933. En 1940 se fueron a vivir a la Ermita y estuvo 4 años viviendo allí. Mi padre puso el ventorrillo Pechuga que está por debajo de la Ermita. Se compró un caballo como pudo y vendía quincalla por todos los cortijos de la zona. Consiguió con su trabajo hacerle una casa a mi madre. Dos casas llegó a hacer mi padre. Parte de mi familia se fue para Bilbao y la otra nos fuimos a la Argentina. Esta foto es posible que se la hayamos mandado a la familia de Bilbao desde Buenos Aires. A Juan Calderón Salas, mi primo o a su madre.

En la decisión de irnos a la Argentina tuvo mucho que ver un tal Zambrano quien convenció a mi padre. Este se fue para allá y al poco tiempo nos fuimos las tres familias. La de Manolo Mayo, mi tío Paco y la nuestra. La mujer de Manolo Mayo era hermana de la mujer de mi tio Paco.

Yo aprendí a tocar los platillos de chico de ver a las pandas por allí. Yo tenía 7 años y los tocaba aunque no los tocaba en fiesta, ya poco a poco me fui metiendo. En aquel entonces se juntaban el día 28 en venta Alegre. Cuando yo regresé a España, sobre el año 1972, ya se hacía en la venta de El Túnel. Mi tío y Manolo Mayo que habían venido unos años antes ya estaban metidos en pandas. Yo tocaba esporádicamente. Por cierto me hace referencia a una foto en la venta de la Españita donde aparece Ángel tocando los platillos. Es posible que esa foto la haya proporcionado su primo Juan, el de Bilbao.

Su padre, Ángel Salas, no volvió para España, muriendo en Argentina por el año 1972. Mi tía María, la hermana mayor de mi madre es la madre de Juan Calderón Salas. O sea sus padres son Juan Calderón y María Salas.

En Argentina llegue a cantar con un cuadro flamenco que solía actuar con un disco. Entonces me incorporé yo con un guitarrista que se llamaba Juan Calo. Este hombre era buen guitarrista pero no sabía nada de flamenco. Le asesoré para montar la coreografía de baile con mi cante. Después de esa primera vez que actuamos en un teatro nos salieron más actuaciones por pueblos.

Tras un accidente de tráfico que tuve y del que salí vivo de milagro, me replanteé el visitar a Félix en la Argentina y conseguí visitarlo antes de que muriese. Esto sería por el año 2000. En la panda nuestra de Argentina no teníamos alcalde. Cuando íbamos a actuar al Hogar Andaluz en Buenos Aires mi padre hacía de Alcalde y tocábamos con un solo platillero, que era yo. Allí solíamos tocar con motivo de vernos la familia, es decir, en los cumpleaños y demás celebraciones y en las navidades.

Mi tío puso una tienda de comestibles en Argentina. Cuando no le iban muy bien las cosas se vino a nuestro solar donde se hizo una prefabricada. A partir de entonces nos veíamos a diario. Mi padre tenía un coche muy viejo, un Chevrolet 38. En los 18 años que estuvimos allí tocamos verdiales cada vez que nos reuníamos. Cuando mi tío se vino para España ya se rompió la panda. Cuando nació mi sobrinilla que la bautizamos allí, la hermana de mi primo Paco, hicimos un fiestón por to’ lo alto. Hasta por la mañana.

Los platillos de mi padre. Refiere Ángel que su familia se llevó para Argentina los instrumentos desde aquí. Aunque su tío Paco hiciera allí otro pandero. A la muerte de mi padre yo me quede con los platillos. Pues cuando decidimos volvernos para España había desaparecido uno de los platillos. Al enterrar a mi padre prometí en voz alta que ya que el no había podido volver físicamente, haría todo lo posible para que pudiese estar aquí de forma espiritual. A los cuatro años de mi vuelta España apareció Félix de visita por Málaga, ya que cuando el visitaba Salamanca solía dejarse caer por Málaga. Y me dice Ángel no te imaginas lo que te traigo. Y era el otro platillo. Me dijo que fue a casa de su hermana y encontró a su sobrina jugando con el platillo en el suelo.

Al poco tiempo fui con mi hija Cristina y mi mujer a la venta del Túnel y estaban de rifas. Entonces le di 20 duros de los de antes para que mi hija se los echara al sombrero al alcalde rifando para que mi padre toque los platillos. Recuerdo que eché unas tres luchas y después otros fiesteros amigos de mi padre cogieron los platillos y tocaron en su memoria. Fue el momento en que mi padre estaba con nosotros, a través de sus platillos. Recuerdo que en la panda estaba Povea al violín, mi tio Paco a la guitarra, Enrique España a los platillos… Bueno, era un pedazo de panda. Era la panda de Povea. Cuando yo toqué los platillos estaba muy nervioso. Era muy emotivo.

En Ciudad Jardín vivía Pepe El Ciego y cuando yo iba a ver a mi primo por allí él se enamoró de los platillos de mi padre. Pepe me los quería comprar y yo le decía que no, por el valor sentimental que tenían. Por aquel entonces me mudaba de casa con frecuencia y siempre los colgaba de la pared, en un clavillo. Por fin cuando ya la residencia nueva era en Madrid pensé que los platillos se acabarían perdiendo. Los embale en una cajita y se los mandé a Pepe el Ciego. Yo ya no estaba en la fiesta y no los tocaba.

Las últimas veces que he podido hacer fiesta con los platillos fue en la Escuela de verdiales Gálica-Jaboneros hace un par de años.”

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0469. Antonio de Alfarnatejo (Panda de El Borge)

En espera de poder recabar nuevos datos de este fiestero, recientemente fallecido, utilizo la fotografía y la semblanza que de él hace en Facebook uno de los miembros de su panda – de la panda El Borge-, Juan José Guirado.

Solo sabemos que se llamaba Antonio, que entró hace algunos años en la panda de verdiales de El Borge, y que acudía desde Alfarnatejo.

Antonio de Alfarnatejo  - Panda El Borge
Juan José Guirado Vela (En Facebook, el 16 de febrero de 2014):

Hace algunos años, la panda de verdiales de El Borge se encontraba actuando en Benamargosa, en la fiesta del campo y un señor se acercó y dijo que le gustaban mucho los verdiales y que si podía formar parte del grupo. El presidente le respondió que sí, que tenía su sitio aquí y lo recibimos con los brazos abiertos. Esta persona se llamaba Antonio. Desde aquel momento, todas las semanas venía desde Alfarnatejo a El Borge, con frío, con calor, con lluvias, a echar dos horas de ensayos, sin fallar nunca. Siempre estaba el primero y algunas veces estaba hasta antes que el monitor. Desde entonces no falló tampoco a ningunas de las salidas y incluso se negaba a cobrar. Llegó a formar parte de la junta directiva y a grabar un CD con la panda. Se ganó el respeto de todo el pueblo. Desde ahora, siempre estará en nuestro corazón. Os echamos mucho de menos.

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0468. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 8.3

Un capítulo éste de las memorias de Juan Calderón Salas, muy técnico, pero en el que se percibe a la legua que ya, de jovencito, fue capaz de conseguir lo que ha sido su gran vocación. Listo como el hambre, aprendió un montón de este primer oficio como-Dios-manda, que creo le ha durado ya toda la vida.

Aquel niño de la Ermita que reprodujo en miniatura, en el que sería su juguete favorito, el camioncito rojo, solo de contemplarlo pasar por la antigua carretera (entonces única) de Casabermeja, retoma su gran afición y lo convierte en oficio: ajustador, mecánico y no sé cuantas cosas más.

Nuestro sagaz y agradecido malagueño recuerda con respeto y admiración a Don Ramón, el encargado general del taller donde empezó a trabajar y a aprender el oficio de ajustador: un hombre y trabajador cabal, empeñado en transmitir todos sus conocimientos a sus aprendices, de forma generosa y desinteresada. ¡Mejor nos habría ido si todos se hubieran comportado como él!

Y a mí, me encanta ver cómo describe con minuciosidad la fabricación de tres cosas que yo he utilizado y recuerdo con emoción: las horquillas (del pelo), los gusanitos con los que colgábamos (yo todavía lo hago) los visillos de las ventanas y las plumillas de escribir.

Horquillas Mesla


De los ultramarinos a la mecánica de taller

El taller de Mesla

Tenía yo catorce años, estando aún en la tienda de Quintana, cuando me avisó mi tía Pilar de que si quería aprender el oficio de ajustador, me presentase en el taller de Mesla S.L., en la calle Erribitarte de Santa Ana. Y claro que sí, de seguida fui a informarme hablando con el encargado jefe del taller. Llegamos a un acuerdo, con mi madre claro, yo no iba a ir solo, pues era un niño todavía para ciertas cosas. Como digo llegaron a un acuerdo. Luego fui y le dije a Rufino Quintana que me marchaba a aprender un oficio a un taller. No me puso pega de ninguna clase. Todo lo contrario: me dijo que se alegraba y me deseó suerte.

En cierto modo me daba un poco pena marcharme, pues aquí lo pasaba yo bien, con Juan Ángel cuando iba con él en el camión, que ya por último incluso me lo dejaba llevar algún trozo de calle en sitios llanos. Cuando iba él con un saco de patatas al hombro para alguna tienda y tenía que llevar otro a la siguiente me decía: “Forzúo” ¡Lleva el camión un poco más pa’lante!, y yo lo arrancaba y poniéndome en el borde del asiento, llegaba de puntillas a los pedales. Se arrancaba tirando de un botón, le ponía la primera y muy despacio casi sin acelerar lo llevaba donde él me había dicho, quedándome más ancho que largo. El camión, no sé si lo dije anteriormente o no, era un Studebaker con un morro muy largo, como todos en aquella época. Áquel concretamente tenía seis cilindros en línea, tal tenía el morro, que yo tenia que mirar por debajo del volante y casi no veía la carretera, pero lo llevaba.

Bueno, ya me he despedido de los hermanos Quintana y me incorporo al taller de Mesla metales estampados S.L., aunque todos la conocían como “La Fabrica de ganchillos” y también como el taller de las plumas, porque allí hacían entre otras cosas, los ganchillos del pelo para las mujeres, y las plumas de escribir, aquellas que iban metidas en un palillero y había que ir mojándolas en el tintero cada vez que se escribían dos palabras o menos, pues sencillamente eran las plumas que había en aquella época. También se hacían los “clips” o sujetapapeles, el gusanillo para poner las cortinas y clavos de todas las medidas.

El gusanillo era una especie de muelle delgado largo y cerrado, el largo era indefinido, y se iba recogiendo en bobinas, luego el cliente en el comercio lo cortaría a la medida que le pidiesen, según el ancho de la ventana donde se iba a poner la cortina mediante una pequeñas hembrillas montadas en los extremos, así se montaban entonces todas, pues todavía no se habían inventados los carriles que hay hoy.

Nuevamente entraba yo en otro mundo, que era el de la maquinaria y las herramientas manuales para mecanizar metales. Aquí ya aprendí a cortar chapas a cincel y martillo. Sin mirar a la cabeza del cincel, había que ir golpeando fuerte con el martillo, pero mirando al corte del cincel, para conseguir esto hay que llevarse muchos martillazos, casi siempre en el dedo gordo con el que sujetas el cincel.

Aprendí a “tirar de lima”, a andar con la cepilladora para desbastar piezas, manejar el taladro, así como a afilar toda clase de cuchillas, tanto para el cepillo como para el torno, pues también teníamos que hacer de torneros. Afilamos toda clase de brocas para el taladro, amen de templar en la fragua todas las piezas de acero que hacíamos para las distintas maquinas que manejábamos y reparábamos nosotros.

Una de las cosas que a mí me gustaban más, sin dejar de ser una de las más complicadas, era cuando tenía que hacer una pieza de acero y luego darle el temple en la fragua. Era una de las mas complicadas, porque anteriormente teníamos que saber la clase de acero a emplear y naturalmente saber los grados de temperatura que se necesitaba darle en la fragua para su temple.

Los grados de temperatura lo aprendimos mediante un código de colores similar al que usan los pintores. En este código nos marcaba los distintos colores del acero incandescente y los grados centígrados que correspondían a cada color. El acero que utilizábamos mas había que darle una temperatura de 850 grados centígrados, lo que equivalía a un rojo naranja fuerte. Si ya se pasaba a 900 grados, era un rojo ya tirando a blanco y a partir de aquí, si te descuidas un poco ya se funde el acero.

Para templar una pieza, hacíamos lo siguiente: primero, claro esta, hay que encender la fragua que utilizábamos con un carbón de madera muy fino, o bien una especie de “escarabilla” que a mi me parecía carbón de piedra ya quemado y también le llamaban carbón de cok o algo parecido. Bien, cuando estaba hecho el rescoldo, cogíamos la pieza con una tenaza enterrándola en las brasas y manteniendo siempre el fuego mediante un ventilador manual que lleva la fragua incorporado. Cuando la pieza llegar a tener el color de incandescencia correspondiente, se metía en una vasija preparada al lado con aceite industrial, y sin soltarla de la tenaza se va moviendo en círculos hasta que se enfría totalmente en el aceite. A continuación se comprueba con la lima si el estado de dureza es correcto o no, así como antes se ha trabajado esta pieza con la lima, ahora esta resbala totalmente de la pieza por su dureza del temple. Si no es así es porque la pieza no ha cogido el temple adecuado, quedando blanda y por consiguiente hay que volver a repetir el proceso de templado.

Luego estaba la operación para lo contrario, es decir, que cuando había que reparar una de estas piezas, había que “recocerla” para quitarle la dureza del templado. Para recocer se procedía de la siguiente manera: primero hay que volver a poner la pieza al rojo vivo en la fragua. Normalmente hay que procurar darle el grado de calor que necesitó para su templado. Ahora tenemos preparado otro recipiente para esta operación con cal en polvo. Para esto, necesitamos también dos trozos de chapa que sean más grande que la pieza a tratar; estas chapas se ponen igualmente al rojo vivo al mismo tiempo.
Cuando tenemos todo ya incandescente, se hace un hoyo en la cal y se mete una chapa, a continuación, la pieza a recocer y la otra chapa encima, se entierra todo con la cal y se deja enfriar totalmente, que necesariamente serán varias horas. Luego se saca y ya se puede volver a mecanizar nuevamente.

Este taller, “la Fabrica de ganchillos”, constaba de una nave principal donde estaban las máquinas de los ganchillos, el taladro de columna, el cepillo, la maquina de clavos, la de los “clips sujeta papeles”. También había un pequeño tren de laminado para el alambre de los distintos ganchillos y el banco de trabajo, donde cada uno teníamos un tornillo, “mordaza” y el cajón con la herramienta.

Luego se pasaba a otro departamento, visible desde el taller a través de unas cristaleras donde estaba la fragua y sus accesorios. La oficina estaba en alto viéndose todo el taller por una cristalera. Había una segunda planta en la que estaban las máquinas de hacer “el gusanillo” para las cortinas y las de hacer las plumillas de escribir, esta última ya en desuso.

Para todo el desarrollo de esta producción, la materia prima era el alambre, de distintas medidas, desde luego, pero alambre que venía en rollos. En primer lugar, para los ganchillos había que pasarlo por el tren de laminado para aplastarlo a cierta medida. Se ponía el rollo en una bobina y se pasaba por unos rodillos y se comprobaba la medida con un micrómetro pues tenía que tener una medida en décimas de milímetro exacta para cada modelo de ganchillo. Este alambre ya laminado se va recogiendo en otra bobina que posteriormente pasa a la maquina de hacer el ganchillo u horquilla. Para los sujeta-papeles ni para el gusanillo había que laminarlo, pero sí para este último tenía que ser galvanizado.

Las máquinas de los ganchos andaban todas a través de unas transmisiones de correas y desde una transmisión principal montada en el techo de un extremo al otro de la nave y movida con un motor eléctrico. Este eje tenía una polea para cada máquina de la que salía a su vez la correa. Estas tenían que estar muy bien alineadas para que no se saliesen y había que untarlas de vez en cuando, sobre la marcha, con una pasta para que no patinasen.

Después, cada una de las máquinas se podían parar o poner en marcha independientemente mediante una palanca de embrague, pues había que estar contínuamente encima de ellas, vigilando como salían los ganchillos, porque si salían un poco revirados no valían y si las puntas tenían rebabas de las cuchillas porque no cortaban bien, también eran rechazados. Por todo ello, siempre estábamos alguno pendiente de ellas y en cuanto salía uno defectuoso, se paraba la máquina, se desmontaba la pieza causante del fallo y se reparaba o se ponía otra que siempre teníamos de repuesto, pues todas y cada una de ellas, la hacíamos nosotros y dándoles el temple correspondiente en la fragua como expliqué antes. Si el defecto era simplemente un poco revirados, se corregía sobre la marcha sin necesidad de parar la máquina, mediante unos pequeños rodillos que llevaba para enderezar el alambre según iba entrando.

La maquina de los clavos

Un día me llevé un susto tremendo con la máquina de hacer los clavos. Esta estaba colocada cerca de la pared y tenía su motor eléctrico independiente en un anclaje en el suelo y el sistema de marcha y parada era con un interruptor tipo “machete”. De ésta había que estar muy pendiente cuando se estaba terminando la bobina del alambre, para pararla a tiempo de que no golpease en vacío el “golpeador” que remachaba la cabeza del clavo, pues si esto ocurría se podían romper, tanto el golpeador como las mordazas sobre las cuales remachaba para hacer la cabeza del clavo, que dicho sea de paso la hacía de un solo golpe.

Resulta que yo estaba pendiente de la máquina, cuando veo que el alambre se está terminando y me pongo al tanto para pararla, pues teníamos una marca para cuando la cola del alambre llegaba a ella. Era cuando había que sacar el “machete” de la corriente. Yo estaba mirando como avanzaba la cola del alambre y cuando llegó a la marca eche mano al “machete” sin mirarlo porque ya lo teníamos tan calculado que lo hacíamos siempre igual. Pero aquel día no calculé bien la distancia y en lugar de coger el mango de madera que tienen estos artilugios, metí la mano entre las tres “cuchillas” por las cuales pasa la corriente de 220 voltios a tres fases. Me quedé pegado al “machete” y no me podía soltar. Menos mal que justo al lado estaban siempre dos chicas sentadas empaquetando ganchillos y gritaron. Entonces el encargado Ramón, que estaba en su pupitre y tenía el interruptor general al lado, al oír el grito de las chicas miró y rápidamente tiró del general cortando la corriente. De la misma caí yo de culo al suelo, pero no podía levantarme del tembleque que tenía en todo el cuerpo. Bueno con decir que me estuvieron temblando las piernas una semana lo digo todo.

En la fabrica de ganchillos había tres “dueños-socios”, aunque casi siempre estaban dos, el Sr. Segura “El Tiburón” y el Sr. José “El Sordo”. El tercero venía muy rara vez por el taller. Se llamaba Rafael Ferrer y era además dueño o socio de los “Astilleros Udondo” en Axpe donde hacían barcos de madera, “balandros de recreo” (yates). Este hombre decían que era un señor desde la cuna. Tenía en aquel tiempo un Rolls-Royce. Segura tenía un Austin England, que por cierto, cada sábado se lo tenía yo que lavar. El Sr. José siempre iba andando.

En el taller estaba Ramón que era el Encargado general y por cierto que era un maestro. Luego, Luis como oficial de primera, Jesús de segunda y dos aprendices que éramos Sixto y yo. Luego solían haber dos hombres de peones. En el cuadro femenino estaba Mª Luisa como encargada de las chicas, aunque el que mandaba sobre todos era Ramón. Chicas solían haber casi siempre cuatro. Luego estaban dos chicas de oficina que hacían las nóminas de todos.

Los ganchillos del pelo llevaban un proceso bastante largo hasta salir al mercado. Cuando salían de la máquina iban a un biombo como una hormigonera y con aserrín tenían que estar unas horas rodando hasta quedar pulidos, porque las alambres siempre venían con algo de grasa. Después de salir de la hormigonera, se colocaban en unas varillas para pintarlos con barniz, unos en negro y otros en el color del barniz que le llamábamos “rubios”. A continuación iban a un horno para el secado y por ultimo las chicas lo colocaban en los cartones de a seis, con los que saldrían a la tienda. Pero antes de salir de aquí, se empaquetaban los cartones en cajas de cartón y las cajas de cartón en cajones de madera, que venían a retirar en un camión.

Al encargado Ramón, todos le teníamos bastante respeto, porque como dije antes era un maestro de taller donde los haya. Pero nosotros los aprendices más que respeto le teníamos cierto temor, porque a nada que hacíamos algo mal, nos echaba unas broncas de impresión. Claro, nosotros entonces no lo comprendíamos de ahí que le teníamos cierta manía, pero a medida que fue pasando el tiempo me he dado cuenta, que lo hacía por nuestro bien porque le gustaba enseñar y quería que aprendiéramos todo lo que él podía enseñarnos. Todas las máquinas que había en el taller eran diseñadas y hechas por él, y cada día estaba dibujando y proyectando algo nuevo, y a nosotros nos quería inculcar todo lo que el sabía. Después de los años que han pasado, todavía hoy me acuerdo de aquel hombre con respeto y admiración por lo que fue con Sixto y conmigo. Lo hemos comentado los dos cuando nos encontramos, que gracias a las broncas de Ramón, hoy somos algo por lo que aprendimos con él en el taller.

Fijarse hasta que punto llegaba su afán de enseñar, que nos mandaba llevar de casa la Geometría y la Aritmética. Nos ponía lecciones para estudiar en casa y dárselas al día siguiente y cuando uno no la sabíamos, nos mandaba ponernos en su pupitre a estudiarla, sin importarle que estuviese el Sr. Segura en el taller. Y por si esto fuese poco, a las tardes nos mandaba salir una hora antes de nuestro tiempo, para que fuésemos a una escuela nocturna que había en La Delta que le llamaban “Escuela de Artes y Oficios”. Allí fue donde aprendimos la geometría, la aritmética y dibujo lineal, esenciales las tres cosas tanto para el oficio de ajustador que estábamos aprendiendo, como para cualquiera otro trabajo de un taller, porque en la escuela de Lamiako tampoco me dio tiempo a aprender nada. Prácticamente justo a leer y escribir.

Además en Lamiako cuando Don Miguel nos tomaba la lección de la tabla de multiplicar, le hacíamos trampa cosa que iba en contra nuestra, pero lo hacíamos. Por ejemplo, la tabla de multiplicar venía en la misma pasta del cuaderno, nos mandaba estudiar un numero de ella y cuando creía conveniente, nos llamaba a su mesa y se la teníamos que decir de memoria, dándole la vuelta a la tapa del cuaderno para no ver la tabla, pero aquí hacíamos la trampa, porque en esta parte de la tapa del cuaderno habíamos apuntado con lapicero y muy suavemente los resultados del número que nos había mandado estudiar y como nos mandaba dejar el cuaderno encima de la mesa, pues disimuladamente lo íbamos leyendo en vez de decírselo de memoria.

Luego, cuando vimos en el taller que para aprender algún oficio, era imprescindible el saber de cuentas, geometría, aritmética y dibujo, cuando Ramón nos machucaba tanto, nos dábamos cuenta de la torpeza que habíamos cometido en la escuela con hacer aquellas inocentes trampas a los maestros, que en definitiva iban en contra nuestra.

Ahora, al ver que esto iba en serio me arrepentí muchas veces de aquello, pero gracias a aquel hombre que nos tenía atemorizados con sus broncas diarias, llegué a aprender el oficio de ajustador. Ramón montó también un pequeño tren de galvanizado para alambre, pues como dije anteriormente el gusanillo que se hacía para las cortinas necesitaba el alambre galvanizado, por lo que había que pedirlo así pero a partir de montar el tren de galvanizado pedían el alambre normal y lo galvanizábamos nosotros.

El tren de galvanizado era bastante complejo. Tenía un horno de ladrillos refractarios con una cubeta de acero fundido en la cual se fundía el zinc. El horno era alimentado por un mechero de fuel-oil. Se colocaban los rollos de alambres en unas bobinas similares a las de las máquinas de hacer los ganchillos, se pasaba el alambre por un puente de hierro sumergido en ácido para su decapado. Al salir del ácido, pasaba por unas zapatas de goma con cierta presión para su secado y antes de entrar en la cuba del zinc pasaba por unas segundas zapatas para asegurarse de que no quedasen restos de ácido ni humedad alguna, ya que si entraba un tramo de alambre un poco húmedo en el zinc fundido, pega como tuvimos ocasión de ver más de una vez, tal explosión que la cubeta del horno queda vacía del caldo contenido a mas de mil grados centígrados.

Os podéis hacer una idea lo que le ocurriría a aquel que le salpicase un poco de aquel caldo a tal temperatura. Ni que decir tiene como había que estar continuamente pendiente del tren de galvanizado más de uno, pero al que le tocaba estar al lado del horno y con un pequeño rastrillo de chapa limpiando la superficie del zinc fundido en la cuba, para que no se formasen escorias, tenía que estar protegido con chaqueta y guantes de amianto. Además de tener ante él y la cubeta un gran pantalla protectora de metacrilato, había que estar al mismo tiempo retocando continuamente la presión de las zapatas de goma para que no pasase la mas mínima humedad.

Un día estaba pendiente de la cuba del zinc un peón que se llamaba Ángel. No sabemos que fue a hacer, el caso es que levantó la pantalla de metacrilato para hacer algo más cómodo se conoce, con tan mala fortuna que en ese momento entró un tramo de alambre algo húmedo y pegó el zinc tal explosión que quedó la cuba por la mitad. A Ángel como tenía la protección de la pantalla levantada, le abrasó toda la cara y menos mal que el resto del cuerpo lo tenía protegido con la chaqueta de amianto, de todas formas lo llevaron con el coche del Sr. Segura al hospital en estado grave y estuvo bastante tiempo ingresado en grandes quemados, porque hay que darse cuenta que donde quiera, que salpicase una gota de aquel caldo perforaba la carne como si fuese un papel de fumar y seguía perforando hasta enfriarse. Sencillamente era ¡terrible!

Por otro lado, el otro peón que había tenía que estar metiendo y sacando los rollos de alambre en una cuba grande llena de ácido, teniéndolos metidos cierto tiempo antes de ponerlos en las bobinas para decapar la mayoría del barniz y grasa que solían traer. Este hombre tenía que usar continuadamente guantes de goma y un gran delantal de goma también, que le cubría desde las punteras de los pies hasta el pecho, con todo ello siempre les salpicaba algo de ácido metiendosele dentro del guante, de tal forma que las manos las tenía ennegrecidas y picadas como llagas a consecuencia del ácido. Este hombre que casi siempre le tocaba andar con el ácido se llamaba Paco y era de Málaga. Vivía en el grupo de Iturribide de Lejona. Hubo un tiempo en que nos juntamos trabajando allí, Paco, un hijo llamado Manolo, dos sobrinos suyos, llamado Manolo también y el pequeño Paquito, mi hermano Roque, Sixto y yo.

Mi hermano Roque, como sabemos, trabajaba en “Harino Panadera” y siempre de noche, por lo cual tenía que dormir de día con la consiguiente molestia para todos, principalmente para él, que no le dejaban dormir a gusto, pues como éramos tantos en casa siempre hay quien no guarda continuamente silencio. Además en aquella habitación dormían cuatro hombres más por consiguiente siempre había quién tenía que entrar o salir. Un día, ya harto de todo esto, le hablé a Ramón para ver si podía mi hermano entrar a trabajar allí en Mesla. Claro que él como no sabía nada de taller y con su edad, tenía que entrar de peón, pero por lo menos dormiría de noche como todos. Una vez que le hablé a Ramón, éste a su vez habló con Segura y me dijeron que sí podía ir a trabajar y así lo hicimos. Entonces era así de sencillo el buscar trabajo o cambiar de uno a otro.

En este taller aprendimos un poco de todo, incluso de albañilería, ya que cuando hacíamos una máquina nueva o simplemente se reformaba alguna o se cambiaba de sitio, teníamos que hacer todo el anclaje para la misma. En primer lugar, se marcaba el sitio donde iba a ir colocada, picábamos un poco el suelo, colocamos la máquina, nivelándola perfectamente. A continuación, le hacíamos el encofrado en cuadro alrededor las patas con una altura de diez o quince centímetros. Luego hacíamos la masa con cemento arena y grijo, llenando el encofrado con ella dejándolo hasta el día siguiente como mínimo.

Cada vez que nos poníamos a hacer una masa para lo que fuese, si estaba el Sr. Segura en el taller, se ponía encima muy pendiente del cemento que echábamos y casi siempre nos decía que no hiciésemos la masa tan rica. Quería decir que no echáramos tanto cemento. “Esa masa es muy rica. ¡Menos cemento!, nos decía.

Al principio de estar en Mesla, Luis como oficial de primera que lo era, nos mandaba y había que obedecerle igualmente que a Ramón, ya que era nuestro oficial más directo. Allí cerca había una tienda de ultramarinos y casi todos los días nos mandaba a uno a comprar algo para el bocadillo. Le gustaban mucho las naranjas cuando era su tiempo, así como los higos pasos, también le gustaba hacernos bromas, como se decía entonces “putadas”. Un día que me mandó a mí a la tienda y, entre otras cosas, le traje higos pasos. Al poco tiempo de estar comiendo me llamó. Yo me acerqué y me ofreció un higo, lo cogí y le di un mordisco, noté algo raro en el sabor pero no le dije nada y seguí comiéndolo mientras que él se reía. El muy … ¡puñetero! se había entretenido en meterle al higo por “la coronilla”, grasa consistente y yo me lo comí con ella.

Bueno como apuntaba al principio, recordar como Ramón tenía un carácter muy fuerte. Tal era así que tenía fuertes discusiones también con Segura “el Tiburón”, pues éste no admitía de muy buen grado que Ramón supiese mejor que él lo que había que hacer y como, en cada trabajo y para llevar mejor el taller. Un día tuvieron una gran bronca en el departamento de la fragua. Nosotros, desde el taller, veíamos a través de la cristalera como gesticulaban los dos con los brazos y oíamos las voces aunque con el ruido de las máquinas no se entendía lo que decían, pero al poco rato salió Ramón y se dirigió a su cuarto de vestuario, que lo tenía en el piso de arriba cuando bajó lo hizo mudado con la ropa de calle, se dirigió a Luis diciéndole que se marchaba para no volver y así lo hizo. Luego nos contó Luis que lo último que le había dicho Ramón a Segura fue que se marchaba porque si seguía allí, un día le iba a dar con la porra en la cabeza. Luego a raíz de todo aquello como era natural, Segura le hizo encargado a Luis.

Luis vivía en Axpe y como los demás cada día iba a comer a casa en bicicleta o algo parecido, pues tenía una que era el cuadro, las ruedas y medio manillar. En una de las cubiertas tenía un huevo que acabó reventándosele y como todo lo hacíamos a lo grande, no se le ocurrió otra cosa que liarle todo el trozo que pillaba el reventón con cinta aislante incluida la llanta y como era la trasera y solíamos tener freno único en esta rueda, pues ahora tampoco podía frenar teniéndolo que hacer con el pie sobre la rueda delantera pero claro cuando iba andando aquel nudo de cinta en la rueda le hacía ir dando botes.

En el taller nosotros nos hacíamos nuestra propia herramienta blanca, como eran escuadras, compases, gramil etc. y un día a Luis se le ocurrió el hacer con un trozo de chapa inoxidable, la insignia del coche mercedes, se la colocó a la bici en el manillar, o mejor dicho, en el medio manillar. Entonces la bautizó con el nombre de “la Mocha”.

Siguiendo la calle Erribitarte hacia la ría estaban, y están aún, a la derecha los llamados Talleres de Lamiako y a la izquierda, Maderas Biltosan. Aunque el primero ya no funciona, el pabellón sigue ahí. Pues bien a partir de la pared de Biltosan, la calle nuestra y la Vidriera, en estos terrenos que hoy ocupa el Barrio de Ibaiondo, había un campo de fútbol que llevaba su nombre: “Ibaiondo”. Luis era muy aficionado al fútbol. Es más, jugaba en un equipo que se llamaba “Siempre Adelante” y muchas tardes cuando salíamos del trabajo, él se iba a entrenar al campo con su equipo y otras veces tenía partido contra otro. Cuando jugaban algún partido, yo me iba con él y entraba gratis. Los obreros de Maderas Biltosan se ponían asomados por la tapia que daba justo encima de una portería y de allí veían el partido.

Las cocinas de butano

En aquellos años, como podéis suponer en las casas las cocinas eran todas de carbón, o en las casas de los más pudientes las tenían eléctricas. Ya hacía algún tiempo que había marchado Ramón cuando salió el butano y no sé cómo se lo montaron Segura y Luis, pero el caso es que en la Calle Amaya, frente al entonces cuartel de la Guardia Civil, tenía Segura una caseta y la habilitaron para taller, medio camuflado, desde luego, pero consiguió Segura que Iberduero le metiese la corriente industrial. Se hizo con unas bombonas de butano y empezaron a traer de las casas las cocinas eléctricas para cambiarlas a butano.

Empezaron a venir los materiales tales como el tubo de cobre necesario ya recocido en rollos, las llaves de bronce así como las cazoletas y todo los quemadores venían de la fundición en bruto. Luego, nosotros las teníamos que mecanizar, ajustar y montarlas. Normalmente las cocinas solían tener tres placas eléctricas y el trabajo nuestro consistía en desmontar y anular dos placas, luego montar la correspondiente instalación con tubería de cobre, sus llaves y quemadores transformando aquellas dos placas en butano es decir, en cocina mixta.

Este trabajo normalmente lo solíamos hacer fuera de las horas del taller de los ganchillos y según veía yo también un poco a escondidas, pues siempre tenían la precaución de mantener la puerta cerrada y hacer el menor ruido posible.

Lo más complicado de aquello era el ajustar las llaves con los mandos, pues tienen que ir a la perfección para que no pierdan nada de gas, ya que estas llaves llevan varias piezas, entre ellas dos cónicas y con unos barrenos de un milímetro y otros eran de medio (0,5 mm), para las dos posiciones de fuegos, máximo y mínimo, para lo cual había que tener un pulso de mucho cuidado con el taladro, ya que estas miniaturas de brocas se rompían casi con la mirada. De hecho, rompíamos bastantes, pero era un riesgo ya asumido por el jefe. Una vez barrenados estos conos, teníamos que ajustarlos esmerilándolos manualmente a base de esmeril fino con aceite. A continuación venía el montaje y la prueba en todos los circuitos con una mecha de papel encendida para comprobar si había alguna fuga de gas.

Con este trabajo estuvimos bastante tiempo, hasta que ya empezaron a salir de fábrica las cocinas propias de butano, pero de todas formas duró mientras que yo continué trabajando en Mesla. Por cierto que me gustaba aquel trabajo porque la verdad es que era bonito y de mucha precisión, además como lo hacíamos fuera de horario, Segura nos pagaba las horas extras que no venían de perlas.

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0467. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 8.2

Además de trabajar a diario como un… “andaluz” (mucho), nuestro muchachito Juan Calderón Salas también encontró estupendas formas de diversión: los baños en la playa de las Arenas con los amigos (en dónde aprendió a nadar de “sopetón”), las carreras en bicicletas alquiladas que se les quedaban en las manos del mal estado en que estaban y los campamentos de verano y excursiones con el Frente de Juventudes.

Manual Arias Paz

Si por algo me gustan tanto estas memorias del niño de la Ermita es porque es absolutamente fiel al pasado, sin mezclar en sus recuerdos juicios a posteriori, o sentimientos corregidos por el conocimiento posterior de la historia. Así, nos ofrece un relato inocente, sincero y fiel de las ventajas y diversiones que le aportó su militancia (obligatoria, por otra parte) en el Frente de Juventudes. ¡Es increible los detalles que recuerda de su visita al Valle de los Caidos! Únicamente aqui, no puede evitar Juan hacer un juicio a posteriori sobre lo que descubriría con el paso del tiempo.

Chico listísimo, sacó partido de la situación sin salir contaminado. 🙂

8.2.La playa, las bicicletas y los campamentos del Frente de Juventudes.

La playa de Las Arenas

En aquel tiempo íbamos mucho a la playa de Las Arenas que siempre estaba a tope de gente, pues todavía no había ni contaminación ni nada y por otro lado era la playa ideal para los más jóvenes y para los que no sabían nadar como era mi caso, pues como está tan resguardada jamás había oleaje, siendo ideal para los niños. De modo que siempre estaban todas las “chachas” de Las Arenas con sus respectivos críos.

Esta playa entonces estaba muy bien: tenía sus casetas reglamentarias, sus servicios bien cuidados, sombrillas y sillas de alquiler, así como unas barcas de pedales para dos personas de alquiler también.

En esta playa aprendimos muchos a nadar. Entre ellos me cuento, pero yo lo hice de una forma un tanto especial. Resulta que desde la arena hasta el embarcadero del Club Marítimo había una serie de bloques cuadrados de piedra u hormigón, entre las rocas de relleno y el agua, los que nosotros teníamos catalogados de 1ª, 2ª y 3ª categoría. El primero estaba en la propia playa y solamente le cubría el agua hasta la mitad cuando subía la marea. Este era de los niños para saltar desde arriba, puesto que aunque estuviese la marea alta nunca cubría a nadie.

El segundo, por estar más adentrado en el agua, ya aunque la marea estuviese baja te cubría por la mitad, por tanto cuando estaba alta solo iban los que ya sabían nadar medio regular. Y por ultimo, el tercero en éste aunque la marea estuviese baja cubría dos veces la altura de una persona. De modo que cuando se iba aprendiendo a nadar se iban adelantando los bloques para las zambullidas de “chombos”, por lo que solíamos decir: “mira “fulanito” ya se tira del segundo bloque o el otro se tira ya del tercero” y así nos distinguíamos el rango de nadadores.

Entre todos nosotros los que mejor sabían nadar eran José, su hermano Ignacio y José Luis. Éstos se tiraban de cabeza del tercer bloque y se iban nadando hasta una boya que había cerca del Morro de Churruca. Se subían a ella y estaban un rato y luego volvían. Los demás, que no sabíamos nadar y me refiero a mí concretamente, nos limitábamos a mirarles desde el bloque sentados con los pies hacia el agua tomando el Sol.

Como aprendí a nadar

Fue uno de esos días que estaba yo esperándoles en el tercer bloque. Aquella vez estábamos todos, Daniel, que tampoco nadaba mucho, Paco, José Mari y José Luis. Era la hora de la marea alta. Llegaron nadando Ignacio y José, juntándonos todos encima del bloque pues era muy amplio. En aquel momento estaba yo tumbado tomando el sol y empezaron a salpicarme agua. Seguido me cogieron entre José y José Luis: uno por las piernas y otro por los brazos, diciendo que me tiraban al agua.

Yo estaba bastante tranquilo pues otras veces también lo habían dicho y no me tiraron, pero aquel día empezaron a balancearme: a la una…, a las dos … y a las ¡tres!. Me lanzaron al agua. Entonces, yo viendo que me hundía empecé a patalear y no sé cómo cogí brazada en el agua y flotaba, empecé a avanzar hacia el bloque y salí por mis propios medios. Todos empezaron a aplaudirme. Entonces yo me animé de tal manera que me lancé de cabeza al agua otra vez y salí nadando tranquilamente. Así fue como aprendí a nadar lo poco que se, que dicho sea de paso es muy poco, pero aquel día fue suficiente.

Una vez, José Luis inventó un sistema para quitarse el bañador con el pantalón puesto y eludir al “guarda-playa”. Resulta que le puso al bañador una cremallera en un costado de arriba abajo, de forma que metiéndose la mano por la cintura del pantalón, se soltaba la cremallera y sacaba el bañador por una pernera sin quitarse el pantalón.

Un día fue a probar el invento, diciéndonos como iba a quitarse el bañador delante del guardia sin que este le pudiese decir nada y así lo hizo, pero se equivocó. El guardia le estaba mirando y cuando se sacó el bañador por la pernera del pantalón, yo creo que ya fue por chulería, pero el caso es que se vino para donde estábamos diciendo, que como se había quitado el bañador en la playa le tenía que multar y tras discutir un rato le quitó el bañador y se lo llevó.

Aquel guardia era andaluz y antes de ser guardia en el Ayuntamiento de Guecho, había sido fotógrafo en el puente colgante. Todos lo conocían de fotógrafo como “el sevillano”. No es por nada, pero de guardia tenía fama de ser un chulo y desde luego cada vez que podía lo demostraba, como aquel día con el bañador de José Luis. Otros le llamaban “el gitano” pues además de ser flaco y alto, era muy moreno, tanto que parecía mulato.

En aquel tiempo había una especie de tradición: todo el que llegaba aquí por vez primera, lo primero era visitar el puente colgante y hacerse la foto allí. Era lo típico para mandársela a los familiares que habían quedado en su tierra. Al pie del puente hay una plaza y una fuente circular con sus chorros de agua. Aquí siempre había un fotógrafo con una máquina parecida a la que llevaba “el retratista” aquel en “Venta Alegre”, de esas que parecen un cajón con trípode y una manga negra por donde el tío metía la cabeza. Este fotógrafo tenía un caballo de cartón colocado al lado de la fuente para montar a los niños y hacerles las fotos. Aquellas fotos que les decían “de minuto” aunque a veces tardaba más de veinte. Además, salían algunas veladas con la imagen similar al negativo, lo que era blanco salía negro y lo que era negro salía blanco, a mí concretamente me gustaba mucho ver como el de la máquina de patas hacía las fotos. Luego las metía en un recipiente con un liquido e iba apareciendo la imagen. Tal es así que si me dejaban, me tiraba las horas mirándole.

Resumiendo. Al parecer cuando aterrizó por aquí “el sevillano” se conoce que tenía algo idea de hacer fotos. Se compró una máquina y siempre andaba por los alrededores del Puente Colgante, con la máquina colgada del cuello, pidiendo a las gentes que se dejasen fotografiar. Los que accedían le pagaban le daban la dirección y él les mandaba las fotos por correo.

Posteriormente le salió lo de meterse a guardia y como entonces no pedían nada más que saber leer y escribir, pues se metió, y como en aquel tiempo se respetaba tanto a cualquier municipal, aquel se lo tenía creído y abusaba de ello como el día del bañador.

Las bicicletas de alquiler

Otra de nuestras actividades los domingos a las mañanas, era ir a alquilar bicicletas para andar, pues todos sabíamos andar pero no teníamos aún bici propia nadie. Había un garaje en Portugalete, detrás del hotel, justo donde empieza la “Cuesta de las maderas”, que es muy pendiente y llega hasta arriba donde están los cines. Las bicis las había de todos los tamaños pero mal equipadas, ya que en el mejor de los casos podías coger, si llegabas a tiempo, una que tuviese un freno a la rueda trasera, pues la mayoría no tenían nada: las ruedas, el sillín y el manillar pelado. El cambio de piñones aún no se conocía.

Estas bicicletas las alquilábamos por horas o medias horas, según el dinero que teníamos, pues nos costaba a peseta la hora. Si la bici era un poco buena, que tuviese un freno y todo, entonces el tío aquel te cobraba cinco o seis reales la hora y como no estaba el horno para bollos, la mayor parte de las veces nos teníamos que conformar con media hora que nos costaba dos reales.

Cuando cogíamos las bicicletas, casi siempre hacíamos el mismo recorrido o el más fácil, pues todavía había alguno que no dominaba este arte muy bien. Se trataba de ir hasta Santurce y volver. No nos sobraba mucho tiempo, sobre todo a los que tenían solamente media hora, porque siempre había algún contratiempo: uno que se cae, a otro se le sale la cadena, esto era lo más habitual, ya que estaban todas hechas unos cacharros, y eso si no tenías la mala suerte de pinchar. Entonces tenías que venir con la bici en la mano y corriendo para que no se te pasara el tiempo que tenías de alquiler.

Este era el recorrido de los más novatos. Para los más veteranos o atrevidos, que sabían andar bien, estaba el subir y bajar la famosa “Cuesta de las maderas” que a mediados de la cuesta tiene una rampa verdaderamente dura, que se quedaba la bici clavada y tenías que ponerte de pies, haciendo una fuerza terrible con el manillar y los pedales.

Me acuerdo de una vez que uno de estos ciclistas que no era de nuestra cuadrilla, hizo tal fuerza entre pedales y manillar subiendo esta cuesta, que se le rompió la cadena y se llevó tal golpe con la barra entre … “las piernas” que perdió el conocimiento durante unos momentos. Algo parecido como le ocurrió a Daniel aquella vez en Berango cuando dio vuelta de campana y pego con la cabeza en la carretera.

Claro, estas cosas ocurrían por el estado en que estaban las bicis. Las cadenas viejas super-pasadas, al igual que los manillares, que también a otro, en otra ocasión lo partió por la mitad. Seguramente estarían medio podridos. Por otro lado, como la cuesta era tan pendiente y las bicis no tenían frenos, había que frenar metiendo el pie sobre la rueda y hubo a quien le falló el sistema de frenado y se metió en el hotel, con bici incluida, a través de una cristalera que tenía éste, justo frente a la bajada de la cuesta.

Algo parecido a esto le ocurrió otra vez a José en Algorta: bajaba la cuesta que hay desde las barreras del tren hasta la carretera de Fadura y claro, tenía el mismo sistema de frenos que aquellas del hotel. José bajaba la cuesta en dirección al cruce de Berango y cuando iba llegando quiso echar el freno pero tenía las alpargatas sin atar y cuando metió el pie a la rueda, ésta le enrollo la alpargata quitándosela del pié, y ahora … ¿quién es el guapo que mete el pié? Total, que la bicicleta cada vez a más velocidad llegó al cruce, pero tenía que hacer un pequeño giro a la izquierda para seguir la carretera, que a su vez entra en un puente que salva el Río Gobela, pero como venía a tal velocidad, naturalmente siguió recto cruzando la carretera y volando sobre el borde de ésta fue a empotrarse de cabeza con bici incluida, en un huerto que había en la misma orilla del río.

El Frente de Juventudes

En aquellos tiempos, en todos los pueblos había una Delegación del Frente de Juventudes, implantada por la Falange de Franco, a la cual teníamos que estar afiliados todos los chavales con edad escolar obligatoriamente. Este tema es quizás … un poco delicado para explicar el porqué todos asistíamos al Frente de Juventudes. La verdad es que, al margen de la ideología de cada uno de las cuales, yo no me enteraba porque no conocía otro sistema nada más que aquel, en el cual me había tocado vivir e ignoraba entonces que hubiese esas diferencias políticas que desgraciadamente hoy conocemos.

Yo simplemente veía como El Frente de Juventudes tenía muchas cosas buenas: allí estábamos recogidos y teníamos actividades, juegos de todas clases como eran el tenis de mesa (ping- pong), teníamos juegos de damas, ajedrez, parchís, la oca, etc.

Allí aprendí yo a tocar el laúd, la armónica y algo de guitarra, pues teníamos un profesor de música. Nos enseñó solfeo y formamos una rondalla con guitarras, laúdes, bandurrias y armónicas. Hacíamos tablas de gimnasia, practicábamos el lanzamiento de disco y de jabalina.

Los campamentos de verano

En verano teníamos campamentos que íbamos durante un mes. En ellos hacíamos vida al estilo militar, en tiendas de campaña y con mucha disciplina, que siempre aprendes muchas cosas. Estos campamentos estaban en Espinosa de los Monteros, provincia de Burgos, a orillas de un río, frente a unas montañas con grandes picos rocosos por un lado y por el otro teníamos un gran bosque de carrascas, acacias, robles y mucha maleza de helechos. Un paraje muy propicio para hacer las guerrillas y emboscadas que llevábamos a la práctica con otro campamento que había un poco más río abajo. Claro que, nunca se sabía por parte de nadie, quién, cuándo, ni por dónde iban a atacar.

Naturalmente, así como hacíamos vida militar, también vestíamos el uniforme de Falange que era: pantalón corto beige, camisa azul con los emblemas; en el bolso derecho el águila blanca con el escudo; en el izquierdo bordado en rojo, el yugo y las flechas; boina roja, medias blancas hasta la rodilla y botas negras, ¡ah!, y en el brazo izquierdo un brazalete rojo y negro con el yugo y las flechas también. Además teníamos la ropa de deporte, pantalón corto negro, camiseta sin mangas blanca y playeros.

El campamento estaba formado normalmente con las tiendas en un gran círculo. En el centro, el mástil de las banderas que era uno con una cruceta arriba para las tres banderas: en el centro y un poco más alta, la bandera de España con el escudo de Franco en el centro; en el brazo de la derecha, la de Falange roja y negra con el yugo y las flechas en el centro, y en el brazo izquierdo la Requeté, que es blanca con un aspa central en rojo.

La actividad del campamento, como digo, era típicamente militar. Nos levantábamos a toque de diana, formando delante de las tiendas para pasar lista. A continuación, cada uno cogía su toalla, la pastilla de jabón, el cepillo de dientes, el tubo de profiden y todos al río, a lavarse la cara y los dientes con agua fresca. De regreso al campamento, a uniformarse y formar para izar banderas. A continuación, a desayunar, a hacer las camas y la limpieza de las tiendas. Luego la actividad que programase el jefe de campamento, que podían ser por grupos y diferentes, como labores para el mantenimiento, trabajos manuales, marchas por el bosque, monte, hacer la instrucción con mosquetones de madera. Esta actividad a muchos les valió cuando fueron a la mili para librarse de algún que otro arresto.

Los rangos en los campamentos dentro del Frente de Juventudes eran los siguientes: por orden, de mayor a menor: un delegado o secretario (jefe del campamento), jefe de centuria, lleva sobre el yugo y las flechas una galleta con tres flechas bordadas en blanco. El jefe de Falange lleva del mismo modo dos flechas y el jefe de escuadra lleva una. Luego, toda la tropa que se denominaban “flechas”.

Como dije, había dos campamentos. El más cercano al pueblo era el de las tiendas de campaña de lona. El que estaba más río abajo, era de barracones de madera y los llamábamos, campamento de arriba al de las tiendas de lona y campamento de abajo al de los barracones de madera. Yo, el primer año que asistí a ellos, fui al de arriba y el segundo año ya fui al de abajo. A unos metros de los barracones, ya cerca del río, teníamos los servicios, urinarios y retretes a los que llamábamos “letrinas”.

Los domingos y festivos a las tardes salíamos de paseo al pueblo, es decir, a Espinosa de los Monteros. Antes de salir, teníamos que formar todos uniformados y los respectivos jefes de cada escuadra o falange nos pasaba revista para que fuésemos todos en perfecto orden de limpieza. Cuando el jefe de campamento daba el visto bueno, salíamos todos en formación con paso de maniobra hasta llegar a Espinosa. Allí nos mandaban romper filas y nos decían a la hora que teníamos que reunirnos para volver y nos dejaban la tarde libre para nosotros.

Al margen de los campamentos de verano, teníamos también, en época de invierno, una semana de cursillos intensivos en albergues. Esto era normalmente en Plencia. Había un edificio grande y lo utilizaban para ello. En estos Albergues de cursillos intensivos, nos enseñaban a manejar una máquina de fotos, hacíamos belenes grandes, sobre una plataforma, sirviéndonos de sacos viejos con escayola y luego se le daban los colores de hierba, nieve y agua a los ríos. En estos cursillos aprendimos a manejar una máquina de cine y algunos trucos en las distintas tomas, así como lo que era un primer plano, un segundo plano o un primerísimo plano.

Cuando había algún acontecimiento de carácter político en Bilbao, nos llevaban a todos uniformados. Íbamos en el tren con los billetes pagados claro: los pagaba la organización. Además, por Navidad, nos solían dar también algún regalo. A mí concretamente en vísperas de Navidad del año 1957, me preguntó el “delegado” de Lamiako, un tal Mariano, que a ver lo qué quería, ya que tenía un regalo pendiente como premio al servicio del verano anterior en el campamento. Entonces, yo como siempre me han gustado tanto los coches y la mecánica, le dije que me gustaría el “Arias Paz” (Manual del automóvil) y me lo regalaron. Este es el libro más completo que hay de mecánica.

En el campamento me dieron un premio, consistente en un bolígrafo y un banderín con el escudo del Frente de Juventudes. El mismo día en que me daban el premio, cuando estábamos formados en el centro del patio como era habitual para el acto de “izar banderas”, el jefe de campamento me llamó. Salí de la formación y me fui hacia él, saludando como lo teníamos que hacer: con el brazo en alto al estilo nazi y diciendo ¡Arriba España! Entonces me mandó ir al pie del mástil para acompañar a los otros dos jefes al acto de “izar los estandartes”. Aquello, sin lugar a dudas, era para el que lo hacía un honor. Posteriormente ya en Lamiako me regalaron el libro. El hogar, en un principio, lo teníamos en una planta baja de la calle Autonomía, en la carretera de la ría. Entonces, aquella calle se llamaba Avenida del Ejercito, aunque todos, mayores y chicos, la conocíamos como “la carretera”. Posteriormente, lo trasladaron a un primer piso encima del bar Artabe (hoy Celta de Vigo) junto a la iglesia de Lamiako.

Me acuerdo que cuando estábamos en el local de la carretera, teníamos un jefe que se llamaba Cantero y era cojo, pues tenía una pierna más corta que otra, pero con bastante diferencia, pues cojeaba mucho. Era andaluz y tenía bastante deje. A nosotros nos hacía mucha gracia cuando íbamos marcando el paso y él mandando: ¡uno! ¡dos! ¡uno! ¡dos!. Pero cuando decía el ¡dos! que corresponde al pie derecho, Cantero daba la “cojetá”. Entonces, alguno de entre la fila decía ¡y medio! y como es natural, todos estallábamos en risas. Él se mosqueaba y con su deje andaluz decía ¡Menos cachondeo! ¿eh? ¡que a mí no me gusta er cachondeo!. Y nosotros, como es natural, nos reíamos más aún.

El Frente de Juventudes, en aquella época, tenía bastante peso por lo que fui yo comprobando posteriormente. Cuando uno iba a buscar trabajo a cualquier taller u otro sitio, si estabas afiliado al Frente de Juventudes, se lo pensaban dos veces antes de decirte que no. Es más, si no lo estabas, era cuando te podían poner pegas para darte el trabajo.

Cuando llegaba la época de los campamentos de verano, el jefe del taller donde estuvieses trabajando, tenía que darte permiso para que te fueses ese mes a dicho campamento, sin pegas de ninguna clase, aunque por dentro se estuviese mordiendo las tripas, maldiciendo al Frente de Juventudes y a todo el régimen de Franco, pero tenían que tragar y dejarte ir, y ¡ojo! que además tenían que reservarte el puesto en el taller para cuando volvieses.

En aquellos tiempos, existía una organización semi-secreta que le llamaban “la Guardia de Franco” y todos los militantes de ella llevaban su pistola guardada. Un día me di cuenta de ello por lo ocurrido con el profesor de música que teníamos y que al parecer pertenecía aquella organización. Resulta que veníamos no sé por qué motivo de Santurce en el tren un grupo de la rondalla con él. Íbamos cantando alguna canción del Frente de Juventudes, como era habitual. El caso es que surgió alguna discusión por alguien que se molestó con ello. Entonces el profesor, que era de la Guardia de Franco, en un arrebato de chulería como era costumbre en ellos, por estar respaldados por el régimen, sacó su pistola del bolso trasero del pantalón y exhibiéndola dijo: y ahora cantamos el Cara al Sol, y nos pusimos todos a cantar el “Cara al sol”. Cuando nos bajamos en nuestro destino, la estación de La Iberia en Sestao, nos figuramos los comentarios de los pasajeros de aquel vagón. Pero estas cosas solo ocurrían en aquellos tiempos.

En otra ocasión, allá en el año 1957, coincidiendo con el 18 de Julio, nos llevaron a Madrid de excursión en autobús. Hicimos una parada en Burgos, visitando la Catedral y parte de la ciudad. Luego en Madrid, visitamos El Escorial, las habitaciones de los Reyes de España de cada época, así como las capillas y posteriormente sus respectivas tumbas. Era todo fantástico y seguro que si no es por el Frente de Juventudes, eso no lo hubiese yo visto nunca, como tampoco hubiese visto el Valle de los Caídos, que lo visitamos a continuación. Otra maravilla, pues también lo vimos todo por dentro y por fuera subiendo hasta la enorme cruz que preside el valle. Nos llamó especialmente la atención los crucifijos del Vía Crucis: a parte de ser grandes estaban todos hechos a base de piedras preciosas incrustadas despidiendo destellos verdes, azules, o rojos, según la piedra y en la posición que se miraban. Estuvimos viendo la tumba de José Antonio Primo de Rivera que está al pie del altar mayor.

Luego de nuevo en el exterior hay una gran explanada, que mirando hacia arriba se ve la enorme cruz sobre el monte, debajo del cual esta la capilla principal, picada en la roca viva y sobre la cornisa de la entrada hay unos leones de piedra tumbados, que para hacerse una idea de su tamaño, baste decir como alguno de los allí presentes subió a ellos dando la vuelta por la parte de atrás de la montaña y una uña de los leones era mas grande que el hombre. En esas proporciones era todo aquello, o sea, que mirando desde abajo te entraba complejo de hormiga. La cruz según nos explicaron tenía ciento cincuenta metros desde la base arriba y los brazos de la misma cincuenta cada uno.

Todo ello es como digo ¡Una maravilla! Si no fuese por que parándote a pensar el ¿cómo se hizo?, ¿porque se hizo? y con ¿que mano de obra se hizo? ¡Con los presos españoles de la guerra civil! medio muertos de hambre y posteriormente allí, los acabaron de matar poco a poco de hambre y trabajando bajo el látigo de sol a sol.


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0466. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 8.1

Después de los trabajos de repartidor de tiendas de ultramarinos, nuestro niño de la Ermita de Verdiales, Juan Calderón Salas, nos cuenta la manera en que llenaba su escaso tiempo de ocio con juegos, cine y… cante. Pero no cante por verdiales, sino por la figura más popular de esos años 50s mediados: Antonio Molina. Me hubiera gustado escuchar a este pequeño “coreano” cantando a la andaluza por los caminos de aquellos barrios bilbainos.

Cancionero Antonio Molina

Diversiones de domingo y de entre semana

La dársena de Lamiako

Había en la Dársena de Lamiako unos charcos de agua filtrada de la ría a través de la arena, en los cuales todos los chavales del barrio nos íbamos a bañar en ellos en la primera ocasión que tuviésemos, bien cuando salíamos de la escuela, en cualquier rato libre que teníamos o, simplemente, nos escapábamos para ello, que solía ser lo más normal. Estos charcos eran conocidos por todos el barrio como “Los pozos de los coreanos“.

En la dársena había también un caserío en el cual vivía Pascual Bilbao. Este hombre tenía ganado: vacas, gallinas, cerdos, etc., así como huertas, ya que disponía de casi todo el terreno de la dársena preparado en parcelas, además de las cuadras y corralizas para el ganado.

Esta dársena abarcaba entonces desde la estación del tren en Lamiako y por la pared de Agra, “la fabrica del Tulipán” hasta la ría, seguimos por la carretera hasta la Unquinesa, hoy Dow Chemical, y volviendo por el Río Gobela hasta Lamiako otra vez, ya que entonces aún no existía la carretera que hoy lleva el nombre de Dársena de Lamiako y que bordea a la misma. Calculo que abarcará de 3500 a 4000 M2. Esta zona fue utilizada durante la guerra civil, como campo de aviación.

Cuando nosotros vinimos aquí no había más carretera que la de la ría, con su línea eléctrica para los trolebuses que hacían el recorrido Algorta-Bilbao. El trolebús es un autobús eléctrico, con ruedas de goma normales como un autobús pero sin raíles en la calzada y con un tendido eléctrico del cual toma la corriente mediante dos “troles”, de ahí la palabra trolebús. La diferencia con el tranvía es que éste, además de necesitar raíles, lleva un solo “trole”.

El Río Gobela en aquel tiempo estaba limpio y había tramos en los que nos bañábamos, como era el llamado “Chombito”, en el cual incluso pescábamos a caña, ya que había unos peces parecidos a las sardinas pero con la tripa muy abultada. Creo que los llamábamos “loinas”. Aquí como digo, nos bañábamos aunque teníamos que hacerlo prácticamente a escondidas y en silencio, de lo contrario, enseguida venía la guardia civil a despacharnos, ya que el cuartel estaba aquí cerquita: simplemente tenían que atravesar las vías del tren, cosa que mucha gente hacía pues solo las separaba de la calle un pequeño muro de ladrillos.

Los juegos en el barrio

Dentro del capítulo de los juegos en el barrio, a lo que más jugábamos cuando salíamos al recreo sobre todo era “al burro seguido”. Esto consiste en ponerse en fila lateral y agachados apoyando los codos en las rodillas, los últimos cogen carrerilla y apoyando las manos en la espalda del primer agachado, van saltando uno tras otro, cuando llegan al final, se coloca él para que salten los demás y a la vez el que va quedando en ultimo lugar, se incorpora saltando tras el último así sucesivamente.

Pero, ¿que ocurría cuando a uno le tenían un poco de manía? Que al tiempo de saltar se dejaban caer dándole un fuerte culazo en la espalda. Esto como es natural, también nos lo hacían siempre a los forasteros o “coreanos” y si protestabas la próxima vez no te dejaban jugar.

También jugábamos a la pelota mano en el frontón que teníamos junto a la plaza de las Escuelas. Me acuerdo como se nos hinchaban las manos: se nos ponían como sapos y luego para bajar la hinchazón y el dolor, porque dolían bastante también, nos acercábamos a la orilla del río, metiendo las manos en el agua y apoyándolas sobre alguna piedra nos la pisábamos para bajar la hinchazón.

Teníamos otros juegos como “el oficio”, “el chorro morro pico tallo”, “el pedo” y todos los que apuntaba anteriormente, como “la garza”, “la trompa”, “el taco y palmo”, las canicas, “el pañolito”, etc.

En aquel tiempo, el río Gobela, entre las estaciones de Las Arenas y Lamiako, transcurría por el trazado que hoy ocupa El Metro, y las vías del tren entonces transcurrían por toda la Calle Earle, hoy Langileria, por lo que el río estaba lleno de pequeños puentes desde La Chopera, hasta la estación de Las Arenas, para cruzar de las casas al “caminito negro”.
El llamado “Chombito” estaba justo donde ahora el Metro empieza a emerger cuando sale de la estación de Las Arenas, prácticamente frente a lo que era el Cuartel de la Guardia Civil, por eso cuando nos bañábamos si hacíamos mucho ruido con los chapuzones, venían en seguida a echarnos.

En la plaza de las Escuelas donde hacíamos el recreo, había unos árboles los que nos servían en parte para nuestros juegos y para los volatineros (titiriteros), para colocar los altavoces cuando venían al barrio, pues siempre se instalaban en ésta plaza. En época estival solían venir muy a menudo compañías a hacer sus actuaciones, montaban el escenario en la puerta de la escuela y se servían de los árboles para montar la megafonía y demás adornos.

Las actuaciones solían ser siempre a las diez de la noche y a ellas acudía todo el barrio cada uno con su silla o banqueta para sentarse. No cobraban entrada pero a media función hacían una rifa de unas botellas de bebidas, alguna manta, una sobrecama, etc. La recaudación de esta rifa era lo que sacaban de su actuación, pero nosotros los chavales como no teníamos una peseta, ni banqueta que estábamos sentados en el suelo, en el momento que empezaba la rifa, nos escabullíamos de un lado para otro hasta que pasaban por donde estábamos y luego nos volvíamos a colocar por donde ya habían pasado vendiendo los boletos.

Yo no había visto estos espectáculos desde aquella vez, como decía en el primer capítulo de Verdiales, que fueron a Venta Alegre la compañía de Carajaula. Además nosotros los llamábamos “Titiriteros”. Así que cuando yo oí la primera vez en Lamiako decir ¡Esta noche hay volatines! sencillamente pregunté ¿Y eso que es? y me dijeron que eran títeres. Era un espectáculo, cada vez que venían volatineros, ver como se movilizaba todo el barrio para acudir a ellos: cuando la Delta tocaba el “cuerno” dando las diez, salían todos con sus sillas y banquetas bajo el brazo para la plaza de las Escuelas.

Las salidas los domingos

Los domingos lo primero, como dije, era ir a misa. Luego jugábamos a lo que fuese en el barrio con cuidado, desde luego, de no mancharnos, pues estábamos vestidos de domingo. Después de comer nos íbamos reuniendo en nuestro punto habitual, que era delante de mi casa y cuando estábamos todos, arrancamos para Portugalete o para Santurce. Una vez allí, lo primero solíamos ir al cine, normalmente al Gran Cinéma de Portugalete pues casi siempre daban película del Oeste, que eran nuestras preferidas.

Al salir del cine solíamos ir al “Bar la Perdiz” que estaba prácticamente a la puerta del cine: no había más que subir cuatro escaleras. En este bar jugábamos al futbolín y al billar. Luego nos íbamos a la plaza del baile al “Chicharrillo”. Si nos había sobrado algo del cine, antes de ir a la plaza nos comprábamos un bocadillo en el bar, que siempre era lo mismo: dos filetes de anchoas en salazón o una sardina en aceite, con una rodaja de pan a cada lado. Este bocadillo nos costaba una peseta con cincuenta, o dos pesetas, que había que tenerlas claro.

Después del bocadillo, el que tenía para comprar un cigarro compraba un cigarrillo Bisonte. Era el tabaco rubio que había entonces. Nos costaba diez céntimos el cigarro por ser rubio. Lo encendíamos e íbamos pasándonoslo, dando una “calada” cada uno hasta que lo acabábamos. Normalmente nos llegaba para una “calada” por cabeza, a lo sumo dos. Todo esto lo hacíamos de camino al baile. El que se quedaba el último con el cigarro para darle la última “caladita”, si llegaba hasta el baile con él, se iba “pavoneando” delante de las chicas, echando humo.

Cuando nos cansábamos una temporada de estar cada domingo en Portugalete, nos íbamos a Santurce, aunque el programa era el mismo: primero al cine, que había tres y dependiendo de la película que diesen, íbamos a uno u otro. Por aquel tiempo daban muchas del Oeste, de los Hermanos Marx, de “El gordo y el flaco”, bélicas y de piratas. Lo primero siempre era el NODO, dibujos animados, y la película.

En Santurce al salir del cine la misma operación que en Portugalete: había un bar llamado “El Bocho” y éste era el sitio del bocadillo de los filetes de anchoas o la sardina. Este bar era un poco más caro: aquí nos costaba de dos a dos cincuenta el bocadillo. Al terminar el “bocata”, comprábamos el cigarrillo Bisonte, y seguidos a la plaza del baile.

Cuando íbamos a Santurce, que desde luego era la mayoría de las veces, la pega que teníamos era el disponer de menos tiempo, pues a las diez había que estar en casa, “sin ninguna clase de disculpas”, y claro como íbamos y volvíamos andando, si nos descuidábamos un poco en el baile, casi siempre nos tocaba ir corriendo para coger el puente colgante y llegar a Lamiako a las diez.

Entre semana, solíamos ir al cine en Las Arenas, que entonces había dos: el Gran cinéma y el Social, que le llamaban “El Teatrillo”. Nuestra mayor afición, como se puede ver, era el cine. Otras veces, si conseguíamos permiso, íbamos al último pase: de diez a doce. Si era en verano, o simplemente hacía buen tiempo, cuando salíamos a las doce de la noche del cine, nos íbamos a la playa de Las Arenas a bañarnos. Como a esas horas no había nadie, nos bañábamos todos en pelota picada.

Al cabo de unos años de estar en Lamiako, hicieron el Cine Arenal en Romo y un poco después el Barría en Las Arenas. Me acuerdo perfectamente cuando inauguraron el Arenal con la película El hidalgo de los mares, protagonizada por Gregory Peck, una película de barcos veleros de la Armada inglesa. Este cine estuvo unos años funcionando muy bien, posteriormente cambio de empresa y le pusieron el nombre de Bikain, pero ya no funcionaba lo mismo: fue decayendo bastante. Además, cuando hicieron el Barría, aún siendo de la misma empresa, le fue quitando bastante audiencia porque daban mejores películas, de tal manera que para mantenerlo empezaron a dar funciones matinales infantiles hasta que por fin lo cerraron definitivamente.

Hidalgo de los Mares

En aquellos años de los cincuenta fue cuando empezó a ser famoso Antonio Molina. Vino en persona a cantar al Cine Grande de Las Arenas y ¿como no?, todos los amigos fuimos a verle. Aquello fue ¡maravilloso! Entonces, cuando salía una figura de éstas, en seguida sacaban cancioneros con todas las coplas que cantaba, a mí me gustó tanto que me fui comprando todos los cancioneros que salían de sus coplas y me las sabía todas, así que a todas horas estaba yo cantando por Antonio Molina, y la verdad es que no lo hacía del todo mal, pues entonces yo tenía fuerza en la voz y aguda como él, por lo que no me era muy difícil el imitarle.

Tal era así que cada domingo, cuando salíamos de Lamiako para Portugalete o Santurce, mis amigos me animaban y me llevaban todo el camino cantando por Antonio Molina, pues a ellos también les gustaba. En aquel tiempo, con el régimen de Franco, entre tantas cosas prohibidas, una era la de cantar por la calle de noche. Por tanto si lo hacías, enseguida te perseguían los “chivas” y al que cogían lo llevaban al cuartelillo o le ponían una multa.

Una noche veníamos de Portugalete por la calle Mayor de Las Arenas y lo hacíamos cantando bilbainadas y rancheras, que eran nuestro plato fuerte, pero en un momento, por una bocacalle apareció un municipal, llamándonos para que nos acercáramos, pero como sabíamos a lo que nos exponíamos, echamos a correr cada uno por un lado para despistarle. Entonces “el chiva” empezó a tocar el silbato y de seguida empezaron a acudir mas guardias persiguiéndonos “silbato en ristre” como si fuésemos ladrones o algo parecido.

El caso es que cada uno corrió por donde pudo, provocando una autentica estampida entre las calles de Las Arenas y Santa Ana. Al cabo de un rato fuimos apareciendo en Lamiako a intervalos y jadeantes, contándonos mutuamente cada uno por donde habíamos corrido para despistarlos, pues en aquel tiempo, un simple municipal tenía bastante autoridad.

Otro tanto de lo mismo ocurría en las playas en verano, que ponían “guarda playas”. Eran los mismos municipales pero con la chaqueta y gorra blancas, en lugar de negras como la utilizaban habitualmente. En las playas, entonces, no te podías cambiar envuelto en una toalla ni de ninguna manera, o por lo menos no te podían ver porque te multaban al momento. Había que hacerlo en las casetas que costaban entonces dos pesetas y podías dejar la ropa guardada pero… ¿quién tenía dos pesetas entonces? Aquél era el problema.

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0465. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.7

Nuestro intrépido niño de la Ermita, instalado desde hace dos años en Lamiako, deja la escuela para echar una mano en la economía familiar y empieza a trabajar de repartidor de tiendas de ultramarinos.

Ya se veía venir su afición por máquinas, motores y camiones. Aunque entonces no las “montaba” o conducía, un camión de raparto le ganó un divertido apodo: Vicentillo el forzúo. Sigan leyendo y descubrirán cómo nuestro Juan Calderón Salas ganó fama de harrijasotzaile entre los tertualinos de la tienda de Quintana.


Aquinaldo - Autocamion

En la tienda de Uríbarri

Cuando hice la comunión, me salí de la escuela para irme a trabajar de “pinche” a una tienda de ultramarinos en Algorta que se llamaba Ultramarinos Uríbarri, en la Avda. de Basagoiti, cerca del Casino de Algorta. El dueño se llamaba Julián Uríbarri y vivía en Lamiako en la casa llamada “de las higueras”, junto a las vías del tren.

Mi trabajo en aquella tienda consistía en repartir, con una caja al hombro, piso a piso por toda Algorta los pedidos que las señoras le hacían por teléfono a Julián. En aquella caja tenía que llevar varios pedidos a la vez. Era una caja ovalada de las que venían con frutas y le llamábamos “pañil”, al menos en Andalucía, yo las había conocido por ese nombre.

Cuando llenaba la caja con los pedidos que tenía o, mejor dicho, con los que cabían, me echaba la caja al hombro y a recorrer casas, pisos o chalets y cuando terminaba el porte, volvía a la tienda a por otro viaje y vuelta a empezar. Eran tales las cargas que me metían en la caja, que yo creía tener el hombro rebajado. Desde luego, callo sí que tenía, del borde de la caja, pero hasta hacerme el callo, las pasé pu… bueno, “moradas”.

Yo dejé la escuela para este trabajo, porque había que arrimar unas pesetas a casa para la causa alimenticia. Trabajaba de nueve de la mañana hasta las ocho de la tarde. Tenía dos horas y media al mediodía para venir a casa a comer. A media mañana Julián me ponía un bocadillo que consistía en un bollo con una loncha de membrillo y otra de queso entre pan y pan, que lo tenía que comer sobre la marcha con la caja al hombro. Rara vez lo podía comer en la trastienda tranquilo, mientras me preparaban los pedidos que tenía para repartir. Todo ello, para ganar diez duros al mes.

Posteriormente me iría a Las Arenas, a otra tienda para el mismo trabajo, pero ganando dos duros más al mes y además estaba más cerca de casa. En aquella tienda vi yo por primera vez un teléfono. Era de aquellos negros super-fuerte, y que el auricular pesaba 500 gramos. Casi siempre la mayoría de los pedidos los hacían las señoras por teléfono, pero nadie cogía éste cuando sonaba, si no era Julián o alguno de los dos hijos que estaban con él despachando. Los tres con sus sendas batas blancas. A los “pinches” nos daban una gris.

Yo siempre tuve la ilusión de hablar por teléfono. Sabía, porque ponía mucha atención en ello, que cuando sonaba éste, al cogerlo y al “dígame” solían preguntar “¿Con quien hablo?”. Con “Casa Uríbarri” respondía el que lo había cogido. Como anécdota decir que un día sonaba el teléfono, estaban todos ocupados despachando a sendas señoras, por lo que yo decidí cogerlo “¿Dígame?“, dije todo decidido. “¿Con quien hablo?” escuché al otro lado del hilo. ¡Con el pinche de Julián! me salió todo contento y decidido, pero vino Julián más que deprisa corriendo y quitándome el auricular de las manos dijo disculpándose ¡Casa Uríbarri! Perdón Señora, perdón. El “pinche” no debió coger el teléfono. Hasta ahí llegaba el protocolo. Cuando terminó de hablar con la clienta, como era de esperar, me echó la consiguiente regañina y decididamente, no lo volví a coger.

Yo tenía que hacer cuatro viajes al día, de Lamiako a Algorta, para ir y venir a la tienda, por ello me mandaron hacerme unas fotos de carnet para sacarme un pase del tren mensual, el cual tenía validez desde Luchana hasta Urduliz, Domingos y festivos incluidos, por lo cual, como me gustaba tanto viajar en tren, aprovechaba el pase presumiendo ante mis amigos, para ir cada Domingo al “Gran Cinéma” de Algorta, sin tener que sacar billete como ellos. Así cuando venía el “pica” pidiendo el billete al llegar a mí yo orgulloso decía “pase“, como veía hacer a todo el que lo tenía, y el “pica” pasaba, pero había algunos desconfiados, que eran unos “huesos” e insistían en verlo y había que enseñárselo.

Cuando salíamos del cine, que estaba en la misma Avda. de Basagoiti, frente a éste estaba la plaza del baile, con un quiosco para los músicos en el centro, y todos los Domingos había baile. Nosotros nos quedábamos hasta que nos parecía razonable en el bullicio de la plaza (que todavía existe) así como el edificio del cine, aunque éste no funciona como tal. Había otro cine más al centro de Algorta y cerca de la tienda donde yo trabajaba. Este sí existe hoy todavía. Es el Cine Guréa, lo que ocurría era que en este cine, daban películas para mayores y era más caro, por lo tanto no íbamos casi nunca.

Julián, como dije tenía varios hijos: uno era soltero y estaba con él en Algorta y otro de ellos, casado, tenía otra tienda de ultramarinos en Las Arenas, en la calle Urquijo, que también se llamaba “Casa Uríbarri”. También tenía una hija casada y el marido de esta lo tendría yo, años después, de profesor de dibujo en la escuela nocturna de “Artes y Oficios” de La Delta, a la que asistía a las “tardes-noches” después de salir de trabajar de un taller, como explicaré mas adelante.

Julián, algunas veces, me mandaba unos días a Las Arenas a la tienda del hijo para hacerle los recados. Todo esto eran trabajos pesados para nosotros que éramos unos chavales, pero no cabe duda que nos enseñaba mucho: primero a conocer todas las calles del entorno donde nos movíamos, que ya era muy bueno, y segundo aprendíamos a tratar a la gente, incluso de alto rango, como era el caso cuando estaba en Algorta, pues a veces tenía que repartir a clientes de Neguri, que es dónde estaba y aún sigue, toda la aristocracia.

En el primer caso, no solamente conocíamos el entorno donde trabajábamos: conocíamos también el resto de los pueblos, ya que cada Domingo organizábamos nuestras propias excursiones, unas veces andando, otras en bicicleta o en tren. Por ejemplo, tuvimos una temporada, que cada Domingo nos reuníamos por la mañana en la puerta de mi casa (calle Earle, 48), que era como ya dije, donde Felipe Saez, el padre de Jose Mari, tenia la Bodeguilla debajo de mi casa. Este era el punto de reunión.
Allí nos solíamos reunir habitualmente todos: los hermanos José e Ignacio, Daniel, “Charli”, Jose Mari, “Achamari”, Paco Alonso, Jose Luis Nieto, “Carioco”. Éramos más en la cuadrilla, pero éstos éramos los más habituales, pues además estaban Emilio Arévalo, Juan Aguirre, “Angelchu”, el de la Simona, etc. Muchas veces, después de estar esperando, nos teníamos que marchar sin “Achamari”, porque su padre no le dejaba salir. Por otro lado, Juan Aguirre, era el que menos venía porque vivía en Munguía.

Cuando nos reuníamos los que habíamos quedado, salíamos andando a hacer el siguiente recorrido: íbamos a la playa de Las Arenas, de allí arrancábamos a andar por el muelle hacia la playa de Algorta Ereaga, cuando llegábamos al puerto viejo, seguíamos por las rocas a orillas del mar, por toda la costa de Punta Galea, hasta llegar a la playa de Sopelana (la playa salvaje), de aquí salíamos a la carretera de La Rabasterra y volvíamos andando, ahora por la carretera, Berango, Algorta y Las Arenas hasta Lamiako.

Por las rocas, en algunos tramos, teníamos que pasarlo escalando las paredes de los acantilados lateralmente para evitar que nos alcanzasen las olas, y otras veces había que esperar sobre una roca, el golpe de mar y cuando retrocedía el agua, saltábamos corriendo rápidamente a otra roca porque ya venía la siguiente ola. Mas de una vez nos alcanzó el agua dándonos una buena ducha, sobre todo a Daniel, porque el hombre era un poco torpe andando, por un pequeño defecto que tenía en las piernas, de ahí que le llamáramos “Charli” cariñosamente, desde luego, aunque a él no le gustaba mucho.

Otras veces, hacíamos el recorrido al revés, íbamos por la carretera y volvíamos por las rocas de la costa, aunque esto lo hicimos pocas veces, por ser mucho mas pesado, pues el recorrido por las rocas era muy peligroso y al hacerlo al revés, que ya llegábamos a Sopelana cansados de andar por la carretera, resultaba aún más peligroso

Desde luego, la mayoría de los Domingos, si conseguíamos bicicletas para todos, unas alquiladas y otras de los hermanos mayores (como era mi caso), entonces hacíamos muy buenos recorridos en bici. Mi hermano Roque tenia una bici de corredor y aunque no le gustaba que yo la cogiese, como trabajaba en Harino Panadera de noche y dormía de día, pues yo aprovechaba para cogerla. Claro que luego, la tenía que limpiar muy bien para que no se diese cuenta y si se daba cuenta por lo menos, si la veía limpia no se enfadaba mucho.

En la tienda de Quintana

Bueno, me he desviado un poco de lo que iba narrando sobre mi trabajo de “pinche”. Con motivo de estar, en ocasiones, en la tienda de Uríbarri de Las Arenas, fue como me enteré de que había otra en la calle Mayor, que necesitaban un pinche.

Alguna vez estuve en ella, ya que entre los tenderos se relacionaban cambiándose alguna mercancía que les faltaba en determinado momento y así me enteré de que efectivamente, en la tienda de E de La Quintana, necesitaban un pinche, porque el que tenían, que precisamente era mi amigo José, se marchaba de “botones” al Club Marítimo de Las Arenas.

Además, pagaban dos duros más que en la de Uríbarri. Por tanto, hablamos José y yo entre nosotros primero y posteriormente con Rufino Quintana, que era uno de los dueños, y me dijo que sí, que necesitaba un pinche porque José se marchaba de botones a “servir a los ricos”, y además, me dijo que tendría que ir algunos días con su hermano Juan Ángel a repartir patatas con el camión por las demás tiendas, así como pulpa y paja para el ganado. Por ejemplo, íbamos a un chalet que había en el paseo de Zugazarte que se llamaba “BAQUE-EDER”, que tenía grandes caballerizas, y el cuidador era un hombre andaluz ya bastante mayor que se llamaba “Curro”, y me acuerdo que con Juan Ángel siempre andaban de bromas, pues era muy gracioso y además tenia un deje andaluz muy cerrado. Naturalmente, todos le llamaban “Er Curro”.

Bien. Introducido este inciso, decir que en cuanto me enteré que iba a andar en un camión, ya no necesité más: inmediatamente le dije a mi madre que fuese a hablar con Rufino para formalizar las cosas, pues estaba claro que yo no podía decidir por mi solo. Fue mi madre, habló con él y quedaron de acuerdo en que yo me iba con ellos. Una vez acordado esto, le pedí la cuenta a Julián Uríbarri y me vine con Los hermanos Quintana ganando nada menos que doce duros al mes. La tienda tenía el nombre de “Eusebio de La Quintana” por otro hermano mayor que había fallecido. Por ello, Rufino regentaba la tienda y Juan Ángel repartía con el camión.

Por todo lo dicho anteriormente, es comprensible que en esta tienda, tenían también almacén de patatas y cereales para los ganaderos (aldeanos) y era lo que se repartía con el camión. Aquí estaba yo más a gusto, por varias razones: estaba más cerca de casa, andaba con el camión y en bicicleta. En la tienda había una que aunque era grande para mí, Juan Ángel le puso un sillín amarrado en la barra, porque yo no llegaba al suyo y así andaba con ella. Luego le puso una parrilla delante del manillar, con la cual, de vez en cuando, iba yo a llevar las cosas a las casas: ya no era todo a pie con el cajón al hombro, como en la tienda de Uríbarri.

Me acuerdo de un día que salí con la bicicleta a repartir con la parrilla delantera llena de cosas. Era una de las primeras veces y salía yo todo contento, pero nada mas salir y cruzar la calle, tenía una curva bastante cerrada que iba para Santa Ana y al tomarla demasiado despacio, pues acababa de arrancar, se me dobló la bici y no pude guardar el equilibrio y me caí tirando por el suelo todo el contenido de la parrilla y rompiendo la mayoría de ellas, como eran las botellas, paquetes de arroz o azúcar, que solían ser todos de papel y las botellas de cristal, pues todavía no existía las de plástico. Antes de levantarme del suelo, estaba ya Rufino junto a mí, pues como no había hecho más que salir y él se había quedado en la puerta de la tienda viéndome marchar, me había visto caerme y salió corriendo para ayudarme. Tuve que volver a la tienda, cabizbajo como es natural y preparar nuevamente el pedido con la consiguiente regañina por parte de Rufino. En esta tienda estaba yo más contento y a gusto, ya que había otra armonía, pues venían amigos de Rufino y Juan Ángel a la tienda y echaban sus ratos de tertulia y bromas.

Estando yo aquí, conocí la mayor nevada que había visto jamás, fue en Febrero del 54, cayó tal cantidad de nieve que estuvo toda Vizcaya varios días incomunicada. Haceros una idea lo que fue, si os digo como cogimos un metro y clavándolo en la nieve de la acera en la misma puerta de la tienda, medimos 45 centímetros de espesor. En la puerta de la tienda en la acera, en invierno, se ponía un hombre con un puesto de castañas asadas, ya sabéis: con una de esas máquinas de tren en miniatura. El hombre se llamaba “Quintela”. Cuando aquella nevada el hombre andaba con la nieve por las rodillas pero no daba a basto asando castañas.

Todo el que pasaba le compraba una o dos pesetas, que entonces con ello tenías para hartarte, y desde luego estaban muy buenas, tanto es así que, cuando llegaba el tiempo de las castañas asadas, en cuanto se ponía allí Quintela, las propinas que cogíamos repartiendo, no nos duraban en el bolso. Nada más hasta llegar a la tienda, soltaba la caja de repartir, y a por castañas asadas: nos daban diez castañas a la peseta, que no era moco de pavo.

De los amigos de Rufino y Juan Angel que venían a allí a la tienda todas las tardes a la tertulia, había dos que eran los más asiduos visitantes diarios: Alberto San Cristóbal y “Pachico”, carpintero y cuñado de Rufino éste último, tenía un taller de carpintería en la Travesía de Urquijo, justo debajo de donde vivía Juan Ángel. A todos ellos les gustaba bastante el vino, sobre todo a “Pachico”. Pues en cuanto venía alguno de ellos, se iban al Bar La Viña, que estaba pegando a la tienda, a echar sus “chiquitos”, dejándome a mí en la tienda.

Normalmente, esto lo hacían cuando no había nadie a quien despachar, aunque yo ya despachaba algo de vez en cuando. Además, también solía estar una hija de Rufino algo mayor que yo. Si estaba ella, se solían ir más a menudo y si hacía falta se le llamaba en un momento determinado. Muchas veces venía también a la tertulia “El Curro”. Además cuando venía a hacer los pedidos para los caballos, también se quedaba un rato con todos ellos.

La hija de Rufino se llamaba Angelines, aunque ellos le llamaban “Gelo”. Ella se lo tenía muy creído, el ser “la hija del amo” y como era mayor que yo, quería manduquear sobre mí, aunque el padre le reñía por ello. A él no le gustaban esas cosas, así que cuando Rufino no estaba, ella se aprovechaba, pero yo como sabía que a él no le gustaba que fuese tan mandona conmigo, no le hacía caso, por lo cual ella se enfadaba más todavía.

La mujer de Rufino y hermana de “Pachico” se llamaba María Zabala (Rufino la llamaba “Marichu”). Era una “señora”, y dueña de la Fonda Zabála, que ocupaba el bloque comprendido entre la Calle Mayor, Andrés Larrazabal, Paulino Mendivil y otra calleja que viene del Gran Cinema a la calle Mayor. Todo ese cuadro lo ocupaba con amplios jardines el edificio de La Fonda Zabála. Hoy lo ocupa el Banco Bilbao. Muchas veces comí yo allí, en la cocina claro, con otra hija que tenían mayor que Angelines, más guapa y simpática. De llamaba Mari, como la madre. Entre las dos regentaban la Fonda.

Con el camión de Juan Ángel

Yo, cuando le hacía falta a Juan Ángel, iba con él a repartir con el camión. Mi función era ponerle los sacos de patatas de pies en la orilla para que él, desde abajo, se los echase cómodamente a la espalda. Llegue a cogerle el truco a los sacos, que aunque pesaban 40 kilos, los manejaba encima del camión con cierta facilidad: los cogía por las orejetas de la boca y los ponía de pies, les metía la rodilla en el centro y con un pequeño impulso, los ponía en el borde del camión, con tal facilidad, que Juan Ángel lo contaba divertido y contento a su hermano Rufino y en las tertulias con los amigos.

Tal fue la propaganda que hizo Juan Ángel de mi facilidad para mover los sacos de patatas, con lo canijo que yo era, que me dieron entre bromas y cariñosos el apodo de “El forzudo”, y después Alberto San Cristóbal le añadió el nombre de Vicentillo, por lo que me quede ya entre ellos con el nombre de “Vicentillo el Forzudo“. Posiblemente, por aquella época, hubiese algún harrijasotzaile (así le llaman a los levantadores de piedras) y el famoso de turno quizás se llamase Vicente, como el de ahora se llama Iñaki Perurena. De cualquier forma ¡vaya nombre qué fueron a buscar para los practicantes este deporte! ¡Harrijasotzaile! (Si no es leyéndolo, no lo pronuncio).

Tal fue la aceptación que tuvo entre ellos aquel apodo, que otro amigo de ellos, dueño de la Librería López, muy famosa en Las Arenas, se encargó de hacerme, a partir de entonces, las tarjetas de Navidad gratis cada año. En aquellos tiempos, era costumbre de todos “los pinches” y repartidores, el hacer unas tarjetas de felicitación por Navidades, para al tiempo de felicitar las Pascuas, entregando una en mano con el pedido: se veían en el compromiso de darte el “aguinaldo”.

Como decía, el Sr. López, dueño de la librería me hizo las tarjetas de Navidad normales, con mi nombre y el de la tienda gratis, para felicitar a los/as clientes. Pero además, hizo otra tanda de ellas, para que les diese a cada uno de ellos y a los clientes de más confianza, con el nombre de “Vicentillo el forzudo” y con el dibujo de un harrijasotzaile levantando la piedra.

El texto de aquellas tarjetas era el siguiente:

EL PINCHE DE QUINTANA
LE DESEA FELICES NAVIDADES
Y UN PROSPERO AÑO NUEVO 1954.

Luego estaban las que me hizo para los amigos:

VICENTILLO EL FORZUO
LES DESEA FELICES NAVIDADES
Y UN PROSPERO AÑO NUEVO 1954

En ambos casos, las tarjetas llevaban por todo el contorno los dibujos clásicos de Navidad, como las hojas de acebo, las campanillas y los Reyes Magos, pero aquel año, las de “el Forzúo”, en lugar de los Reyes Magos, el señor de la Librería, le puso, como dije, el dibujo del tío aquel levantando la piedra. A partir de entonces toda la cuadrilla de Los Quintana, me llamaron “Forzúo”. Además, como yo tenía bastante deje andaluz, ellos me lo decían imitando el deje andaluz, que por cierto no les salía nada bien, pero como me lo decían cariñosamente y entre bromas, nos hacía gracia a todos.

Aquellas tarjetas de Navidad, las hacían todos los repartidores, fuesen del gremio que fuese: recadistas como yo, que entonces los había en todas las tiendas, los carteros, que entonces tampoco había buzones en los portales y entregaban las cartas en mano. Por ejemplo, el cartero entraba al portal, que tampoco existían los porteros automáticos, y una vez dentro tocaba un silbato como el de los árbitros, y a continuación gritaba ¡Carterooo! La gente se asomaban a la puerta, y el cartero nombraba a los que tenían carta. El que oía su nombre bajaba a por ella al portal y en paz.

También pasaba las tarjetas el carbonero, que llevaba los sacos de carbón a casa para las chapas de las cocinas, pues tampoco había todavía butano. Todos entregaban sus tarjetas, y no necesariamente tenían que entregar algún pedido para ello, simplemente se podían dedicar un día o varios a recorrer los domicilios, entregando las tarjetas de felicitación puerta por puerta sin más, recogiendo el aguinaldo. Todo esto era normal.

La caída de Daniel

Los Domingos, como apuntaba anteriormente, hacíamos nuestras excursiones a pie o en bicicletas. Los que conseguíamos bicicletas nos íbamos hasta la playa de Plencia, al Castillo de Butrón… Alguna vez llegamos hasta Durango por Bilbao subiendo por Achúri y Bolueta.Claro está, en aquel tiempo no andaban cuatro coches por las carreteras.

Me acuerdo perfectamente de un día el susto que nos dimos viniendo de Plencia: veníamos por la carretera a la altura de Berango, en esta zona es todo llano y por la ausencia de coches, marchábamos con las bicicletas emparejados de dos en dos charlando. Delante de mí iba Daniel con otro. En un determinado momento, se juntaron tanto que a Daniel se le metió una palomilla de su bici, entre los radios del otro que iba a su lado, dando una vuelta de campana el pobre de Daniel, pegando de lleno con la cabeza en la carretera, sonando con un característico “crac”, como haría una sandia al reventarse, quedando boca arriba con la cabeza en el sentido contrario a la dirección que íbamos, totalmente inmóvil y más de uno exclamamos cagados de miedo ¡Daniel se ha matáo!

Gracias a Dios, no fue más que el susto, pues después de unos segundos dándole tortazos y poniéndole de pies entre todos reaccionó, pero eso sí, luego tuvímos que hacer el resto del camino a pie turnándonos de dos en dos para traerle cada uno de un brazo, ya que venía medio aturdido y otro teníamos que traer la bici pues la rueda delantera le había quedado hecha un ocho. De modo que así andando hicimos el trayecto de Berango a Lamiaco.

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0464. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.6

Episodios entrañables de las Memorias de Juan Calderón Salas sobre sus primeros años de emigración del “Niño de los Verdiales” a Bilbao: su tardía Primera Comunión, y las tareas diarias de escuela, juegos y como en los tiempos de la Ermita de Verdiales, las largas caminatas para llevar la comida al padre trabajador y esforzado.


Mi primera comunión

Por fin llegó el gran día. Tengo que decir como en aquel tiempo la primera comunión se hacía con siete años y yo cuando me llegó el día tenía trece, lo que era otro problema añadido porque no había ropa de comunión para mí. Tampoco me veía yo, con trece años, vestido de marinero. Mi catequista era una chica muy maja y supongo que sería de Cáritas aunque no sé si entonces existía esta asociación: en aquel tiempo eran de Acción Católica. El caso es que ella me agenció la ropa, pero claro está, era ropa de calle no de primera comunión, la cual tuve que ir a recoger la víspera a su casa que vivía en Gobelas.

La ropa que me dieron para tal acontecimiento, como se puede ver en la foto fue lo siguiente: un pantalón corto de paño gris, camisa blanca y corbata, jersey con cuello de pico granate, medias gordas grises hasta la rodilla y zapatos marrones. El Crucifijo con su lazo blanco al cuello, guantes blancos y el misal con el rosario en la mano izquierda. La verdad, no sé si iba peor así que si hubiese ido de marinero.

Mi Primera Comunión (1953)

Mi Primera Comunión (Lamiako, 1953)

Yo no sabía lo guapo que iba o si la gente se reía de mí, tan mayor con aquella pinta, pero lo que sí puedo decir es que iba más orgulloso que un ratón encima de un queso. Tal era así, que después de salir de la Iglesia y cumplir con los protocolos de repartir las estampitas de recordatorios y demás, me fui yo solo a pasear por Las Arenas todo orgulloso. Algunos chavales que no me conocían, se paraban y me preguntaban: ¿Tú has hecho la primera comunión hoy?. ¡Pues claro que sí!, les contestaba yo todo orgulloso y seguía mi paseo. Ahora pienso que seguramente aquellos chavales se reían de mí, tan mayor con ropa de calle, y con los artilugios de primera comunión, pero yo iba más contento que unas castañuelas y aquella felicidad de aquel día, no me la quita nadie.

Las Escuelas

Voy a describir cómo estaban ubicadas las Escuelas entonces con relación a la Iglesia. Ésta última está en el mismo sitio, con la única diferencia que entonces tenia por delante de la puerta unos arboles, que hoy no existen y frente a ella había una fuente, a la cual íbamos con los baldes a por el agua para el servicio diario de casa. A la derecha de la Iglesia, donde hoy hay una plaza cuadrada con arboles alrededor, bancos y una fuente en el centro, en aquel tiempo, (década de los 50s), era la plaza de las Escuelas con el frontón, y donde hoy están las escaleras o “gradas” para el campo de deportes, “Futbito”, de ahí arrancaban las escuelas, y por la parte trasera un terraplén, que daba acceso a los sótanos de las mismas, los cuales utilizaban como “perrera” para encerrar a los delincuentes y “rateros”, como apuntaba antes.

En esta “perrera” tengo la imagen de cómo conocí a un hombre encerrado en ella. Estábamos en el recreo y alguno de los compañeros empezó a decir cómo había un ladrón encerrado en la perrera y que fuéramos a verle. Fuimos unos cuantos ya que ninguno quería ir solo. Las verjas de aquel sótano “calabozo” estaban a ras del suelo del terraplén que bajaba por detrás de la Escuela. Cuando yo vi a aquel hombre, detrás de aquellos barrotes, se me vino a la mente lo que oía cuando “los civiles” se llevaban a los hombres de aquellos campos a la cárcel para interrogarles.

A mí cuando vi a aquel hombre, se me hizo un nudo en la garganta, que en mi inocencia infantil y con todo el cariño, no se me ocurrió otra cosa que ir corriendo a casa, pedirle un cacho de pan a mi madre y traérselo a aquel hombre ofreciéndoselo a través de los barrotes, pero no me lo aceptó. Yo me llevé una gran desilusión cuando el hombre me lo rechazó rotundamente, yo diría que hasta con cierto desprecio. Hoy que he llegado a conocerlo a través de los años, no me extraña que actuara como lo hizo. Le conocí siendo yo un niño en el barrio, le he conocido y le conozco de mayor y todo han sido malas experiencias. Aquel hombre era un maleante y además, uno de los que despreciaban a “los coreanos”. Mi hermana Mari le conoce bien, pues después de casada le tuvo de vecino y no tuvo con él nada más que problemas.

A la Escuela entrábamos a las nueve de la mañana; a las once salíamos al recreo media hora y volvíamos a entrar, y salíamos a las 12, cuando La Delta tocaba la sirena y los obreros salían a comer. Era una sirena muy potente. Se oía en varios kilómetros a la redonda y por sus toques de horario se guiaban, no solamente los obreros y las Escuelas, si no todo el barrio, talleres, establecimientos, casas particulares, ya que en aquel tiempo tampoco tenían todos su reloj de pulsera como ahora.

A la tarde entrábamos a las cuatro hasta las seis, que volvía a tocar el “cuerno” de La Delta. En aquel tiempo mi padre trabajaba en La Unquinesa como ya sabemos, en el gremio de la construcción. Era oficial de “Ferraya” en una empresa llamaba Gamboa y Domingo. Él salía para comer a las doce del mediodía. Yo tenía que llevarle la comida porque no le daba tiempo de venir a casa, y como también yo salía a las doce de la escuela, pues mi madre habló con Don Miguel el maestro, para que me dejase salir un poco antes. Así que me dió permiso para que todos los días, cuando salíamos al recreo, me marchase a casa y así poder llevarle la comida a mi padre tranquilamente.

Yo cogía la cesta de mimbre y me iba por la orilla del Río Gobela, entre éste y la fabrica de Metales Ibérica M.I.S.A. En aquel tiempo era el camino que había, relleno de escarabilla negra, desechos de los Altos Hornos de Sestao, por lo que se le llamaba “El caminito negro”, este camino llegaba hasta el puente del Sindicato Agrícola de Lejona. En aquel tiempo no había otra carretera, la de la dársena de Lamiaco no estaba todavía ni en proyecto. Al llegar al puente del Sindicato, cogía por las vías del tren hasta el apeadero de Udondo en la Unquinesa. Aquí pasaba otro puente por las vías del tren y luego seguía el camino paralelo a la tapia de la fabrica por la orilla del Río Udondo. Este camino era también de escarabilla negra y al final de la tapia, en la finca de Chacursulo, me esperaba mi padre para comer.

A mí me chocaba bastante un detalle: mientras mi padre estaba comiendo, todo el que pasaba por el camino le decía: ¡Que aproveche! sin que mi padre le hubiese invitado a comer. Además, mi padre les contestaba: “Gracias, igual“. Pero bueno, pensaba yo ¿Es que aquí todos se llaman Igual?. Entonces no lo entendía.

Cuando mi padre terminaba de comer, yo volvía para casa por el mismo camino que había ido, para comer yo, jugar un poco en la calle y volver a las cuatro nuevamente a clase hasta las seis de la tarde que La Delta volvía a tocar la sirena.

Esta tarea, alternada con los juegos y los preparativos para hacer la primera comunión, la llevé durante un año aproximadamente, fue el tiempo que estuve en la Escuela, hasta hacer la primera comunión.


Después de un año de escuela y de cumplir la Primera Comunión, Janele empieza su infancia de trabajos varios, y ahí terminó su historia escolar.

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0463. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.5

Las historias de Juan Calderón Salas, de su único año de escuela, de sus juegos y de su relación (bien amable, por cierto) con la iglesia y la religión de los años 1950s en Lamiako.

¡Qué ganas me han entrado de ver esa película de la Guerra de los Botones!


En la escuela

Poco a poco fue pasando el tiempo. Mi hermana Antonia, que era la mayor, estaba trabajando con unos Marqueses en Algorta. El Roque se colocó en Harino Panadera, una fabrica de pan que había en Santa Ana y a mí, como no tenía edad para trabajar todavía, decidieron mandarme a la escuela, como era lógico.

Esto fue otra dura prueba para mí, pues como yo no sabia nada de leer, tenía que empezar de cero con la “cartilla Rayas“, que había entonces para aprender a leer las primeras letras del A-B-C-D. Yo con 12 años, tenía que estar en la clase de los más pequeños con la consiguiente extrañeza para ellos, que no comprendían como un chaval tan mayor estuviera en su clase sin saber leer ni escribir.

Cuando salíamos al recreo, que nos juntábamos todos grandes y pequeños, así como las chicas que entonces asistían a clases separadas, todos me tomaban el pelo cachondeándose de mí porque estaba en la clase de Don Miguel con los pequeños. En realidad estábamos de tres categorías en la misma clase, distribuidos en secciones: la 1ª, 2ª y 3ª, que no eran otra cosa mas que distintas filas de pupitres, la primera eran los que empezábamos y como es normal se empezaba por el ultimo pupitre de la fila, luego a medida que iba aprendiendo cada uno, el maestro les iba avanzando de puesto, llegando al de cabeza si seguías superando en el estudio, pasabas al último de la segunda sección y así sucesivamente.

Eso de estar revueltos, como ahora, chicos y chicas en una misma clase, o los chicos con maestra y al revés, eso era una barbaridad. Yo me encontraba en un mundo extraño, estaba aturdido, quizás la palabra más correcta sería “acobardado”. En el recreo, los primeros días todos se me acercaban curiosos y me hacían preguntas de todas clases, hasta los más pequeños me preguntaban cosas que yo por mi aturdimiento, ignorancia o por lo que fuese, no sabia contestar, quedándome como aislado de todo aquello y la verdad es que lo pasaba muy, muy mal.

En aquellos momentos pensaba yo lo fáciles que eran las cosas en “la loma de la ermita” y en Los Verdiales. Que bien lo pasaba yo por aquellos campos con “los guarros”, poniendo trampas en la cañada de El palmarejo, hasta Lo Luis, y buscando nidos con Roque o jugando con mis primos. Entonces me venía a la memoria el fragmento de un verso que había oído en alguna parte y decía así:

Cuantas noches me despierto, buscando la luz del día.
Que bonito es despertar,
Y asomarte a la ventana, con el Sol recién salido.
Que bonita es la mañana, del sitio donde has nacido.

Como decía, hasta la forma de hablar era distinta. En Málaga decíamos papá y mamá. Aquí decían apa y ama. Cuando hacías una cosa que no les parecía bien, te decían ¡Chaval! ¿Eres bobo o que?, cuando lo correcto para mí sera decir´: ¡Niño! ¿T estas chaláo? Hasta los nombres los pronunciaban distintos. Por ejemplo, para decir José o Pepe, decían Jose o Joseba. Si uno se llamaba Manolo, le decían Manu.

¿Y en los juegos? Aquí no jugaban con carritos de pencas porque no hay pencas para hacerlos, ni tiraban piedras con la honda, tampoco hay esparto para hacerlas. Aquí jugaban a canicas, a la trompa en un círculo que llamaban “la garza” y con unas chapas al taco y palmo, se jugaban canicas o billetes del tren. Todos estos juegos eran extraños para mí. Claro, yo veía las cosas a mi manera como es natural.

La escuela tenía dos puertas de entradas: una para los chicos y otra para las chicas. Ambas tenían un par de escalones y un pequeño hall, luego el pasillo y las puertas de las distintas clases, que en total eran cinco: por la parte de los chicos había dos, la primera la de Don Miguel, donde estaba yo, más adentro la de Don Emilio, donde estaban los mayores. Todas las mañanas antes de entrar a clase lo primero de todo, nos ponían en fila en el pasillo a cantar “Por Dios por la Patria y el Rey…” En la parte de las chicas había tres aulas: Dña. Pepita con las pequeñas, Dña. Mari con las medianas y Dña. Narcisa con las mayores.

Fue pasando el tiempo y me fui adaptando a la escuela y a las costumbres de los demás. Hice amigos. También me peleaba con otros que no lo eran tanto, pues siempre había quienes no terminaban de admitir de buena gana a los coreanos y seguían su política de discriminación hacia nosotros.

Naturalmente, formábamos grupos o cuadrillas con los que nos admitían, bien como amigos para jugar o para lo que fuese y luego, estaban los que solo te admitían para ciertos juegos en cuadrillas, pero sin llegar a tener con ellos grandes amistades. Simplemente nos soportábamos mutuamente porque teníamos que convivir y jugar juntos.

En la escuela con los demás chavales, me enteré de que el 6 de Enero pasaban los Reyes Magos y traían regalos para todos, pero claro antes había que escribirles pidiéndoles los juguetes que tú querías. Estos chicos me contaron todo el proceso de este acontecimiento, primero el día 5 a la noche pasaban por el barrio en caballos, y como entonces los mayores del barrio organizaban la cabalgata con todo esplendor y yo los vi de pasar, con aquellos pajes sujetando los caballos de las bridas, con las antorchas y repartiendo caramelos, yo con mi ignorancia y desconocimiento de todo aquello, me lo creí total y absolutamente.

Y ahí me veis, con mis trece años, escribiéndoles la carta a los Reyes para echarla al buzón de correos con toda la ilusión del mundo. Claro que luego no me traían lo que yo había pedido. El primer regalo que me trajeron en Lamiako fue una pistola con un corcho atado con una cuerda, este fue el primer juguete comercial que tuve.

Nuestras batallas en Los pinos

Uno de nuestros juegos favoritos era el de la guerra con espadas de madera y los arcos con flechas. Llegamos a formar verdaderos ejércitos, librando grandes batallas, los de Lamiako contra los de Romo, siendo el campo de batalla la zona llamada Los pinitos, sitio que hoy está todo poblado y sigue llamándose Barrio de los pinos. En aquellos años la zona en cuestión era un monte de pinos y arena que fue desmontado a base de barrenos, pues debajo de la arena todo el monte era roca, luego fueron sacando la arena con camiones para la construcción, dejándolo totalmente llano y edificando lo que hoy es éste Barrio de los pinos, del monte le viene el nombre.

Cuando Los pinitos era nuestro campo de batalla, el terreno se adaptaba muy bien para las emboscadas que nos preparábamos mutuamente y para la captura de prisioneros, que canjeábamos por otro de los nuestros o por un determinado terreno que en este caso considerábamos conquistado. ¿Recordáis la película La guerra de los botones? Pues prácticamente lo mismo hacíamos nosotros en los pinitos. Me atrevería a decir que, seguramente sería la misma época de cuando hicieron aquella película y por lo tanto, la forma de jugar de aquellos tiempos era la misma.

En aquellas batallas llegué a conocer entre los “enemigos” a algunos de los que después serían amigos míos, como Jose Mari Urbano que también eran de Málaga; posteriormente seríamos vecinos en Lejona. También en estas batallas, conocí a mi primo Dieguito, que era del bando contrario porque vivía en Romo y por lo tanto asistía a otra Escuela.

Un día, en plena batalla, a uno de los nuestros se le quedó una flecha disparada por un “enemigo” clavada en la mejilla, justo debajo del ojo izquierdo, quedándosele la flecha colgando. Si va un poco (¡nada!), un dedo solamente, más arriba habría perdido el ojo, pero en aquel momento no se paró nadie a pensar en las consecuencias, simplemente fuimos donde él, le arrancamos la flecha y seguimos luchando. Cuando volvimos a Lamiako, fue cuando recapacitamos en lo que podía haberle ocurrido a Ignacio, que fue el que recibió el flechazo. Luego en el barrio entre nosotros jugábamos mucho a policías y ladrones.

Me cambian de clase

Al cabo de poco tiempo de estar en la escuela me cambiaron de clase. Un día, Don Miguel me llamó a su mesa y me dijo como tenía que pasar a la clase de Don Emilio, porque me correspondía por la edad. Aquello no me sentó nada bien, pues de una forma u otra, ya me había adaptado a aquella clase con los compañeros y el mismo maestro, aunque éste era muy recto y daba mucha leña. Pero yo no tenía opción a elegir, así que pasé a la clase de Don Emilio, de mote “El pajas“. Le llamaban así porque fumaba picadura y liaba unos cigarros muy delgaditos, que parecian pajitas de cebada. Este hombre era más tolerante que Don Miguel. También bastante mayor, alto, delgado con el pelo muy blanco y usaba una gran boina. Posteriormente, fue también Juez de Paz en una pequeña oficina que había en Lamiaco, donde estaba al mismo tiempo un cuartelillo de los alguaciles, justo donde hoy es la entrada para las escuelas actuales. Un poco más tarde, construirían unas duchas municipales.

En la clase de Don Emilio, como los chicos eran mayores, había algunos gamberros que le hacían judiadas al pobre viejo. ¡Con todo el respeto que se les guardaba entonces a los mayores! Pero en todas partes ha habido, hay y habrá gamberros y sinvergüenzas, como en este caso concreto, estaban los hermanos “Salbidea”, que todos los días le hacían alguna al pobre hombre. Por ejemplo, cuando salíamos al recreo, procuraban quedarse rezagados en clase y se entretenían en vaciarle el tintero de la mesa que eran de porcelana, blanca y estaban empotrados en las mesas y pupitres y después de vaciarlo, se meaban dentro, dejándoselo lleno de pis.

Cuando regresábamos del recreo y el hombre se daba cuenta, enseguida sabía quién había sido y mirando al pupitre donde estaban los hermanos Salbidea, gritaba: ¡Salbidea! ¡Venga usted aquí!No me da la gana! Venga usted “pajas”, le contestaba el mayor de los Salbidea. Entonces Don Emilio se levantaba bufando de rabia e iba hacia el pupitre de los hermanos con la vara de castigo en la mano, pero estos se levantaban toreándole alrededor de los demás pupitres corriendo toda la clase, cuando el pobre hombre se cansaba, se sentaba otra vez en su mesa y les imponía un castigo que por supuesto no cumplían.

Algunas veces, viendo que no podía con estos hermanos, le pedía ayuda a Don Miguel y este sí, los emparejaba bien con la vara que tenía: les ponía las manos como sapos. Otras veces, en ultima instancia, le daba parte a Don Clemente, que era entonces el párroco y le respetábamos todos mas que a nadie. En cierto modo, yo creo que era el Director de la parroquia y de las escuelas, y castigo que imponía él, todo el mundo lo cumplía: de Don Clemente no escapaba nadie. Además, según teníamos entendido, tenía el grado de capitán y había sido capellán en el ejercito. Luego también estaba Don Justino, que era el que casi siempre nos daba las clases de religión, había otro tercero por orden de rango, que se llamaba Don Domingo, este ya era bastante viejito y murió al poco tiempo de estar yo en la escuela. Esto seria a últimos del año 1952.

La más gorda que recuerdo de los Salbidea, fue una vez que Don Emilio los dejó castigados sin recreo en clase encerrados y cuando volvimos todos a dentro, se habían entretenido en cagarse en sendas hojas de papel, una la habían lanzado sobre la pizarra (encerado), que tenia el maestro a espaldas de su mesa para ponernos las muestras de los deberes, y otra hoja la habían colocado con su contenido encima de su mesa. Aquella vez ya fue demasiado y tuvieron que intervenir los “chivas” (municipales), encerrándoles en “la perrera“, unos sótanos que había debajo de las escuelas, que utilizaban para encerrar a los “rateros”. Finalmente, acabaron expulsándolos definitivamente de la escuela porque no hacían carrera con ellos.

Todos los domingos era obligación ineludible el asistir a Misa, que teníamos para los chico/as a las ocho y media de la mañana. O sea, que los domingos teníamos que madrugar igual que para ir a la escuela cada día, pero lo hacíamos muy a gusto. En primer lugar, nos levantábamos los primeros, nos lavábamos y vestíamos con la mejor ropilla que teníamos incluida la corbata. En aquella época era lo más normal, casi obligado, el vestir corbata los domingos desde jóvenes. Puedo decir con toda sinceridad, que aquí aprendí a vestir y esto se puede ver comparando las dos fotos que tengo con mi familia, una antes de venir de Málaga y la otra ya después de estar aquí. Claro que también era otra forma de vivir y con otros medios de vida.
En la misa de los domingos, que dicho sea de paso los hombres y mujeres tenían que estar separados, en distintos laterales de bancos, concretamente del pasillo central a la izquierda las mujeres, y a la derecha los hombres, las mujeres tenían que ir obligatoriamente con medias y velo o mantilla. Por otro lado, los hombres tampoco podían entrar a la Iglesia en mangas de camisa o sin calcetines.

Juan y su familia (1951) antes de salir de Los Verdiales

Juan y su familia (1951) antes de salir de Los Verdiales

La familia de Juan Calderón (1954)

La familia de Juan Calderón (1954)

Bueno, como decía, en la misa de los domingos, todos participábamos durante la celebración pues nos habían educado para ello y comulgábamos cada domingo. Claro que, teníamos que ir cada sábado a confesar, de lo contrario no podías comulgar el domingo. Los sábados siempre estaban los tres curas, cada uno en un confesionario y nosotros cada uno tenía sus preferencias para confesar con un cura o con otro. Yo concretamente, siempre me ponía en la cola de don Justino y como me daba corte decirle yo los pecados, siempre le decía: “Padre, es que no me acuerdo, usted me pregunta”. Entonces él me iba preguntando: ¿has hecho esto, has hecho lo otro? y yo le decía si o no. Así, para mí era mas fácil.

Cada domingo en la misa, tanto Don Clemente, como Don Justino tenían muy en cuenta quien iba a comulgar y quien no lo hacia, de tal forma que el lunes cuando iban a darnos la clase de religión, lo tenían presente para atosigarnos a preguntas y para ponernos más deberes sobre la lección correspondiente del Catecismo, cosa que todo puntuaba para las notas finales. Cuando sabían quien había faltado el domingo a misa o lo sospechaban, para comprobarlo le preguntaban a aquel o aquella, quién había celebrado la misa, de que había tratado el sermón en el púlpito, que ropa había sacado el cura, etc. hasta que te cogían en algún fallo. Luego a la hora de estudiar la lección de religión que nos habían puesto, nosotros también hacíamos trampas: si no habíamos estudiado lo que nos había mandado porque estuvimos jugando o lo creíamos muy difícil, me acuerdo que yo le decía:
Don Justino es que no me ha dado tiempo, pero he estudiado el quinto y el sétimo mandamiento. Entonces él me preguntaba aquello que era lo que yo sabía. Esto se lo hice varias veces, hasta que un día ya me dijo: ¡Pero bueno! ¿es que tu siempre estudias lo mismo?. Pero pasó y no me dijo más.

Todo esto también repercutía a la hora de ir a las excursiones de fin de curso de las escuelas. A mí me tocó ir a una excursión de éstas. Claro, como solo estuve un curso en la escuela y no entero, pues no pude ir mas veces tampoco. La excursión a la que yo asistí fue sencillamente ir en el tren a Plencia, a pasar el día en la playa de Gorliz. Claro, que para mí ya era algo extraordinario el ir en el tren con todos.

Aquellos trenes que hacían el recorrido de Bilbao a Plencia, eran todos de madera y tenían cuatro vagones: uno era el motor y estaba dividido en dos clases, 1ª y 2ª. Los de primera no era, ni más ni menos, que una parte del vagón, en este caso el centro, que tenía los asientos tapizados en cuero. Los demás eran todo madera. Luego el siguiente coche era todo de 1ª clase también y los dos restantes de 2ª, con todos los asientos de madera. Y al final del último, tenían un compartimento que le llamaban “el furgón”, donde iban las mercancías y las aldeanas con la vendeja para las plazas de los mercados, así como las pescaderas con las cajas del pescado echando chorros de agua. En consecuencia “el furgón” estaba siempre hecho una “lapachera ”.

La excursión, como digo, fue aquel día ir a la playa. La escuela nos pagaba el billete, pero nosotros teníamos que llevar la comida, concretamente la que yo llevé se trataba de un bocadillo de un filete entre pan y pan, que ya era algo extraordinario, un plátano y un melocotón. Salimos de Lamiako en un tren que pusieron especial para nosotros a las nueve de la mañana y llegamos a Plencia. Luego, andando en fila de a tres hasta la playa, que hay una buena tirada. Cuando llegamos a la playa, nos dieron suelta y unos se bañaron otros jugamos en la arena, al cabo de un tiempo, nos mandaron salir del agua y reunirnos para comer lo que llevase cada uno. Cuando lo/as maestro/as lo creyeron conveniente, nos volvieron a poner en fila de a tres para volver a la estación a tomar el tren para regresar a Lamiako.

Esta fue la gran excursión a la cual yo asistí estando en la escuela. Después vino la preparación para la primera comunión, esto fue otro acontecimiento para mí y para todos desde luego, pero creo que para mí fue algo muy especial, los demás chavales ya sabían como era esto, pues habían visto a otros anteriores como amigos mayores, hermanos etc. pero para mí era totalmente inédito.


No se trata la “Guerra de los botones” original francesa de 1962 (Yves Robert), sino de un “ramake” del 2011, pero ilustra perfectamente las batallas entre pandillas y la escuela en los años 50s, aunque la película está ambientada en los tiempos de la 2ª Guerra Mundial, en España las cosas no habían cambiado mucho desde los años 40s a los 50s.


Dejamos para otro cápitulo de las memorias de Juan de Bilbao el gran acontecimiento de su comunión.

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0462. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.4

El duro desembarco de nuestro niño de Los Verdiales en un entorno completamente distinto del norte de España -Lamiaco- donde tendrá que retroceder (por ignorancia del medio y de las “letras”) a una segunda infancia dolorosa de “coreano”. No es de extrañar que nuestro amigo Juan Calderón Salas añore esos primeros doce años de “rey de la loma de la Ermita” (compartido con sus primos).

Esos primeros años de la emigración y sus durísimas condiciones, nos las resume Juan con dos imágenes portentosas: una casa de goma y las colas inmensas para todo, pero sobre todo, en las fuentes. ¿Sabe la gente jóven de hoy para que servían estos “artilugios”?

Baldes viejos


7.4 La casa de goma

En Lamiako, muy cerca de nosotros, hicieron otra casa que por la cantidad de gente que en ella vivía le llamaron “La casa de goma“. En aquellos tiempos de la emigración de masas, todos los días llegaba gente de todas las provincias de España; la mayoría, desde luego, eran andaluces y gallegos. La cuestión es que todos los recién llegados de una familia u otra, todos se acoplaban en “La casa de goma”.

Nosotros teníamos bastante relación con toda la gente de “la casa goma“, pues los que no eran familia directa eran “paisanos” (ya era suficiente). Aquí vivieron entre otras, María Moreno con su familia, y su hermano Juan, también con su familia, ambos primos de mi madre, naturales de Las Animas. Así como Luis Gámez, famoso cantaor de verdiales, que ha dejado su recuerdo en todos los discos y cintas que se han grabado de las Fiesta de Verdiales, muy conocido de toda la vida y gran amigo de mis padres, además de cuñado de un hermano de mi padre (el Andrés).

En esta casa de Lamiako tampoco teníamos agua, pero esto era general. Había fuentes públicas en la calle, a las cuales había que ir y guardar cola, con baldes para coger el agua, y por supuesto había que dar varios viajes, prácticamente todo el día, ya que éramos tantos para gastarla. Unos y otros nos turnábamos, además aquí no teníamos cántaros como en Málaga, por lo que era necesario tener varios baldes en casa llenos y otros para acarrearla de la fuente.

Hasta en casa también teníamos que guardar cola para todo, para entrar al retrete, para lavarse la cara; sobre todo para comer, pues como digo no había nada más que una mesa, había que guardar cola hasta para beber, a los más pequeños a la hora de comer, nos ponían lo que fuese en un plato, nos sentábamos en el suelo del pasillo y a “papear”.

Muchos días en esta fuentes públicas escaseaba el agua y las fuentes no daban más que un minúsculo chorrillo, prolongándose como es natural la espera y por supuesto las colas. Mucha gente sobre todo las mujeres, con eso de que tenían que hacer la comida, las compras, etc. dejaban los baldes en la cola y se iban a casa o a lo que fuese, cuando venían se les había pasado el turno teniéndose que poner de nuevo al final de la cola, eso como es natural les sentaba muy mal y algunas intentaban colarse, armándose “la gresca padre”.

Mis primeros contactos en Lamiaco

Mis primeros contactos con los chavales de Lamiako fueron de la siguiente manera: nada mas llegar a casa, me dijo mi primo Rafalito para salir a la calle. Como él llevaba ya aquí algún tiempo, tenía ya sus amigotes y me hizo bajar para que yo los conociera y ellos me conocieran a mí. Todo esto era tan distinto para mí, que no sabía como reaccionar, como tampoco sabía que no éramos muy bien acogidos por estos chavales.

En primer lugar nos llamaban “coreanos” y nos miraban como si fuésemos bichos raros, de otra galaxia. Yo creo que nos miraban con cierto aire de superioridad y desde luego algo de razón tenían, porque nada mas vernos con las pintas que veníamos, se creían superiores a nosotros, aprovechando la más mínima ocasión para hacernos siempre de menos en todo. Esto era la tónica general incluido los mayores, aunque no todos. Hay que reconocer que prácticamente éramos de otra raza, pero aún así también tuvimos buenos amigos.

Bien, como decía, nada mas llegar Rafalito me dijo para bajar y bajamos a la calle. Entonces nos fuimos reuniendo algunos chavales, desde luego todos tenían ganas de conocer al nuevo “coreano” que había llegado y ese era yo. Entonces conocí a José Mari Sáez, a “Achamari” el de Paulina, que tenían una bodeguilla debajo de nuestra casa, conocí a “Ramonchu” el de Rosa, que tenía una tienda de comestibles a la otra mano del portal, a Huvaldo Navas “Huvaldito” y su hermano Javi, que vivían en el portal siguiente del nuestro, así como a Jóse Campos “Capu”, Daniel López, a los hermanos Ignacio y Jóse González, a Carlitos, “Güito”, etc. Después, en la escuela conocería a muchos más.

Cuando bajamos a la calle lo primero en enseñarme fue “la Campa Rapa“. Así llamaban al monte detrás de casa, al cual hoy se le conoce como “La campa Felipe”, aunque en realidad estos terrenos eran de D. Miguel, el maestro que yo tendría después. El caso es que cuando subimos a “la Campa Rapa”, Rafalito empezó a jugar con los demás que habían subido con nosotros, pero como yo no conocía nada ni a nadie y ellos ya habían satisfecho la primera curiosidad de conocer al nuevo coreano, seguían jugando sin prestarme atención. Entonces yo me baje corriendo porque creo que me dio miedo a perderme. Era todo ¿tan distinto?, la forma de hablar, los juegos, hasta el vestir ¡Todo!

En el capítulo segundo (Verdial 2) de estas memorias, empiezo diciendo cómo fue mi infancia en Los Verdiales, entendemos, claro está, hasta los 12 años. A partir de que llegamos a Lamiaco, me toca vivir mi juventud, pero se podría decir que fue una segunda infancia o niñez, pues sabido es que todos los que veníamos de aquellos campos de Dios, que no habíamos tenido escuela, no habíamos tratado apenas con gente, con otros chavales y mucho menos, de costumbres tan distintas a las nuestras, como era mi caso en aquellos momentos. Estos chicos estaban mucho más adelantados que nosotros y se encontraban en su habitat. Nosotros nos encontrábamos fuera de órbita, en inferioridad de condiciones en todos los sentidos, cosa que estos chicos, la sabían aprovechar muy bien para discriminarnos aún mas, haciéndonos de menos en todo lo posible.

Podría decir, sin lugar a equivocarme, que ésta mi segunda infancia fue tanto o más dura, que la vivida en Los Verdiales. Yo tenía que adaptarme a otra vida totalmente distinta a la que había estado acostumbrado: tenía que adaptarme a otras gentes, a otro clima, a otras costumbres muy diferentes a las nuestras y con la particularidad, repito, de que en un principio no éramos muy bien aceptados por una mayoría, que nos llamaba coreanos. Aunque reitero, una vez más, que no todos nos trataban así ni mucho menos, pero los que lo hacían, nos hacían mucho daño con ello, pues sabido es que el niño cuando quiere hacer daño es muy cruel, bastante mas que los adultos.


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0461 Concurso de Arrejuntaos por Almogía (19.10.2013)

Panda Arroyo Cupiana (1er Premio)


Panda La Yesera (2º Premio)


Panda La Higuera (3er Premio)

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0460 Pregón del I Encuentro de Verdiales (1986), por Pedro Aparicio

1986_06_30 I Encuentro de Verdiales - Pedro Aparicio

Sur Especial – 1er Encuentro de Verdiales. Málaga 86 (Página 4-5)

Pregón de verdiales

El día 28 de diciembre de hace dos años cayó un gran aguacero sobre la ciudad de Málaga, y sobre la Venta del Túnel. El agua persistente hizo marcharse a muchos de cientos de personas que allí habían acudido; otros prefirieron refugiarse, aunque hacinadamente, en el interior de la Vente, y los más estoicos ni siquiera se inmutaron, siguiendo bajo el agua los compases lejanos de las pandas que, desde dentro, mantuvieron la celebración de la fiesta. Aquella lluvia, sin embargo, obligó a concluir la fiesta más temprano que otros años.

Una de las pandas, ya entrada la noche, siguió tocando, cantando y bailando casi en solitario. Y cuando, en un descanso, fueron a comer y a beber, dejaron sus instrumentos en la pequeña habitación donde yo me encontraba. Fui acariciando los instrumentos uno a uno, con esa reverencia hacia todos [i.e. todo] lo que es capaz de producir música que tuve desde siempre, y fui sacándoles sonidos. En la emotiva noche verdialera, me pareció que cada uno de los instrumentos no tocaba notas, sino que hablaba, y hablaba de los verdiales, cuando yo lo percutía o tañía. Quise oír un diálogo entre ellos, que puede ser el que sigue, y que puede servirme para cumplir el pronunciamiento de este pregón de verdiales. Esto pudieron decir los instrumentos en aquella noche.

Compañeros, comenzó diciendo el violín, estamos cansados, golpeados y roncos, pero el día ha sido inolvidable. Yo, que cuando fui joven llegué a tocar a Corelli en manos de una violinista francesa becada en España, y luego a Donizetti en los fosos de varios teatros, he encontrado una vejez dignísima en las manos de Paco Maroto. Y, aunque me exige más de mis cuerdas agudas que de las graves, me divierto mucho. Porque para mí, lo excelso de los verdiales está en su música, en esa singular interpretación del fandango que es un verdial. Las frases y los motivos musicales son verdaderas ideas de otro orden, de otro mundo, teñidas de belleza y de tinieblas, impenetrables a la inteligencia. El tono y el ritmo de la música infunden estados de ánimo; las notas y los acordes excitan y refinan la emoción. Las sensaciones que producen se dirigen a un nivel subconsciente del individuo, en el que viven las identidades más profundas del ser humano.

Habló entonces, con castizo acento, el pandero. Respeto tus emociones musicales –dijo–, querido amigo violín, pero tú, al fin y al cabo, llevas sangre italiana en tus venas, y tu versión es algo parcial. Porque los verdiales son fundamentalmente baile, y al ritmo del baile, que (digan lo que digan) yo marco más que tú, debe supeditarse la música. Quienes oís los verdiales solamente como música, estáis viéndolos parcialmente. Los verdiales son fandangos bailables que aparecieron en Málaga mucho antes que los cantes flamencos, aunque estos, tiempo más tarde, y con su enorme capacidad de impregnación, marcaron parcialmente su huella.

Pues yo, interrumpió una guitarra, estoy más de acuerdo con el italiano. Lo sublime está en la música. En esa música rota de un verdial, con semitonos y desafinaciones involuntarias. Han de ser involuntarias, por insuficiencia de precisión en el tono de quienes cantan y tocan. Por eso, el verdial cantado o tocado por profesionales pierde capacidad emotiva. Así pues, sigo prefiriendo la música. El baile del verdial ha perdido el erotismo del fandango andaluz. Al impregnarse de ruralismo, el juego erótico hombre-mujer ha dejado paso a movimientos más rectilíneos, menos curvos, más en el significado del juego y de los movimientos infantiles.

De nuevo intervino el violín: Casanova, aquel compatriota mío, veneciano torrencial en el amor y en la escritura, escribió lo siguiente, recordando su viaje a España:

Lo que me entusiasmó (de los españoles) en aquel espectáculo, fue que hacia la medianoche empezaron por parejas el baile más loco que imaginarse pueda. Era el famoso fandango, del que creía tener una idea, pero que estaba a mil leguas de la realidad. No lo había visto bailar más que en Italia en escena; pero los bailarines se guardaban mucho de hacer los gestos, que hacen de esta danza la más seductora y la más sensual que exista. Cada pareja, hombre y mujer, no hace más que tres paso, y tocando las castañuelas adopta mil actitudes, hace mil gestos de lascivia que no admite comparación. En ellos se expresa el amor, desde que nace hasta su fin, desde el suspiro de deseo hasta el éxtasis del goce. Me parecía imposible que tras semejante danza la bailarina pudiera negarle algo a su pareja, porque el fandango debe llevar a todos los sentidos la excitación del placer.

— Pero –pregunté– ¿la Inquisición no dice nada de semejante baile?

Me dijeron que estaba absolutamente prohibido y que nadie se atrevería a bailarlo si el conde de Aranda no hubiera dado permiso. Me dijeron luego que cuando a dicho conde le entraba en gana negar el permiso, la gente abandonaba el baile murmurando, y que cuando lo daba, no cesaban en elogios

Amigos, concluyó el violín, esto decía Casanova del fandango, pero en el de verdiales se ha perdido esta lascivia. Es un baile asexuado.

Otra guitarra, hasta entonces callada, dijo muy quedamente: A mí me tenéis que perdonar mi ignorancia, pues soy de Madrid y acaban de traerme de allí. Sé que lo que hemos vivido esta tarde ha sido enervante y magnífico, pero apenas entiendo lo que he visto y oído. De algunas cosas me he dado cuenta. Por ejemplo, que se me exige más humildad que a ninguno de vosotros, puesto que mi sonido de terciopelo que, en medio del silencio, puede llegar a parecerse al del rey de los instrumentos, el violoncello, ese sonido es aquí casi tapado por la percusión escandalosa del pandero, o la chillona de los platillos. No he entendido muchas cosas. Os pido, por ejemplo, que me expliquéis algo sobre la gente que nos tocaba.

De forma algo repipi, pero cariñosamente, intervinieron casi a la vez todos los platillos: Atiende, madrileña: la palabra fiesta, en la ciudad de Málaga, y en una pequeña parte de la provincia, no solo designa un día de descanso o cualquier celebración sagrada o profana, sino que tiene también otro significado, que es el grupo de hombres del campo que cantan verdiales y nos tocan a todos nosotros: el violín, guitarras, platillos y pandero (y, en algunos casos, laúd). A su frente va un alcalde con ese símbolo fálico del poder que es la vara. Van también hombres y mujeres dedicados a bailar. Los fiesteros o festeros deben ir ataviados con pantalón oscuro de pana, camisa blanca y chaleco negro, y tocados los hombres con sombreros adornados de flores, cintas y espejos, que varían según la comarca a la que pertenezca la panda. Lo aparatoso y rudimentario de ese sombrero junto con la intencionada voz en caricatura o letra de burla, ha concedido a los componentes de la fiesta el título de tontos.

La guitarra que había hablado al principio, y que era una vetusta y obesa vecina del Puerto de la Torre, dedicada desde su lejano nacimiento a los verdiales, reanudaba complacida las explicaciones dirigidas a su ignorante hermana: el baile de verdiales puede hacerse individualmente, en parejas, o en tresillo. En su forma individual, el que baila puede tremolar una bandera española, que cada panda acostumbra a llevar. Debe agitarse la bandera a compás de la música, y puede bailarse también ante una mujer, procurando que la bandera nunca quede de espaldas a ella. Cuando el baile es de tresillo, se le llama baile del zángano, y se compone de dos mujeres y un varón; este tiene que bailar dando siempre la cara a las mujeres. El juego consiste en que estas procuran crearle dificultades, buscándole las vueltas necesarias para intentar que él quede de espaldas a alguna de ellas.

¿Veis?, interrumpió el violín. En este juego ritualista se ha perdido el profundo significado erótico del movimiento corporal. Creo que el baile es secundario y menor, en comparación con la música.

Lo que sucede es que para un pueblo como el español, tan poco dado a la música, es más fácil mirar una danza, que escuchar una música. Pero como fenómeno cultural profundo, de las tres partes de los verdiales, música, cante y baile, yo me quedo, sin duda, con las dos primeras.

En cualquier fiesta de verdiales podéis reconocer las tres actitudes generales del ser humano ante la música: la pasiva, otra que podríamos llamar intermedia, y la activa.

La actitud pasiva es la de quienes reciben solo la música como mero placer rítmico y sensorial; no hay atención, ni tampoco intención de penetrar en su esencia. Esta es la actitud del que baila, del que habla, y, en general, del que le agrada que esté sonando una música para que le acompañe “a lo lejos” en el trabajo, en el estudio, o en la charla.

En la actitud intermedia, el oyente atiende la música, pero no para penetrar en sus íntimos secretos, sino para usarla como apoyatura a la canción cuya letra es para él lo principal, o al baile que realiza o que presencia.

El oyente activo, finalmente, intenta entrar en el desarrollo interno de la música. Es entonces cuando esta ofrece el atractivo maravilloso de su estructura, de su armonía, de sus contrastes.

Esto quiere decir que la estructura musical de los verdiales solo entrega su enorme belleza a aquellos que siguen su música activamente. Reconozco que esta necesaria entrega, para quien no esté acostumbrado, resulta fácil en una sala de conciertos, o escuchando música en soledad mediante unos auriculares, pero no lo es en una fiesta de campo, con gente agrupada y divertida a nuestro lado.

El pandero volvió a replicar al violín: Amigo –dijo–, nuestra compañera guitarra se está quedando, con tus disertaciones, sin saber muchas cosas curiosas de los verdiales. Por ejemplo, que la bandera suele llevar bordada la imagen de la Virgen de los Dolores, Patrona del partido de Verdiales, y en cuya ermita se hacían las celebraciones anuales, hasta 1931. Las pandas, en su recorrido hacia la ermita, y como recuerda Antonio Mata, eran invitadas a comer los dulces típicos de Pascua y recogían limosnas para las ánimas benditas.

Por cierto, Antonio Mata, a quien tanto deben los verdiales, recoge que, además del alcalde, existían los cargos de mayordomo (encargado de recoger los donativos) y rifador, quien, cuando varios mozos deseaban llevar la panda a casa de sus respectivas novias, intervenía ante el alcalde para resolver la pugna.

Una bella voz, no escuchada hasta entonces, se oyó en la habitación: A mí, el laúd, no me habéis dejado hablar, quizá porque me consideráis un instrumento poco ortodoxo, pero ha querido la costumbre que en las zonas de verdiales situadas más al este yo sustituyera a una de las guitarras punteantes. También yo quiero explicar algo a nuestra compañera, si no se ha aburrido ya con vuestra verborrea. Mira, el partido de Verdiales, en el término de Málaga capital, está situado en los primeros repechos de los Montes. Está claro que el fandango tomó el nombre del partido en que se cantaba, pero lo hizo con tal fuerza semántica que el Diccionario de la Real Academia solo admite hoy dos acepciones de la palabra verdial: la primera, la variedad de aceituna; y la segunda (usada únicamente en plural), la de los cantes malagueños.

Luque Navajas ha intentado precisar los límites geográficos de la fiesta tomando como centro ese partido de Verdiales. Define ya como mixtificaciones y, por tanto, pérdida de rigor de la zona, la aparición de elementos extraños (almireces, cañas, cucharas) que se dan ya en Villanueva de la Concepción, por el norte; en Coín, por el oeste, y en Torrox, por el este.

Dentro de este círculo, los “catetos”, o integrantes de las pandas, afirman sus valores grupales, frente a los malagueños urbanos. Por eso, aunque algunas de las sedes primitivas han sido absorbidas por el crecimiento de la ciudad, permanece su práctica en núcleos rurales, aunque los integrantes de las pandas vivan en el sexto piso de un bloque de la ciudad. Queda en esas pandas la toponimia antigua (Verdiales, Venta Larga, Santa Catalina, Jotrón y Lomillas, Los Mora, Roalabota, Santo Pítar, etc). Desde hace treinta años, brotes de nuevas pandas aparecen en barrios de entrada a Málaga, dando sus pandas a estos barrios, en acertada observación de Mandly Robles, una cierta afirmación de grupo (Campanillas, Puerto de la Torre, Mangas Verdes, Jarazmín, etc.) Los estudios de Caro Baroja y Alvar nos explican la gran separación de los barrios malagueños entre sí, separación no solo geográfica, sino cultural, distinguiéndose por el traje y hasta por la modalidad fonética.

Y para no ponerme muy pesado, continuó el laúd, acabaré describiendo a nuestra amiga la guitarra los estilos de fiesta que hoy persisten. En la que llamamos fiesta de verdiales propiamente dicha, el violín es aplanado y duro, no melodioso. El pandero se adorna continuamente con rasgueos o “chorreaos”, y las guitarras rasguean, aunque según Mandly Robles, quizá punteaban hasta el pasado siglo.

La fiesta de los partidos de Almogía, cuyo estilo llega hasta las barriadas malagueñas de Campanillas, y, en parte, al Puerto de la Torre, hacen el toque a más velocidad, y con algo más de melodía en el violín. Los platillos adquieren más importancia que el pandero, haciendo repiqueteos continuos. También hay rasgueo de las guitarras.

Los estilos de Levante, que se han llamado predominantemente, a lo largo de los años, de distintas maneras (Axarquía, Almáchar, Benagalbón, Totalán, Comares) llegan hasta algunas pandas de las inmediaciones de El Palo. Es el estilo más diferenciado, puesto que, además de usarme a mí, el laúd, las guitarras puntean y el violín es el más melodioso, adornándose continuamente. Es el más abandolao de los toques, como si estuviéramos ante una premonición del toque veleño y transformador de Juan Breva. Este estilo, y aunque nunca lo digan en voz alta, es subconscientemente menospreciado por los fiesteros “puros” de los Montes, que lo califican de menos bravío, o más dulce.

Los platillos, impacientes desde hacía algún rato, dijeron al laúd: no habías hablado pero bien te has desquitado. Nosotros vamos a añadir solamente que la lucha entre pandas se compone de tres o cuatro coplas, según ordenen los alcaldes. Es difícil, si no se es muy experto, saber cuál de las dos pandas está resultado vencedora, puesto que la vencida es “la que antes se viene abajo”, expresión que es el ejemplo máximo de subjetividad y de ambigüedad. Pero, a pesar de ello, es curioso que la que es declarada perdedora suele aceptar de buen grado el dictamen de quien arbitra la lucha.

La guitarra, a quien se habían dirigido todas las explicaciones, contestó: todo lo que habéis hablado es apasionante. De algo me he enterado, pero de ahora en adelante os prometo observar, leer, estudiar y hablar sobre los verdiales, que encierran todo un mundo ritual, bello y antiguo, tras el que se adivina el latido del hombre. Solo conociendo la historia de los pueblos se puede amar inteligentemente a los pueblos.

Eso es lo que deben hacer todos los malagueños, contestó el pandero. ¿Sabéis que la Peña Juan Breva y el Ayuntamiento han creado escuelas para todos los niños en varias barriadas verdialeras?

Finalmente, habló el violín. Dejadme repetiros un ruego. Que, sobre todo, escuchéis la música, pues yo creo que el baile es secundario. O, mejor dicho, que el baile no es tan único, puesto que hay zonas rurales en otros lugares de España (Murcia, Granada, Ciudad Real) y del Mediterráneo (Chipre, Túnez) en los que los movimientos son casi idénticos a los del fandango verdialero. Pero la música no; la música es única y bellísima.

El hombre sin imaginación no es capaz de contentar su espíritu con lo que no tiene forma; necesita una corporeidad, y en este sentido el baile actúa como una corporización de la música. Quizás el único problema de la música en España haya sido una histórica falta de imaginación, que estamos corrigiendo con los años.

¡Qué música la de verdiales! Las primeras noticias escritas que se tienen sobre el fandango proceden de finales del siglo XVII, aunque es razonable creer que existía ya mucho antes. Cada provincia andaluza, casi cada lugar, posee sus fandangos propios. Su estructura y evolución ha sido muchísimo más variada que las de la seguidilla sevillana.

Durante el siglo XVIII el fandango pasó a los teatros y se introdujo en las casas de los nobles, mezclándose incluso con otras danzas, como el minuetto o la contradanza. Su declive a finales del XVIII como baile de las clases sociales altas se acompañó, por fortuna, de una supervivencia en los pueblos y en el campo. El compás musical es de 3 x 4, y la canción va precedida de una parte instrumental melódico-rítmica. La copla habitual son las cuartetas y las quintillas octosílabas.

Todo esto me parecía a mí que los instrumentos llevaban dicho, cuando unas voces cercanas anunciaron la vuelta de mis amigos de la panda a la habitación en la que estábamos. Dejé los instrumentos, sentí más amor que nunca por los verdiales, salí sin ser visto y me perdí bajo las últimas gotas heladas de la noche.

Señoras y señores: el 28 de diciembre de 1961 (van a cumplirse veinticinco años), aquel magnífico alcalde de Málaga que fue Paco García Grana, a instancias de los Amigos de los Verdiales, a los que resumo en la persona de Angel Caffarena, y con la valiosa ayuda de Antonio Fernández Povea, dieron carácter institucional, desde el Ayuntamiento, a la Fiesta Mayor de Verdiales, que se celebró en Venta Nueva, sobre la carretera de Colmenar. Antes y después de aquella importante fecha, la Peña Juan Breva ha velado por la integridad histórica, y, por tanto, cultural de los verdiales en una labor que nunca reconocerá suficientemente la historia de Málaga. Durante estos años, lejos de languidecer, la fiesta se ha vigorizado, apareciendo nuevas pandas que se agrupan según los movimientos migratorios de sus componentes y, sobre todo, enseñando a los niños a tocar, a cantar y a bailar verdiales.

La fiesta mayor de diciembre es hoy una feliz y creciente realidad. Todo un pueblo ha impedido que decayera una de sus cosas esenciales. Estoy seguro que la recuperación que hoy empieza, de una segunda fiesta anual de verdiales, la del solsticio de verano en las inmediaciones de San Juan, supone un acierto extraordinario y que a partir de ahora las ardientes calles de principios de julio y las calurosas noches estrelladas sobre nuestras ventas se llenarán todos los años de fiesta. Estoy seguro que así va a ser, puesto que el proyecto lo han iniciado personas llenas de entusiasmo y de amor por su patria chica. Yo estoy seguro que, igual que celebramos hoy el XXV aniversario de la fiesta de invierno, celebraremos en su día sus cincuenta años, junto a los venticinco de este encuentro veraniego de verdiales de la ciudad de Málaga.

¡De la ciudad de Málaga! De esta ciudad marinera que sueña en sus verdiales una cierta nostalgia campesina. De esta Ciudad del Paraíso, que como cántaro de Manolo Alcántara, “cuando recuerda soles y olivares / le late el corazón de regadío”.

Pedro Aparicio
Alcalde de Málaga.
* Pregón pronunciado el pasado lunes y que abrió el I Encuentro de Verdiales.

(Diario Sur. 4 de julio, 1986)

Publicado en Aparicio (Pedro), Encuentro de Verdiales de la Caja de Ahorros de Antequera, Estudios sobre la Fiesta | 2 comentarios

0459. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.3

Después de viajar en tren desde Los Verdiales a Bilbao, el resto de la familia de Juan Calderón Salas (su madre y sus hermanos) llegan por fin a Lamiaco (o Lamiako), donde el abuelo Salas y el padre de Juan habían conseguido una casa para recibir a sus familias.
La casa no era muy grande, pero llegaba a albergar a varias familas y “posaderos” hasta completar 23 personas.

Juan cuenta con toda la normalidad del mundo, lo que ahora nos parece un tema terrible: la infravivienda y el hacinamiento de emigrantes en los lugares de recepción. No os asustéis, porque en el relato de Juan, veremos, poco a poco, ir mejorando las condiciones de vida de estos malagueños emprendedores, gracias a su trabajo y resistencia.

En la parte inferior del relato de Juan, pondré algún enlace o noticia que tenga que ver con aquella historia suya de la emigración. De momento, quiero que veais el aspecto del lugar al que fueron a emigrar nuestros “héroes”: la Dársena de Lamiaco (aunque no sé si la foto es reciente o algo más antigua)

Dársena de Lamiaco o Lamiako.

Dársena de Lamiaco o Lamiako.


Verdial 7. Tercera parte.

La casa de Lamiaco

Por fin llegamos a Lamiaco. A mi madre le esperaba otra sorpresa porque unos días antes de llegar nosotros lo habían hecho ya mi tía María la de La Torre, con mis primas Antonia, Concha y Maruchi, así como la abuela y Antoñico con su mujer.

La familia de mi tío Rafael ya llevaban algún tiempo aquí. De hecho, antes de entrar a vivir en esta casa de Lamiaco, habían estado viviendo en una chabola que había en una campa, cerca donde hoy está el Ambulatorio de Las Arenas, terrenos que hoy ocupa la fábrica Micromotor. Entonces todos estos terrenos eran campas de arena, atravesadas únicamente por una pequeña vereda para ir a Las Arenas. Por supuesto que entonces no existía tampoco el Ambulatorio, pues éste lo construirían unos 15 o 18 años después. Hoy tampoco existe ya Micromotor, por eso de la famosa “reconversión industrial” que ha hundido la mayoría de las empresas del país.

En resumen, que cuando nosotros llegamos a Lamiako, la casa ya estaba llena de gente. Por tal motivo, mis padres se tuvieron que instalar con su cama en lo que debería ser el comedor, que a su vez era el paso de todos para las demás habitaciones. Esto a mi padre le había disgustado mucho, y no le faltaban razones, pues como le contó a mi madre, él había venido con mi abuelo Roque y mi tío Rafael, y fueron los que buscaron la casa y la pagaron entre los tres, aunque hicieron las escrituras a nombre del abuelo, por aquello del respeto a los mayores como era habitual en aquellos tiempos, y posteriormente irían llamando a sus respectivas familias. Claro cuando ya tenían la casa, mi padre nos escribe diciéndonos que podíamos irnos pero ¿qué ocurre?, que la carta llegó a La Ermita y cuando se enteraron que ya tenían casa en Bilbao, los primeros que arrancaron fueron, la abuela, Antoñico con su mujer y mi tía María la de La Torre con mis primas.

Esto fue debido a que nosotros tuvimos que esperar unos días más por motivo de no presentarse Juanillo Portillo para llevarnos como había quedado con mi padre, pero eso él no lo sabia, a mi padre le dijeron, que en el viaje anterior venían la abuela, Antoñico y María, y el pobre pensó con toda ilusión, que aquella María era mi madre con nosotros.

¡Cuál no sería su disgusto cuando comprobó que nosotros no íbamos en aquel primer viaje! La María que iba era la de La Torre, que en un principio no la había llamado nadie. Y claro, al llegar ella con sus hijas, ocupó la habitación que nos correspondía a nosotros (a mis padres), así que cuando nosotros llegamos, ellos se tuvieron que instalar como digo, en el salón-comedor, que era el paso de todos. Luego, Roque y yo en la habitación de los posaderos.

La verdad es que hoy todavía yo no me explico cómo podíamos vivir tanta gente en una casa y en aquellas condiciones.

La casa en sí tenía la cocina con una simple chapa de carbón y una fregadera pequeña por un lado. Luego una habitación independiente que era la de los posaderos, más otras dos, las cuales tenían acceso a través del salón-comedor y un retrete con un simple inodoro. Todo ello así como la chapa de carbón para las siguientes personas, que eran: los abuelos (2), mi tío Rafael (5), Antoñico (3), mi tía María la de La Torre (4) y nosotros (5), porque mi hermana Antonia estaba trabajando en Algorta con unos señores y no venía a casa nada más que los Domingos a la tarde un rato. Pero es que además de todas estas personas, había en casa siempre cuatro hombres (4) en calidad de posaderos. Desde luego que solían ser conocidos y paisanos de la tierra, pero no dejaban de ser cuatro personas más, haciendo un total de 23 personas.

En la chapa de carbón tenían que guisar mi tía María de mi tío Rafael, María la de la Torre, la mujer de Antoñico, la abuela y mi madre. Además mi madre, tenía que guisar para los posaderos, pues la comida de estos corría por cuenta de mi madre y las camas por cuenta de la abuela.

En la cocina no había mas que una mesa, y además no era muy grande, y algunas banquetas. Había una única bombilla en el marco de la cocina, pues tampoco tenía puerta. Aquella bombilla era para dar luz a toda la casa, así que en las habitaciones cada uno tenía su vela puesta en el gollete de una botella. Claro que yo, era la primera bombilla que veía.

En la habitación independiente, la de los posaderos, había tres camas: dos grandes y una mas pequeña. En cada una de las grandes dormían dos posaderos y en la otra más pequeña dormíamos Roque y yo. En total, seis hombres en una habitación.

Luego la sala-comedor con la cama de mis padres y pasando por ella, como dije antes, se iba a las otras dos, una a cada lado de la sala. En una de ellas había un pequeño tabique sin puerta como en la cocina que la dividía en dos, en la primera mitad tenían la cama mis abuelos y pasando el tabique, la tenían Antoñico y su mujer con la niña Remeditos.

La habitación de enfrente, al otro lado de la sala, estaba dividida en dos también, mediante unas mantas o sabanas a modo de cortinas. A un lado de éstas dormían mi tío Rafael con su familia y al otro lado mi tía María de La Torre con sus tres hijas. ¿Sería posible? ¡Nueve personas en una habitación! En la otra cinco, y en la de los posaderos, seis. Mis padres con tener la cama en la sala, no tenían más sitio que los demás, porque estaban constantemente entrando y saliendo gente de las otras habitaciones a la cocina, al retrete, etc. por delante de su cama, tanto si dormían como si no.


La infravivienda desaparece de Leioa tras el derribo de 163 pisos en Lamiako (El Correo 16.05.2010 Eva Molano)

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0458. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.2

Si algún lector, de los que ya no cumple los 55 años, lee esto, reconocerá perfectamente como eran los viajes en tren en la España de los años 50s. No tiene desperdicio. Resulta admirable la cantidad de detalles que ha podido retener y plasmar con tanta vivacidad nuestro Juan Calderón Salas, en sus memorias, que él tituló De los Verdiales a Bilbao.

Disfrutad con la aventura (con sobresalto incluido) porque no he leído un relato igual en mi vida.


Verdial 7. Nos vamos a Bilbao. 2º parte

Familia Calderón Salas, poco antes de la emigración

Familia Calderón Salas, poco antes de la emigración

El viaje en tren

El viaje en tren era largo, muy largo, incómodo e insoportable, pero en aquel tiempo para nosotros no fue así. Por el contrario, como no habíamos subido jamás a un tren, ni lo habíamos visto de cerca, nos lo pasamos bomba. Aquello era todo nuevo para nosotros: era otro mundo.

Los compartimentos iban a tope de su capacidad, bueno que tampoco había compartimentos: eran vagones con dos filas de asientos de madera a cada lado y el pasillo central, que iba igualmente lleno de gente, sentados en sus respectivas maletas, porque no tenían otro sitio. ¿Los vagones? Ni que decir tiene que eran todos de madera al igual que los asientos. Tenían en cada extremo una plataforma al aire libre con barandillas de hierro forjado, por las que se ascendía de los andenes mediante dos o tres peldaños y a través de aquellas plataformas se pasaba de un vagón a otro.

En estas plataformas siempre iba gente, nosotros también nos salíamos a ellas, pues como hacía buen tiempo se iba muy bien contemplando el paisaje que era maravilloso, para nosotros todo era totalmente nuevo, fuera de lo normal, fuera de lo imaginable.

El tren devoraba kilómetros atravesando aquellas campiñas, en ocasiones inmensas planicies que se perdía la vista por ellas. Otras veces, atravesaba por enormes desfiladeros como uno que hay cerca de Linares, por donde se ve desde el tren un sendero en la pared de roca suspendido sobre un río que le llaman “El caminito del Rey”, y otros desfiladero como el de Despeñaperros, que daba miedo mirar para abajo o, simplemente, para fuera del tren, pues éste pasaba por unos puentes tan estrechos que parecía ir suspendido en el aire.

Cada vez que paraba en una estación, siempre igual: unos asomándose por las ventanillas, otros cogen las maletas para bajar, otros que suben y todos lo quieren hacer al mismo tiempo, dándose empujones para hacerse sitio y colocar las maletas los que han subido. Luego los que se asoman a las ventanillas para ver donde estamos, se quedan mirando el movimiento de gente en los andenes ya no se sientan hasta que el tren vuelve a ponerse en marcha.

Alguna vez que Roque me aupó para asomarme a la ventanilla, veía que todos hacían los mismo, de forma que el costado del tren era todo cabezas, mientras que en los andenes las gentes parecían hormigas, todos corriendo para todas partes. En todas las estaciones hay unos tíos con una gorra y un carro lleno de maletas corriendo para acá y para allá.

También en otras ocasiones nos llevamos algún susto, cuando entrábamos en un túnel por ejemplo, pues no lo esperábamos y como no encendían las luces nos quedábamos totalmente a oscuras, con miedo a movernos del sitio donde nos había cogido la entrada al túnel. En ocasiones nos daba la tos por el humo de la maquina que se metía por las ventanillas, y sobre todo si nos cogía en la plataforma. Había veces que hasta salíamos con la cara negra, y por supuesto, todos olíamos a humo como carboneros, con ese olor característico del carbón quemado. Me recordaba a cuando estabamos en Los Verdiales con los hornos de carbón encendidos. Así es que, al menos yo, la gocé como un enano. Fue una experiencia única ¡inolvidable!

Aquel tren debía de ser algún correo a juzgar por las paradas que hacía y por lo que tardó en el viaje, yo creo que se paraba hasta en las casetas de los camineros. Salimos de Málaga aproximadamente a mediodía de aquel viernes 5 de abril del 52 y llegamos a la estación de Atocha de Madrid a la mañana siguiente, o sea que echó prácticamente todo el día y la noche de Málaga a Madrid. En Atocha había que hacer transbordo, para ir a la Estación del Norte. Había que cruzar todo (Madrid capital) ya que esta estación se encuentra al otro extremo de Madrid, cerca de “El paseo de la Bombilla”, sitio éste donde ponían la feria y se celebraba la famosa Verbena de la Paloma, cercano a orillas del Río Manzanares. (Esto lo sé ahora, antes ni idea). El trayecto de una estación a otra lo hicimos también en un carro de varas con un caballo, se conoce que eran los taxis de la época, o los “taxis de los pobres”.

Yo no me enteraba de nada que no fuese disfrutar del paisaje, pero al llegar a una estación de éstas en la cual había que bajarse para hacer transbordo, mi madre tenía que gestionar los billetes tanto nuestros como los de los bultos que iban facturados, y para ello nos tenía que dejar a Roque y a mí, bien en la cantina de la estación, o bien en la sala de espera, sentados en la maleta para que no fueran a quitárnosla. Tiempo que se aprovechaba para comer algo de lo que llevásemos en la talega.

Una vez gestionado el tema de los billetes, nos subimos nuevamente al tren indicado que salía para Bilbao a media mañana. Otra vez a gozar del paisaje, la velocidad, el “clac-clac” de las ruedas, los pitidos de la maquina y el jadear de la misma. Entrada nuevamente la noche, entre Madrid y Bilbao, mi madre nos dio algo de comer a modo de cena, yo me quedaba asombrado porque todo el mundo cuando iba a empezar a comer, invitaba a los demás a comer de lo suyo, pero todos decían que no, y que aproveche. Luego comía cada uno de su talega.

Cuando terminaban de comer, poco a poco se iba haciendo un gran silencio, escuchándose solamente, el “clac-clac” de las ruedas sobre los empalmes de los raíles y el crujir de la madera de los vagones, quedándose los departamentos en una casi total penumbra, interrumpida de vez en cuando por la luz de algún poste exterior al pasar, o por el pequeño resplandor de algún cigarro, ya que entonces no estaba prohibido fumar en ninguna parte.

En Miranda nos llevamos un susto de muerte

En Miranda de Ebro todos los trenes tenían que parar bastante tiempo para dar paso a otros más importantes o más rápidos. Concretamente el nuestro estuvo parado un rato grande. En todo ese tiempo, estuvieron pasando trenes. Unos paraban y arrancaban de nuevo a los pocos minutos. Otros andaban un poco y luego volvían por otra vía, pero todo eran chirriar de ruedas y pitidos de las maquinas, mientras el nuestro seguía parado.

Cuando avisaron del tiempo que iba a estar parado nuestro tren, mi madre nos mandó quedarnos quietos en el asiento mientras ella iba a hacer algo, para lo cual tenía que bajarse del tren. Pasó un tiempo y el tren empezó a moverse, con unos pequeños pero bruscos tirones como siempre que arrancaba y mi madre no había llegado. Roque y yo empezamos a mirar para todas partes, nos mirábamos el uno al otro, pensando que no había subido al tren. Nos asomamos por la ventanilla que daba al andén. Era totalmente de noche. Un hombre con una gorra roja y un farol en la mano se retiraba de los andenes hacia dentro de la estación. Las bombillas que había por el andén iban pasando una tras otra, quedándose atrás. El tren cada vez iba más rápido y mi madre no llegaba. ¡Se había quedado en tierra! pensé yo asustado. Roque no lo sé. Nos miramos el uno al otro y salimos al pasillo.

Para postre, allí había una pareja de la Guardia Civil, de espaldas a la pared del pasillo, con sus largas capas, aquellos tricornios horribles, sus grandes bigotes con los mosquetones apoyados en el suelo y caras de “perros pachones”, fumando unos cigarros de papel amarillo. Nos quedamos clavados en la puerta del compartimento sin saber que hacer. Roque no lo sé, pero yo estaba “cagaito” de miedo: mi madre no aparecía y delante de nosotros teníamos a “los civiles” con el miedo que les teníamos y el tren iba ya a toda velocidad. Yo iba ya a arrancar a llorar, cuando por la punta del pasillo vimos asomar a mi madre con la Mari en brazos. De repente, me olvidé de “los civiles” y salí corriendo pasando por delante de ellos, me agarré a la falda de mi madre y así volví con ella hasta el asiento.

Cuando estuvimos sentados otra vez, nos contó cómo viendo que el tren arrancaba y nuestro vagón estaba un poco lejos de ella, subió al que tenía mas cerca, pasando luego de vagón a vagón a través de las plataformas cosa que le costó un poco, dado que éstas, así como los pasillos, estaban llenos de gente y ella además como digo traía a la “niña” en brazos. Ya estabamos tranquilos, pero de cualquier manera el susto fue para no olvidarlo.

Nos amaneció el segundo día en el tren desde que salimos de Málaga. Una vez pasado el susto, nuevamente a disfrutar del paisaje. Vimos que el tren daba vueltas y vueltas por debajo de unas montañas. Veíamos un pueblo por la derecha del tren, luego por la otra esquina cada vez más cerca y finalmente acabó parando en la estación de aquel pueblo. ¡Estábamos en Orduña!

Posteriormente, algunas paradas mas y por fin llegamos a Bilbao. Como en las demás estaciones, todos se asomaban por las ventanillas de tal manera que el costado del tren era todo cabezas asomadas. En Bilbao sí que parecía el andén un gigantesco hormiguero de gente: unos llamándose y levantando los brazos para hacerse ver, otros dándose las maletas por las ventanillas, los que ya habían bajado abrazándose, nosotros intentábamos asomarnos pero lo que era yo no podía. Además todos querían bajar a la vez. Yo tenia bastante con no soltarme de la mano de Roque, pues mi madre llevaba a la niña en brazos. Según íbamos avanzando poco a poco por el pasillo, Roque al pasar por delante de una ventanilla miró hacia fuera y gritó: –¡Allí! ¡Allí, está papá! dijo señalando por la ventanilla.

Me aupó a mí y así pude asomarme yo también. ¡Sí! Allí estaba. Él también nos había visto ya. De dos zancadas, no sé como, pero subió al tren entre la gente que bajaba. En el pasillo se abrazó a mi madre y a nosotros, cogió a la Mari en brazos, la maleta y bajamos al anden. ¡Pisamos Bilbao! Ahora no recuerdo bien, pero creo que serían sobre las seis o las siete de la tarde de aquel 7 de Abril de l952.

Cuando salíamos de los andenes por unas grandes escaleras, le preguntamos a mi padre: –¿Está la casa mu lejos? ¿Nos falta mucho p’a llegar?¡Sí! Ahora tenemos que coger otro tren para ir a Lamiaco, donde está la casa, nos contestó.
Mi padre llamó a un tío de aquellos con un carro, para que nos llevara a la otra estación.

Había que esperar a coger los bultos que venían facturados: el colchón enrollado y atado con una cuerda, la maquina de coser y el baúl. Cuando recogimos la maquina, recuerdo como mi madre se llevó un gran disgusto, porque en el traslado le habían roto la rueda de una pata. Se llevó tal disgusto con la pata de la maquina, que si no lloró me parece que le faltó muy poco, y eso que solo fue la rueda de una pata.

Aquel 7 de Abril coincidió que era Domingo de Ramos y cuando salíamos de la estación, desembocando al puente de El Arenal, en ese momento pasaba la “Procesión del Borriquito” con gran cantidad de público portando todos blancas palmeras. Yo me quedé boquiabierto por varias razones: no había visto nunca tanta gente junta con una hoja de palmera al hombro y todos detrás de aquel hombre montáo en un “rucho”. En Málaga los borricos eran mucho más grandes. Además, cuando iba un hombre montáo en uno, no le seguía la gente detrás. La verdad, yo no entendía nada de aquello que estaba viendo.

Bueno, cuando pasó aquella comitiva, seguimos pa’lante y llegamos a coger el otro tren que nos había dicho mi padre para ir a Lamiaco. Cuando ya íbamos en marcha, nos dijo como teníamos que pasar por la fábrica donde él trabajaba y que el tren paraba en ella. Efectivamente se trataba de La Unquinesa: el tren paraba en el centro de la fábrica, que entonces este apeadero se llamaba Udondo y estaba entre el apeadero de Axpe (hoy estación de Astrabudua) y Lamiako, ya que tampoco existía aún, ni el pensamiento, la estación de Leioa.

¡Ah! decir, como ya en Bilbao, de una estación a otra, nos llevó las cosas un hombre con un carro, de esos que había en todas las estaciones.

Estación de Portugalete en Bilbao 3


Nuestra querida familia Calderón Salas inicia una nueva vida en la periferia de la capital del norte desarrollado: Bilbao.
(Continuará)

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0457. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 7.1

Después de publicar la primera parte de las Memorias de Juan de Bilbao, que cubren los 10 primeros años de su vida en la Loma de la Ermita de Verdiales, iniciamos hoy esta segunda peripecia vital del “Niño de la Ermita” en la emigración al norte de España.

Os aseguro que este relato bilbaíno tiene tanto o más interés que el relato malagueño de los Montes de Málaga, porque da cuenta cabal de cómo vivía (sobrevivía), trabajaba, amaba y se divertía la “Málaga” emigrante en ese norte menos soleado, pero más esperanzado. Con ellos se llevaron la Fiesta de Verdiales, que nuestro protagonista no ha olvidado nunca, ni nunca ha dejado de añorar.

Gracias a esta voluntad de no olvidar, es por lo que todos los verdialeros hemos tenido la suerte inmensa de conocer a este enorme y entrañable personaje que es Juan de Bilbao.

Allá vamos:

Verdial 7 – Nos vamos a Bilbao

Maleta de carton

Prólogo. La emigración

Corrían los años de los cuarenta a los cincuenta. En aquella época hubo una emigración masiva de familias enteras a tierras desconocidas, buscando trabajo y una mejor vida, ya que a consecuencia de la posguerra que se vivía en Andalucía, se ponían las cosas cada vez más difíciles.

Concrétamente, las familias, tanto de mi padre como de mi madre, se dividieron, si no total, sí parcialmente entre distintos países y provincias de España. Por ejemplo, primos míos de “la Chica”, se fueron a Barcelona, una hija de mi tía Lola se fue a Francia. Nunca volví a ver a mis primos Anita, Pepe ni Lola.

Mi tío Ángel, hermano de mi madre con su familia, se fueron a Mallorca. Mis tíos Paco y Rafaela, igualmente hermanos de mi madre, se fueron a la Argentina con sus respectivas familias. Mi tío Pepe, hermano de mi padre, también se fue con su mujer a la Argentina. Este matrimonio murió allá, así como el marido y un hijo de mi tía Rafaela.

Ya por ultimo, en el año 1951 marcharon mi padre, mi tío Rafael y mi abuelo Roque el de la Ermita a Bilbao, con la intención de cuando buscasen trabajo y vivienda, irían llamando cada uno a su respectiva familia. Mi padre antes de marchar, había dejado la casa donde vivíamos y el poco terreno que tenia, ya vendido a Juanillo Portillo el de Los López, quedando los dos de acuerdo en que cuando mi padre nos llamase para irnos con él a Bilbao, entonces Juanillo Portillo nos bajase a Málaga con lo poco que teníamos para llevar en algún mulo hasta la estación.

Por fin llegó el día tan esperado por una parte y tan triste por otra, ya que suponía dos cosas muy significativas: una, íbamos a reunirnos con nuestro padre después de un año y dos, significaba el dejar atrás nuestra tierra, mis primos, mis juegos en la loma de la ermita, dejar de poner trampas en la cañ’a del Palmarejo, el albaricoque de Juanillo Portillo de Lo Luis, el níspero de la hoya de La Falcona, y un largo etc.

Este día tan señalado fue el 5 de Abril de 1952, estábamos preparados para marchar, con el colchón de la cama de mi madre enrollado y atado con una cuerda, la maquina de coser y poca cosa mas, yo ya me había despedido de mi primo Rafalito el de la Chica dándole mi camión favorito como dije en un apartado anterior, pero Juanillo Portillo no aparecía con el mulo para llevarnos a Málaga, a la estación.

Estabamos pensando ya en llamar a Joaquín Carbajal del Palmarejo, o a mi tío Antonio el de la Chica, que tenia una burra, pero pensamos que la burra no podría con el colchón, la maquina de coser y demás. Al final no sé de quien seria la idea pero el caso es que avisamos a Rafael Carbajal el de La Escardá y este nos llevó a Málaga.

La maleta de cartón

Aquella vieja maleta de cartón, en la cual estaban las cosas de mi madre y la vieja pistola, la aproveché yo días antes del viaje, para hacerme una pequeña “maleta de cartón”. Para ello utilicé unas tablillas, la tapa y el fondo de cartón de la vieja, aprovechando sus herrajes,  en ella metí mis cosillas entre las cuales iban algunas trampas de alambres (cepos). De forma que cuando llegamos a Bilbao iba yo con “mi maleta de cartón” tan tradicional en aquellos tiempos.

Como empecé diciendo, nos bajó a Málaga Rafael Carbajal, pero yo creo que nos dejo en una posada, porque recuerdo que por medio de Málaga íbamos en un carro de varas, de esos  que tienen dos ruedas grandes, y van tirado por un solo caballo, en este carruaje llegamos a la estación, ahora mi madre tenía que facturar los bultos, el colchón, la maquina de coser y un baúl, no se si alguna cosa mas.

Con nosotros llevábamos otra maleta, una talega con algo de comida y mi maletita.  Me acuerdo como  mi madre, a la pregunta de alguien de –¿Cómo se lleva usted la maquina de coser hasta Bilbao? Ella le contestó: ¡Antes dejo el colchón, que dejar la maquina! Estaba claro, puesto que era su herramienta de trabajo, con la cual ganaba alguna pesetílla.

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0456. Memorias de Juan Calderón Salas – Capítulo 6.5

Última entrega del Verdial 6, como llama Juan Calderón Salas al capítulo 6 de sus memorias, escritas para sus hijos y que la Porverita tuvo el priveligio, primero de leer en formato digital hace ya tiempo, y luego de recibir una copia impresa y maquetada por el propio Juan; memorias que ocupan un lugar de honor en la biblioteca verdialera de la Porve.

Termina este capítulo 6, retomando el tema de los juegos de los niños de la Erminta. Yo lo titularía “Jugar con fuego”, pues en él nos narra sus andanzas con escopetas y cartuchos rellenados, pistolas que no disparan y mistos de cachondeo. Estos últimos, recuerdo yo también haber jugado con ellos, pero la memoria me falla al intentar recordar cómo llamábamos en Teruel a esas “lentejas explosivas”.

Mistos triquitraque

Gracias a Dios, no les pasó nada, ni a Juan, ni a Roque, ni a sus primos y amigos.

Vamos allá:


Cargamos los cartuchos

“He contado las dificultades que había para tener una escopeta en casa, pero más aún las había para hacerse con la munición. En este caso, nosotros habíamos aprendido a cargar los cartuchos aprovechando incluso los “mistos” como llamábamos a los fulminantes. Seguramente lo aprendimos de vérselo hacer al “Torerillo”, pues tratándose de escopetas, las entendía y las majeba bien. Roque y yo nos juntábamos mucho con él.

Al cartucho vacío le sacábamos el “misto” con un clavo. Una vez fuera la parte picada por el percutor, que es una especie de cazoleta, con la cabeza del clavo y unos golpecitos por dentro, le sacábamos la picadura del percutor; a continuación, llenábamos esta cazoleta con cabezas de cerillas, pero con mucho cuidado sin darle el más mínimo golpe, poque si no podía explotar antes de tiempo. Una vez hecho esto, montábamos el cartucho otra vez, a presión, sin golpe.

Una vez que teníamos el cartucho montado, pasábamos a cargarlo. Poníamos una medida de pólvora equivalente a un dedal, una tapita de cartón, un taco hecho con papeles o un tapón de corcho de alguna botella, y ahora un dedal de perdigones. Estos los hacía el “Torerillo” en una lata con el culo lleno de agujeros. La mayoría le salían con rabo que parecían “guzarapos” (zapaburus).

En casa del “Torero” tenían dos escopetas: una del doce, de dos cañones y otra del calibre 28 de un solo cañón. Ésta es la que más usaba el “Torerillo” y la que nos dejaba a nosotros para tirar con ella. Para mí, cargábamos los cartuchos con media carga porque según me decían, el “Torerillo” y Roque, la escopeta me tiraría de culo al suelo. Yo creo que me lo decían para meterme miedo, y el caso es que lo lograban.

Había otro incoveniente, que a su vez entrañaba un gran peligro, que nosotros no veíamos, si no todo lo contrario: nos divertía. Esto era que los tiros con los cartuchos cargados por nosotros solían salir con retraso. Aquello para nosotros resultaba muy gracioso. Me explico: los pistones o fulminantes, cargados con las cabezas de cerillas, no resultaban muy eficaces a la hora de disparar, porque al picar el percutor, no se inflamaba instantáneamente, como debe ser, provocando, por consiguiente, el retraso del disparo.

Muchas veces nos ocurría estar apuntando, disparar el gatillazo y oir un… “tic, pisssssssss… ¡Pum!” (el tiro con retraso), resultando que cuando salía de la escopeta, el pájaro o lo que fuese, ya no estaba allí. Otras veces nos ocurría que cuando el “pisssssss” se paraba, pensábamos que ya el tiro no iba a salir y bajábamos la escopeta; entonces, en ese preciso momento… “¡Pum!”, salía el tiro con el consiguiente peligro de que nos diese a uno de nosotros. Y como digo, entonces nosotros no veíamos aquel peligro. Nunca nos llegó a pasar nada con las escopetas porque, eso sí, siempre procurábamos ponernos detrás del que iba a disparar. Yo creo que eso nos salvó en más de una ocasión.

Un día estaba yo con el “Torerillo” por debajo de la Ermita y frente a la casa de “La chica”. Él tenía la escopetilla del 28 en la mano. Vino un pajarillo y se paró en un olivillo que había muy cerca de donde estábamos nosotros. Entonces el “Torerillo” me dijo: –“Toma Juanillo! ¡Tírale tú!”, pero yo no me atrevía porque me fuese a tirar de culo la escopeta, como me habían dicho tantas veces. Además, aquel día no teníamos cartucho de media carga para mí. El “Torerillo” se dio cuenta de mi miedo y entonces me dijo: -“¡No tengas miedo, hombre!, que yo me pongo tras de ti y te sujeto.“. Entonces, yo me animé y cogí la escopeta. Él se puso detrás apoyándome sus manos en mis hombros, apunté hacia el olivillo, disparé y ocurrió lo que tantas veces: “Tic, pissssss… ¡nada! En el momento que bajaba la culata del hombro, ¡Pum!, salió el tiro hacia arriba y el suelo bajo el olivo se tapó de hojas, pero del pajarillo, ni rastro.

La maleta de cartón

Antes de [contar con el viaje a Bilbao, tengo que hablar de] la maleta de cartón. ¿Cómo iba a faltar en esta historia, la maleta de cartón? tan famosa en todos los emigrantes de aquella época, porque hay que reconocer que la “maleta de cartón” marcó una historia.

Había en casa una maleta grande de cartón, aunque ya muy estropeada por los años. La tenía mi madre en el suelo de su habitación, en un rincón que hacía encima del hueco de la escalera. Yo siempre la conocí en aquel lugar. En ella tenía mi madre sus cosillas, tales como la ropa de la cama, dos peinetas, “los palillos” para bailar en las fiestas, etc.

Entre la ropa había (y eso es de lo que mejor me acuerdo) una vieja pistola de dos cañones, que para cargarla se abría idéntica a una escopeta de caza, con los gatillos y percutores igual también que la escopeta, pero en pequeño. Por supuesto que la pistola no funcionaba, de lo contrario no hubiese estado allí. Pero mi hermano Roque y yo la usábamos para nuestros juegos cuando no estaban ni mi padre ni mi madre, así como tampoco la sacábamos de casa. Nuestro juego con ella consistía, en hacer explotar las cabezas de “los mistos” (cerillas). Cogíamos “la cajilla de mistos” que había en casa para encender la candela y los candiles de alumbrarnos y nos entreteníamos en quitarles la cabeza, montábamos los gatillos de la pistola poniendo una cabeza en cada percutor, disparamos el gatillo explotando la cabeza del “misto”.

Este era otro de nuestros juego. Lo malo venía cuando llegaba mi madre y nada más entrar, olía la pólvora quemada de las cabezas de los “mistos”. Cuando comprobaba que le habíamos gastado la cajilla que tenía para encender la candela, pues…  ¿pa’ qué os cuento? “pies, para que os quiero”, si no, ya sabíamos lo que había.

Los mistos de cachondeo

Había en aquella época unos pistones que venían en unas tiras de cartón y a los cuales se les llamaban “mistos de cachondeo“. Estos pistones, como digo, consistían en una tira de cartón de unos treinta centímetros aproximadamente de larga, por dos o tres de ancha. A lo largo de esta tira de cartón, llevaban pegados los pistones que eran como una lenteja de color encarnado.

Se cortaban de uno en uno, con un poquito de cartón para poderlo agarrar, se rascaban en una piedra o en la pared como si fuese una cerilla, pero en lugar de encender como la cerilla, producía una especie de “minitraca” que duraba unos segundos, pero soltaban unas chispas, que si te cogían en la cara quemaban. En la manos también, pero había que aguantar, pues si lo soltabas, los demás que hubiese se reían de uno llamándole “cagueta” o “gallego“, lo que era un insulto grave.

Teníamos la costumbre de desafiarnos para hacer una determinada cosa y la forma mas fuerte del desafío era diciendo: “¡Gallego! ¡A qué no eres capaz de hacer esto o aquello! o simplemente: “gallego si no lo haces”. Entonces hacíamos lo que fuese con tal de no quedar como “gallego“. Yo no sé desde cuando, ni de donde vendría aquella costumbre de llamar gallego, pero la verdad es que para nosotros y para cualquiera en aquel tiempo, era una cobardía el quedar como “gallego” por no haberse atrevido a hacer alguna cosa determinada.

Y volviendo a los mistos, decir que estos “mistos de cachondeo” también los utilizábamos con la pistola: arrancábamos aquella especie de “lenteja explosiva” del cartón, haciendo como con las cabezas de cerillas, explotarlas a gatillazos. Estos tiros ya eran bastante más fuertes y por lo tanto mas divertidos. Lo que pasaba era que rara vez teníamos “mistos de cachondeo” pues había que comprarlos en Málaga cuando íbamos a por “los bollos” en la tienda de “Regaéra” y eso era un tanto difícil, ya que rara vez teníamos con que comprarlos.

Los “mistos” estos tenían una particularidad: si los rascabas como si fuesen a encender una cerilla, producían la pequeña traca que decía antes, durante unos segundos, que no era mas que un “tris-tris, tras-tras“, y ahí quedaba todo. Yo creo que de aquí le vendría el nombre de “mistos de cachondeo; en cambio, si se le daba un golpe seco a esa “lenteja” sobre una piedra o lo hacíamos en el percutor de la pistola, entonces producía un fuerte estallido”


[En este final del capítulo o verdial 6 del libro de memorias, escrito por Juan Calderón Salas” para sus hijos, la Porverita se ha permitido omitir algunos pasajes que no eran muy significativos (y podremos retomar al final) y alterar un poco el orden en que fue redactado, con vistas a iniciar en el próximo capítulo el tema (igual de interesante) de La Emigración de la familia a Bilbao, sin saltos en el tiempo y la memoria]

Hemos completado casi la mitad del libro con los recuerdos de Juanillo hasta los 12 años en la loma de la Ermita. A partir de ahora, quedan otros tantos capítulos donde Juan nos narra, con una elocuencia admirable, y lo que es más: sin pizca de amargura, la peripecia vital de la emigración (en el año 1952) de la familia Calderón-Salas a los territorios del norte.

Nos volvemos a encontrar, pronto, en el Verdial 7: El Viaje a Bilbao.

Publicado en Juan Calderon Salas (Juanele), Memorias de Juan de Bilbao | Etiquetado | 2 comentarios